Año IV
La Habana
Semana 25 de JUNIO
1 de JULIO
de 2005

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Sobre Villa, la Madre Teresa de Calcuta,
Lennon y la “sobriedad elocuente”

Abel Prieto  La Habana


Sé que eso de “sobriedad elocuente” suena horrible (parece algo de alcohólicos anónimos); pero ahora no encuentro otros términos para nombrar la capacidad que permite a Villa decir mucho, muchísimo, realmente, sin estridencias ni discursos ni gestos teatrales. Mi tropezón reciente (y tardío) con la Madre Teresa de Calcuta que a solicitud de Eusebio instaló Villa en un jardín de la Habana Vieja, me  hizo pensar en una de las virtudes principales de su arte: la sobriedad que es al propio tiempo sinónimo de eficacia comunicativa, de elocuencia y habilidad para convencer. Me impresionó tremendamente aquella mujercita increíble que reza o medita doblada sobre sí misma, como un mínimo bulto irradiante de humanidad, apoyada apenas en el quicio de un bloque muy bajo de mármol, humildísima pero llena de misterio y dignidad, oscura, sí, pero también extrañamente iluminada. Es una pieza extraordinaria, muy lograda, concebida con la mayor mesura y parquedad de recursos. Nos dice mucho, sin duda, de aquella mujer admirable; pero nos lo está diciendo desde el centro mismo de la pieza, desde el corazón renegrido del metal, sin nada de la grandilocuencia y fatuidad a las que muchas veces recurre el arte religioso y presuntamente “místico”. Creo además que este sello tan propio de Villa, esta “sobriedad elocuente”,  fruto (es obvio) de una gran sabiduría creadora, fue definitivo para el éxito de su Lennon sedente del Vedado. Hay muchas razones, digamos, extrartísticas que han influido en la excepcional resonancia del Lennon, de Villa; pero estoy convencido de que la clave está en que se trata de  un trabajo magistral donde esa síntesis suya de sobriedad y elocuencia alcanzó, como diría Lezama, su definición mejor. Villa dio exactamente en el  centro del blanco y escogió, de entre todas las formas y lenguajes posibles, los idóneos para que Lennon viniera a colocarse para siempre entre nosotros. Le entregó a mi generación, que es la suya, y a los más jóvenes y a los más viejos, a La Habana y a Cuba toda, un nuevo símbolo de los que permanecen y echan raíces. Gracias, hermano, por este regalo que nos has hecho y gracias por todos los otros: el paseante Caballero de París y el bebiente Hemingway (elocuente aunque no sobrio en este caso) y la fuente,  seca o mojada, no importa, de la Villa Panamericana y ese ejemplo de escultura política de vanguardia, legible y exigente, que es el Che del Palacio de Pioneros y el guiño insólito y jovial del chip de la UCI y muchos más. Y gracias anticipadas por los que vendrán.

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