Año IV
La Habana
30 de JULIO -
 5 de AGOSTO
de
2005

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Marx, Engels y la condición humana*
Armando Hart Dávalos • La Habana


Honramos a Federico Engels en el centenario de su muerte, porque él es una de las claves de la cultura universal en la milenaria lucha del hombre por su redención. En la exaltación de estos valores se halla la enseñanza más importante de Engels y de su amigo Carlos Marx. Su originalidad reside en haberlo hecho sobre el fundamento de la investigación científica y con métodos de este carácter. Se trató de un esfuerzo en el que ciencia y conciencia lograron conjugarse para producir una creación intelectual y moral, como poquísimas veces se ha alcanzado en la historia. El egoísmo opone feroz resistencia a tan generosos propósitos, pero la historia acaba situando a estos hombres en sus cumbres más elevadas, entregándoles reconocimiento y gratitud. También les recordamos porque, como verdaderos artífices de la historia, supieron enlazar la cultura y la lucha del hombre por su liberación. Es difícil encontrar una síntesis de ciencia, cultura y empeño redentor con tan alta escala de grandeza y trascendencia; ella estuvo también presente en Martí.

No es posible deslindar los méritos científicos de Engels de los de Marx. Los mismos están condensados en la pieza oratoria breve, sencilla, certera, pronunciada por Engels, ante la tumba de su ilustre amigo, en el Cementerio de Highgate, en Londres. Aquellos párrafos terminan con una idea clave: “Marx y su obra vivirán a través de los siglos”; a más de cien años de distancia podríamos decir exactamente lo mismo. En el memorable texto describe los grandes descubrimientos filosóficos y científicos de Marx, destaca que era “solo la mitad del hombre” e inmediatamente reseña con amor al luchador y combatiente comprometido con la causa de los pobres y explotados del mundo.

Es difícil encontrar en la historia dos sabios unidos por una relación tan entrañable e identificación tan profunda. El ejemplo de esa amistad es uno de los valores humanos más extraordinarios de a pesar de poseer los dos cualidades suficientes para andar cada uno proclamando las verdades que descubrieron, habla del valor de la lealtad y de la devoción forjada por la certeza de sus contribuciones. Ha de resaltarse la modestia de Engels, porque es difícil encontrar un sabio con tanta humildad; conociendo a los hombres en sus virtudes y pasiones nos percatamos de la excepcionalidad de esta amistad.

Para quienes consideran a la filosofía como algo distante de las situaciones concretas, les subrayamos uno de los hallazgos de Marx y Engels: facilitar métodos y principios eficaces para el análisis de los hechos encaminados a la transformación material y social a favor de la libertad y la conquista de la felicidad.

Nadie había elevado al hombre de manera tan consecuente, profunda y original como agente fundamental de la práctica social, económica y política; ni le había abierto en el plano de la filosofía, un camino de más vasto alcance al ejercicio de su libertad. Nadie había explicado con tanto rigor científico que sus fundamentos están en primer lugar en la conciencia humana; algunos habían hecho suya esta hermosa verdad, pero a ellos les correspondió el honor de confirmarla en el terreno filosófico y científico más exigente.

Tales revelaciones solo podían hacerse a partir de una larga evolución de la cultura y del alto nivel de desarrollo de las ciencias y el pensamiento alcanzado en Europa en la decimonónica centuria.

No se puede hablar de filosofía y de ciencia en los dos últimos siglos, sin colocar a Carlos Marx y a Federico Engels en las cumbres de las mismas. En nombre de sus ideas se cometieron graves errores, pero, al enjuiciarlos a la luz de sus descubrimientos, se confirma de forma dramática la validez de sus principios y métodos. No hay cuerpo de ideas de trascendencia en el que algunos de sus discípulos, continuadores o simplemente quienes dijeron ser sus intérpretes, no hayan violado y transgredido las enseñanzas de los sabios y profetas.

Sin embargo, cuando las verdades descubiertas representan una necesidad objetiva de la sociedad, superan estos dislates y acaban reapareciendo de modo sorprendente y de forma diferente, pero con la pureza de su sentido original.

A quienes todavía permanecen embriagados con la caída del Muro de Berlín, les recordamos la vigencia renovada de las ideas de las grandes figuras intelectuales y morales desde la antigüedad y a lo largo de los siglos. Si son válidas renacen décadas y aun siglos después, con la originalidad y riqueza de los nuevos tiempos; cuando parecían apagarse en el recuerdo humano emergen sobre el olvido, la arrogancia y la ignorancia de los hombres.

Se podrán destruir estados y muros, pero los principios de fundamentos humanistas y valor científico sirven de aliento y guía a la búsqueda de la verdad y la felicidad humana; no se extinguen, quedan en la historia y dejan huellas y enseñanza, vigentes mientras exista humanidad.

II

Examinemos algunas ideas de Engels ilustrativas de la potencialidad y actualidad de sus descubrimientos. Ellas muestran el valor del materialismo histórico, precisamente porque significan todo lo contrario a una doctrina dogmática y un esquema cerrado. El materialismo de Marx y Engels es la llave necesaria para abrir el camino del conocimiento científico de la historia y la sociedad.

De manera amplia y detallada Engels refutó al determinismo sobre sólidos fundamentos filosóficos. Léanse sus conclusiones filosóficas en  Dialéctica de la naturaleza,  y se verá cómo nunca en la historia de la filosofía se ha podido rebasar sobre bases científicas y culturales el progreso logrado por estos sabios. Más allá de sus aportes y descubrimientos, todo es misterio, ignorancia o Dios, como quiera caracterizarlo la conciencia individual de cada persona. De esta forma el pensamiento materialista es llevado a sus últimos extremos; esto solo puede hacerse al vincularlo con la dialéctica. El pensar científico social (histórico) y la filosofía alcanzan su plenitud. La cuestión del más allá acaba referida a la libre decisión de la conciencia  personal. ¿Qué más puede pedírseles a la ciencia y a la filosofía?

Engels fue el primero en alertar sobre los peligros de dogmatizar y reducir la riqueza dialéctica de la filosofía marxista. A ello se refirió en 1895, en carta, Wagner Sombart, cuando dijo:

Toda la concepción de Marx no es una doctrina, sino un método. No ofrece dogmas hechos, sino puntos de partida para la ulterior investigación y el método para dicha investigación. Por consiguiente, aquí habrá que realizar todavía cierto trabajo que Marx en su primer esbozo, no ha llevado hasta el fin.

El porvenir —como lo confirmó Lenin— no puede construirse con fórmulas, modelos o esquemas rígidos, que por demás ninguno de estos sabios estableció. Para la interpretación de la historia pasada, el materialismo de los clásicos tiene la fuerza de su comprobación científica, y para la del futuro, sus ideas se presentan como pautas para la ulterior acción del hombre.

Quienes desde el bando conservador o reaccionario refutan su pensamiento, acusándolo de dogma fijado en un rígido determinismo filosófico, o los que consciente o inconscientemente lo tratan de igual forma bajo las banderas revolucionarias, incurren en un mismo error; pero los primeros son más consecuentes con sus intereses que los segundos.

El énfasis de Engels, sobre todo tras la muerte de Marx, en luchar contra reducciones, tergiversaciones de “izquierda” y “derecha”, y simplificaciones de la producción teórica marxista, tenía un interés práctico: situar al hombre en su verdadera dimensión, como sujeto en la trama histórico-social, ello equivalía a la posibilidad de potenciarlo para la acción revolucionaria. También insistió en la importancia del tejido dialéctico entre la base y la superestructura, y enfatizó en el valor de los factores subjetivos; sobre estos temas señaló: “lo hemos descuidado todos, me parece, más de lo debido”.

Pero estas conclusiones no fueron comprendidas ni se les extrajeron todas las consecuencias prácticas en la interpretación del “pensamiento marxista” prevaleciente tras la Segunda Guerra Mundial. Ahora bien, los vínculos entre la base material y la cultura (lo que se llama superestructura), se establecen por medio de las relaciones desarrolladas por los hombres a partir de los medios de producción. Ellas han venido conformadas por el régimen de propiedad; aparecen así el Derecho y el Estado.

En los sistemas jurídicos se expresan y ventilan las relaciones entre base y superestructura. Desde esta perspectiva el Derecho es un acontecimiento cultural de profunda raíz económica. Pero a partir de ahí comienzan la tergiversación y la mentira. En la historia del Derecho, el noble principio de la equidad y la justicia se vinculó con los intereses más bastardos y se tergiversó en función de ellos.

Cuando se aborda el tema de la justicia entre los hombres y se hace con profundidad y rigor, se llega a penetrar en la conciencia de forma perdurable, se convierte en clave de la historia universal. Las ideas que han logrado trascender a su época, han aspirado a establecer la igualdad, la dignidad y la justicia, porque expresan necesidades presentes en la naturaleza humana.

La relación de base y superestructura constituye una contradicción en el seno de una identidad; quienes no lo entiendan así, jamás podrán comprender el materialismo de Marx, ni, por tanto, interpretar con el rigor necesario los procesos históricos. La esencia del enfoque materialista de Engels se halla en la relación entre causa y efecto, y en su infinita multiplicidad de interrelaciones; la base material y la superestructura cultural se mueven en esa relación dialéctica. Esto último no se refiere a una entidad metafísica o simplemente abstracta, es una realidad concreta sin la cual no hay Economía Política. Se presentan como una entidad unida por vasos comunicantes. Cuando esta relación se debilita o fractura es síntoma de los males de una civilización, porque en ella está el sustento del equilibrio social y su coherencia. Los últimos trabajos de Engels son explícitos al estudiar esa dicotomía, al dar las alternativas siguientes: cambiar verdaderamente ese estado de cosas o exponerse a la disolución social.

Subestimar
el papel de la superestructura o tratar de forma anticultural sus complejidades, arroja resultados negativos para el socialismo. Si grave era este error en la época de Engels, más lo fue tras la instauración de la URSS.

La realidad material en movimiento se expresa no solo en la superficie formal de lo conocido y asumido con la observación inmediata, sino también por lo contenido en las necesidades que incesantemente despliega la propia realidad. Si en 1917 la conjugación de las exigencias económicas y la política más avanzada de Europa se vinculó en Rusia con los intereses de las masas trabajadoras y llevó a la Revolución de Octubre, en el proceso que condujo al derrumbe del socialismo en Europa, la tradición de raíz conservadora acabó imponiéndose. La economía está presente siempre en el sustrato; pero la cultura se encuentra relacionada dialécticamente con ella y condiciona en un sentido u otro su rumbo.

En el llamado “socialismo real”, al desdeñarse el papel integrador de la cultura y abordarse esta última con procedimientos abruptos, lo llevó al aislamiento de la lucha de clases a escala internacional, y por lo tanto no se pudo apreciar cómo los progresos alcanzados a escala universal en diferentes disciplinas confirmaban la certeza del materialismo histórico. La inmensa información y sabiduría acumuladas por los hombres fue posible y estuvo incitada en última instancia por las necesidades económicas, pero no puede trazarse un divorcio con la cultura. Lo económico es la estructura esencial de la historia social, y como estructura al fin la condiciona. Esto fue lo que dijeron Marx y Engels y no otra cosa; por supuesto, que ello constituye un gigantesco descubrimiento. Lo cultural opera como función la cual garantiza la materialización específica de necesidades con raíces en última instancia en lo económico.

Si se entiende el trabajo como uno de los más remotos antecedentes de la cultura, se empezará a comprender cómo ella desempeña un papel relacionado con lo funcional en la historia social. Y lo hace con el objetivo primario y sustancial de elevar a planos superiores la vida material, pero a su vez va generando demandas espirituales, las cuales tienen también fundamentos y raíces materiales. Solo un criterio egocéntrico, también presente en el hombre, distancia lo cultural de sus necesidades crecientes. Así se comprende que la cultura, como función esencialmente humana, no debe apreciarse distinta, ajena o divorciada de las necesidades económicas, porque el hombre necesita satisfacerlas para elevar la productividad de trabajo y la calidad de su vida. 

III

Cerca de un siglo de descuidos de todos estos pensamientos de Marx y Engels, ha conducido por el camino del error, el crimen y la más vergonzosa reacción. Me pregunto: ¿vamos a seguirlo descuidando? Para no hacerlo, es preciso situar la capacidad consciente de los hombres y los factores superestructurales en el lugar central que les corresponde dentro de la interpretación materialista dialéctica de la historia; llevarlo también al terreno concreto de la política y así promover y orientar el movimiento al socialismo. La capacidad humana para transformar la realidad social en una determinada dirección, está en la esencia de la concepción de Marx y Engels; “Libertad es conciencia de la necesidad” —afirmó Engels. Debemos generar la voluntad de transformación y promover la participación de millones y millones de personas en esa dirección.

Aparece, pues, el llamado “factor humano”, no se trata de un factor más, propiamente está en el centro del pensar filosófico y de las ideas revolucionarias de los clásicos. Lo debemos entender en su más amplio alcance social e incluir en el concepto a toda la humanidad.

Coloquemos lo humano como piedra angular de su pensamiento filosófico, y estaremos honrándolos de una manera fiel a sus vidas y a sus obras. Marx dijo a su hija que el pensamiento más atractivo para él estaba contenido en la antigua sentencia: “nada humano me es ajeno”. Pero, ¿cuál es la naturaleza humana? ¿Cuál es la condición humana?

Es cierto como afirmó Engels, que el hombre precisa primero tener cubiertas sus necesidades básicas, para luego hacer vida espiritual, porque sin esta última “no hay hombre”. Pero también es cierto que sin los valores intelectuales y espirituales no tiene existencia en el sentido que objetivamente lo conocemos, y a estas alturas de la historia debemos entenderlo. No se trata solo de lo físico, del ser, porque es también el pensar y la conciencia; ese es el hombre que objetivamente existe.

El hombre genera vida espiritual a partir y por medio de su trabajo, inteligencia y conciencia. Al crear cultura, esta se convierte en un elemento real y concreto de enorme peso histórico. Quienes no asuman en todas sus consecuencias prácticas esta verdad, negarán la experiencia histórica y los hechos más evidentes de la vida diaria; se olvidarán de nuestra singularidad como especie, porque precisamente la inteligencia, el trabajo y la cultura nos diferencian de los restantes individuos del reino animal. Debido a limitaciones epistemológicas relacionadas con nuestros actuales horizontes científicos, se hace gigantesca la dificultad de conocer y describir los fundamentos materialistas de la vida espiritual; pero esto no justifica el olvido o subestimación de la misma. La raíz de su existencia no se halla con una formulación metafísica; los fundamentos materialistas de la vida espiritual se perciben en la propia naturaleza del hombre.

Debemos probar hoy la raíz materialista y el fundamento científico de la facultad humana para crear vida espiritual. Apreciémosla en este párrafo de Engels:

“La civilización ha realizado cosas de las que distaba muchísimo de ser capaz la antigua sociedad gentilicia. Pero las ha llevado a cabo poniendo en movimiento los impulsos y pasiones más viles de los hombres y a costa de sus mejores disposiciones.”

Tanto en un caso como en el otro están presentes ya sea para bien o para mal, como factor decisivo, las condiciones y aptitudes humanas.

Recuérdese la importancia que Marx atribuye a la práctica humana, al punto de convertirla en uno de los rasgos medulares de su pensamiento filosófico.

La clave de su pensamiento filosófico está expresada en las Tesis sobre Feuerbach donde critican el materialismo anterior por no reconocer la validez científica de la sensorialidad y de la práctica humana que ella generaba, y agregan:

“De aquí que el lado activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero solo de un modo abstracto, ya que el idealismo, no conoce la actividad real, sensorial, como tal.

Por vez primera se colocó a los estudios filosóficos como disciplina de inmediato interés práctico para los hombres y no para unos cuantos, sino para millones de trabajadores de Europa y América. La proeza fue colosal y bastaría con ella para rendir homenaje a Marx y a Engels, un siglo después de su muerte, aunque no hubieran realizado nada más.

Ahí nace la vida espiritual y adquiere una categoría social de enorme peso histórico. Pero se ignoró que el materialismo de Marx encerraba una noción ética, y una valoración de los factores volitivos en los procesos  históricos y  económicos. No se les puede atribuir  el déficit a ellos, sino a  la  historia de las ideas de Occidente. El divorcio entre lo material y la vida espiritual fue un gravísimo error de incalculables consecuencias prácticas arrastrado desde antaño.

Al desdeñarse la importancia de los elementos subjetivos en los procesos históricos se estaba reduciendo el papel de la práctica humana y social. Se le estaba dando a lo “objetivo” un valor simplemente abstracto o metafísico, porque propiamente la objetividad se expresa también en nosotros mismos y se revela en nuestras emociones, sentimientos, inteligencias y acciones. Ha de exaltarse lo más elevado del hombre: su vocación social y el amor, donde precisamente está el origen de la vida.

En la “práctica socialista” se situaron los factores de índole económica con tal fuerza como estímulo e incentivo de la actividad productiva y del conjunto de la vida social, que afectaron los de índole moral, cultural y la formación de la conciencia social, en perjuicio de “las mejores disposiciones humanas”, y eran justamente estas la clave para el desarrollo socialista y los desafíos del siglo XX.

En la historia de Occidente los métodos metafísicos en el análisis de lo espiritual impidieron encontrar un fundamento científico del socialismo en el terreno de la subjetividad. No se remedió este problema cardinal porque se trazó una distancia infranqueable entre lo ético y lo económico; la política socialista del siglo XX, al no superar ni teórica ni prácticamente esta dicotomía, cayó en una trampa.

Para entender la raíz materialista de la cultura, debemos analizarla desde sus orígenes y en su larga evolución. S. Freud apreciaba como el más antiguo suceso cultural, la sanción y el rechazo social a la relación sexual entre padres e hijos, así como entre parientes en  general. Esta fue seguramente una necesidad para la supervivencia de la especie, porque el incesto resultaba negativo a la más sana evolución genética. Su denuncia fue un hecho genuinamente cultural. Hoy solo a personas enfermas o mal constituidas puede siquiera ocurrírseles semejante acto. El incesto llega a ser un hecho antinatural para el hombre civilizado, pero debió significar un choque violento en la evolución de la especie. Este acontecimiento en su desarrollo ulterior —como señaló S. Freud— debió tener una decisiva influencia en la forja de la psicología individual y por tanto la social. Se trató desde luego de un proceso cargado de violencia, pero marcó la diferenciación del hombre con sus antecesores en el reino animal.

El nacimiento de la cultura se relaciona con el trabajo; este último en su forma más elemental empezó a gestar los vínculos entre la capacidad física y la mental. Se trataba de una transformación impuesta por el desarrollo práctico del trabajo humano y con influencia en la propia evolución natural; por esta vía emergió la cultura. Los estudios de Engels sobre el papel del trabajo en la formación del hombre, son una lección medular para entender cómo nació la creación humana: la cultura, y cómo se renovó así la naturaleza interior y exterior del hombre. Ahí se muestra el germen de la cultura y también está el nacimiento de la capacidad humana, para unirse con los demás hombres y hacer vida social.

Los más modernos avances de la investigación del cerebro y del sistema nervioso del hombre, confirman la visión materialista y sirven de indicador del papel funcional ejercido por la cultura en la historia de las civilizaciones. En milenios de evolución social se ha ido creando una segunda naturaleza; en ella se asienta nuestra vida espiritual y tiene a su vez fundamentos materiales. La escritura y la evolución cultural crecieron a partir de la misma. Esto hizo posible la acumulación de una memoria social en materiales más estables y perdurables que los del cerebro humano. Las imágenes, conceptos, costumbres, etc., trasladados de cerebro a cerebro a lo largo de las generaciones, crearon un inmenso arsenal de cultura, sobre tales fundamentos se explica su papel decisivo en la historia del hombre.

Las necesidades económicas constituyen la motivación de fondo de los grandes movimientos sociales, los cuales enrolan la acción de millones de seres humanos y promueven cambios prácticos y duraderos. Pero para realizarlos, se requieren paradigmas culturales; de esta manera su importancia es fundamental en la consolidación de la renovación de la sociedad. Dentro de ellos hay uno clave: la justicia, la cual expresa una necesidad social a gran escala; surge de esta forma como proyecto ideal, la utopía realizable hacia el futuro.

En el orden filosófico debemos tener en cuenta a la realidad material en movimiento, expresada no solo en la superficie formal de lo conocido y asumido con la observación inmediata, sino también por  lo contenido en las necesidades incesantes desplegadas por la propia realidad.

Tales necesidades vienen condicionadas por el conocimiento y por tanto por la cultura de los hombres para orientar su acción en un sentido u otro; si se deja a la espontaneidad, ya sea por falta de cultura o simplemente por inmovilismo social, se conducirá al caos y a largos períodos de estancamiento. El valor de los símbolos y las imágenes expresados en los mitos vienen a desempeñar el papel catalizador y movilizador de acciones humanas de carácter masivo; todo eso tiene en última  instancia  raíces económicas. La fundamentación final está en las necesidades materiales, pero ellas pueden responder a un interés egoísta y conservador, o a uno altruista y revolucionario. En el proceso del derrumbe del socialismo en Europa del Este, la cultura acabó desembocando a favor de los peores intereses  conservadores y dejó de ser revolucionaria. La economía está en el sustrato; si la historia se acelera o se retrasa, si marcha en una dirección o en un sentido opuesto, depende de la inserción mayor o menor de la cultura en el movimiento económico.

Al rechazar en bloque los avances culturales de los países occidentales, el “socialismo real” se privó de la necesaria actualización y complementación con el progreso del conocimiento humano. Esto lo podemos apreciar en la negación dogmática de los descubrimientos del científico materialista S. Freud, a quien se le reputó como pensador idealista cuando sus descubrimientos podían servir de importante punto de referencia para la comprensión del papel de la psicología y la vida espiritual. El empeño teórico encaminado a confirmar las relaciones entre el pensamiento materialista de Marx y el de S. Freud, merece hoy una profunda reflexión. Es indispensable estudiar con rigor, desde el plano del pensamiento de Marx y Engels, los principios materialistas fundamentados en el surgimiento y evolución de la cultura formulados por S. Freud.

La interpretación materialista después de Marx, Engels y Lenin, no podía llegar a estas conclusiones, porque todo reclamo de situar al humanismo como principio filosófico era rechazado políticamente y caracterizado como ajeno al marxismo. Sin embargo, el materialismo de Marx y Engels había profundizado en la consideración del hombre como ser social y lo situó como el agente principal de la historia.

Algunas corrientes socialistas surgidas en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial en Europa, como el existencialismo de Sartre, fueron rechazadas con dogmatismo. Gramsci mucho antes elaboró un pensamiento profundamente socialista, en el cual situaba al movimiento social y cultural en preeminente lugar. Mariátegui, desde la cultura espiritual de nuestra América, representó también una exaltación de los valores culturales, pero nada de esto se tuvo en cuenta con el peso debido, en el desarrollo de las ideas comunistas del siglo XX.

La cultura puede ejercer un papel progresista y lo ha desempeñado. Lo hará con el apoyo de la ciencia, la educación, y promoviendo la participación consciente de la sociedad en el proceso educativo y cultural. Esto último exige el rigor de una ética, en la cual la justicia expresada en su acepción más universal esté en el centro de la orientación de la conducta humana. Fue esa ética la que soñaron Cristo, Marx, Engels, Martí y todos los grandes humanistas de la historia.

Se desplazó el análisis de la contradicción dada internamente en la naturaleza humana entre lo denominado por Engels “las pasiones más viles” y “las mejores disposiciones”; sin embargo en ello estaba el centro de una exigencia política genuinamente socialista.

El gran mérito de Marx y Engels estuvo en confirmar la posibilidad del hombre de conocer y transformar la naturaleza como parte consciente de la misma. La vieja tradición filosófica cuestionaba las posibilidades humanas de manejar las leyes objetivas de la sociedad y la historia; se movía en un terreno exclusivamente intelectual. Esto lo explica el pensamiento expuesto por ellos en la tesis 11 sobre Feuerbach, que dice: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”.

La naturaleza y la sociedad se rigen por leyes objetivas. La historia del marxismo ha estado marcada por la lucha contra los intereses de una subjetividad que ha venido escamoteando esta verdad. Y la ha encubierto para tratar de impedir a las masas oprimidas la posibilidad de llegar por sí mismas a esas realidades y alentar la transformación revolucionaria. Toda la pasión de Marx y Engels estuvo puesta en hacer comprender a los trabajadores y explotados la necesidad de estudiar y aplicar las leyes de la naturaleza y la historia, para servir mejor a sus intereses. Aunque, como señaló Engels, no se había enfatizado suficientemente en la importancia de los factores superestructurales.

Cuando las concepciones metafísicas dominaban la mente de los hombres y la evolución intelectual e imponían un valladar entre estos y la naturaleza, era inevitable insistir en la importancia de las leyes económicas. Pero resultaba imprescindible profundizar en otros planos de la realidad material, para abordar el problema de la subjetividad y de la condición humana, no solo en su relación con el medio social y natural exterior a él, sino también en el que se da en el hombre mismo y se revela en su conciencia tanto individual como social.

La forma de entender la contradicción objetiva vs. subjetiva no permitiría dilucidar la contradicción nacida en el seno del individuo mismo, entre las tendencias egoístas y su vocación social subyacente en la propia naturaleza humana. En el seno del individuo está la batalla que es preciso librar; en él se halla la esencia de la lucha entre el bien y el mal, entendida esta expresión en su acepción martiana. Tanto la bondad y el amor, como las pasiones más viles, están vivas en los hombres. Ambas son factores subjetivos, y tanto en lo interno del hombre como en lo externo (lo social), tienen consecuencias objetivas. El dilema central de la ética se expresa, pues, en la contradicción entre los impulsos primarios y las mejores disposiciones.

Cuando en la historia de la filosofía se llegó a la conclusión de la identidad entre el ser y el pensar, había que estudiar la contradicción entre el egoísmo y la vocación social, como la cuestión concreta e inmediata más importante para la educación, la cultura, la interpretación histórica y por tanto de la política. Todo esto se entrelaza a su vez con la explotación del hombre por el hombre, y las luchas sociales y económicas. Lo ético debemos colocarlo en el centro del debate entre explotados y explotadores. Si la interpretación marxista no coloca la lucha en favor de los pobres como la pieza central de la ética universal, no podrán comprenderse la verdadera dimensión y el alcance de los grandes errores que se cometieron  bajo la bandera del socialismo en el siglo XX.

La primera y gran injusticia dentro del sistema capitalista está en arrebatarles a los trabajadores el nuevo valor creado por su trabajo.

Podemos cimentar la ética a partir del estudio de la plusvalía y colocar como piedra esencial de una moral ciudadana el honor del trabajo; otro elemento a resaltar es la disposición humana para asociarse con el objetivo de forjar una sociedad enriquecida material y espiritualmente. Constituyen valores fundamentales de la ética exaltar el honor del trabajo y la vocación social del hombre. Todo ello está contenido en la esencia de las más altas aspiraciones de Marx y Engels. Precisamente el error de la llamada izquierda del siglo XX, estuvo en no considerar a la cultura como fuerza indispensable para la liberación humana; se provocó incluso el rechazo a la misma.

Cuando Marx describía la importancia de la mercancía y de los factores netamente económicos estaba haciendo un señalamiento acerca de la enfermedad sufrida por la humanidad en el sistema capitalista. Pero no se interpretó correctamente su crítica al régimen mercantil y a los factores de su movimiento. Marx luchó por un sentido ético de la vida, y en ello reside la esencia más profunda de sus planteamientos. Los “marxistas” no debieron jamás despreciar
el papel de lo espiritual, ni tampoco tratarlo con procedimientos impositivos y anticulturales. Hacerlo de esta manera condujo al crecimiento del egocentrismo y de las peores tendencias humanas. Así se facilitó, en la conciencia social de muchos países, el fomento de los intereses antisocialistas. Debemos trabajar por el mejoramiento material y espiritual del hombre; no hay otra alternativa para el ideal de redención humana supuesto por el socialismo. 

                                   IV

Para insertar la cultura en una civilización que se proponga transitar hacia el socialismo, se deberá romper definitivamente con la vieja ideología de la dicotomía entre lo material y lo espiritual como si fueran mundos divorciados. Empecemos por reconocer que la base material de la sociedad no tiene existencia real, si no se interrelaciona con una superestructura ideológica, cultural e institucional, y ahí es donde se aprecia su importancia práctica, social e histórica. Tratar de forma divorciada las luchas por el pan, por un lado, y la vida espiritual, por el otro, se convierte en fuente de distorsiones peligrosas Para la sociedad. Incluso el pan es posible porque la mano, inteligencia y destreza del hombre lo han creado, y eso es cultura. Pero no se podrá distribuir de manera justa, sin el conocimiento y la cultura indispensables para ello. La equidad exige más cultura que la arbitrariedad, he ahí la cuestión.

Después de Marx y Engels, las ciencias sociales y las humanidades, debían haberse planteado sus grandes descubrimientos científicos y filosóficos, como punto de partida para investigar la naturaleza, la evolución, así como el desarrollo de la sociedad, y rechazar todo criterio dogmático o doctrinario. El político profundamente revolucionario debía tomar estos aportes como lo hicieron Lenin, Fidel y todos los protagonistas de las verdaderas revoluciones en el siglo XX. Pero se planteó el marxismo, en tanto conclusión filosófica y científico-social, como imperativo expresado en normas rígidas de conducta de los hombres para el cambio revolucionario, y esto es un gran error. La actividad humana no viene mandatada por una conclusión científica. Las normas y principios pueden orientar la conducta humana, pero ellos han de fundamentarse en la educación, la cultura y en especial en la formación política y ética ciudadana. Es sabio apoyarse y guiarse por los resultados de las ciencias sociales e históricas y los fundamentos de la filosofía; sin embargo, ello solo sirve —y ya es bastante— de pauta para la actividad humana y de método de investigación para guiarla. Si Engels había caracterizado al marxismo como “un método de estudio e investigación”, Lenin planteó estas mismas esencias y las llevó al plano de la materialización práctica cuando las definió como “una guía para la acción”. Ocurre así la síntesis de pensamiento -acción, cuestión clave del materialismo de Marx.

Hace años me pregunté: ¿Para andar por la vida promoviendo la justicia entre los hombres basta con estas sabias definiciones de Engels y Lenin? Martí me dio la respuesta cuando planteó en la primera línea referida a Marx: “Como se puso del lado de los débiles merece honor.” Es necesaria, pues una opción ética, porque no basta con un método científico o una guía para la acción, es indispensable emplearla en función de la liberación humana. Así lo hicieron C. Marx y F. Engels, y por eso entendemos su ética humanista.

Los antagonismos y contradicciones sociales de raíces económicas y sus formas explosivas de comportarse, poseen la carga espiritual de la lucha entre la injusticia y el egoísmo, por un lado, y la justicia y la vocación social del hombre,  por el otro. Diversas corrientes socialdemócratas europeas se han apoyado en los valores éticos y en la cultura para defender la justicia social. Esto es positivo, pero no se alcanza la dimensión revolucionaria sin apoyarse en el materialismo histórico. Dejar a un lado a Marx y a Engels equivale a echar por la borda eslabones claves del conocimiento humano. El materialismo histórico recogió la esencia de cada conocimiento alcanzado y trató de armar con ellos la cadena de la historia de las ideas, para llegar a las conclusiones posibles de aplicar en su época. Engels incluso subrayó y explicó las razones por las cuales todo conocimiento es limitado. Cuando ello se entienda, daremos al traste de una vez y para siempre con los “decálogos” de soluciones definitivas y “verdades eternas”. Si así lo apreció Engels con respecto a la historia cultural precedente, ¿por qué no entenderlo nosotros con respecto al legado de Marx y Engels?, quienes hoy niegan la validez de estos sabios, lo hacen con el mismo cariz conservador de aquellos que concibieron el marxismo como un “dogma determinista”. En este error no solo han influido los enemigos del pensamiento de Engels, sino también muchos de sus continuadores.

Por supuesto, existen procesos y espacios que Marx y Engels no conocieron, como por ejemplo los prodigiosos avances en los campos de la psicología y la sociología, los cuales tienen una enorme significación en la cuestión de la subjetividad. Ellos vivieron en la Europa del siglo XIX, y alcanzaron allí la más elevada escala del saber. Pero el mundo era mucho más ancho, y los tiempos fueron cambiando, lo cual obligaba a actualizar y profundizar las ideas de estos d os grandes maestros; lo confirma el trabajo creativo y revolucionario realizado por Lenin. Situar el origen del desarrollo económico más allá de los hombres es caer en una visión filosóficamente idealista bien distinta al materialismo histórico. Marx estudió Economía Política no economía a secas. Para rescatar el pensamiento marxista del pantano ético dejado como nefasta herencia por más de 80 años de tergiversaciones, es necesario investigar los fundamentos culturales del materialismo histórico. Estudiemos las ideas de Marx y Engels a la luz del pensamiento martiano cuando afirmó: “los hombres van divididos en dos bandos: los que aman y fundan, y los que odian y destruyen”; debemos entenderlo con un criterio profundamente dialéctico, porque en la vida real están presentes estas categorías en formas infinitamente complejas, combinadas y cargadas de matices. Reitero que en el orden filosófico los factores subjetivos no fueron suficientemente examinados en su peso específico por Marx y Engels, no lo hicieron con el énfasis debido, y esto lo reconoce ejemplarmente Engels en sus últimos trabajos. La separación entre el espíritu y la materia de fundamentación metafísica, presente en la esencia teórica de las tergiversaciones, se impuso en la mente de los hombres y sirvió de argumentación ideológica a los intereses conservadores. Desde el punto de vista estrictamente ético, habría que colocar las “mejores disposiciones” como la inspiración más revolucionaria. Una vez resuelto teóricamente por Marx y Engels el problema fundamental de la filosofía, habría que plantearse con todo rigor en la política, la educación y la cultura en general, el tema concreto más importante del hombre sobre la Tierra: el tema de la ética en toda su extensión y complejidad; es de las más importantes cuestiones prácticas de la política moderna. El gigantesco déficit moral en el llamado “socialismo real” y todas las desviaciones cometidas, debilitaron la interpretación marxista prevaleciente en las últimas décadas del siglo XX. No basta con denunciar los errores, es indispensable analizar las raíces filosóficas de los mismos. Cuando no se exaltan los valores espirituales en un sentido genuinamente humano y universal, se acaban imponiendo las tendencias egocéntricas y los instintos primarios más ferozmente individualistas. Y como para prevalecer estos últimos requieren de un determinado apoyo social, erigen doctrinas que hipócrita y cínicamente tratan de explicar y justificar ante las conciencias enfermas o simplemente ignorantes, las viejas tendencias atávicas de la subconciencia, y conducen incluso en sus extremos al proceder criminal.

Esta es la lección que en el orden de las ideas debemos extraer de una época en que el materialismo de Marx fue reducido a un economicismo vulgar y a una caricatura grosera.

V

La crisis interna de una sociedad relacionada con la falta de correspondencia entre el nivel de desarrollo económico y la vida espiritual y social, agrava el antagonismo entre los privilegios de unos cuantos y la mísera existencia y ausencia de libertad de la inmensa mayoría. Esta agudización genera choques cada vez más violentos; los mismos son de carácter económico y se revelan en la cultura. Las clases conservadoras tienden a justificarse con enemigos externos y cuando estos no existen los inventan; es precisamente lo que hoy hacen los intereses más reaccionarios de los Estados Unidos, con relación a Cuba y al mundo. La historia de la humanidad se ha caracterizado siempre por los constantes antagonismos entre su desarrollo económico y su vida institucional, jurídica, política y moral. Ninguna civilización pudo nacer, crecer y fortalecerse sin la savia cultural. El artificio creado durante siglos en el terreno de la filosofía y la cultura por los regímenes de clase, ha consistido en analizar de forma parcial y segmentada los aspectos esenciales de la historia del hombre, sus necesidades materiales, que le vienen impuestas por su propia naturaleza y su vocación social y creativa. La influencia de la cultura, tal como la concibe el materialismo histórico, no debe fragmentarse en departamentos estancos, ni verse independiente del pensamiento filosófico, lógico, ético y estético; su fuerza revolucionaria está en la integralidad.

Una corriente de la herencia cultural de Occidente ha sido el pragmatismo norteamericano, el cual ha demostrado “eficacia” para sostener el sistema de explotación y dominio mundial. Su carácter conservador y reaccionario se fundamenta en el objetivo de defender intereses egoístas, dejando al margen los de los pueblos del mundo, e incluso a las masas explotadas de sus propios países. La cultura convertida en un poder social fue históricamente subordinada a los intereses egocéntricos y se convirtió así en un elemento conservador; se trata en este caso de una cultura de explotación. La moderna civilización occidental situó el centro de la visión del hombre en el triunfo de la ciencia y la razón. Esto representó un gigantesco paso de avance. Sobre la base de estos logros se planteaban nuevas interrogantes solo posibles de responder sobre fundamentos de métodos científicos. Sin embargo, las ideas socialistas situadas en la cúspide de la cultura decimonónica no podían rebasar las fronteras culturales de aquel tiempo histórico. No obstante, Marx y Engels al asumir la dialéctica de Hegel desde una perspectiva materialista consecuente, le permitieron al hombre por vez primera la posibilidad de pensar a partir de la imagen del mundo real y no del que estaba invertido en el cerebro de los hombres desde tiempo inmemorial. Hasta entonces se le había dado una connotación metafísica a la espiritualidad y ocultado el peso de los factores económico-materiales en la vida y en la historia. Contra este ocultamiento combatieron Marx y Engels, pero al hacerlo no insistieron suficientemente —lo dice Engels— en la importancia de los factores de la superestructura... Sin embargo, su esclarecimiento teórico sobre los problemas de la identidad entre el ser y el pensar, y de su relación dialéctica, le abrió un camino insospechado al conocimiento humano y al ejercicio de la voluntad del hombre. Pero muchos “marxistas” con posterioridad a la muerte de Engels, no reconocieron el papel que el mismo, incluso de forma autocrítica, le había atribuido a los factores de la superestructura.

El siglo XX con su prodigiosa producción científico-técnica, brindó nuevos “argumentos” para ocultar el valor de la subjetividad. No se extrajo la conclusión de que los avances científico-técnicos partían de una ampliación del conocimiento, lo cual claro está, se halla vinculado a elementos de carácter subjetivo. El papel de la vida espiritual podría además haberse estudiado científicamente, teniendo en cuenta los progresos alcanzados por la psicología. Las investigaciones en este campo no pocas veces fueron etiquetadas como ciencia burguesa, con lo cual se les desestimaba. Como toda aventura científica tales contribuciones son polémicas y contradictorias, pero desecharlas por razones únicamente “ideológicas” reveló enraizados prejuicios de raíces anticulturales. En estos años finiseculares se han perdido a escala mundial confianza y optimismo en el curso positivo de la historia, así como también la fe en el proletariado industrial, como sujeto potencial de transformación con una misión histórica a cumplir. Durante el siglo XX los socialistas tuvieron la convicción de que el proletariado industrial si asumía el poder político y el dominio sobre la economía, podría impedir las guerras y el exterminio de la especie humana, pero esto no fue posible. Para rescatar la confianza en el progreso, debemos ir a la esencia de las ideas socialistas del siglo XIX, estudiar las condiciones socioeconómicas en virtud de las cuales surgieron e investigar el desenvolvimiento histórico ulterior, y arribar así a criterios científicos que permitan encontrar nuevos caminos a favor de la liberación humana; esto solo es posible investigando los “Nuevos agentes sociales del cambio”.

¿Acaso por lo ocurrido en años recientes debemos dejar al margen la experiencia universal del pensamiento socialista de los siglos XIX y XX? Pienso que no. De forma muy preliminar esbozo algunas ideas para ulteriores análisis. El triunfo de la revolución socialista se avizoraba tras la victoria del proletariado industrial en los países capitalistas de más alto nivel de desarrollo; sin embargo, no ocurrió así. El mundo era mucho más amplio de lo que pudieron imaginar los más grandes sabios del siglo XIX, pero, ¿qué falló en el “socialismo real”? A sus dirigentes les faltó voluntad y visión política para auspiciar una alianza con el Tercer Mundo. Podría decirse que esto era imposible, pero diría mejor, resultó imposible. La causa estuvo en haberse divorciado de la tradición leninista; no se asimilaron creadoramente sus estudios sobre el imperialismo y sus advertencias sobre la importancia del movimiento liberador iniciado entonces en los países de Asia. Un momento culminante de este drama fue la Crisis de Octubre de 1962, cuando en nombre de la defensa de los intereses de Cuba, se podía haber levantado la bandera universal de la independencia nacional, en un momento en que esa bandera tenía un respaldo inmenso en el mundo; pero eso, desde luego, no se hizo. En los finales de la década de 1980, en nombre del socialismo se nos invitó a releer los trabajos de Lenin. Como afirmé en mi texto Volver a leer a Engels, lo hice con cuidado y desde posiciones tercermundistas y de izquierda. Confirmé la validez de sus ideas en un sentido radicalmente opuesto a lo que proclamó la perestroika.

La idea del socialismo cayó en un engaño; la muy justa “fascinación” de Marx sobre el impetuoso desarrollo burgués, que transformó radicalmente la sociedad humana en el transcurso de unas pocas décadas, obsesionó con posterioridad a la muerte de Lenin a muchos de los “intérpretes” del pensamiento marxista, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial. Se llegó a establecer como doctrina la llamada coexistencia pacífica entre países socialistas y capitalistas, hasta convertir el desarrollo industrial y tecnológico en una especie de “teología revolucionaria” o de “retórica economicista”.

En la cumbre del pensamiento científico de Marx, heredero de la tradición europea de milenios, tenía fundamentos la exaltación del valor de las ciencias y las tecnologías, pero como antes subrayamos, Marx nunca dejó un dogma, sino un punto de partida para ulteriores análisis, y las ciencias sociales y económicas tenían que seguir investigando, estudiando y desarrollándose. Por otra parte el factor económico con su influencia decisiva en última instancia, no se podía simplificar como competitividad productiva y tecnológica. La Economía Política abarca mucho más, porque se entrelaza por medio de las relaciones que los hombres establecen en el proceso de producción con la superestructura política, ideológica y moral. La coexistencia pacífica entre los dos sistemas, a la que en un principio por razones muy coyunturales estuvo obligado el socialismo en época de Lenin, se trasladó con posterioridad a su desaparición, a estrategia revolucionaria permanente. Ahí está precisamente uno de los errores: convertir decisiones coyunturales emergentes en estrategias a largo plazo.

Todo esto impidió apreciar los valores sociales, humanos y culturales, sin los cuales el desarrollo material no solo puede paralizarse o desviarse, sino convertirse en una infernal pesadilla. Así en buena medida ocurrió, y no es que vayamos a negar la importancia del progreso material, pero debemos reconocer que el crecimiento y perdurabilidad de las civilizaciones, no transcurre exclusivamente por la vía del “progreso científico y tecnológico”.

Estos sabios abordaron los temas claves de la naturaleza y la historia con tal grado de abstracción —y así tenía que ser— que resulta imposible visualizar la grandeza de sus orientaciones en función de la práctica, si no se ha captado y asumido la esencia de su mensaje. Lo más importante está en la aspiración a la liberación del hombre de la explotación y su hermana gemela, la enajenación, con la que las clases poderosas han sometido a los explotados.

Si no se captan los pensamientos de Marx y Engels, como un empeño de movilización de las conciencias y de esclarecimiento científico acerca de los métodos con los cuales debemos orientar nuestra acción transformadora, no se podrá descubrir el fondo de esta inmensa sabiduría.

Si no se aprecia que, unida al análisis concreto de la realidad, ha de realizarse una abstracción y relacionarla con otras realidades, para arribar a unas más abarcadoras que nos sirvan de pauta hacia la práctica de la transformación del mundo, no se habrá comprendido en sus más profundas esencias su pensamiento. Si no se comprende y asume lo que representa la enajenación, la imagen invertida de la realidad, no se podrán entender las razones por las cuales el régimen burgués se presenta como democrático, pero es en esencia una dictadura de clase.

Si no se comprende que el llamado “trabajo libre” del asalariado encierra una esclavitud y un sometimiento a los dueños de la fuerza laboral, no se puede comprender lo sustancial en Marx y Engels. Si nada de lo expuesto se capta a plenitud, no es posible comprender la cultura de estos sabios.

Un siglo después, estos fenómenos adquirieron una infinita complejidad, pero si no se descubre lo sustantivo de ella, la verdad permanecerá oculta en el desorden ético de la postmodernidad. No hay más solución que un concepto integral y genuinamente humanista de la cultura. El lado social y más netamente humano del desarrollo plantea a estas alturas la exigencia de una cultura superior en su cabal acepción. No podremos alcanzarla de un día para otro, pero debemos plantearlo en este minuto con toda urgencia, porque sólo así podemos salvar a la humanidad.

Para buscar la relación de este legado revolucionario con nuestra vida inmediata, y por tanto asumirlo de forma eficaz como guía para la acción, debe entenderse lo expresado por Lenin cuando afirmó que los fenómenos son más ricos que las esencias.

Las ideas filosóficas de Marx y Engels, se revelan con tal escala de abstracción que para llevarlas a la práctica se exige su asimilación crítica, y en especial, captar, así como asumir el carácter liberador y ético de su mensaje. Sin esto último no se podrá apoyar cabalmente, ni siquiera comprender la dimensión humanista de sus ideas, y no se podrá actuar de una manera plenamente justa. Para ello es necesario descubrir sobre fundamentos filosóficos y métodos científicos su legado, con la experiencia de un siglo de grandezas y errores.

En el centenario de la muerte de Engels, exhorto al estudio de la obra de estos grandes humanistas, para encontrar el camino de nuevos paradigmas socialistas, los cuales transitan por las vías de entender a la cultura y la ética como cuestiones de un enorme y decisivo peso histórico; son temas de acuciante actualidad política, cubana y universal.

* Tomado del libro Marx, Engels y la condición humana. Una visión desde Cuba del Dr. Armando Hart Dávalos. Editorial Ciencias Sociales, 2005

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