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Dicen que cada
vez que actuaba llenaba el local de bailadores sumados a
la nueva forma.
Sin embargo,
también se repletaba de gente que iba a escuchar a
los cantantes ―con
voces roncas y acopladas―,
y sobre todo al “tresero” y director de la
agrupación, un ciego autodidacta en el arte de
Euterpe, con magia en sus dedos y un talento musical
que 33 años después de su muerte ―en
febrero de 1972―,
sigue dejando
huella.
El Conjunto de
Arsenio Rodríguez, nombre con el que así se recoge en la
historia, fue tal vez la mejor manera de expresar la
perspectiva artística de Arsenio Rodríguez, un
matancero nacido el 30 de agosto de 1911, en Güira de
Macurije, pero criado en el poblado habanero de Güines,
“una villa habanera de fecunda historia musical”, según
afirma el estudioso Helio Orovio.
El mismo Arsenio dijo
haber sido una especie de Doctor Frankestein, pero el
“monstruo” resultante, el Conjunto de Arsenio
Rodríguez, causaba furor en los años 40, y los Jardines
de La Tropical era un santuario repleto de fieles los
fines de semana.
En el “altar” estaban
los cantantes Marcelino Guerra y Rolando Scull; los
trompetas Félix Chapotín, Rubén Calzado y Armando
Armenteros; Lázaro Prieto en el contrabajo; Lilí
Martínez en el piano, Israel Rodríguez (Chocolate) en
las tumbadoras, con “Papaquillo” en los bongóes.
Y con su “tres”, como
una “batuta sonora” Arsenio Rodríguez, quien había
creado en 1938 la nueva estructura, porque creyó
―según dijo en 1955,
en una entrevista ofrecida a la revista Bohemia―
que la formación de
septeto no tenía la armonía que necesitaba, y le agregó
un piano, metales y las tumbadoras.
Entonces volaban los
sones, boleros y guaguancós; temas como “La ruñidera”,
“Nacer y morir”, “Dile a Catalina”. “Sandunguera”,
“Bruca manigua”, “Setentidós jacheros
pa´un palo”, “Me siento solo”, “Soy kangá”, “El Cerro
tiene la llave”...
“El ciego
maravilloso”, como también se le decía, antes del “tres”
había aprendido a tocar varios instrumentos de
percusión, que hacía sonar en fiestas litúrgicas y
mundanas; pero todos coinciden en que con el “cordófono
sonero”, fue estrella en un país de buena constelación
en el instrumento, desde Nené Manfugás ―el primero que
recoge la historia―, Isaac Oviedo, Eliseo Silveira, Niño
Rivera hasta Pancho Amat.
Considerado como uno
de los precursores del mambo, su estancia en EE.UU.,
adonde emigró en 1950, significó una apertura en su
diapasón musical y en su forma de interpretar la música
cubana. En Norteamérica moriría, en la ciudad de Los
Ángeles, California.
Armando Romeu, otro
destacado músico cubano, dijo de él que tenía “un don
natural para crear nuevos conceptos; sabía hacer música,
con esos diseños cubanos tan complicados y raros...”
Y el “conjunto” fue
el sello impuesto, y el primero de la fiebre de este
tipo de agrupaciones musicales que luego llenaron una
época, compartida con la estructura de charanga y
jazz band, hasta bien entrada la segunda mitad del
siglo XX, cuando entonces llegó Van Van. |