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Hace diez años, en plena ola conservadora y
contrarrevolucionaria planetaria, conmemorábamos el
centenario del compañero de armas de Carlos Marx.
Entonces, la reacción internacional celebraba jubilosa,
junto con el colapso del socialismo esteuropeo, la
muerte de Marx y de su concepción revolucionaria. Era,
claro está asimismo, la señal de defunción histórica de
su amigo entrañable. En el increíble corto lapso de
tiempo histórico de solo una década el mundo parece
otro. Los ilusionismos de un capitalismo siempre vital y
eterno se desmoronan, la genuflexión ante los poderosos
del planeta también parece pasar de moda. La realidad de
la explotación y la pobreza indetenibles despierta
conciencias y señala el ineluctable camino de la lucha
permanente. Carlos Marx y Federico Engels, parecen
resucitar de una muerte que nunca existió. Y en la
América nuestra de Bolívar y Martí nuevos vientos de
esperanza parecen imponerse a la resignación y el
desaliento.
Solo dos lustros
atrás, hasta una buena parte de la izquierda,
entonces debilitada y arrinconada, creyó que el
marxismo y el leninismo habían caducado, y desde los
horizontes progresistas más variados se creía que
las nuevas luchas revolucionarias que vendrían se
llevarían a cabo sin los aportes y las concepciones
de aquellos dos grandes revolucionarios. Recordar
hoy a Federico Engels es una forma más de continuar
la batalla por la vigencia del marxismo y por la
necesidad impostergable de continuar su desarrollo
creador y su adecuación a los nuevos tiempos.
Engels, el cofundador
del marxismo no creyó nunca, como tampoco su amigo, que
la concepción por ellos elaborada fuera una obra acabada
y sin fallas. Muy por el contrario, pasaron buena parte
de sus vidas en enmendar, enriquecer y modificar sus
ideas a la luz tanto de las experiencias del movimiento
obrero, y revolucionario en general, como de los nuevos
saberes y ciencias que florecían en su época. Engels fue
en este empeño analítico particularmente severo, y son
bien conocidas sus observaciones y autocríticas durante
los últimos de su vida, cuando ya Marx no estaba junto a
él. Ambos dedicaron sus vidas de intelectuales a la
lucha por los oprimidos y explotados de la tierra, y a
poner sus esfuerzos teóricos y saberes en función de las
exigencias de esas luchas. Fue también al final de su
vida que Engels se convirtió en inestimable consejero
político de los innumerables revolucionarios de diversas
latitudes que acudían a él en busca de sus
apreciaciones, evaluación de situación y guías de
acción. La correspondencia y los testimonios de sus
contemporáneos dan amplia prueba de todo ello. Junto a
Marx, cuando este vivía, sentó las bases de una
tradición esencial a la vida misma del movimiento
revolucionario: el político y el teórico que actúa en
un haz unitario de creatividad.
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Hoy Marx y Engels
están más cercanos que nunca, porque nunca como ahora ha
sido el capitalismo tan voraz y destructor. Es ahora que
el imperialismo parece haber alcanzado cimas de horror:
del horror silencioso de los que mueren de hambre y
enfermedades y del horror de las armas. Tratar de
marginar o negar el marxismo y el leninismo, como
todavía intentan algunos en las filas progresistas, es
renunciar a un arma y un instrumento imprescindible en
las luchas contra la barbarie imperial y por la
emancipación de los explotados.
Hoy asistimos a un alza del movimiento popular y
revolucionario en América Latina, y también de un
incipiente y tímido renacer del marxismo. No obstante,
el viejo fantasma que más de una vez ha querido
desvalorizar los aportes revolucionarios en la teoría y
en la práctica de Engels ha vuelto también a despertar.
Sin duda, en el
incipiente renacer que ahora observamos, Engels recibe,
como antaño, los peores embates de la crítica y el
rechazo. No es nuevo. La demonización de Engels ya
ocurrió en vida de ambos luchadores. Por aquellos años
del siglo XIX se le responsabilizaba de haber “desviado”
a Marx del buen camino, de interesarlo en la economía
política y el comunismo, frustrando, así, la perspectiva
de una brillante carrera de profesor de filosofía.
Después del triunfo de la Revolución de Octubre y cuando
el estalinismo se amparó de buena parte del pensamiento
y del quehacer de los movimientos revolucionarios,
Engels ha sido culpado, directa o indirectamente, del
mal rumbo que había tomado la teoría de Marx.
La obra de Engels,
como la de Marx o Lenin, no está exenta de errores e
insuficiencias. Pero el intento de expulsar al
cofundador del marxismo, quien tantas veces se anticipó
con su aguda mirada al propio Marx, no parece ser un
sabio camino para las luchas revolucionarias de hoy. En
el fondo sería ir a la batalla con armas melladas, y las
tareas de la emancipación no pueden renunciar al
marxismo en su integralidad, ni al invaluable legado del
gran pensador revolucionario que fue Federico Engels. |