|
En la sesión que cerró el seminario ¿Qué significa hoy
pensar políticamente?, Belén Gopegui, autora de libros
como La escala de los mapas, Tocarnos la cara,
o El lado frío de la almohada, leyó un fragmento
de su intervención en el IV Encuentro Hemisférico de
Lucha contra el ALCA que se celebró en La Habana (Cuba)
entre el 27 y el 30 de abril de 2005. En esa
intervención hablaba de un cuento en el que se asegura
que si una rana cae dentro de una olla con agua a 50
grados, comprende inmediatamente el peligro que corre su
vida y salta fuera. Sin embargo, si la rana está dentro
de una olla con agua fría que se va calentando
lentamente hasta que alcanza los 50 grados, no advierte
el peligro, se queda quieta y sin reaccionar y,
finalmente, muere.
"Quizás en
Europa, señaló Belén Gopegui, hay en estos momentos
un montón de ranas adormecidas por el calor que se
obtiene de expoliar a otros pueblos". Y no
reaccionan, porque hace mucho tiempo que están
dentro de la olla. Pero saben, o al menos intuyen,
que el agua está cada vez más caliente, que en la
actualidad, no solo está en juego la dignidad de dos
tercios de la población mundial, sino la propia
supervivencia de la humanidad.
¿Sería posible
cambiar el final del cuento, e imaginar que en Europa
puede ocurrir algo —una catástrofe, un error de cálculo,
una sucesión de pequeños acontecimientos imprevisibles e
incontrolables— que permita que todas esas "ranas
adormecidas", adviertan el peligro y reaccionen
exigiendo "bondad, dignidad y sentido común"? Belén
Gopegui cree que sí, porque las reacciones de los seres
humanos, a diferencia de las ranas, están determinadas
no sólo por condiciones objetivas, sino también
subjetivas. Y estas últimas —que dependen todavía de
cosas que ni el fascismo ni el capitalismo pueden
controlar— hacen que "una persona mansa y temerosa,
cobre valor y vida". "A veces, añadió la escritora
madrileña, un país entero, resistiendo y avanzando,
puede convertirse en suministrador de esas condiciones
subjetivas para el resto de mundo. Como hace, a día de
hoy, Cuba".
En este punto de su
intervención Belén Gopegui se lamentó de que con
demasiada frecuencia se olvida que escritores y artistas
son también trabajadores. A su juicio, eso ocurre porque
su trabajo es confuso. "Un zapato es un zapato, explicó,
y cualquiera sabe para que sirve. Pero no es tan fácil
saber para que sirve una historia y un sueño". En
cualquier caso, igual que los demás trabajadores, los
escritores y artistas tienen jefes y según Belén Gopegui,
deben luchar contra ellos para lograr que sus obras
("las historias que inventan y los sueños que imaginan")
no estén al servicio de los intereses del Capital.
Y en esa lucha, no
siempre es fácil saber cuando se acierta. En este
sentido, Gopegui cree que la Revolución cubana puede
suministrar "condiciones subjetivas" a los artistas e
intelectuales europeos que, según ella, necesitan mucha
ayuda en su trabajo, pues hay demasiadas cosas que no
son capaces de contar. "Por ejemplo, subrayó Belén
Gopegui en la fase final de su intervención en el
seminario. ¿Qué significa hoy pensar políticamente?, no
hemos sabido contar que el bienestar de los países
occidentales se apoya en el expolio sistemático del
resto del planeta, que las aceras de nuestras calles
están ensuciadas por el miedo de otros, por la
desolación de otros, por el 'ahí te pudras' que aflora
en nuestros labios cada día, lo queramos o no. Porque
ningún habitante de un país capitalista puede eludir la
obligación de pronunciar en algún momento ese 'ahí te
pudras', ni evitar que otros lo digan en su nombre".
Tras la intervención
de Belén Gopegui, Santiago Alba Rico, autor de libros
como Dejar de pensar o Torres más altas y
guionista de "Los electroduendes", señaló que aunque en
el folleto del seminario aparece presentado como
filósofo, él prefiere autodefinirse como agitador
político-literario. "Pues filósofo, subrayó, es una
palabra que me queda muy grande. En cualquier caso, hago
mía la idea del pensador alemán Gunther Anders de que lo
que no tiene sentido, y menos en la época actual, son
los filósofos que solo escriben para otros filósofos. Es
como un panadero que solo hiciese pan para otros
panaderos".
Asumiendo
voluntariamente un papel de agitador político-literario,
Alba Rico asegura que el principal objetivo que busca
con su "trabajo intelectual" es hacer que las "ranas
adormecidas" de las que habla Gopegui, salten de la olla
antes de que acaben escaldadas sin ni siquiera darse
cuenta. "El problema, reconoció, es que en la actualidad
nos enfrentamos a un horizonte de percepción nulo, sin
profundidad, a un presente fragmentado y frenético en el
que constantemente están ocurriendo cosas y, al mismo
tiempo, nunca sucede nada".
Pero, ¿qué tiene que
pasar, o qué ha tenido que pasar, para que ocurra lo que
ocurra, nada nos cambie?, ¿para que en un mundo
caracterizado por la renovación permanente, y en el que
constantemente estamos expuestos a acontecimientos
calificados como históricos (desde un partido de fútbol
a un debate televisivo, desde unas elecciones a la
muerte de un líder político o religioso...), pase lo que
pase, siempre todo siga igual?
Siguiendo a Gunther
Anders (autor de La obsolescencia del hombre),
Santiago Alba Rico cree que el olvido al que se ha
sometido un episodio histórico reciente —el bombardeo de
Hiroshima y Nagasaki— simboliza el inicio de esta época
paradójicamente amnésica. Y hay que tener en cuenta que
esa absolución del crimen cometido por el ejército de
EE.UU contra los ciudadanos de Hiroshima y Nagasaki, es
inseparable de la continua rememoración del Holocausto
(concebido, a su vez, como el acto más atroz e
imperdonable que se ha realizado contra un pueblo en la
historia de la humanidad). "Cuanto más recordamos lo que
queda de Auswitch, señaló Alba Rico, más olvidamos lo
que queda de Hiroshima y Nagasaki. A pesar de que eso
que queda, representa, en estos momentos, la mayor
amenaza para la supervivencia de la humanidad".
Más allá de la
tendencia (inscrita en la base misma de la razón
occidental) a mirar hacia adelante y a confiar en un
progreso continuo de la historia, existen mecanismos
estructurales en las sociedades contemporáneas que
explican el vacío de ese horizonte de percepción. Según
Alba Rico esos mecanismos tienen que ver con lo que
llamamos "gusto", es decir, con el conjunto de
dispositivos simbólicos a través del cual una sociedad
determinada legitima ciertos discursos, gestos e
imágenes, mientras desacredita, desprecia u obvia otros.
En este sentido, el autor de La ciudad intangible
habla de la asunción por parte de los ciudadanos de una
"estética de la aceptación" (o de la resignación) que
hace que no importe los datos que lleguen a conocer,
porque el conocimiento de los mismos no modificará su
comportamiento.
A su juicio, esta
estética de la aceptación se articula en torno a dos
ejes estrechamente vinculados entre sí, la novedad (que
construye el horizonte del deseo) y la obsolescencia.
Dos ejes que se sitúan en la propia base de la sociedad
de consumo, cuyo funcionamiento depende de que los
procesos de renovación continua de las mercancías (tanto
físicas como simbólicas) nunca se paralicen. "Lo
inquietante, señaló Alba Rico, es que como dice Bernard
Stiegler, en la sociedad actual el deseo se ha apoderado
de todo, pero, al mismo tiempo, ya no hay procedimientos
de sublimación". Es decir, el Ello (concepto que en
psicoanálisis hace referencia a las tendencias
impulsivas que parten del cuerpo y que están
relacionadas con el deseo en un sentido primario),
domina todo nuestro horizonte de percepción, sin que
nada se le interponga. En este sentido, Alba Rico
describe la estética de la aceptación como "una estética
del dominio sin trabas del Ello". Lo paradójico es que
esa totalización del deseo, se produce a partir de una
represión del cuerpo que tiene dicho deseo. "Esto es,
puntualizó Rico, a partir de una descorporeización del
propio deseo".
La obsolescencia (o,
más exactamente, el terror a la obsolescencia) sería lo
único que en este proceso de construcción del deseo sin
sublimación, queda reprimido, convirtiéndose, por tanto,
en la maldición que hay que estar permanentemente
combatiendo. Según Alba Rico, en la medida en que esta
estética de la aceptación se basa en un dominio sin
trabas de ello, se puede decir que es suicida (pues su
obsesión por la novedad refleja una perpetuación del
instinto de muerte), pero también mortífera (está
constantemente reprimiendo la destrucción —los muertos—
que ella misma produce). Para el autor de Las reglas
del caos, el olvido de la tragedia de Nagasaki e
Hiroshima (o, más recientemente, el olvido de los
bombardeos que han sufrido las poblaciones de Faluya,
Bagdad y otras ciudades iraquíes) tiene que ver con ese
proceso de represión de los muertos que produce la
sociedad de consumo (y que son necesarios para que esta
pueda sobrevivir) y que legitima la estética de la
aceptación. "Por ello, aseguró, esta estética de la
aceptación —presidida por el dominio sin trabas del ello
en un horizonte de percepción sin profundidad—
constituye, en sí misma, un acto de guerra permanente".
En este contexto, los
intelectuales críticos que, como "psicoanalistas de la
acción colectiva", traten de desmontar las tan sutiles
como efectivas estrategias de sumisión y dominio que
impone la lógica capitalista-consumista, deben sortear
varias dificultades. La primera tiene que ver con el
hecho de que, hoy día, lo que nos oculta la realidad es,
justamente, que ya nada está oculto. "O en otras
palabras, señaló Alba Rico, la realidad permanece velada
—anulada, aniquilada, ocultada— debido a su absoluta
transparencia, a su propia forma de exhibirse
impúdicamente".
Si en la modernidad,
el objetivo de los investigadores sociales era hacer
visible ("alumbrar") aquello que estaba escondido y
reprimido (que no se veía), hoy nos enfrentamos a un
horizonte de percepción en el que todo es visible y ya
no hay nada que desenterrar. Un mundo de deseo sin
sublimación, en el que políticos, intelectuales,
artistas, tenderos..., asumen que aquello que gobierna
sus vidas, no es algo tangible (y, por tanto,
identificable y sustituible), sino una superestructura
económica ante la cual, piensan, poco o nada se puede
hacer. "Si todo es visible, si todo está dicho, precisó
Alba Rico, la labor que históricamente se le ha
atribuido a los intelectuales —sacar a la luz lo que
está oculto— ha dejado de tener sentido".
En este punto de su
intervención, el autor de Volver a pensar recordó
que Noam Chomsky ha llegado a decir que basta leer los
periódicos más conservadores para enterarse de las
terribles injusticias que sufre la mayor parte de los
habitantes del planeta. Sin embargo, eso no cambia nada,
porque en un mundo dominado por el Ello, nada existe,
nada tiene relevancia ni consistencia ontológica. Y
asumiendo —de modo más o menos consciente— esta
mentalidad nihilista, los habitantes de las sociedades
occidentales terminan aceptando con naturalidad, no
solamente la destrucción de otras partes del mundo, sino
también la condena a muerte de la propia humanidad
(entendiendo esta tanto en su sentido histórico-cultural
como biológico-genético).
Teniendo en cuenta
todo esto, Santiago Alba Rico cree que el papel del
intelectual hoy en día es alertar de ese peligro, sin
dejar de denunciar el "doble rasero" con el que se miden
las cosas dependiendo de quienes sean sus protagonistas
y/o afectados. Un doble rasero que incluso con
frecuencia asumen sin indignarse (o, al menos, sin
rebelarse) las clases más desfavorecidas del planeta,
aceptándolo implícitamente como algo natural o, en todo
caso, como una injusticia inevitable contra la que no se
puede luchar. "Ese doble rasero, explicó Alba Rico, hace
que, por ejemplo, se permita que EE.UU invada un país
como Iraq, a la vez que se exige a Siria que retire sus
tropas de El Líbano; o que se condene a Cuba por sus
presos políticos, mientras se justifica que sigan
existiendo espacios en los que se incumplen
sistemáticamente los derechos humanos como el centro de
detención de Guantánamo".
Ya en la fase final
de su intervención en la sede de La Cartuja de la
Universidad Internacional de Andalucía, Santiago Alba
Rico recordó que los intelectuales críticos ("los
militantes del lenguaje, los agitadores
políticos-literarios") tienen también que enfrentarse a
otras dos dificultades. Por un lado, a la dificultad de
"relativizar el relativismo y de laicizar el laicismo",
sin caer en la tentación de aferrarse a certezas
concretas y absolutas recurriendo a argumentos
esencialistas. Por otro lado, a la dificultad (ligada
directamente al campo de la estética) de encontrar (e
inventar) procedimientos estilísticos y narrativos que
permitan a los autores de ficción despertar a las "ranas
adormecidas" de las que hablaba Belén Gopegui, "haciendo
visible aquello que ya está a la vista pero que no se
ve". |