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Honramos a Federico Engels en el centenario de su
muerte, porque él es una de las claves de la cultura
universal en la milenaria lucha del hombre por su
redención. En la exaltación de estos valores se halla la
enseñanza más importante de Engels y de su amigo Carlos
Marx. Su originalidad reside en haberlo hecho sobre el
fundamento de la investigación científica y con métodos
de este carácter. Se trató de un esfuerzo en el que
ciencia y conciencia lograron conjugarse para producir
una creación intelectual y moral, como poquísimas veces
se ha alcanzado en la historia. El egoísmo opone feroz
resistencia a tan generosos propósitos, pero la historia
acaba situando a estos hombres en sus cumbres más
elevadas, entregándoles reconocimiento y gratitud.
También les recordamos porque, como verdaderos artífices
de la historia, supieron enlazar la cultura y la lucha
del hombre por su liberación. Es difícil encontrar una
síntesis de ciencia, cultura y empeño redentor con tan
alta escala de grandeza y trascendencia; ella estuvo
también presente en Martí.
No es posible deslindar los méritos científicos de
Engels de los de Marx. Los mismos están condensados en
la pieza oratoria breve, sencilla, certera, pronunciada
por Engels, ante la tumba de su ilustre amigo, en el
Cementerio de Highgate, en Londres. Aquellos párrafos
terminan con una idea clave: “Marx y su obra vivirán a
través de los siglos”; a más de cien años de distancia
podríamos decir exactamente lo mismo. En el memorable
texto describe los grandes descubrimientos filosóficos y
científicos de Marx, destaca que era “solo la mitad del
hombre” e inmediatamente reseña con amor al luchador y
combatiente comprometido con la causa de los pobres y
explotados del mundo.
Es difícil
encontrar en la historia dos sabios unidos por una
relación tan entrañable e identificación tan
profunda. El ejemplo de esa amistad es uno de los
valores humanos más extraordinarios de a pesar de
poseer los dos cualidades suficientes para andar
cada uno proclamando las verdades que descubrieron,
habla del valor de la lealtad y de la devoción
forjada por la certeza de sus contribuciones. Ha de
resaltarse la modestia de Engels, porque es difícil
encontrar un sabio con tanta humildad; conociendo a
los hombres en sus virtudes y pasiones nos
percatamos de la excepcionalidad de esta amistad.
Para quienes
consideran a la filosofía como algo distante de las
situaciones concretas, les subrayamos uno de los
hallazgos de Marx y Engels: facilitar métodos y
principios eficaces para el análisis de los hechos
encaminados a la transformación material y social a
favor de la libertad y la conquista de la felicidad.
Nadie había elevado
al hombre de manera tan consecuente, profunda y original
como agente fundamental de la práctica social, económica
y política; ni le había abierto en el plano de la
filosofía, un camino de más vasto alcance al ejercicio
de su libertad. Nadie había explicado con tanto rigor
científico que sus fundamentos están en primer lugar en
la conciencia humana; algunos habían hecho suya esta
hermosa verdad, pero a ellos les correspondió el honor
de confirmarla en el terreno filosófico y científico más
exigente.
Tales revelaciones
solo podían hacerse a partir de una larga evolución de
la cultura y del alto nivel de desarrollo de las
ciencias y el pensamiento alcanzado en Europa en la
decimonónica centuria.
No se puede hablar de
filosofía y de ciencia en los dos últimos siglos, sin
colocar a Carlos Marx y a Federico Engels en las cumbres
de las mismas. En nombre de sus ideas se cometieron
graves errores, pero, al enjuiciarlos a la luz de sus
descubrimientos, se confirma de forma dramática la
validez de sus principios y métodos. No hay cuerpo de
ideas de trascendencia en el que algunos de sus
discípulos, continuadores o simplemente quienes dijeron
ser sus intérpretes, no hayan violado y transgredido las
enseñanzas de los sabios y profetas.
Sin embargo, cuando las verdades descubiertas
representan una necesidad objetiva de la sociedad,
superan estos dislates y acaban reapareciendo de modo
sorprendente y de forma diferente, pero con la pureza de
su sentido original.
A quienes todavía permanecen embriagados con la caída
del Muro de Berlín, les recordamos la vigencia renovada
de las ideas de las grandes figuras intelectuales y
morales desde la antigüedad y a lo largo de los siglos.
Si son válidas renacen décadas y aun siglos después, con
la originalidad y riqueza de los nuevos tiempos; cuando
parecían apagarse en el recuerdo humano emergen sobre el
olvido, la arrogancia y la ignorancia de los hombres.
Se podrán destruir
estados y muros, pero los principios de fundamentos
humanistas y valor científico sirven de aliento y guía a
la búsqueda de la verdad y la felicidad humana; no se
extinguen, quedan en la historia y dejan huellas y
enseñanza, vigentes mientras exista humanidad.
II
Examinemos algunas
ideas de Engels ilustrativas de la potencialidad y
actualidad de sus descubrimientos. Ellas muestran el
valor del materialismo histórico, precisamente porque
significan todo lo contrario a una doctrina dogmática y
un esquema cerrado. El materialismo de Marx y Engels es
la llave necesaria para abrir el camino del conocimiento
científico de la historia y la sociedad.
De manera amplia y
detallada Engels refutó al determinismo sobre sólidos
fundamentos filosóficos. Léanse sus conclusiones
filosóficas en Dialéctica de la naturaleza, y
se verá cómo nunca en la historia de la filosofía se ha
podido rebasar sobre bases científicas y culturales el
progreso logrado por estos sabios. Más allá de sus
aportes y descubrimientos, todo es misterio, ignorancia
o Dios, como quiera caracterizarlo la conciencia
individual de cada persona. De esta forma el pensamiento
materialista es llevado a sus últimos extremos; esto
solo puede hacerse al vincularlo con la dialéctica. El
pensar científico social (histórico) y la filosofía
alcanzan su plenitud. La cuestión del más allá acaba
referida a la libre decisión de la conciencia personal.
¿Qué más puede pedírseles a la ciencia y a la filosofía?
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Engels fue el primero
en alertar sobre los peligros de dogmatizar y reducir la
riqueza dialéctica de la filosofía marxista. A ello se
refirió en 1895, en carta, Wagner Sombart, cuando dijo:
Toda la concepción de Marx no es una doctrina, sino un
método. No ofrece dogmas hechos, sino puntos de partida
para la ulterior investigación y el método para dicha
investigación. Por consiguiente, aquí habrá que realizar
todavía cierto trabajo que Marx en su primer esbozo, no
ha llevado hasta el fin.
El porvenir —como lo
confirmó Lenin— no puede construirse con fórmulas,
modelos o esquemas rígidos, que por demás ninguno de
estos sabios estableció. Para la interpretación de la
historia pasada, el materialismo de los clásicos tiene
la fuerza de su comprobación científica, y para la del
futuro, sus ideas se presentan como pautas para la
ulterior acción del hombre.
Quienes desde el
bando conservador o reaccionario refutan su pensamiento,
acusándolo de dogma fijado en un rígido determinismo
filosófico, o los que consciente o inconscientemente lo
tratan de igual forma bajo las banderas revolucionarias,
incurren en un mismo error; pero los primeros son más
consecuentes con sus intereses que los segundos.
El énfasis de Engels,
sobre todo tras la muerte de Marx, en luchar contra
reducciones, tergiversaciones de “izquierda” y
“derecha”, y simplificaciones de la producción teórica
marxista, tenía un interés práctico: situar al hombre en
su verdadera dimensión, como sujeto en la trama
histórico-social, ello equivalía a la posibilidad de
potenciarlo para la acción revolucionaria. También
insistió en la importancia del tejido dialéctico entre
la base y la superestructura, y enfatizó en el valor de
los factores subjetivos; sobre estos temas señaló: “lo
hemos descuidado todos, me parece, más de lo debido”.
Pero estas
conclusiones no fueron comprendidas ni se les extrajeron
todas las consecuencias prácticas en la interpretación
del “pensamiento marxista” prevaleciente tras la Segunda
Guerra Mundial. Ahora bien, los vínculos entre la base
material y la cultura (lo que se llama superestructura),
se establecen por medio de las relaciones desarrolladas
por los hombres a partir de los medios de producción.
Ellas han venido conformadas por el régimen de
propiedad; aparecen así el Derecho y el Estado.
En los sistemas
jurídicos se expresan y ventilan las relaciones entre
base y superestructura. Desde esta perspectiva el
Derecho es un acontecimiento cultural de profunda raíz
económica. Pero a partir de ahí comienzan la
tergiversación y la mentira. En la historia del Derecho,
el noble principio de la equidad y la justicia se
vinculó con los intereses más bastardos y se tergiversó
en función de ellos.
Cuando se aborda el
tema de la justicia entre los hombres y se hace con
profundidad y rigor, se llega a penetrar en la
conciencia de forma perdurable, se convierte en clave de
la historia universal. Las ideas que han logrado
trascender a su época, han aspirado a establecer la
igualdad, la dignidad y la justicia, porque expresan
necesidades presentes en la naturaleza humana.
La relación de base y
superestructura constituye una contradicción en el seno
de una identidad; quienes no lo entiendan así, jamás
podrán comprender el materialismo de Marx, ni, por
tanto, interpretar con el rigor necesario los procesos
históricos. La esencia del enfoque materialista de
Engels se halla en la relación entre causa y efecto, y
en su infinita multiplicidad de interrelaciones; la base
material y la superestructura cultural se mueven en esa
relación dialéctica. Esto último no se refiere a una
entidad metafísica o simplemente abstracta, es una
realidad concreta sin la cual no hay Economía Política.
Se presentan como una entidad unida por vasos
comunicantes. Cuando esta relación se debilita o
fractura es síntoma de los males de una civilización,
porque en ella está el sustento del equilibrio social y
su coherencia. Los últimos trabajos de Engels son
explícitos al estudiar esa dicotomía, al dar las
alternativas siguientes: cambiar verdaderamente ese
estado de cosas o exponerse a la disolución social.
Subestimar el
papel de la
superestructura o tratar de forma anticultural sus
complejidades, arroja resultados negativos para el
socialismo. Si grave era este error en la época de
Engels, más lo fue tras la instauración de la URSS.
La realidad material
en movimiento se expresa no solo en la superficie formal
de lo conocido y asumido con la observación inmediata,
sino también por lo contenido en las necesidades que
incesantemente despliega la propia realidad. Si en 1917
la conjugación de las exigencias económicas y la
política más avanzada de Europa se vinculó en Rusia con
los intereses de las masas trabajadoras y llevó a la
Revolución de Octubre, en el proceso que condujo al
derrumbe del socialismo en Europa, la tradición de raíz
conservadora acabó imponiéndose. La economía está
presente siempre en el sustrato; pero
la cultura
se encuentra relacionada dialécticamente con ella y
condiciona en un sentido u otro su rumbo.
En el llamado
“socialismo real”, al desdeñarse el papel integrador de
la cultura y abordarse esta última con procedimientos
abruptos, lo llevó al aislamiento de la lucha de clases
a escala internacional, y por lo tanto no se pudo
apreciar cómo los progresos alcanzados a escala
universal en diferentes disciplinas confirmaban la
certeza del materialismo histórico. La inmensa
información y sabiduría acumuladas por los hombres fue
posible y estuvo incitada en última instancia por las
necesidades económicas, pero no puede trazarse un
divorcio con la cultura. Lo económico es la estructura
esencial de la historia social, y como estructura al fin
la condiciona. Esto fue lo que dijeron Marx y Engels y
no otra cosa; por supuesto, que ello constituye un
gigantesco descubrimiento. Lo cultural opera como
función la cual garantiza la materialización específica
de necesidades con raíces en última instancia en lo
económico.
Si se entiende el
trabajo como uno de los más remotos antecedentes de la
cultura, se empezará a comprender cómo ella desempeña un
papel relacionado con lo funcional en la historia
social. Y lo hace con el objetivo primario y sustancial
de elevar a planos superiores la vida material, pero a
su vez va generando demandas espirituales, las cuales
tienen también fundamentos y raíces materiales. Solo un
criterio egocéntrico, también presente en el hombre,
distancia lo cultural de sus necesidades crecientes. Así
se comprende que la cultura, como función esencialmente
humana, no debe apreciarse distinta, ajena o divorciada
de las necesidades económicas, porque el hombre necesita
satisfacerlas para elevar la productividad de trabajo y
la calidad de su vida.
III
Cerca de un siglo de
descuidos de todos estos pensamientos de Marx y Engels,
ha conducido por el camino del error, el crimen y la más
vergonzosa reacción. Me pregunto: ¿vamos a seguirlo
descuidando? Para no hacerlo, es preciso situar la
capacidad consciente de los hombres y los factores
superestructurales en el lugar central que les
corresponde dentro de la interpretación materialista
dialéctica de la historia; llevarlo también al terreno
concreto de la política y así promover y orientar el
movimiento al socialismo. La capacidad humana para
transformar la realidad social en una determinada
dirección, está en la esencia de la concepción de Marx y
Engels; “Libertad es conciencia de la necesidad”
—afirmó Engels. Debemos generar la voluntad de
transformación y promover la participación de millones y
millones de personas en esa dirección.
Aparece, pues, el
llamado “factor humano”, no se trata de un factor más,
propiamente está en el centro del pensar filosófico y de
las ideas revolucionarias de los clásicos. Lo debemos
entender en su más amplio alcance social e incluir en el
concepto a toda la humanidad.
Coloquemos lo humano
como piedra angular de su pensamiento filosófico, y
estaremos honrándolos de una manera fiel a sus vidas y a
sus obras. Marx dijo a su hija que el pensamiento más
atractivo para él estaba contenido en la antigua
sentencia: “nada humano me es ajeno”. Pero, ¿cuál es la
naturaleza humana? ¿Cuál es la condición humana?
Es cierto como afirmó
Engels, que el hombre precisa primero tener cubiertas
sus necesidades básicas, para luego hacer vida
espiritual, porque sin esta última “no hay hombre”. Pero
también es cierto que sin los valores intelectuales y
espirituales no tiene existencia en el sentido que
objetivamente lo conocemos, y a estas alturas de la
historia debemos entenderlo. No se trata solo de lo
físico, del ser, porque es también el pensar y la
conciencia; ese es el hombre que objetivamente existe.
El hombre genera vida
espiritual a partir y por medio de su trabajo,
inteligencia y conciencia. Al crear cultura, esta se
convierte en un elemento real y concreto de enorme peso
histórico. Quienes no asuman en todas sus consecuencias
prácticas esta verdad, negarán la experiencia histórica
y los hechos más evidentes de la vida diaria; se
olvidarán de nuestra singularidad como especie, porque
precisamente la inteligencia, el trabajo y la cultura
nos diferencian de los restantes individuos del reino
animal. Debido a limitaciones epistemológicas
relacionadas con nuestros actuales horizontes
científicos, se hace gigantesca la dificultad de conocer
y describir los fundamentos materialistas de la vida
espiritual; pero esto no justifica el olvido o
subestimación de la misma. La raíz de su existencia no
se halla con una formulación metafísica; los fundamentos
materialistas de la vida espiritual se perciben en la
propia naturaleza del hombre.
Debemos probar hoy la
raíz materialista y el fundamento científico de la
facultad humana para crear vida espiritual. Apreciémosla
en este párrafo de Engels:
“La civilización ha
realizado cosas de las que distaba muchísimo de ser
capaz la antigua sociedad gentilicia. Pero las ha
llevado a cabo poniendo en movimiento los impulsos y
pasiones más viles de los hombres y a costa de sus
mejores disposiciones.”
Tanto en un caso como
en el otro están presentes ya sea para bien o para mal,
como factor decisivo, las condiciones y aptitudes
humanas.
Recuérdese la
importancia que Marx atribuye a la práctica humana, al
punto de convertirla en uno de los rasgos medulares de
su pensamiento filosófico.
La clave de su
pensamiento filosófico está expresada en las Tesis
sobre Feuerbach donde critican el materialismo
anterior por no reconocer la validez científica
de la sensorialidad y de la práctica humana que
ella generaba, y agregan:
“De aquí que el lado
activo fuese desarrollado por el idealismo, por
oposición al materialismo, pero solo de un modo
abstracto, ya que el idealismo, no conoce la actividad
real, sensorial, como tal.
Por vez primera se colocó a los estudios filosóficos
como disciplina de inmediato interés práctico para los
hombres y no para unos cuantos, sino para millones de
trabajadores de Europa y América. La proeza fue colosal
y bastaría con ella para rendir homenaje a Marx y a
Engels, un siglo después de su muerte, aunque no
hubieran realizado nada más.
Ahí nace la vida
espiritual y adquiere una categoría social de enorme
peso histórico. Pero se ignoró que el materialismo de
Marx encerraba una noción ética, y una valoración de los
factores volitivos en los procesos históricos y
económicos. No se les puede atribuir el déficit a
ellos, sino a la historia de las ideas de Occidente.
El divorcio entre lo material y la vida espiritual fue
un gravísimo error de incalculables consecuencias
prácticas arrastrado desde antaño.
Al desdeñarse la
importancia de los elementos subjetivos en los procesos
históricos se estaba reduciendo el papel de la práctica
humana y social. Se le estaba dando a lo “objetivo” un
valor simplemente abstracto o metafísico, porque
propiamente la objetividad se expresa también en
nosotros mismos y se revela en nuestras emociones,
sentimientos, inteligencias y acciones. Ha de exaltarse
lo más elevado del hombre: su vocación social y el amor,
donde precisamente está el origen de la vida.
En la “práctica
socialista” se situaron los factores de índole económica
con tal fuerza como estímulo e incentivo de la actividad
productiva y del conjunto de la vida social, que
afectaron los de índole moral, cultural y la formación
de la conciencia social, en perjuicio de “las mejores
disposiciones humanas”, y eran justamente estas la clave
para el desarrollo socialista y los desafíos del siglo
XX.
En la historia de
Occidente los métodos metafísicos en el análisis de lo
espiritual impidieron encontrar un fundamento científico
del socialismo en el terreno de la subjetividad. No se
remedió este problema cardinal porque se trazó una
distancia infranqueable entre lo ético y lo económico;
la política socialista del siglo
XX, al no
superar ni teórica ni prácticamente esta dicotomía, cayó
en una trampa.
Para entender la raíz
materialista de la cultura, debemos analizarla desde sus
orígenes y en su larga evolución. S. Freud apreciaba
como el más antiguo suceso cultural, la sanción y el
rechazo social a la relación sexual entre padres e
hijos, así como entre parientes en general. Esta fue
seguramente una necesidad para la supervivencia de la
especie, porque el incesto resultaba negativo a la más
sana evolución genética. Su denuncia fue un hecho
genuinamente cultural. Hoy solo a personas enfermas o
mal constituidas puede siquiera ocurrírseles semejante
acto. El incesto llega a ser un hecho antinatural para
el hombre civilizado, pero debió significar un choque
violento en la evolución de la especie. Este
acontecimiento en su desarrollo ulterior —como señaló S.
Freud— debió tener una decisiva influencia en la forja
de la psicología individual y por tanto la social. Se
trató desde luego de un proceso cargado de violencia,
pero marcó la diferenciación del hombre con sus
antecesores en el reino animal.
El nacimiento de la
cultura se relaciona con el trabajo; este último en su
forma más elemental empezó a gestar los vínculos entre
la capacidad física y la mental. Se trataba de una
transformación impuesta por el desarrollo práctico del
trabajo humano y con influencia en la propia evolución
natural; por esta vía emergió la cultura. Los estudios
de Engels sobre el papel del trabajo en la formación del
hombre, son una lección medular para entender cómo nació
la creación humana: la cultura, y cómo se renovó así la
naturaleza interior y exterior del hombre. Ahí se
muestra el germen de la cultura y también está el
nacimiento de la capacidad humana, para unirse con los
demás hombres y hacer vida social.
Los más modernos
avances de la investigación del cerebro y del sistema
nervioso del hombre, confirman la visión materialista y
sirven de indicador del papel funcional ejercido por la
cultura en la historia de las civilizaciones. En
milenios de evolución social se ha ido creando una
segunda naturaleza; en ella se asienta nuestra vida
espiritual y tiene a su vez fundamentos materiales. La
escritura y la evolución cultural crecieron a partir de
la misma. Esto hizo posible la acumulación de una
memoria social en materiales más estables y perdurables
que los del cerebro humano. Las imágenes, conceptos,
costumbres, etc., trasladados de cerebro a cerebro a lo
largo de las generaciones, crearon un inmenso arsenal de
cultura, sobre tales fundamentos se explica su papel
decisivo en la historia del hombre.
Las necesidades
económicas constituyen la motivación de fondo de los
grandes movimientos sociales, los cuales enrolan la
acción de millones de seres humanos y promueven cambios
prácticos y duraderos. Pero para realizarlos, se
requieren paradigmas culturales; de esta manera su
importancia es fundamental en la consolidación de la
renovación de la sociedad. Dentro de ellos hay uno
clave: la justicia, la cual expresa una necesidad social
a gran escala; surge de esta forma como proyecto ideal,
la utopía realizable hacia el futuro.
En el orden
filosófico debemos tener en cuenta a la realidad
material en movimiento, expresada no solo en la
superficie formal de lo conocido y asumido con la
observación inmediata, sino también por lo contenido en
las necesidades incesantes desplegadas por la propia
realidad.
Tales necesidades
vienen condicionadas por el conocimiento y por tanto por
la cultura de los hombres para orientar su acción en un
sentido u otro; si se deja a la espontaneidad, ya sea
por falta de cultura o simplemente por inmovilismo
social, se conducirá al caos y a largos períodos de
estancamiento. El valor de los símbolos y las imágenes
expresados en los mitos vienen a desempeñar el papel
catalizador y movilizador de acciones humanas de
carácter masivo; todo eso tiene en última instancia
raíces económicas. La fundamentación final está en las
necesidades materiales, pero ellas pueden responder a un
interés egoísta y conservador, o a uno altruista y
revolucionario. En el proceso del derrumbe del
socialismo en Europa del Este, la cultura acabó
desembocando a favor de los peores intereses
conservadores y dejó de ser revolucionaria. La economía
está en el sustrato; si la historia se acelera o se
retrasa, si marcha en una dirección o en un sentido
opuesto, depende de la inserción mayor o menor de la
cultura en el movimiento económico.
Al rechazar en bloque
los avances culturales de los países occidentales, el
“socialismo real” se privó de la necesaria actualización
y complementación con el progreso del conocimiento
humano. Esto lo podemos apreciar en la negación
dogmática de los descubrimientos del científico
materialista S. Freud, a quien se le reputó como
pensador idealista cuando sus descubrimientos podían
servir de importante punto de referencia para la
comprensión del papel de la psicología y la vida
espiritual. El empeño teórico encaminado a confirmar las
relaciones entre el pensamiento materialista de Marx y
el de S. Freud, merece hoy una profunda reflexión. Es
indispensable estudiar con rigor, desde el plano del
pensamiento de Marx y Engels, los principios
materialistas fundamentados en el surgimiento y
evolución de la cultura formulados por S. Freud.
La interpretación
materialista después de Marx, Engels y Lenin, no podía
llegar a estas conclusiones, porque todo reclamo de
situar al humanismo como principio filosófico era
rechazado políticamente y caracterizado como ajeno al
marxismo. Sin embargo, el materialismo de Marx y Engels
había profundizado en la consideración del hombre como
ser social y lo situó como el agente principal de la
historia.
Algunas corrientes
socialistas surgidas en los años posteriores a la
Segunda Guerra Mundial en Europa, como el
existencialismo de Sartre, fueron rechazadas con
dogmatismo. Gramsci mucho antes elaboró un pensamiento
profundamente socialista, en el cual situaba al
movimiento social y cultural en preeminente lugar.
Mariátegui, desde la cultura espiritual de nuestra
América, representó también una exaltación de los
valores culturales, pero nada de esto se tuvo en cuenta
con el peso debido, en el desarrollo de las ideas
comunistas del siglo
XX.
La cultura puede
ejercer un papel progresista y lo ha desempeñado. Lo
hará con el apoyo de la ciencia, la educación, y
promoviendo la participación consciente de la sociedad
en el proceso educativo y cultural. Esto último exige el
rigor de una ética, en la cual la justicia expresada en
su acepción más universal esté en el centro de la
orientación de la conducta humana. Fue esa ética la que
soñaron Cristo, Marx, Engels, Martí y todos los grandes
humanistas de la historia.
Se desplazó el
análisis de la contradicción dada internamente en la
naturaleza humana entre lo denominado por Engels “las
pasiones más viles” y “las mejores disposiciones”; sin
embargo en ello estaba el centro de una exigencia
política genuinamente socialista.
El gran mérito de
Marx y Engels estuvo en confirmar la posibilidad del
hombre de conocer y transformar la naturaleza como parte
consciente de la misma. La vieja tradición filosófica
cuestionaba las posibilidades humanas de manejar las
leyes objetivas de la sociedad y la historia; se movía
en un terreno exclusivamente intelectual. Esto lo
explica el pensamiento expuesto por ellos en la tesis 11
sobre Feuerbach, que dice: “Los filósofos no han hecho
más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de
lo que se trata es de transformarlo”.
La naturaleza y la
sociedad se rigen por leyes objetivas. La historia del
marxismo ha estado marcada por la lucha contra los
intereses de una subjetividad que ha venido escamoteando
esta verdad. Y la ha encubierto para tratar de impedir a
las masas oprimidas la posibilidad de llegar por sí
mismas a esas realidades y alentar la transformación
revolucionaria. Toda la pasión de Marx y Engels estuvo
puesta en hacer comprender a los trabajadores y
explotados la necesidad de estudiar y aplicar las leyes
de la naturaleza y la historia, para servir mejor a sus
intereses. Aunque, como señaló Engels, no se había
enfatizado suficientemente en la importancia de los
factores superestructurales.
Cuando las
concepciones metafísicas dominaban la mente de los
hombres y la evolución intelectual e imponían un
valladar entre estos y la naturaleza, era inevitable
insistir en la importancia de las leyes económicas. Pero
resultaba imprescindible profundizar en otros planos de
la realidad material, para abordar el problema de la
subjetividad y de la condición humana, no solo en su
relación con el medio social y natural exterior a él,
sino también en el que se da en el hombre mismo y se
revela en su conciencia tanto individual como social.
La forma de entender
la contradicción objetiva vs. subjetiva no permitiría
dilucidar la contradicción nacida en el seno del
individuo mismo, entre las tendencias egoístas y su
vocación social subyacente en la propia naturaleza
humana. En el seno del individuo está la batalla que es
preciso librar; en él se halla la esencia de la lucha
entre el bien y el mal, entendida esta expresión en su
acepción martiana. Tanto la bondad y el amor, como las
pasiones más viles, están vivas en los hombres. Ambas
son factores subjetivos, y tanto en lo interno del
hombre como en lo externo (lo social), tienen
consecuencias objetivas. El dilema central de la ética
se expresa, pues, en la contradicción entre los impulsos
primarios y las mejores disposiciones.
Cuando en la historia
de la filosofía se llegó a la conclusión de la identidad
entre el ser y el pensar, había que estudiar la
contradicción entre el egoísmo y la vocación social,
como la cuestión concreta e inmediata más importante
para la educación, la cultura, la interpretación
histórica y por tanto de la política. Todo esto se
entrelaza a su vez con la explotación del hombre por el
hombre, y las luchas sociales y económicas. Lo ético
debemos colocarlo en el centro del debate entre
explotados y explotadores. Si la interpretación marxista
no coloca la lucha en favor de los pobres como la pieza
central de la ética universal, no podrán comprenderse la
verdadera dimensión y el alcance de los grandes errores
que se cometieron bajo la bandera del socialismo en el
siglo XX.
La primera y gran
injusticia dentro del sistema capitalista está en
arrebatarles a los trabajadores el nuevo valor creado
por su trabajo.
Podemos cimentar la
ética a partir del estudio de la plusvalía y colocar
como piedra esencial de una moral ciudadana el honor del
trabajo; otro elemento a resaltar es la disposición
humana para asociarse con el objetivo de forjar una
sociedad enriquecida material y espiritualmente.
Constituyen valores fundamentales de la ética exaltar el
honor del trabajo y la vocación social del hombre. Todo
ello está contenido en la esencia de las más altas
aspiraciones de Marx y Engels. Precisamente el error de
la llamada izquierda del siglo
XX, estuvo
en no considerar a la cultura como fuerza indispensable
para la liberación humana; se provocó incluso el rechazo
a la misma.
Cuando Marx describía la importancia de la mercancía y
de los factores netamente económicos estaba haciendo un
señalamiento acerca de la enfermedad sufrida por la
humanidad en el sistema capitalista. Pero no se
interpretó correctamente su crítica al régimen mercantil
y a los factores de su movimiento. Marx luchó por un
sentido ético de la vida, y en ello reside la esencia
más profunda de sus planteamientos. Los “marxistas” no
debieron jamás despreciar
el papel
de lo espiritual, ni tampoco tratarlo con procedimientos
impositivos y anticulturales. Hacerlo de esta manera
condujo al crecimiento del egocentrismo y de las peores
tendencias humanas. Así se facilitó, en la conciencia
social de muchos países, el fomento de los intereses
antisocialistas. Debemos trabajar por el mejoramiento
material y espiritual del hombre; no hay otra
alternativa para el ideal de redención humana supuesto
por el socialismo.
IV
Para insertar
la cultura
en una civilización que se proponga transitar hacia el
socialismo, se deberá romper definitivamente con la
vieja ideología de la dicotomía entre lo material y lo
espiritual como si fueran mundos divorciados. Empecemos
por reconocer que la base material de la sociedad no
tiene existencia real, si no se interrelaciona con una
superestructura ideológica, cultural e institucional, y
ahí es donde se aprecia su importancia práctica, social
e histórica. Tratar de forma divorciada las luchas por
el pan, por un lado, y la vida espiritual, por el otro,
se convierte en fuente de distorsiones peligrosas Para
la sociedad. Incluso el pan es posible porque la mano,
inteligencia y destreza del hombre lo han creado, y eso
es cultura. Pero no se podrá distribuir de manera justa,
sin el conocimiento y la cultura indispensables para
ello. La equidad exige más cultura que la arbitrariedad,
he ahí la cuestión.
Después de Marx y
Engels, las ciencias sociales y las humanidades, debían
haberse planteado sus grandes descubrimientos
científicos y filosóficos, como punto de partida para
investigar la naturaleza, la evolución, así como el
desarrollo de la sociedad, y rechazar todo criterio
dogmático o doctrinario. El político profundamente
revolucionario debía tomar estos aportes como lo
hicieron Lenin, Fidel y todos los protagonistas de las
verdaderas revoluciones en el siglo
XX. Pero
se planteó el marxismo, en tanto conclusión filosófica y
científico-social, como imperativo expresado en normas
rígidas de conducta de los hombres para el cambio
revolucionario, y esto es un gran error. La actividad
humana no viene mandatada por una conclusión científica.
Las normas y principios pueden orientar la conducta
humana, pero ellos han de fundamentarse en la educación,
la cultura y en especial en la formación política y
ética ciudadana. Es sabio apoyarse y guiarse por los
resultados de las ciencias sociales e históricas y los
fundamentos de la filosofía; sin embargo, ello solo
sirve —y ya es bastante— de pauta para la actividad
humana y de método de investigación para guiarla. Si
Engels había caracterizado al marxismo como “un método
de estudio e investigación”, Lenin planteó estas mismas
esencias y las llevó al plano de la materialización
práctica cuando las definió como “una guía para la
acción”. Ocurre así la síntesis de pensamiento -acción,
cuestión clave del materialismo de Marx.
Hace años me
pregunté: ¿Para andar por la vida promoviendo la
justicia entre los hombres basta con estas sabias
definiciones de Engels y Lenin? Martí me dio la
respuesta cuando planteó en la primera línea referida a
Marx: “Como se puso del lado de los débiles merece
honor.” Es necesaria, pues una opción ética, porque no
basta con un método científico o una guía para la
acción, es indispensable emplearla en función de la
liberación humana. Así lo hicieron C. Marx y F. Engels,
y por eso entendemos su ética humanista.
Los antagonismos y contradicciones sociales de raíces
económicas y sus formas explosivas de comportarse,
poseen la carga espiritual de la lucha entre la
injusticia y el egoísmo, por un lado, y la justicia y la
vocación social del hombre, por el otro. Diversas
corrientes socialdemócratas europeas se han apoyado en
los valores éticos y en la cultura para defender la
justicia social. Esto es positivo, pero no se alcanza la
dimensión revolucionaria sin apoyarse en el materialismo
histórico. Dejar a un lado a Marx y a Engels equivale a
echar por la borda eslabones claves del conocimiento
humano. El materialismo histórico recogió la esencia de
cada conocimiento alcanzado y trató de armar con ellos
la cadena de la historia de las ideas, para llegar a las
conclusiones posibles de aplicar en su época. Engels
incluso subrayó y explicó las razones por las cuales
todo conocimiento es limitado. Cuando ello se entienda,
daremos al traste de una vez y para siempre con los
“decálogos” de soluciones definitivas y “verdades
eternas”. Si así lo apreció Engels con respecto a la
historia cultural precedente, ¿por qué no entenderlo
nosotros con respecto al legado de Marx y Engels?,
quienes hoy niegan la validez de estos sabios, lo hacen
con el mismo cariz conservador de aquellos que
concibieron el marxismo como un “dogma determinista”. En
este error no solo han influido los enemigos del
pensamiento de Engels, sino también muchos de sus
continuadores.
Por supuesto, existen
procesos y espacios que Marx y Engels no conocieron,
como por ejemplo los prodigiosos avances en los campos
de la psicología y la sociología, los cuales tienen una
enorme significación en la cuestión de la subjetividad.
Ellos vivieron en la Europa del siglo XIX, y alcanzaron
allí la más elevada escala del saber. Pero el mundo era
mucho más ancho, y los tiempos fueron cambiando, lo cual
obligaba a actualizar y profundizar las ideas de estos d
os grandes maestros; lo confirma el trabajo creativo y
revolucionario realizado por Lenin. Situar el origen del
desarrollo económico más allá de los hombres es caer en
una visión filosóficamente idealista bien distinta al
materialismo histórico. Marx estudió Economía Política
no economía a secas. Para rescatar el pensamiento
marxista del pantano ético dejado como nefasta herencia
por más de 80 años de tergiversaciones, es necesario
investigar los fundamentos culturales del materialismo
histórico. Estudiemos las ideas de Marx y Engels a la
luz del pensamiento martiano cuando afirmó: “los hombres
van divididos en dos bandos: los que aman y fundan, y
los que odian y destruyen”; debemos entenderlo con un
criterio profundamente dialéctico, porque en la vida
real están presentes estas categorías en formas
infinitamente complejas, combinadas y cargadas de
matices. Reitero que en el orden filosófico los factores
subjetivos no fueron suficientemente examinados en su
peso específico por Marx y Engels, no lo hicieron con el
énfasis debido, y esto lo reconoce ejemplarmente Engels
en sus últimos trabajos. La separación entre el espíritu
y la materia de fundamentación metafísica, presente en
la esencia teórica de las tergiversaciones, se impuso en
la mente de los hombres y sirvió de argumentación
ideológica a los intereses conservadores. Desde el punto
de vista estrictamente ético, habría que colocar las
“mejores disposiciones” como la inspiración más
revolucionaria. Una vez resuelto teóricamente por Marx y
Engels el problema fundamental de la filosofía, habría
que plantearse con todo rigor en la política, la
educación y la cultura en general, el tema concreto más
importante del hombre sobre la Tierra: el tema de la
ética en toda su extensión y complejidad; es de las más
importantes cuestiones prácticas de la política moderna.
El gigantesco déficit moral en el llamado “socialismo
real” y todas las desviaciones cometidas, debilitaron la
interpretación marxista prevaleciente en las últimas
décadas del siglo
XX. No basta con denunciar los errores, es
indispensable analizar las raíces filosóficas de los
mismos. Cuando no se exaltan los valores espirituales en
un sentido genuinamente humano y universal, se acaban
imponiendo las tendencias egocéntricas y los instintos
primarios más ferozmente individualistas. Y como para
prevalecer estos últimos requieren de un determinado
apoyo social, erigen doctrinas que hipócrita y
cínicamente tratan de explicar y justificar ante las
conciencias enfermas o simplemente ignorantes, las
viejas tendencias atávicas de la subconciencia, y
conducen incluso en sus extremos al proceder criminal.
Esta es la lección
que en el orden de las ideas debemos extraer de una
época en que el materialismo de Marx fue reducido a un
economicismo vulgar y a una caricatura grosera.
V
La crisis interna de
una sociedad relacionada con la falta de correspondencia
entre el nivel de desarrollo económico y la vida
espiritual y social, agrava el antagonismo entre los
privilegios de unos cuantos y la mísera existencia y
ausencia de libertad de la inmensa mayoría. Esta
agudización genera choques cada vez más violentos; los
mismos son de carácter económico y se revelan en la
cultura. Las clases conservadoras tienden a justificarse
con enemigos externos y cuando estos no existen los
inventan; es precisamente lo que hoy hacen los intereses
más reaccionarios de los Estados Unidos, con relación a
Cuba y al mundo. La historia de la humanidad se ha
caracterizado siempre por los constantes antagonismos
entre su desarrollo económico y su vida institucional,
jurídica, política y moral. Ninguna civilización pudo
nacer, crecer y fortalecerse sin la savia cultural. El
artificio creado durante siglos en el terreno de la
filosofía y la cultura por los regímenes de clase, ha
consistido en analizar de forma parcial y segmentada los
aspectos esenciales de la historia del hombre, sus
necesidades materiales, que le vienen impuestas por su
propia naturaleza y su vocación social y creativa. La
influencia de la cultura, tal como la concibe el
materialismo histórico, no debe fragmentarse en
departamentos estancos, ni verse independiente del
pensamiento filosófico, lógico, ético y estético; su
fuerza revolucionaria está en la integralidad.
Una corriente de la
herencia cultural de Occidente ha sido el pragmatismo
norteamericano, el cual ha demostrado “eficacia” para
sostener el sistema de explotación y dominio mundial. Su
carácter conservador y reaccionario se fundamenta en el
objetivo de defender intereses egoístas, dejando al
margen los de los pueblos del mundo, e incluso a las
masas explotadas de sus propios países. La cultura
convertida en un poder social fue históricamente
subordinada a los intereses egocéntricos y se convirtió
así en un elemento conservador; se trata en este caso de
una cultura de explotación. La moderna civilización
occidental situó el centro de la visión del hombre en el
triunfo de la ciencia y la razón. Esto representó un
gigantesco paso de avance. Sobre la base de estos logros
se planteaban nuevas interrogantes solo posibles de
responder sobre fundamentos de métodos científicos. Sin
embargo, las ideas socialistas situadas en la cúspide de
la cultura decimonónica no podían rebasar las fronteras
culturales de aquel tiempo histórico. No obstante, Marx
y Engels al asumir la dialéctica de Hegel desde una
perspectiva materialista consecuente, le permitieron al
hombre por vez primera la posibilidad de pensar a partir
de la imagen del mundo real y no del que estaba
invertido en el cerebro de los hombres desde tiempo
inmemorial. Hasta entonces se le había dado una
connotación metafísica a la espiritualidad y ocultado el
peso de los factores económico-materiales en la vida y
en la historia. Contra este ocultamiento combatieron
Marx y Engels, pero al hacerlo no insistieron
suficientemente —lo dice Engels— en la importancia de
los factores de la superestructura... Sin embargo, su
esclarecimiento teórico sobre los problemas de la
identidad entre el ser y el pensar, y de su relación
dialéctica, le abrió un camino insospechado al
conocimiento humano y al ejercicio de la voluntad del
hombre. Pero muchos “marxistas” con posterioridad a la
muerte de Engels, no reconocieron el papel que el mismo,
incluso de forma autocrítica, le había atribuido a los
factores de la superestructura.
El siglo XX
con su prodigiosa producción científico-técnica, brindó
nuevos “argumentos” para ocultar el valor de la
subjetividad. No se extrajo la conclusión de que los
avances científico-técnicos partían de una ampliación
del conocimiento, lo cual claro está, se halla vinculado
a elementos de carácter subjetivo. El papel de la vida
espiritual podría además haberse estudiado
científicamente, teniendo en cuenta los progresos
alcanzados por la psicología. Las investigaciones en
este campo no pocas veces fueron etiquetadas como
ciencia burguesa, con lo cual se les desestimaba. Como
toda aventura científica tales contribuciones son
polémicas y contradictorias, pero desecharlas por
razones únicamente “ideológicas” reveló enraizados
prejuicios de raíces anticulturales. En estos años
finiseculares se han perdido a escala mundial confianza
y optimismo en el curso positivo de la historia, así
como también la fe en el proletariado industrial, como
sujeto potencial de transformación con una misión
histórica a cumplir. Durante el siglo
XX los
socialistas tuvieron la convicción de que el
proletariado industrial si asumía el poder político y el
dominio sobre la economía, podría impedir las guerras y
el exterminio de la especie humana, pero esto no fue
posible. Para rescatar la confianza en el progreso,
debemos ir a la esencia de las ideas socialistas del
siglo XIX,
estudiar las condiciones socioeconómicas en virtud de
las cuales surgieron e investigar el desenvolvimiento
histórico ulterior, y arribar así a criterios
científicos que permitan encontrar nuevos caminos a
favor de la liberación humana; esto solo es posible
investigando los “Nuevos agentes sociales del cambio”.
¿Acaso por lo
ocurrido en años recientes debemos dejar al margen la
experiencia universal del pensamiento socialista de los
siglos XIX
y XX?
Pienso que no. De forma muy preliminar esbozo algunas
ideas para ulteriores análisis. El triunfo de la
revolución socialista se avizoraba tras la victoria del
proletariado industrial en los países capitalistas de
más alto nivel de desarrollo; sin embargo, no ocurrió
así. El mundo era mucho más amplio de lo que pudieron
imaginar los más grandes sabios del siglo
XIX, pero,
¿qué falló en el “socialismo real”? A sus dirigentes les
faltó voluntad y visión política para auspiciar una
alianza con el Tercer Mundo. Podría decirse que esto era
imposible, pero diría mejor, resultó imposible. La causa
estuvo en haberse divorciado de la tradición leninista;
no se asimilaron creadoramente sus estudios sobre el
imperialismo y sus advertencias sobre la importancia del
movimiento liberador iniciado entonces en los países de
Asia. Un momento culminante de este drama fue la Crisis
de Octubre de 1962, cuando en nombre de la defensa de
los intereses de Cuba, se podía haber levantado la
bandera universal de la independencia nacional, en un
momento en que esa bandera tenía un respaldo inmenso en
el mundo; pero eso, desde luego, no se hizo. En los
finales de la década de 1980, en nombre del socialismo
se nos invitó a releer los trabajos de Lenin. Como
afirmé en mi texto Volver a leer a Engels, lo
hice con cuidado y desde posiciones tercermundistas y de
izquierda. Confirmé la validez de sus ideas en un
sentido radicalmente opuesto a lo que proclamó la
perestroika.
La idea del
socialismo cayó en un engaño; la muy justa “fascinación”
de Marx sobre el impetuoso desarrollo burgués, que
transformó radicalmente la sociedad humana en el
transcurso de unas pocas décadas, obsesionó con
posterioridad a la muerte de Lenin a muchos de los
“intérpretes” del pensamiento marxista, especialmente
después de la Segunda Guerra Mundial. Se llegó a
establecer como doctrina la llamada coexistencia
pacífica entre países socialistas y capitalistas, hasta
convertir el desarrollo industrial y tecnológico en una
especie de “teología revolucionaria” o de “retórica
economicista”.
En la cumbre del
pensamiento científico de Marx, heredero de la tradición
europea de milenios, tenía fundamentos la exaltación del
valor de las ciencias y las tecnologías, pero como antes
subrayamos, Marx nunca dejó un dogma, sino un punto de
partida para ulteriores análisis, y las ciencias
sociales y económicas tenían que seguir investigando,
estudiando y desarrollándose. Por otra parte el factor
económico con su influencia decisiva en última
instancia, no se podía simplificar como competitividad
productiva y tecnológica. La Economía Política abarca
mucho más, porque se entrelaza por medio de las
relaciones que los hombres establecen en el proceso de
producción con la superestructura política, ideológica y
moral. La coexistencia pacífica entre los dos sistemas,
a la que en un principio por razones muy coyunturales
estuvo obligado el socialismo en época de Lenin, se
trasladó con posterioridad a su desaparición, a
estrategia revolucionaria permanente. Ahí está
precisamente uno de los errores: convertir decisiones
coyunturales emergentes en estrategias a largo plazo.
Todo esto impidió
apreciar los valores sociales, humanos y culturales, sin
los cuales el desarrollo material no solo puede
paralizarse o desviarse, sino convertirse en una
infernal pesadilla. Así en buena medida ocurrió, y no es
que vayamos a negar la importancia del progreso
material, pero debemos reconocer que el crecimiento y
perdurabilidad de las civilizaciones, no transcurre
exclusivamente por la vía del “progreso científico y
tecnológico”.
Estos sabios
abordaron los temas claves de la naturaleza y la
historia con tal grado de abstracción —y así tenía que
ser— que resulta imposible visualizar la grandeza de sus
orientaciones en función de la práctica, si no se ha
captado y asumido la esencia de su mensaje. Lo más
importante está en la aspiración a la liberación del
hombre de la explotación y su hermana gemela, la
enajenación, con la que las clases poderosas han
sometido a los explotados.
Si no se captan los
pensamientos de Marx y Engels, como un empeño de
movilización de las conciencias y de esclarecimiento
científico acerca de los métodos con los cuales debemos
orientar nuestra acción transformadora, no se podrá
descubrir el fondo de esta inmensa sabiduría.
Si no se aprecia que,
unida al análisis concreto de la realidad, ha de
realizarse una abstracción y relacionarla con otras
realidades, para arribar a unas más abarcadoras que nos
sirvan de pauta hacia la práctica de la transformación
del mundo, no se habrá comprendido en sus más profundas
esencias su pensamiento. Si no se comprende y asume lo
que representa la enajenación, la imagen invertida de la
realidad, no se podrán entender las razones por las
cuales el régimen burgués se presenta como democrático,
pero es en esencia una dictadura de clase.
Si no se comprende
que el llamado “trabajo libre” del asalariado encierra
una esclavitud y un sometimiento a los dueños de la
fuerza laboral, no se puede comprender lo sustancial en
Marx y Engels. Si nada de lo expuesto se capta a
plenitud, no es posible comprender la cultura de estos
sabios.
Un siglo después,
estos fenómenos adquirieron una infinita complejidad,
pero si no se descubre lo sustantivo de ella, la verdad
permanecerá oculta en el desorden ético de la
postmodernidad. No hay más solución que un concepto
integral y genuinamente humanista de la cultura. El lado
social y más netamente humano del desarrollo plantea a
estas alturas la exigencia de una cultura superior en su
cabal acepción. No podremos alcanzarla de un día para
otro, pero debemos plantearlo en este minuto con toda
urgencia, porque sólo así podemos salvar a la humanidad.
Para buscar la
relación de este legado revolucionario con nuestra vida
inmediata, y por tanto asumirlo de forma eficaz como
guía para la acción, debe entenderse lo expresado por
Lenin cuando afirmó que los fenómenos son más ricos que
las esencias.
Las ideas filosóficas
de Marx y Engels, se revelan con tal escala de
abstracción que para llevarlas a la práctica se exige su
asimilación crítica, y en especial, captar, así como
asumir el carácter liberador y ético de su mensaje. Sin
esto último no se podrá apoyar cabalmente, ni siquiera
comprender la dimensión humanista de sus ideas, y no se
podrá actuar de una manera plenamente justa. Para ello
es necesario descubrir sobre fundamentos filosóficos y
métodos científicos su legado, con la experiencia de un
siglo de grandezas y errores.
En el centenario de
la muerte de Engels, exhorto al estudio de la obra de
estos grandes humanistas, para encontrar el camino de
nuevos paradigmas socialistas, los cuales transitan por
las vías de entender a la cultura y la ética como
cuestiones de un enorme y decisivo peso histórico; son
temas de acuciante actualidad política, cubana y
universal.
* Tomado del libro Marx, Engels y
la condición humana. Una visión desde Cuba del Dr.
Armando Hart Dávalos. Editorial Ciencias Sociales, 2005 |