Año IV
La Habana
2005

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Lluvia de Secades
Amado del Pino
La Habana

 
Es uno de esos nombres que se vinculan a lo legendario. Fue el colega Argelio Santiesteban quien me sugirió alguna vez la pista de su estilo. Más tarde una lectura rápida en Bohemias viejas y la certeza de que Eladio Secades es una de las teclas imprescindibles del periodismo cubano del siglo XX. Ahora la Editora Unión publicó una antología de sus estampas y el libro anda por encima de la cama, junto al plato del almuerzo; me acompaña en una mezcla de admiración, diálogo y discrepancia.

El vigor de su prosa no ha envejecido para nada. Se trata de una garra auténtica, un decir  conciso y dinámico. Hay repeticiones como en todo libro de este tipo, como en la vida cuando volvemos a ideas o a situaciones preferidas, pero la palabra resplandece y el ingenio se impone.

Otro yo que escruta a Secades con ahínco es el dramaturgo. Rastreo el origen de giros populares,  recientes en los años del cronista y enraizados o casi viejos por los días de mi infancia. En uno de los trabajos acusa recibo de la frase “darse lija” como expresión de vanagloriarse, hacerse de rogar, pavoneo frecuente, sobre todo entre las damas. Otros vocablos se van de la órbita de mi generación, pero también me tientan cuando sueño con alguna vez ser capaz de elaborar esa proeza que constituye una buena obra de época.

Gracias al libro, prologado y antologado por Adelaida Fernández de Juan, uno se asoma al pensador y al hombre que sería Eladio Secades. Me complace su ironía, hasta cuando se adentra en la amargura, tanto como me molesta su machismo —por cierto, poco filosófico, más bien elemental, rústico; no creo demasiado en su desapego a lo esotérico, aunque coincido en que la fe a veces se vende y agregaría que vale la pena comprarla. La reciedumbre del verbo ofrece además paisajes, personajes y atmósferas como compete a todo gran cronista. El autor me recuerda a Stefan Sweig y su enamoramiento de El mundo de ayer cuando se declara nostálgico de una Habana anterior a 1941, en que arrancan estas crónicas, y pondera la educación, la hidalguía o las buenas maneras de ese tiempo que la historia no ha recogido precisamente como un dechado de felicidad. Secades  parece votar por la familia, un cristianismo austero y no demasiado clerical, a la vez que no tiene piedad con la grosería, la inautenticidad o la torpe imitación de modelos foráneos.

Leer estas estampas  —como ocurre con las de Martí, Mañach, Carpentier, Zumbado, Manuel González Bello— me ratifica la pasión por este género que otro de los buenos, Rolando Pérez Betancourt, ha llamado jíbaro. En efecto, escurridiza, leve es esta vocación de apresar el olor de un mundo en unas pocas líneas.

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