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Es uno de esos nombres que se vinculan a lo legendario.
Fue el colega Argelio Santiesteban quien me sugirió
alguna vez la pista de su estilo. Más tarde una lectura
rápida en Bohemias viejas y la certeza de que
Eladio Secades es una de las teclas imprescindibles del
periodismo cubano del siglo XX. Ahora la Editora Unión
publicó una antología de sus estampas y el libro anda
por encima de la cama, junto al plato del almuerzo; me
acompaña en una mezcla de admiración, diálogo y
discrepancia.
El vigor de su
prosa no ha envejecido para nada. Se trata de una
garra auténtica, un decir conciso y dinámico. Hay
repeticiones como en todo libro de este tipo, como
en la vida cuando volvemos a ideas o a situaciones
preferidas, pero la palabra resplandece y el ingenio
se impone.
Otro yo que escruta a
Secades con ahínco es el dramaturgo. Rastreo el origen
de giros populares, recientes en los años del cronista
y enraizados o casi viejos por los días de mi infancia.
En uno de los trabajos acusa recibo de la frase “darse
lija” como expresión de vanagloriarse, hacerse de rogar,
pavoneo frecuente, sobre todo entre las damas. Otros
vocablos se van de la órbita de mi generación, pero
también me tientan cuando sueño con alguna vez ser capaz
de elaborar esa proeza que constituye una buena obra de
época.
Gracias al libro,
prologado y antologado por Adelaida Fernández de Juan,
uno se asoma al pensador y al hombre que sería Eladio
Secades. Me complace su ironía, hasta cuando se adentra
en la amargura, tanto como me molesta su machismo —por
cierto, poco filosófico, más bien elemental, rústico; no
creo demasiado en su desapego a lo esotérico, aunque
coincido en que la fe a veces se vende y agregaría que
vale la pena comprarla. La reciedumbre del verbo ofrece
además paisajes, personajes y atmósferas como compete a
todo gran cronista. El autor me recuerda a Stefan Sweig
y su enamoramiento de El mundo de ayer cuando se
declara nostálgico de una Habana anterior a 1941, en que
arrancan estas crónicas, y pondera la educación, la
hidalguía o las buenas maneras de ese tiempo que la
historia no ha recogido precisamente como un dechado de
felicidad. Secades parece votar por la familia, un
cristianismo austero y no demasiado clerical, a la vez
que no tiene piedad con la grosería, la inautenticidad o
la torpe imitación de modelos foráneos.
Leer estas estampas
—como ocurre con las de Martí, Mañach, Carpentier,
Zumbado, Manuel González Bello— me ratifica la pasión
por este género que otro de los buenos, Rolando Pérez
Betancourt, ha llamado jíbaro. En efecto, escurridiza,
leve es esta vocación de apresar el olor de un mundo en
unas pocas líneas. |