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Sé que eso de “sobriedad elocuente” suena horrible
(parece algo de alcohólicos anónimos); pero ahora no
encuentro otros términos para nombrar la capacidad que
permite a Villa decir mucho, muchísimo, realmente, sin
estridencias ni discursos ni gestos teatrales. Mi
tropezón reciente (y tardío) con la Madre Teresa de
Calcuta que a solicitud de Eusebio instaló Villa en un
jardín de la Habana Vieja, me hizo pensar en una de las
virtudes principales de su arte: la sobriedad que es al
propio tiempo sinónimo de eficacia comunicativa, de
elocuencia y habilidad para convencer. Me impresionó
tremendamente aquella mujercita increíble que reza o
medita doblada sobre sí misma, como un mínimo bulto
irradiante de humanidad, apoyada apenas en el quicio de
un bloque muy bajo de mármol, humildísima pero llena de
misterio y dignidad, oscura, sí, pero también
extrañamente iluminada. Es una pieza extraordinaria, muy
lograda, concebida con la mayor mesura y parquedad de
recursos. Nos dice mucho, sin duda, de aquella mujer
admirable; pero nos lo está diciendo desde el centro
mismo de la pieza, desde el corazón renegrido del metal,
sin nada de la grandilocuencia y fatuidad a las que
muchas veces recurre el arte religioso y presuntamente
“místico”. Creo además que este sello tan propio de
Villa, esta “sobriedad elocuente”, fruto (es obvio) de
una gran sabiduría creadora, fue definitivo para el
éxito de su Lennon sedente del Vedado. Hay muchas
razones, digamos, extrartísticas que han influido en la
excepcional resonancia del Lennon, de Villa; pero estoy
convencido de que la clave está en que se trata de un
trabajo magistral donde esa síntesis suya de sobriedad y
elocuencia alcanzó, como diría Lezama, su definición
mejor. Villa dio exactamente en el centro del blanco y
escogió, de entre todas las formas y lenguajes posibles,
los idóneos para que Lennon viniera a colocarse para
siempre entre nosotros. Le entregó a mi generación, que
es la suya, y a los más jóvenes y a los más viejos, a La
Habana y a Cuba toda, un nuevo símbolo de los que
permanecen y echan raíces. Gracias, hermano, por este
regalo que nos has hecho y gracias por todos los otros:
el paseante Caballero de París y el bebiente Hemingway
(elocuente aunque no sobrio en este caso) y la fuente,
seca o mojada, no importa, de la Villa Panamericana y
ese ejemplo de escultura política de vanguardia, legible
y exigente, que es el Che del Palacio de Pioneros y el
guiño insólito y jovial del chip de la UCI y muchos más.
Y gracias anticipadas por los que vendrán.
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