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Las monjas:
jugando a formarse y a crecer
Omar Valiño
La Habana


Desde hace dos largos años Lázaro del Risco anda dándole vueltas a Las monjas, de Eduardo Manet. Con el texto en la cabeza, el joven director en formación realizó pasantías de trabajo con los destacados directores cubanos Carlos Díaz y Carlos Celdrán y participó, en ocasiones, junto a los demás integrantes de su grupo Huella, de Las Tunas, en diversos talleres, festivales y eventos, después que sorprendiera al ámbito escénico del territorio con su apuesta por la dirección teatral, demostrando posibilidades para ejercerla frente a un colectivo sin una guía precisa.

El resultado de ese proceso de preparación y crecimiento se verifica como nunca antes en este montaje, cuyo alcance, incluyendo cualquier carencia, permite afirmar que a partir de ahora su “historia” ha comenzado. Entre otras razones porque se atreve a estrenar una pieza importante de la dramaturgia cubana, alabada fuera del país desde su lanzamiento parisino en 1967, poco después de que Manet la terminara de escribir aquí, y bastante desconocida en la Isla, a pesar de su aparición  como Libreto 54 en Tablas 1 de 2001, introducida por Abelardo Estorino.

Allí el Premio Nacional de Literatura y de Teatro nos cuenta sobre el dramaturgo y novelista Eduardo Manet. Nacido a fines de los años 20 del siglo pasado en Santiago de Cuba, debuta muy joven en las salas habaneras con Scherzo, que luego publicará junto a Presagio y La infanta que quiso tener los ojos verdes. Director en los 60 del Conjunto Dramático Nacional, incursiona también en el cine y se establece a fines de esa década en Francia, donde goza hasta el presente de prestigio literario gracias, sobre todo, a su  narrativa.

No obstante, dentro de su producción dramática Las monjas siguen ocupando un espacio preferente. La obra se inserta dentro del intenso diálogo que sostuvo nuestra dramaturgia con todas las corrientes de la posvanguardia occidental, nacidas de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial, a veces amalgamadas unas y otras. Por eso la pieza es atravesada por corrientazos del existencialismo, la crueldad, el absurdo, Brecht, y un cierto expresionismo, todo lo cual apunta a una alta exigencia del texto con respecto a las claves de la puesta en escena.

Para sostener esas claves Lázaro del Risco se adentró en un extenso proceso de trabajo, que a su vez lo ha sido de culminación de una primera etapa de aprendizaje, de conjunto con sus jóvenes compañeros, imbuidos todos del afán de plasmar sus lecturas sobre Las monjas en un marco de juego. Juego que, sin embargo, no los aparta de revisar, desde la perspectiva de hoy, el sentido de la obra para nosotros. Yo la veo más inclinada a la indagación en torno a la enajenación, las migraciones, la corrupción, hipocresía y malignidad  de un poder que se destruye a sí mismo, que a la crítica en torno a la iglesia como contexto referencial inevitable dadas las marcas originales del texto.

Seguramente la interrogante esencial de Huella para este desafío ha sido cómo plasmar sobre el escenario este simulacro macabro, cómo convertirlo en presencia viva, en conversación efectiva con el público de Las Tunas para que cada espectador  acompañe al grupo en su propio juego de vitalidad y crecimiento.

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