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PRÓLOGO
A LA EDICIÓN INGLESA DE 1892
El
pequeño trabajo que tiene delante el lector, formaba
parte, en sus orígenes, de una obra mayor. Hacia 1875,
el Dr. E. Dühring, privat-docent en la Universidad de
Berlín, anunció de pronto y con bastante estrépito su
conversión al socialismo y presentó al público alemán,
no sólo una teoría socialista detalladamente elaborada,
sino también un plan práctico completo para la
reorganización de la sociedad. Se abalanzó,
naturalmente, sobre sus predecesores, honrando
particularmente a Marx, sobre quien derramó las copas
llenas de su ira.
Esto
ocurría por los tiempos en que las dos secciones del
Partido Socialista Alemán —los eisenachianos y los
lassalleanos
[2]— acababan de
fusionarse, adquiriendo éste así, no sólo un inmenso
incremento de fuerza, sino algo que importaba todavía
más: la posibilidad de desplegar toda esta fuerza contra
el enemigo común. El Partido Socialista Alemán se iba
convirtiendo rápidamente en una potencia. Pero, para
convertirlo en una potencia, la condición primordial era
no poner en peligro la unidad recién conquistada. Y el
Dr. Dühring se aprestaba públicamente a formar en torno
a su persona una secta, el núcleo de un partido futuro
aparte. No había, pues, más remedio que recoger el
guante que se nos lanzaba y dar la batalla, por muy poco
agradable que ello nos fuese.
[99]
Por
cierto, la cosa, aunque no muy difícil, había de ser,
evidentemente, harta pesada. Es bien sabido que
nosotros, los alemanes, tenemos una terrible y poderosa
Gründlichkeit, un cavilar profundo o una
caviladora profundidad, como se le quiera llamar. En
cuanto uno de nosotros expone algo que reputa una nueva
doctrina, lo primero que hace es elaborarla en forma de
un sistema universal. Tiene que demostrar que lo mismo
los primeros principios de la lógica que las leyes
fundamentales del Universo, no han existido desde toda
una eternidad con otro designio que el de llevar, al fin
y a la postre, hasta esta teoría recién descubierta, que
viene a coronar todo lo existente. En este respecto, el
Dr. Dühring estaba cortado en absoluto por el patrón
nacional. Nada menos que un "Sistema completo de la
Filosofía" —filosofía intelectual, moral, natural y de
la Historia—, un "Sistema completo de Economía Política
y de Socialismo" y, finalmente, una "Historia crítica de
la Economía Política" —tres gordos volúmenes en octavo,
pesados por fuera y por dentro, tres cuerpos de ejército
de argumentos, movilizados contra todos los filósofos y
economistas precedentes en general y contra Marx en
particular—; en realidad, un intento de completa
«subversión de la ciencia». Tuve que vérmelas con todo
eso; tuve que tratar todos los temas posibles, desde las
ideas sobre el tiempo y el espacio hasta el bimetalismo
[3], desde la
eternidad de la materia y el movimiento hasta la
naturaleza perecedera de las ideas morales; desde la
selección natural de Darwin hasta la educación de la
juventud en una sociedad futura. Cierto es que la
sistemática universalidad de mi contrincante me brindaba
ocasión para desarrollar frente a él, en una forma más
coherente de lo que hasta entonces se había hecho, las
ideas mantenidas por Marx y por mí acerca de tan grande
variedad de materias. Y ésta fue la razón principal que
me movió a acometer esta tarea, por lo demás tan
ingrata.
Mi
réplica vio la luz, primero, en una serie de artículos
publicados en el "Vorwärts"
[4] de Leipzig,
órgano central del Partido Socialista, y, más tarde, en
forma de libro, con el título de "Herrn Eugen Dührings
Umwälzung der Wissenschaft" ["La subversión de la
ciencia por el señor E. Dühring"], del que en 1886 se
publicó en Zurich una segunda edición.
A
instancias de mi amigo Paul Lafargue, actual
representante de kille en la Cámara de los diputados de
Francia, arreglé tres capítulos de este libro para un
folleto, que él tradujo y publicó en 1880 con el título
de "Socialisme utopique et socialisme scientifique". De
este texto francés se hicieron una versión polaca y otra
española. En 1883 nuestros amigos de Alemania publicaron
el folleto en su idioma original. Desde entonces, se han
publicado, a base del texto alemán, traducciones al
italiano, al ruso, al danés, al holandés [100] y al
rumano. Es decir, que, contando la actual edición
inglesa, este folleto se halla difundido en diez
lenguas. No sé de ninguna otra publicación socialista,
incluyendo nuestro Manifiesto Comunista ******[*]
de 1848 y "El Capital" de Marx, que haya sido traducida
tantas veces. En Alemania se han hecho cuatro ediciones,
con una tirada total de unos veinte mil ejemplares.
El
apéndice "La Marca"
[5] fue escrito
con el propósito de difundir entre el Partido Socialista
Alemán algunas nociones elementales respecto a la
historia y al desarrollo de la propiedad rural en
Alemania. En aquel entonces era tanto más necesario
cuanto que la incorporación de los obreros urbanos al
partido estaba en vía de concluirse y se planteaba la
tarea de ocuparse de las masas de obreros agrícolas y de
los campesinos. Este apéndice fue incluido en la
edición, teniendo en cuenta la circunstancia de que las
formas primitivas de posesión de la tierra, comunes a
todas las tribus teutónicas, así como la historia de su
decadencia, son menos conocidas todavía en Inglaterra
que en Alemania. He dejado el texto en suforma original,
sin aludir a la hipótesis recientemente expuesta por
Maxim Kovalevski, según la cual al reparto de las
tierras de cultivo y de pastoreo entre los miembros de
la Marca precedió el cultivo en común de estas tierras
por una gran comunidad familiar patriarcal, que abarcó a
varias generaciones (de ejemplo puede servir la
zádruga de los sudeslavos, que aún existe hoy día).
Luego, cuando la comunidad creció y se hizo demasiado
numerosa para administrar en común la economía, tuvo
lugar el reparto de la tierra
[6]. Es probable
que Kovalevski tenga razón, pero el asunto se encuentra
aún sub judice ******[*].
Los
términos de Economía empleados en este trabajo
coinciden, en tanto que son nuevos, con los de la
edición inglesa de "El Capital" de Marx. Designamos como
«producción mercantil» aquella fase económica en que los
objetos no se producen solamente para el uso del
productor, sino también para los fines del cambio, es
decir, como mercancías, y no como valores de uso.
Esta fase va desde los albores de la producción para el
cambio hasta los tipos presentes; pero sólo alcanza su
pleno desarrollo bajo la producción capitalista, es
decir, bajo las condiciones en que el capitalista,
propietario de los medios de producción, emplea, a
cambio de un salario, a obreros, a hombres despojados de
todo medio de producción, salvo su propia fuerza de
trabajo, y se embolsa el excedente del precio de venta
de los productos sobre su coste de producción. Dividimos
la historia de la producción industrial desde la Edad
Media en tres [101] períodos: 1) industria artesana,
pequeños maestros artesanos con unos cuantos oficiales y
aprendices, en que cada obrero elabora el artículo
completo; 2) manufactura, en que se congrega en un
amplio establecimiento un número más considerable de
obreros, elaborándose el artículo completo con arreglo
al principio de la división del trabajo, donde cada
obrero sólo ejecuta una operación parcial, de tal modo
que el producto está acabado sólo cuando ha pasado
sucesivamente por las manos de todos; 3) moderna
industria, en que el producto se fabrica mediante la
máquina movida por la fuerza motriz y el trabajo del
obrero se limita a vigilar y rectificarlas operaciones
del mecanismo.
Sé muy
bien que el contenido de este libro indignará a gran
parte del público británico. Pero si nosotros, los
continentales, hubiésemos guardado la menor
consideración a los prejuicios de la «respetabilidad»
británica, es decir, del filisteísmo británico habríamos
salido todavía peor parados de lo que hemos salido. Esta
obra defiende lo que nosotros llamamos el «materialismo
histórico», y en los oídos de la inmensa mayoría de los
lectores británicos la palabra materialismo es una
palabra muy malsonante. «Agnosticismo» aún podría pasar,
pero materialismo es de todo punto inadmisible.
Y sin
embargo, la patria primitiva de todo el materialismo
moderno, a partir del siglo XVII, es Inglaterra.
«El
materialismo es hijo nativo de la Gran Bretaña. Ya
elescolástico británico Duns Escoto se preguntaba si la
materia no podría pensar.
«Para
realizar este milagro, iba a refugiarse en la
omnipotencia divina, es decir, obligaba a la propia
teología a predicar el materialismo. Duns Escoto era,
además, nominalista. El nominalismo
[7] aparece como
elemento primordial en los materialistas ingleses y es,
en general, la expresión primera del materialismo.
«El
verdadero padre del materialismo inglés es Bacon. Para
él, las ciencias naturales son la verdadera ciencia, y
la física experimental, la parte más importante de las
ciencias naturales. Anaxágoras con sus homoiomerias
[8] y Demócrito
con sus átomos son las autoridades que cita con
frecuencia. Según su teoría, los sentidos son infalibles
y constituyen la fuente de todos los conocimientos. Toda
ciencia se basa en la experiencia y consiste en aplicar
un método racional de investigación a lo dado por los
sentidos. La inducción, el análisis, la comparación, la
observación, la experimentación son las condiciones
fundamentales de este método racional. Entre las
propiedades inherentes a la materia, la primera y más
importante es el movimiento, concebido no sólo como
movimiento mecánico y matemático, sino más aún como
impulso, [102] como espíritu vital, como tensión, como
«Qual»
[*] —para emplear
la expresión de Jakob Böhme— de la materia.
«Las
formas primitivas de la última son fuerzas sustanciales
vivas, individualizantes, a ella inherentes, las fuerzas
que producen las diferencias específicas.
«En
Bacon, como su primer creador, el materialismo guarda
todavía de un modo ingenuo los gérmenes de un desarrollo
multilateral. La materia sonríe con un destello
poéticamente sensorial a todo el hombre. En cambio, la
doctrina aforística es todavía de por sí un hervidero de
inconsecuencias teológicas.
«En su
desarrollo ulterior, el materialismo se hace unilateral.
Hobbes sistematiza el materialismo de Bacon. La
sensoriedad pierde su brillo y se convierte en la
sensoriedad abstracta del geómetra. El movimiento físico
se sacrifica al movimiento mecánico o matemático, la
geometría es proclamada como la ciencia fundamental. El
materialismo se hace misántropo. Para poder dar la
batalla en su propio terreno al espíritu misantrópico y
descarnado, el materialismo se ve obligado también a
flagelar su carne y convertirse en asceta. Se presenta
como una entidad intelectual, pero desarrolla también la
lógica despiadada del intelecto.
«Si los
sentidos suministran al hombre todos los conocimientos
—argumenta Hobbes partiendo de Bacon—, los conceptos,
las ideas, las representaciones mentales, etc., no son
más que fantasmas del mundo físico, más o menos
despojado de su forma sensorial. La ciencia no puede
hacer más que dar nombres a estos fantasmas. Un nombre
puede ponérsele a varios fantasmas. Puede incluso haber
nombres de nombres. Pero sería una contradicciónquerer,
de una parte, buscar el origen de todas las ideas en el
mundo de los sentidos, y, de otra parte, afirmar que una
palabra es algo más que una palabra, que además de los
seres siempre individuales que nos representamos,
existen seres universales. Una sustancia incorpórea es
el mismo contrasentido que un cuerpo incorpóreo. Cuerpo,
ser, sustancia, es una y la misma idea real. No se
puede separar el pensamiento de la materia que piensa.
Es ella el sujeto de todos los cambios. La palabra
«infinito» carece de sentido, si no es como expresión de
la capacidad de nuestro espíritu para añadir sin fin.
Como sólo lo material es perceptible, susceptible de ser
sabido, nada se sabe de la existencia de Dios. Sólo
[103] mi propia existencia es segura. Toda pasión humana
es movimiento mecánico que termina o empieza. Los
objetos de los impulsos son el bien. El hombre se halla
sujeto a las mismas leyes que la naturaleza. El poder y
la libertad son cosas idénticas.
«Hobbes
sistematizó a Bacon, pero sin aportar nuevas pruebas en
favor de su principio fundamental: el de que los
conocimientos y las ideas tienen su origen en el mundo
de los sentidos.
«Locke,
en su obra "Essay on the Human understanding" [Ensayo
sobre el entendimiento humano], fundamenta el principio
de Bacony Hobbes.
«Del
mismo modo que Hobbes destruyó los prejuicios teísticos
del materialismo baconiano, Collins, Dodwell, Coward,
Hartley, Priestley, etc., derribaron la última barrera
teológica del sensualismo de Locke. El deísmo
[9] no es, por lo
menos para los materialistas, más que un modo cómodo y
fácil de deshacerse de la religión»
[*].
Así se
expresaba Carlos Marx hablando de los orígenes
británicos del materialismo moderno. Y si a los ingleses
de hoy día no les hace mucha gracia este homenaje que
Marx rinde a sus antepasados, lo sentimos por ellos.
Pero es innegable, a pesar de todo, que Bacon, Hobbes y
Locke fueron los padres de aquella brillante escuela de
materialistas franceses que, pese a todas las derrotas
que los alemanes y los ingleses infligieron por mar y
por tierra a Francia, hicieron del siglo XVIII un siglo
eminentemente francés; y esto, mucho antes de aquella
revolución francesa que coronó el final del siglo y
cuyos resultados todavía hoy nos estamos esforzando
nosotros por aclimatar en Inglaterra y en Alemania. No
puede negarse. Si a mediados del siglo un extranjero
culto se instalaba en Inglaterra, lo que más le
sorprendía era la beatería y la estupidez religiosa —así
tenía que considerarla él— de la «respetable» clase
media inglesa. Por aquel entonces, todos nosotros éramos
materialistas, o, por lo menos, librepensadores muy
avanzados, y nos parecía inconcebible que casi todos los
hombres cultos de Inglaterra creyesen en una serie de
milagros imposibles, y que hasta geólogos como Buckland
y Mantell tergiversasen los hechos de su ciencia, para
no dar demasiado en la cara a los mitos del Génesis;
inconcebible que, para encontrar a gente que se
atreviese a servirse de su inteligencia en materias
religiosas, hubiese que ir a los sectores no ilustrados,
a las «hordas de los que no se lavan», como en aquel
entonces se decía, a los obreros, y principalmente a los
socialistas owenianos.
[104]
Pero,
de entonces acá, Inglaterra se ha «civilizado». La
Exposición de 1851
[10] fue el toque
a muerte por el exclusivismo insular inglés. Inglaterra
fue, poco a poco, internacionalizándose en cuanto a la
comida y la bebida, en las costumbres y en las ideas,
hasta el punto de que ya desearía yo que ciertas
costumbres inglesas encontrasen en el continente una
acogida tan general como la que han encontrado otros
usos continentales en Inglaterra. Lo que puede
asegurarse es que la difusión del aceite para ensalada
(que antes de 1851 sólo conocía la aristocracia) fue
acompañada de una fatal difusión del escepticismo
continental en materias religiosas, habiéndose llegado
hasta el extremo de que el agnosticismo, aunque no se
considere todavía tan elegante como la Iglesia anglicana
oficial, está no obstante, en lo que a la respetabilidad
se refiere, casi a la misma altura que la secta baptista
y ocupa, desde luego, un rango mucho más alto que el
Ejército de Salvación
[11]. No puedo por
menos de pensar que para muchos que deploran y maldicen
con toda su alma estos progresos del descreimiento será
un consuelo saber que estas ideas flamantes no son de
origen extranjero, no circulan con la marca de «Made in
Germany», fabricado en Alemania, como tantos otros
artículos de uso diario, sino que tienen, por el
contrario, un añejo y venerable origen inglés y que sus
autores británicos de hace doscientos años iban bastante
más allá que sus descendientes de hoy día.
En
efecto, ¿qué es el agnosticismo si no un materialismo
vergonzante? La concepción agnóstica de la naturaleza es
enteramente materialista. Todo el mundo natural está
regido por leyes y excluye en absoluto toda influencia
exterior. Pero nosotros, añade cautamente el agnóstico,
no estamos en condiciones de poder probar o refutar la
existencia de un ser supremo fuera del mundo por
nosotros conocido. Esta reserva podía tener su razón de
ser en la época en que Laplace, como Napoleón le
preguntase por qué en la Mécanique Céleste
[*] del gran
astrónomo no se mencionaba siquiera al creador del
mundo, contestó con estas palabras orgullosas: «Je
n'avais pas besoin de cette hypothèse» *[*].
Pero hoy nuestra idea del universo en su desarrollo no
deja el menor lugar ni para un creador ni para un
regente del universo; y si quisiéramos admitir la
existencia de un ser supremo puesto al margen de todo el
mundo existente, incurriríamos en una contradicción
lógica, y además, me parece, inferiríamos una ofensa
inmerecida a los sentimientos de la gente religiosa.
Nuestro
agnóstico reconoce también que todos nuestros
conocimientos descansan en las comunicaciones que
recibimos por [105] medio de nuestros sentidos. Pero,
¿cómo sabemos —añade— si nuestros sentidos nos
transmiten realmente una imagen exacta de los objetos
que percibimos a través de ellos? Y a continuación nos
dice que cuando habla de las cosas o de sus propiedades,
no se refiere, en realidad, a estas cosas ni a sus
propiedades, acerca de las cuales no puede saber nada de
cierto, sino solamente a las impresiones que dejan en
sus sentidos. Es, ciertamente, un modo de concebir que
parece difícil rebatir por vía de simple argumentación.
Pero los hombres, antes de argumentar, habían actuado. «Im
Anfang war die That» **[*].
Y la acción humana había resuelto la dificultad mucho
antes de que las cavilaciones humanas la inventasen.
The proof of the pudding is in the eating ***[*].
Desde el momento en que aplicamos estas cosas, con
arreglo a las cualidades que percibimos en ellas, a
nuestro propio uso, sometemos las percepciones de
nuestros sentidos a una prueba infalible en cuanto a su
exactitud o falsedad. Si estas percepciones fuesen
falsas, lo sería también nuestro juicio acerca de la
posibilidad de emplear la cosa de que se trata, y
nuestro intento de emplearla tendría que fracasar
forzosamente. Pero si conseguimos el fin perseguido, si
encontramos que la cosa corresponde a la idea que nos
formábamos de ella, que nos da lo que de ella
esperábamos al emplearla, tendremos la prueba positiva
de que, dentro de estos límites, nuestras
percepciones acerca de esta cosa y de sus propiedades
coinciden con la realidad existente fuera de nosotros.
En cambio, si nos encontramos con que hemos dado un
golpe en falso, no tardamos generalmente mucho tiempo en
descubrir las causas de nuestro error; llegamos a la
conclusión de que la percepción en que se basaba nuestra
acción era incompleta y superficial, o se hallaba
enlazada con los resultados de otras percepciones de un
modo no justificado por la realidad de las cosas; es
decir, habíamos realizado lo que denominamos un
razonamiento defectuoso. Mientras adiestremos y
empleemos bien nuestros sentidos y ajustemos nuestro
modo de proceder a los límites que trazan las
observaciones bien hechas y bien utilizadas, veremos que
los resultados de nuestros actos suministran la prueba
de la conformidad de nuestras percepciones con la
naturaleza objetiva de las cosas percibidas. Ni en un
solo caso, según la experiencia que poseemos hasta hoy,
nos hemos visto obligados a llegar a la conclusión de
que las percepciones sensoriales científicamente
controladas originan en nuestro cerebro ideas del mundo
exterior que difieren por su naturaleza de la realidad,
o de que entre el mundo [106] exterior y las
percepciones que nuestros sentidos nos transmiten de él
media una incompatibilidad innata.
Pero,
al llegar aquí, se presenta el agnóstico neokantiano y
nos dice: Sí, podremos tal vez percibir exactamente las
propiedades de una cosa, pero nunca aprehender la cosa
en sí por medio de ningún proceso sensorial o
discursivo. Esta «cosa en sí» cae más allá de nuestras
posibilidades de conocimiento. A esto, ya hace mucho
tiempo, que ha contestado Hegel: desde el momento en que
conocemos todas las propiedades de una cosa, conocemos
también la cosa misma; sólo queda en pie el hecho de que
esta cosa existe fuera de nosotros, y en cuanto nuestros
sentidos nos suministraron este hecho, hemos aprehendido
hasta el último residuo de la cosa en sí, la famosa e
incognoscible Ding an sich de Kant. Hoy, sólo
podemos añadir a eso que, en tiempos de Kant, el
conocimiento que se tenía de las cosas naturales era lo
bastante fragmentario para poder sospechar detrás de
cada una de ellas una misteriosa «cosa en sí». Pero, de
entonces acá, estas cosas inaprehensibles han sido
aprehendidas, analizadas y, más todavía, reproducidas
una tras otra por los gigantescos progresos de la
ciencia. Y, desde el momento en que podemos producir
una cosa, no hay razón ninguna para considerarla
incognoscible. Para la química de la primera mitad de
nuestro siglo, las sustancias orgánicas eran cosas
misteriosas. Hoy, aprendemos ya a fabricarlas una tras
otra, a base de los elementos químicos y sin ayuda de
procesos orgánicos. La química moderna nos dice que tan
pronto como se conoce la constitución química de
cualquier cuerpo, este cuerpo puede integrarse a partir
de sus elementos. Hoy, estamos todavía lejos de conocer
exactamente la constitución de las sustancias orgánicas
superiores, los cuerpos albuminoides, pero no hay
absolutamente ninguna razón para que no adquiramos,
aunque sea dentro de varios siglos, este conocimiento y
con ayuda de él podamos fabricar albúmina artificial. Y
cuando lo consigamos, habremos conseguido también
producir la vida orgánica, pues la vida, desde sus
formas más bajas hasta las más altas, no es más que la
modalidad normal de existencia de los cuerpos
albuminoides.
Pero,
después de hechas estas reservas formales, nuestro
agnóstico habla y obra en un todo como el materialista
empedernido, que en el fondo es. Podrá decir: a juzgar
por lo que nosotros sabemos, la materia y el
movimiento o, como ahora se dice, la energía, no pueden
crearse ni destruirse, pero no tenemos pruebas de que
ambas no hayan sido creadas en algún tiempo remoto y
desconocido. Y, si intentáis volver contra él esta
confesión en un caso dado, os llamará al orden a toda
prisa y os mandará callar. Si in abstracto
reconoce la posibilidad del espiritualismo, [107] in
concreto no quiere saber nada de él. Os dirá: por lo
que sabemos y podemos saber, no existe creador ni
regente del Universo; en lo que a nosotros respecta, la
materia y la energía son tan increables como
indestructibles; para nosotros, el pensamiento es una
forma de la energía, una función del cerebro. Todo lo
que nosotros sabemos nos lleva a la conclusión de que el
mundo material se halla regido por leyes inmutables,
etcétera, etcétera. Por tanto, en la medida en que es un
hombre de ciencia, en la medida en que sabe algo,
el agnóstico es materialista; fuera de los confines de
su ciencia, en los campos que no domina, traduce su
ignorancia al griego, y la llama agnosticismo.
En todo
caso, lo que sí puede asegurarse es que, aunque yo fuese
agnóstico, no podría dar a la concepción de la historia
esbozada en este librito el nombre de «agnosticismo
histórico». Las gentes de sentimientos religiosos se
reirían de mí, los agnósticos me preguntarían,
indignados, si quería burlarme de ellos. Así pues,
confío en que la «respetabilidad» británica, que en
alemán se llama filisteísmo, no se enfadará demasiado
porque emplee en inglés, como en tantos otros idiomas,
el nombre de «materialismo histórico» para designar esa
concepción de los derroteros de la historia universal
que ve la causa final y la fuerza propulsora decisiva de
todos los acontecimientos históricos importantes en el
desarrollo económico de la sociedad, en las
transformaciones del modo de producción y de cambio, en
la consiguiente división de la sociedad en distintas
clases y en las luchas de estas clases entre sí.
Se me
guardará, tal vez, esta consideración, sobre todo si
demuestro que el materialismo histórico puede incluso
ser útil para la respetabilidad británica. Ya he aludido
al hecho de que, hace cuarenta o cincuenta años, el
extranjero culto que se instalaba a vivir en Inglaterra
se veía desagradablemente sorprendido por lo que
necesariamente tenía que considerar como beatería y
mojigatería de la respetable clase media inglesa. Ahora
demostraré que la respetable clase media inglesa de
aquel tiempo no era, sin embargo, tan estúpida como el
extranjero inteligente se figuraba. Sus tendencias
religiosas tenían su explicación.
Cuando
Europa salió del medioevo, la clase media en ascenso de
las ciudades era su elemento revolucionario. La posición
reconocida, que se había conquistado dentro del régimen
feudal de la Edad Media, era ya demasiado estrecha para
su fuerza de expansión. El libre desarrollo de esta
clase media, la burguesía, no era ya compatible
con el sistema feudal; éste tenía forzosamente que
derrumbarse.
Pero el
gran centro internacional del feudalismo era la Iglesia
católica romana. Ella unía a toda Europa Occidental
feudalizada, [108] pese a todas sus guerras intestinas,
en una gran unidad política, contrapuesta tanto al mundo
cismático griego como al mundo mahometano. Rodeó a las
instituciones feudales del halo de la consagración
divina. También ella había levantado su jerarquía según
el modelo feudal, y era, en fin de cuentas, el mayor de
todos los señores feudales, pues poseía, por lo menos,
la tercera parte de toda la propiedad territorial del
mundo católico. Antes de poder dar en cada país y en
diversos terrenos la batalla al feudalismo secular había
que destruir esta organización central sagrada.
Paso a
paso, con el auge de la burguesía, iba produciéndose el
gran resurgimiento de la ciencia. Volvían a cultivarse
la astronomía, la mecánica, la física, la anatomía, la
fisiología. La burguesía necesitaba, para el desarrollo
de su producción industrial, una ciencia que investigase
las propiedades de los cuerpos físicos y el
funcionamiento de las fuerzas naturales. Pero, hasta
entonces la ciencia no había sido más que la servidora
humilde de la Iglesia, a la que no se le consentía
traspasar las fronteras establecidas por la fe; en una
palabra, había sido cualquier cosa menos una ciencia.
Ahora, la ciencia se rebelaba contra la Iglesia; la
burguesía necesitaba a la ciencia y se lanzó con ella a
la rebelión.
Aquí no
he tocado más que dos de los puntos en que la burguesía
en ascenso tenía necesariamente que chocar con la
religión establecida; pero esto bastará para probar:
primero, que la clase más directamente interesada en la
lucha contra el poder de la Iglesia católica era
precisamente la burguesía y, segundo, que por aquel
entonces toda lucha contra el feudalismo tenía que
vestirse con un ropaje religioso y dirigirse en primera
instancia contra la Iglesia. Pero el grito de guerra
lanzado por las universidades y los hombres de negocios
de las ciudades, tenía inevitablemente que encontrar,
como en efecto encontró, una fuerte resonancia entre las
masas del campo, entre los campesinos, que en todas
partes estaban empeñados en una dura lucha contra sus
señores feudales eclesiásticos y seculares, lucha en la
que se ventilaba su existencia.
La gran
campaña de la burguesía europea contra el feudalismo
culminó en tres grandes batallas decisivas.
La
primera fue la que llamamos la Reforma protestante
alemana. Al grito de rebelión de Lutero contra la
Iglesia, respondieron dos insurrecciones políticas;
primero, la de la nobleza baja, acaudillada por Franz
von Sickingen, en 1523, y luego la gran guerra
campesina, en 1525. Ambas fueron aplastadas, a causa,
principalmente, de la falta de decisión del partido más
interesado en la lucha: la burguesía de las ciudades:
falta de decisión cuyas causas no podemos investigar
aquí. Desde este instante, [109] la lucha degeneró en
una reyerta entre los príncipes locales y el poder
central del emperador, trayendo como consecuencia el
borrar a Alemania por doscientos años del concierto de
las naciones políticamente activas de Europa. Cierto es
que la Reforma luterana condujo a una nueva religión;
aquella precisamente que necesitaba la monarquía
absoluta. Apenas abrazaron el luteranismo, los
campesinos del noreste de Alemania se vieron degradados
de hombres libres a siervos de la gleba.
Pero,
donde Lutero falló, triunfó Calvino. El dogma calvinista
cuadraba a los más intrépidos burgueses de la época. Su
doctrina de la predestinación era la expresión religiosa
del hecho de que en el mundo comercial, en el mundo de
la competencia, el éxito o la bancarrota no depende de
la actividad o de la aptitud del individuo, sino de
circunstancias independientes de él. «Así que no es del
que quiere ni del que corre, sino de la misericordia» de
fuerzas económicas superiores, pero desconocidas. Y esto
era más verdad que nunca en una época de revolución
económica, en que todos los viejos centros y caminos
comerciales eran desplazados por otros nuevos, en que se
abría al mundo América y la India y en que vacilaban y
se venían abajo hasta los artículos económicos de fe más
sagrados: los valores del oro y de la plata. Además, el
régimen de la Iglesia calvinista era absolutamente
democrático y republicano: ¿cómo podían los reinos de
este mundo seguir siendo súbditos de los reyes, de los
obispos y de los señores feudales donde el reino de Dios
se había republicanizado? Si el luteranismo alemán se
convirtió en un instrumento sumiso en manos de los
pequeños príncipes alemanes, el calvinismo fundó una
república en Holanda y fuertes partidos republicanos en
Inglaterra y, sobre todo, en Escocia.
En el
calvinismo encontró acabada su teoría de lucha la
segunda gran insurrección de la burguesía. Esta
insurrección se produjo en Inglaterra. La puso en marcha
la burguesía de las ciudades, pero fueron los campesinos
medios (la yeomanry) de los distritos rurales los
que arrancaron el triunfo. Cosa singular: en las tres
grandes revoluciones burguesas son los campesinos los
que suministran las tropas de combate, y ellos también,
precisamente, la clase, que, después de alcanzar el
triunfo, sale arruinada infaliblemente por las
consecuencias económicas de este triunfo. Cien años
después de Cromwell, la yeomanry de Inglaterra
casi había desaparecido. En todo caso, sin la
intervención de esta yeomanry y del elemento
plebeyo de las ciudades, la burguesía nunca hubiera
podido conducir la lucha hasta su final victorioso ni
llevado al cadalso a Carlos I. Para que la burguesía se
embolsase aunque sólo fueran los frutos del triunfo que
estaban bien maduros, fue necesario llevar la revolución
bastante más allá de su meta: [110] exactamente como
habría de ocurrir en Francia en 1793 y en Alemania en
1848. Parece ser ésta, en efecto, una de las leyes que
presiden el desarrollo de la sociedad burguesa.
Después
de este exceso de actividad revolucionaria, siguió la
inevitable reacción que, a su vez, rebasó también el
punto en que debía haberse mantenido. Tras una serie de
vacilaciones, consiguió fijarse, por fin, el nuevo
centro de gravedad, que se convirtió, a su vez, en nuevo
punto de arranque. El período grandioso de la historia
inglesa, al que los filisteos dan el nombre de «la gran
rebelión», y las luchas que le siguieron, alcanzan su
remate en el episodio relativamente insignificante de
1689, que los historiadores liberales señalan con el
nombre de la «gloriosa revolución»
[12].
El
nuevo punto de partida fue una transacción entre la
burguesía en ascenso y los antiguos grandes
terratenientes feudales. Estos, aunque entonces como hoy
se les conociese por el nombre de aristocracia estaban
ya desde hacía largo tiempo en vías de convertirse en lo
que Luis Felipe había de ser mucho después en Francia:
en los primeros burgueses de la nación. Para suerte de
Inglaterra, los antiguos barones feudales se habían
destrozado unos a otros en las guerras de las Dos Rosas
[13]. Sus
sucesores, aunque descendientes en su mayoría de las
mismas antiguas familias, procedían ya de líneas
colaterales tan alejadas, que formaban una corporación
completamente nueva; sus costumbres y tendencias tenían
mucho más de burguesas que de feudales; conocían
perfectamente el valor del dinero, y se aplicaron en
seguida a aumentar las rentas de sus tierras, arrojando
de ellas a cientos de pequeños arrendatarios y
sustituyéndolos por rebaños de ovejas. Enrique VIII creó
una masa de nuevos landlords burgueses, regalando y
dilapidando los bienes de la Iglesia; y a idénticos
resultados condujeron las confiscaciones de grandes
propiedades territoriales, que se prosiguieron sin
interrupción hasta fines del siglo XVII, para
entregarlas luego a individuos semi o enteramente
advenedizos. De aquí que la «aristocracia» inglesa,
desde Enrique VII, lejos de oponerse al desarrollo de la
producción industrial procurase sacar indirectamente
provecho de ella. Además, una parte de los grandes
terratenientes se mostró dispuesta en todo momento, por
móviles económicos o políticos a colaborar con los
caudillos de la burguesía industrial y financiera. La
transacción de 1689 no fue, pues, difícil de conseguir.
Los trofeos políticos —los cargos, las sinecuras, los
grandes sueldos— les fueron respetados a las familias de
la aristocracia rural, a condición de que defendiesen
cumplidamente los intereses económicos de la clase media
financiera, industrial y mercantil. Y estos intereses
económicos eran ya, por aquel entonces, bastante
poderosos; eran ellos los [111] que trazaban en último
término los rumbos de la política nacional. Podría haber
rencillas acerca de los detalles, pero la oligarquía
aristocrática sabía demasiado bien cuán inseparablemente
unida se hallaba su propia prosperidad económica a la de
la burguesía industrial y comercial.
A
partir de este momento, la burguesía se convirtió en
parte integrante, modesta pero reconocida, de las clases
dominantes de Inglaterra. Compartía con todas ellas el
interés de mantener sojuzgada a la gran masa trabajadora
del pueblo. El comercianteo fabricante mismo ocupaba,
frente a su dependiente, a sus obreros o a sus criados,
la posición del amo, o la posición de su «superior
natural», como se decía hasta hace muy poco en
Inglaterra. Tenía que estrujarles la mayor cantidad y la
mejor calidad de trabajo posible; para conseguirlo,
había de educarlos en una conveniente sumisión.
Personalmente, era un hombre religioso; su religión le
había suministrado la bandera bajo la cual combatió al
rey y a los señores; muy pronto, había descubierto
también los recursos que esta religión le ofrecía para
trabajar los espíritus de sus inferiores naturales y
hacerlos sumisos a las órdenes de los amos, que los
designios inescrutables de Dios les habían puesto. En
una palabra, el burgués inglés participaba ahora en la
empresa de sojuzgar a los «estamentos inferiores», a la
gran masa productora de la nación, y uno de los medios
que se empleaba para ello era la influencia de la
religión.
Pero a
esto venía a añadirse una nueva circunstancia, que
reforzaba las inclinaciones religiosas de la burguesía:
la aparición del materialismo en Inglaterra. Esta nueva
doctrina no sólo hería los píos sentimientos de la clase
media, sino que, además, se anunciaba como una filosofía
destinada solamente a los sabios y hombres cultos del
gran mundo; al contrario de la religión, buena para la
gran masa no ilustrada, incluyendo a la burguesía. Con
Hobbes, esta doctrina pisó la escena como defensora de
las prerrogativas y de la omnipotencia reales e invitó a
la monarquía absoluta a atar corto a aquel puer
robustus sed mailitiosus
[*] que era el
pueblo. También en los continuadores de Hobbes, en
Bolingbroke, en Shaftesbury, etc., la nueva forma
deística del materialismo seguía siendo una doctrina
aristocrática, esotérica *[*]
y odiada, por tanto, de la burguesía, no sólo por ser
una herejía religiosa, sino también por sus conexiones
políticas antiburguesas. Por eso, frente al materialismo
y al deísmo de la aristocracia, las sectas protestantes,
que habían suministrado la bandera y los hombres para
luchar contra los Estuardos, eran precisamente [112] las
que daban el contingente principal de las fuerzas de la
clase media progresiva y las que todavía hoy forman la
médula del «gran partido liberal».
Entretanto, el materialismo pasó de Inglaterra a Francia
donde se encontró con una segunda escuela materialista
de filósofos, que habían surgido del cartesianismo
[14], y con la que
se refundió. También en Francia seguía siendo al
principio una doctrina exclusivamente aristocrática.
Pero su carácter revolucionario no tardó en revelarse.
Los materialistas franceses no limitaban su crítica
simplemente a las materias religiosas, sino que la
hacían extensiva a todas las tradiciones científicas y a
todas las instituciones políticas de su tiempo; para
demostrar la posibilidad de aplicación universal de su
teoría, siguieron el camino más corto: la aplicaron
audazmente a todos los objetos del saber en la
"Encyclopédie", la obra gigantesca que les valió el
nombre de «enciclopedistas». De este modo, el
materialismo, bajo una u otra forma —como materialismo
declarado o como deísmo—, se convirtió en el credo de
toda la juventud culta de Francia; hasta tal punto, que
durante la Gran Revolución la teoría creada por los
realistas ingleses sirvió de bandera teórica a los
republicanos y terroristas franceses, y de ella salió el
texto de la "Declaración de los Derechos del Hombre"
[15].
La Gran
Revolución francesa fue la tercera insurrección de la
burguesía, pero la primera que se despojó totalmente del
manto religioso, dando la batalla en el campo político
abierto. Y fue también la primera que llevó realmente la
batalla hasta la destrucción de uno de los dos
combatientes, la aristocracia, y el triunfo completo del
otro, la burguesía. En Inglaterra, la continuidad
ininterrumpida de las instituciones prerrevolucionarias
y postrevolucionarias y la transacción sellada entre los
grandes terratenientes y los capitalistas, encontraban
su expresión en la continuidad de los precedentes
judiciales, así como en la respetuosa conservación de
las formas legales del feudalismo. En Francia la
revolución rompió plenamente con las tradiciones del
pasado, barrió los últimos vestigios del feudalismo y
creó, con el Code civil
[16], una
adaptación magistral a las relaciones capitalistas
modernas del antiguo Derecho romano, de aquella
expresión casi perfecta de las relaciones jurídicas
derivadas de la fase económica que Marx llama la
«producción de mercancías»; tan magistral, que este
Código francés revolucionario sirve todavía hoy en todos
los países —sin exceptuar a Inglaterra— de modelo para
las reformas del derecho de propiedad. Pero, no por ello
debemos perder de vista una cosa. Aunque el Derecho
inglés continúa expresando las relaciones económicas de
la sociedad capitalista en un lenguaje feudal bárbaro,
que guarda con la cosa expresada la misma relación [113]
que la ortografía con la fonética inglesa —«vous
écrivez Londres et vous prononcez Constantinople»,
**[*],
decía un francés—, este Derecho inglés es el único que
ha mantenido indemne a través de los siglos y que ha
transplantado a Norteamérica y a las colonias la mejor
parte de aquella libertad personal, aquella autonomía
local y aquella salvaguardia contra toda injerencia,
fuera de la de los tribunales; en una palabra, aquellas
antiguas libertades germánicas que en el continente se
habían perdido bajo el régimen de la monarquía absoluta
y que hasta ahora no han vuelto a recobrarse
íntegramente en ninguna parte.
Pero
volvamos a nuestro burgués británico. La revolución
francesa le brindó una magnífica ocasión para arruinar,
con ayuda de las monarquías continentales, el comercio
marítimo francés, anexionarse las colonias francesas y
reprimir las últimas pretensiones francesas de hacerle
la competencia por mar. Fue ésta una de las razones de
que la combatiese. La segunda razón era que los métodos
de esta revolución le hacían muy poca gracia. No ya su
«execrable» terrorismo, sino también su intento de
implantar el régimen burgués hasta en sus últimas
consecuencias. ¿Qué iba a hacer en el mundo el burgués
británico sin su aristocracia, que le imbuía maneras (¡y
qué maneras!) e inventaba para él modas, que le
suministraba la oficialidad para el ejército,
salvaguardia del orden dentro del país, y para la
marina, conquistadora de nuevos dominios coloniales y de
nuevos mercados en el exterior? Cierto es que también
había dentro de la burguesía una minoría progresiva,
formada por gentes cuyos intereses no habían salido tan
bien parados en la transacción, esta minoría, integrada
por la clase media de posición más modesta, simpatizaba
con la revolución, pero era impotente en el parlamento.
Por
tanto, cuanto más se convertía el materialismo en el
credo de la revolución francesa, tanto más se aferraba
el piadoso burgués británico a su religión. ¿Acaso la
época del terror en París no había demostrado lo que
ocurre, cuando el pueblo pierde la religión? Conforme se
extendía el materialismo de Francia a los países vecinos
y recibía el refuerzo de otras corrientes teóricas
afines, principalmente el de la filosofía alemana;
conforme en el continente ser materialista y
librepensador era, en realidad, una cualidad
indispensable para ser persona culta, más tenazmente se
afirmaba la clase media inglesa en sus diversas
confesiones religiosas. Por mucho que variasen las unas
de las otras, todas eran confesiones decididamente
religiosas, cristianas.
Mientras que la revolución aseguraba el triunfo político
de la burguesía en Francia, en Inglaterra Watt,
Arkwright, Cartwright [114] y otros iniciaron iniciaron
una revolución industrial, que desplazó completamente el
centro de gravedad del poder económico. Ahora, la
burguesía enriquecíase mucho más aprisa que la
aristocracia terrateniente. Y, dentro de la burguesía
misma, la aristocracia financiera, los banqueros, etc.,
iban pasando cada vez más a segundo plano ante los
fabricantes. La transacción de 1689, aun con las
enmiendas que habían ido introduciéndose poco a poco a
favor de la burguesía, ya no correspondía a la posición
recíproca de las dos partes interesadas. Había cambiado
también el carácter de éstas: la burguesía de 1830
difería mucho de la del siglo anterior. El poder
político que aún conservaba la aristocracia y que se
ponía en acción contra las pretensiones de la nueva
burguesía industrial, hízose incompatible con los nuevos
intereses económicos. Planteábase la necesidad de
renovar la lucha contra la aristocracia; y esta lucha
sólo podía terminar con el triunfo del nuevo poder
económico. Bajo el impulso de la revolución francesa de
1830, se impuso en primer término, pese a todas las
resistencias, la ley de reforma electoral
[17]. Esto dio a
la burguesía una posición fuerte y reconocida en el
parlamento. Luego, vino la derogación de las leyes
cerealistas
[18], que instauró
de una vez para siempre el predominio de la burguesía, y
sobre todo de su parte más activa, los fabricantes,
sobre la aristocracia de la tierra. Fue éste el mayor
triunfo de la burguesía, pero fue también el último
conseguido en su propio y exclusivo interés. Todos sus
triunfos posteriores hubo de compartirlos con un nuevo
poder social, aliado suyo en un principio, pero luego
rival de ella.
La
revolución industrial había creado una clase de grandes
fabricantes capitalistas, pero había creado también
otra, mucho más numerosa, de obreros fabriles. Esta
clase crecía constantemente en número, a medida que la
revolución industrial se iba adueñando de una rama
industrial tras otra. Y con su número, crecía también su
fuerza, que se demostró ya en 1824, cuando obligó al
parlamento a derogar a regañadientes las leyes contra la
libertad de coalición
[19]. Durante la
campaña de agitación por la reforma electoral, los
obreros formaban el ala radical del partido de la
reforma; y cuando la ley de 1832 los privó del derecho
de sufragio, sintetizaron sus reivindicaciones en la
Carta del Pueblo (People's Charter)
[20] y se
constituyeron, en oposición al gran partido burgués que
combatía las leyes cerealistas
[21], en un
partido independiente, el partido cartista, que fue el
primer partido obrero de nuestro tiempo.
A
continuación, vinieron las revoluciones continentales de
febrero y marzo de 1848, en las que los obreros
desempeñaron un papel tan importante y en las que
plantearon, por lo menos en París, reivindicaciones que
eran resueltamente inadmisibles, [115] desde el punto de
vista de la sociedad capitalista. Y luego sobrevino la
reacción general. Primero, la derrota de los cartistas
del 10 de abril de 1848
[22]; después, el
aplastamiento de la insurrección obrera de París, en
junio del mismo año; más tarde, los descalabros de 1849
en Italia, Hungría y el Sur de Alemania; y por último,
el triunfo de Luis Bonaparte sobre París, el 2 de
diciembre de 1851
[23]. Con esto,
habíase conseguido ahuyentar, por lo menos durante algún
tiempo, el espantajo de las reivindicaciones obreras,
pero ¡a qué costa! Por tanto, si el burgués británico
estaba ya antes convencido de la necesidad de mantener
en el pueblo vil el espíritu religioso, ¡con cuánta
mayor razón tenía que sentir esa necesidad, después de
todas estas experiencias! Por eso, sin hacer el menor
caso de las risotadas de burla de sus colegas
continentales, continuaba año tras año gastando miles y
decenas de miles en la evangelización de los estamentos
inferiores. No contento con su propia maquinaria
religiosa, se dirigió al Hermano Jonathan
[24]
Revivalismo: corriente de la Iglesia protestante
surgida en Inglaterra en la primera mitad del siglo
XVIII y propagada en Norteamérica; sus adeptos se valían
de las prédicas religiosas y la organización de nuevas
comunidades de creyentes para consolidar y ampliar la
influencia de la religión cristiana., el más grande
organizador de negocios religiosos por aquel entonces, e
importó de los Estados Unidos el revivalismo, a Moody y
Sankey, etc.; y, por último, aceptó incluso hasta la
ayuda peligrosa del Ejército de Salvación, que viene a
restaurar los recursos de propaganda del cristianismo
primitivo, que se dirige a los pobres como a los
elegidos, combatiendo al capitalismo a su manera
religiosa y atizando así un elemento de lucha de clases
del cristianismo primitivo, que un buen día puede llegar
a ser molesto para las gentes ricas que hoy suministran
de su bolsillo el dinero para esta propaganda.
Parece
ser una ley del desarrollo histórico el que la burguesía
no pueda detentar en ningún país de Europa el poder
político —al menos, durante largo tiempo—, de la misma
manera exclusiva con que pudo hacerlo la aristocracia
feudal durante la Edad Media. Hasta en Francia, donde se
extirpó tan de raíz el feudalismo, la burguesía, como
clase global, sólo ejerce todo el poder durante breves
períodos de tiempo. Bajo Luis Felipe (1830-1848), sólo
gobernaba una pequeña parte de la burguesía, pues otra
parte mucho más considerable quedaba excluida del
sufragio por el elevado censo de fortuna que se exigía
para poder votar. Bajo la segunda República (1848-1851),
gobernó toda la burguesía, pero sólo durante tres años;
su incapacidad abrió el camino al Segundo Imperio. Sólo
ahora, bajo la tercera República
[25], vemos a la
burguesía en bloque empuñar el timón por espacio de
veinte años, pero en eso revela ya gratos síntomas de
decadencia. Hasta ahora, una dominación de la burguesía
mantenida durante largos años sólo ha sido posible en
países como Norteamérica, que nunca conocieron el
feudalismo y donde la sociedad se ha construido desde el
primer momento sobre una base burguesa. Pero hasta [116]
en Francia y en Norteamérica llaman ya a la puerta con
recios golpes los sucesores de la burguesía: los
obreros.
En
Inglaterra, la burguesía no ha ejercido jamás el poder
indiviso. Hasta el triunfo de 1832 dejó a la
aristocracia en el disfrute casi exclusivo de todos los
altos cargos públicos. Yo no acertaba a explicarme la
sumisión con que la clase media rica se resignaba a
tolerar esto, hasta que un día el gran fabricante
liberal Mr. W. A. Forster, en un discurso, suplicó a los
jóvenes de Bradford que aprendiesen francés si querían
hacer carrera, contando a este propósito el triste papel
que había hecho él cuando, siendo ministro, se vio
metido de pronto en una sociedad en que el francés era,
por lo menos, tan necesario como el inglés. En efecto,
los burgueses ingleses de aquel entonces eran, quien más
quien menos, unos nuevos ricos sin cultura, que tenían
que ceder a la aristocracia, quisieran o no, todos
aquellos altos puestos del gobierno que exigían otras
dotes que la limitación y la fatuidad insulares,
salpimentadas por la astucia para los negocios
[*]. Todavía hoy
los debates inacabables de la prensa sobre la
middle-class-education *[*]
revelan que la clase media inglesa no se considera aún
bastante buena para recibir la mejor educación y busca
algo más modesto. Por eso, aun después de la derogación
de las leyes cerealistas, se consideró como algo muy
natural que los que habían arrancado el triunfo, los
Cobden, los Bright, los Forster, etcétera, quedasen
privados de toda participación en el gobierno oficial,
hasta que por último, veinte años después, una nueva ley
de Reforma
[26] les abrió las
puertas del ministerio. Hasta hoy día está la burguesía
inglesa tan profundamente penetrada de un sentimiento de
inferioridad social, que sostiene a costa suya y del
pueblo una casta decorativa de zánganos que tienen por
oficio representar dignamente a la nación en todos los
actos solemnes y se considera honradísima cuando se
encuentra a un burgués cualquiera reconocido como digno
de ingresar en esta corporación selecta y privilegiada,
que al fin y al cabo ha sido fabricada por la misma
burguesía.
Así
pues, la clase media industrial y comercial no había
conseguido aún arrojar por completo del poder político a
la aristocracia terrateniente, cuando se presentó en
escena el nuevo rival: la clase obrera. La reacción que
se produjo después del movimiento cartista y las
revoluciones continentales, unida a la expansión sin
precedentes de la industria inglesa desde 1848 a 1866
(expansión que suele atribuirse sólo al librecambio,
pero que se debió en mucha mayor parte a la extensión
gigantesca de los ferrocarriles, los transatlánticos y
los medios de comunicación en general) volvió a poner a
los obreros bajo la dependencia de los liberales, cuya
ala radical formaban, como en los tiempos anteriores al
cartismo. Pero, poco a poco, las exigencias obreras en
cuanto al sufragio universal fueron haciéndose
irresistibles. Mientras los «whigs», los caudillos de
los liberales, temblaban de miedo, Disraeli demostraba
su superioridad; supo aprovechar el momento propicio
para los «tories» introduciendo en los distritos
electorales urbanos el régimen electoral del
household suffrage
[*] y, en relación
con éste, una nueva distribución de los distritos
electorales.
A esto,
siguió poco después el ballot *[*],
luego, en 1884, el household suffrage hízose
extensivo a todos los distritos, incluso a los de
condado, y se introdujo una nueva distribución de las
circunscripciones electorales, que las nivelaba hasta
cierto punto. Todas estas reformas aumentaron de tal
modo la fuerza de la clase obrera en las elecciones, que
ésta representaba ya a la mayoría de los electores en
150 a 200 distritos. ¡Pero no hay mejor escuela de
respeto a la tradición que el sistema parlamentario! Si
la clase media mira con devoción y veneración al grupo
que lord John Manners llama bromeando «nuestra vieja
nobleza», la masa de los obreros miraba en aquel tiempo
con respeto y acatamiento a la que entonces se llamaba
«la clase mejor», la burguesía. En realidad, el obrero
británico de hace quince años era ese obrero modelo
[118] cuya consideración respetuosa por la posición de
su patrono y cuya timidez y humildad al plantear sus
propias reivindicaciones ponían un poco de bálsamo en
las heridas que a nuestros socialistas alemanes de
cátedra
[27] les inferían
las incorregibles tendencias comunistas y
revolucionarias de los obreros de su país.
Sin
embargo, los burgueses ingleses, como buenos hombres de
negocios, veían más allá que los profesores alemanes.
Sólo de mala gana habían compartido el poder con los
obreros. Durante el período cartista, habían tenido
ocasión de aprender de lo que era capaz el pueblo, ese
puer robustus sed malitiosus. Desde entonces,
habían tenido que aceptar y ver convertida en ley
nacional la mayor parte de la Carta del Pueblo. Ahora
más que nunca, era importante tener al pueblo a raya
mediante recursos morales; y el recurso moral primero y
más importante con que se podía influenciar a las masas
seguía siendo la religión. De aquí la mayoría de puestos
otorgados a curas en los organismos escolares y de aquí
que la burguesía se imponga a sí misma cada vez más
tributos para sostener toda clase de revivalismos, desde
el ritualismo
[28] hasta el
Ejército de Salvación.
Y
entonces llegó el triunfo del respetable filisteísmo
británico sobre la libertad de pensamiento y la
indiferencia en materias religiosas del burgués
continental. Los obreros de Francia y Alemania se
volvieron rebeldes. Estaban totalmente contaminados de
socialismo, y además, por razones muy fuertes, no se
preocupaban gran cosa de la legalidad de los medios
empleados para conquistar el poder. Aquí, el puer
robustus se había vuelto realmente cada día más
malitiosus. Y al burgués francés y alemán no le
quedaba más recurso que renunciar tácitamente a seguir
siendo librepensador, como esos guapos mozos que cuando
se ven acometidos irremediablemente por el mareo, dejan
caer el cigarro humeante con que fantocheaban a bordo.
Los burlones fueron adoptando uno tras otro,
exteriormente, una actitud devota y empezaron a hablar
con respeto de la Iglesia, de sus dogmas y ritos,
llegando incluso, cuando no había más remedio, a
compartir estos últimos. Los burgueses franceses se
negaban a comer carne los viernes y los burgueses
alemanes se aguantaban, sudandando en sus reclinatorios,
interminables sermones protestantes. Habían llegado con
su materialismo a una situación embarazosa. Die
Religion muss dem Volk erhalten werden («¡Hay que
conservar la religión para el pueblo!»); era el último y
único recurso para salvar a la sociedad de su ruina
total. Para desgracia suya, no se dieron cuenta de esto
hasta que habían hecho todo lo humanamente posible para
derrumbar para siempre la religión. Había llegado, pues,
el momento en que el burgués británico podía reírse,
[119] a su vez, de ellos y gritarles: «¡Ah, necios, eso
ya podía habérselo dicho yo hace doscientos años!»
Sin
embargo, me temo mucho que ni la estupidez religiosa del
burgués británico ni la conversión post festum
[*] del burgués
continental, consigan poner un dique a la creciente
marea proletaria. La tradición es una gran fuerza de
freno; es la vis inertiae *[*]
de la historia. Pero es una fuerza meramente pasiva; por
eso tiene necesariamente que sucumbir. De aquí que
tampoco la religión pueda servir a la larga de muralla
protectora de la sociedad capitalista. Si nuestras ideas
jurídicas, filosóficas y religiosas no son más que los
brotes más próximos o más remotos de las condiciones
económicas imperantes en una sociedad dada, a la larga
estas ideas no pueden mantenerse cuando han cambiado
completamente aquellas condiciones. Una de dos: o
creemos en una revelación sobrenatural, o tenemos que
reconocer que no hay dogma religioso capaz de apuntalar
una sociedad que se derrumba.
Y la
verdad es que también en Inglaterra comienzan otra vez
los obreros a moverse. Indudablemente, el obrero inglés
está atado por una serie de tradiciones. Tradiciones
burguesas, como la tan extendida creencia de que no
pueden existir más que dos partidos, el conservador y el
liberal, y de que la clase obrera tiene que valerse del
gran partido liberal para laborar por su emancipación. Y
tradiciones obreras, heredadas de los tiempos de sus
primeros tanteos de actuación independiente, como la
eliminación, en numerosas y antiguas tradeuniones, de
todos aquellos obreros que no han tenido un determinado
tiempo reglamentario de aprendizaje; lo que significa,
en rigor, que cada una de estas uniones se crea sus
propios esquiroles. Pero, a pesar de todo esto y mucho
más, la clase obrera inglesa avanza, como el mismo
profesor Brentano se ha visto obligado a comunicar, con
harto dolor, a sus hermanos, los socialistas de cátedra.
Avanza, como todo en Inglaterra, con paso lento y
mesurado, vacilante aquí, y allí mediante tanteos, a
veces estériles; avanza a trechos, con una desconfianza
excesivamente prudente hacia el nombre de Socialismo,
pero asimilándose poco a poco la esencia. Avanza, y su
avance va comunicándose a una capa obrera tras otra.
Ahora, ha sacudido el letargo de los obreros no
calificados del East End de Londres, y todos nosotros ya
hemos visto qué magnífico empuje han dado, a su vez, a
la clase obrera estas nuevas fuerzas. Y si el ritmo del
movimiento no es aconsonantado a la impaciencia de unos
u otros, no deben olvidar que es precisamente la clase
[120] obrera la que mantiene vivos los mejores rasgos
del carácter nacional inglés y que en Inglaterra, cuando
se da un paso hacia adelante, ya no se pierde jamás. Si
los hijos de los viejos cartistasno dieron de sí, por
los motivos indicados, todo lo que de ellos se podía
esperar, parece que los nietos van a ser dignos de sus
abuelos.
Pero,
el triunfo de la clase obrera europea no depende
solamente de Inglaterra. Este triunfo sólo puede
asegurarse mediante la cooperación, por lo menos, de
Inglaterra, Francia y Alemania
[29]. En estos dos
últimos países, el movimiento obrero le lleva un buen
trecho de delantera al de Inglaterra. En Alemania, se
halla incluso a una distancia ya mesurable del triunfo.
Los progresos obtenidos aquí desde hace veinticinco
años, no tienen precedente. El movimiento obrero alemán
avanza con velocidad acelerada. Y si la burguesía
alemana ha dado pruebas de su carencia lamentable de
capacidad política, de disciplina, de bravura, de
energía y de perseverancia, la clase obrera de Alemania
ha demostrado que posee en grado abundante todas estas
cualidades. Hace ya casi cuatrocientos años que Alemania
fue el punto de arranque del primer gran alzamiento de
la clase media de Europa; tal como están hoy las cosas,
¿es descabellado pensar que Alemania vaya a ser también
el escenario del primer gran triunfo del proletariado
europeo?
20 de
abril de 1892
F.
Engels
Publicado por primera vez en el Se publica de acuerdo
con el
libro:
Frederick Engels. «Socialism texto de la edición
inglesa,
Utopian
and Scientific», London, cotejado con el de la revista.
1892, y
con algunas omisiones en
la
traducción alemana del autor Traducido del inglés.
en la
revista "Die Neue Zeit", Bd. 1
Nº1, 2,
1892-1893.
D E L S O C I A L I S M O U T O P I C O
A L S O C I A L I S M O C I E N T I F I C O
[30]
I
El
socialismo moderno es, en primer término, por su
contenido, fruto del reflejo en la inteligencia, por un
lado, de los antagonismos de clase que imperan en la
moderna sociedad entre poseedores y desposeídos,
capitalistas y obreros asalariados, y, por otro lado, de
la anarquía que reina en la producción. Pero, por su
forma teórica, el socialismo empieza presentándose como
una continuación, más desarrollada y más consecuente, de
los principios proclamados por los grandes ilustradores
franceses del siglo XVIII. Como toda nueva teoría, el
socialismo, aunque tuviese sus raíces en los hechos
materiales económicos, hubo de empalmar, al nacer, con
las ideas existentes.
Los
grandes hombres que en Francia ilustraron las cabezas
para la revolución que había de desencadenarse,
adoptaron ya una actitud resueltamente revolucionaria.
No reconocían autoridad exterior de ningún género. La
religión, la concepción de la naturaleza, la sociedad,
el orden estatal: todo lo sometían a la crítica más
despiadada; cuanto existía había de justificar los
títulos de su existencia ante el fuero de la razón o
renunciar a seguir existiendo. A todo se aplicaba como
rasero único la razón pensante. Era la época en que,
según Hegel, «el mundo giraba sobre la cabeza»
******[*],
primero, en el sentido de que la cabeza humana [122] y
los principios establecidos por su especulación
reclamaban el derecho a ser acatados como base de todos
los actos humanos y de toda relación social, y luego
también, en el sentido más amplio de que la realidad que
no se ajustaba a estas conclusiones se veía subvertida
de hecho desde los cimientos hasta el remate. Todas las
formas anteriores de sociedad y de Estado, todas las
ideas tradicionales, fueron arrinconadas en el desván
como irracionales; hasta allí, el mundo se había dejado
gobernar por puros prejuicios; todo el pasado no merecía
más que conmiseración y desprecio. Sólo ahora había
apuntado la aurora, el reino de la razón; en adelante,
la superstición, la injusticia, el privilegio y la
opresión serían desplazados por la verdad eterna, por la
eterna justicia, por la igualdad basada en la naturaleza
y por los derechos inalienables del hombre.
Hoy
sabemos ya que ese reino de la razón no era más que el
reino idealizado de la burguesía, que la justicia eterna
vino a tomar cuerpo en la justicia burguesa; que la
igualdad se redujo a la igualdad burguesa ante la ley;
que como uno de los derechos más esenciales del hombre
se proclamó la propiedad burguesa; y que el Estado de la
razón, el «contrato social» de Rousseau pisó y solamente
podía pisar el terreno de la realidad, convertido en
república democrática burguesa. Los grandes pensadores
del siglo XVIII, como todos sus predecesores, no podían
romper las fronteras que su propia época les trazaba.
Pero,
junto al antagonismo entre la nobleza feudal y la
burguesía, que se erigía en representante de todo el
resto de la sociedad, manteníase en pie el antagonismo
general entre explotadores y explotados, entre ricos
holgazanes y pobres que trabajaban. Y este hecho era
precisamente el que permitía a los representantes de la
burguesía arrogarse la representación, no de una clase
determinada, sino de toda la humanidad doliente. Más
aún. Desde el momento mismo en que nació, la burguesía
llevaba [123] en sus entrañas a su propia antítesis,
pues los capitalistas no pueden existir sin obreros
asalariados, y en la misma proporción en que los
maestros de los gremios medievales se convertían en
burgueses modernos, los oficiales y los jornaleros no
agremiados transformábanse en proletarios. Y, si, en
términos generales, la burguesía podía arrogarse el
derecho a representar, en sus luchas contra la
nobleza, además de sus intereses, los de las
diferentes clases trabajadoras de la época, al lado de
todo gran movimiento burgués que se desataba estallaban
movimientos independientes de aquella clase que era el
precedente más o menos desarrollado del proletariado
moderno. Tal fue en la época de la Reforma y de las
guerras campesinas en Alemania la tendencia de los
anabaptistas
[31] y de Tomás
Münzer; en la Gran Revolución inglesa, los «levellers»
[32], y en la Gran
Revolución francesa, Babeuf. Y estas sublevaciones
revolucionarias de una clase incipiente son acompañadas,
a la vez, por las correspondientes manifestaciones
teóricas: en los siglos XVI y XVII aparecen las
descripciones utópicas de un régimen ideal de la
sociedad
[33]; en el siglo
XVIII, teorías directamente comunistas ya, como las de
Morelly y Mably. La reivindicación de la igualdad no se
limitaba a los derechos políticos, sino que se extendía
a las condiciones sociales de vida de cada individuo; ya
no se trataba de abolir tan sólo los privilegios de
clase, sino de destruir las propias diferencias de
clase. Un comunismo ascético, a lo espartano, que
prohibía todos los goces de la vida: tal fue la primera
forma de manifestarse de la nueva doctrina. Más tarde,
vinieron los tres grandes utopistas: Saint-Simon, en
quien la tendencia burguesa sigue afirmándose todavía,
hasta cierto punto, junto a la tendencia proletaria;
Fourier y Owen, quien, en el país donde la producción
capitalista estaba más desarrollada y bajo la impresión
de los antagonismos engendrados por ella, expuso en
forma sistemática una serie de medidas encaminadas a
abolir las diferencias de clase, en relación directa con
el materialismo francés.
Rasgo
común a los tres es el no actuar como representantes de
los intereses del proletariado, que entretanto había
surgido como un producto de la propia historia. Al igual
que los ilustradores franceses, no se proponen emancipar
primeramente a una clase determinada, sino, de golpe, a
toda la humanidad. Y lo mismo que ellos, pretenden
instaurar el reino de la razón y de la justicia eterna.
Pero entre su reino y el de los ilustradores franceses
media un abismo. También el mundo burgués, instaurado
según los principios de éstos, es irracional e injusto y
merece, por tanto, ser arrinconado entre los trastos
inservibles, ni más ni menos que el feudalismo y las
formas sociales que le precedieron. Si hasta ahora la
verdadera razón y la verdadera justicia no han [124]
gobernado el mundo, es, sencillamente, porque nadie ha
sabido penetrar debidamente en ellas. Faltaba el hombre
genial que ahora se alza ante la humanidad con la
verdad, al fin, descubierta. El que ese hombre haya
aparecido ahora, y no antes, el que la verdad haya sido,
al fin, descubierta ahora y no antes, no es, según
ellos, un acontecimiento inevitable, impuesto por la
concatenación del desarrollo histórico, sino porque el
puro azar lo quiere así. Hubiera podido aparecer
quinientos años antes ahorrando con ello a la humanidad
quinientos años de errores, de luchas y de sufrimientos.
Hemos
visto cómo los filósofos franceses del siglo XVIII, los
precursores de la revolución, apelaban a la razón como
único juez de todo lo existente. Se pretendía instaurar
un Estado racional, una sociedad ajustada a la razón, y
cuanto contradecía a la razón eterna debía ser desechado
sin piedad. Y hemos visto también que, en realidad, esa
razón eterna no era más que el sentido común idealizado
del hombre del estado llano que, precisamente por aquel
entonces, se estaba convirtiendo en burgués. Por eso
cuando la revolución francesa puso en obra esta sociedad
racional y este Estado racional, resultó que las nuevas
instituciones, por más racionales que fuesen en
comparación con las antiguas, distaban bastante de la
razón absoluta. El Estado racional había quebrado
completamente. El contrato social de Rousseau venía a
tomar cuerpo en la época del terror
[34], y la
burguesía, perdida la fe en su propia habilidad
política, fue a refugiarse, primero, en la corrupción
del Directorio
[35] y, por
último, bajo la égida del despotismo napoleónico. La
prometida paz eterna se había trocado en una
interminable guerra de conquistas. Tampoco corrió mejor
suerte la sociedad de la razón. El antagonismo entre
pobres y ricos, lejos de disolverse en el bienestar
general, habíase agudizado al desaparecer los
privilegios de los gremios y otros, que tendían un
puente sobre él, y los establecimientos eclesiásticos de
beneficencia, que lo atenuaban. La «libertad de la
propiedad» de las trabas feudales, que ahora se
convertía en realidad, resultaba ser, para el pequeño
burgués y el pequeño campesino, la libertad de vender a
esos mismos señores poderosos su pequeña propiedad,
agobiada por la arrolladora competencia del gran capital
y de la gran propiedad terrateniente; con lo que se
convertía en la «libertad» del pequeño burgués y del
pequeño campesino de toda propiedad. El auge de
la industria sobre bases capitalistas convirtió la
pobreza y la miseria de las masas trabajadoras en
condición de vida de la sociedad. El pago al contado fue
convirtiéndose, cada vez en mayor grado, según la
expresión de Carlyle, en el único eslabón que enlazaba a
la sociedad. La estadística criminal crecía de año en
año. Los vicios feudales, [125] que hasta entonces se
exhibían impúdicamente a la luz del día, no
desaparecieron, pero se recataron, por el momento, un
poco al fondo de la escena; en cambio, florecían
exuberantemente los vicios burgueses, ocultos hasta allí
bajo la superficie. El comercio fue degenerando cada vez
más en estafa. La «fraternidad» de la divisa
revolucionaria
[36] tomó cuerpo
en las deslealtades y en la envidia de la lucha de
competencia. La opresión violenta cedió el puesto a la
corrupción, y la espada, como principal palanca del
poder social, fue sustituida por el dinero. El derecho
de pernada pasó del señor feudal al fabricante burgués.
La prostitución se desarrolló en proporciones hasta
entonces inauditas. El matrimonio mismo siguió siendo lo
que ya era: la forma reconocida por la ley, el manto
oficial con que se cubría la prostitución, complementado
además por una gran abundancia de adulterios. En una
palabra, comparadas con las brillantes promesas de los
ilustradores, las instituciones sociales y políticas
instauradas por el «triunfo de la razón» resultaron ser
unas tristes y decepcionantes caricaturas. Sólo faltaban
los hombres que pusieron de relieve el desengaño y que
surgieron en los primeros años del siglo XIX. En 1802,
vieron la luz las "Cartas ginebrinas" de Saint-Simon; en
1808, publicó Fourier su primera obra, aunque las bases
de su teoría databan ya de 1799; el 1 de enero de 1800,
Roberto Owen se hizo cargo de la dirección de la empresa
de New Lanark
[37].
Sin
embargo, por aquel entonces, el modo capitalista de
producción, y con él el antagonismo entre la burguesía y
el proletariado, se habían desarrollado todavía muy
poco. La gran industria, que en Inglaterra acababa de
nacer, era todavía desconocida en Francia. Y sólo la
gran industria desarrolla, de una parte, los conflictos
que transforman en una necesidad imperiosa la subversión
del modo de producción y la eliminación de su carácter
capitalista —conflictos que estallan no sólo entre las
clases engendradas por esa gran industria, sino también
entre las fuerzas productivas y las formas de cambio por
ella creadas— y, de otra parte, desarrolla también en
estas gigantescas fuerzas productivas los medios para
resolver estos conflictos. Si bien, hacia 1800, los
conflictos que brotaban del nuevo orden social apenas
empezaban a desarrollarse, estaban mucho menos
desarrollados, naturalmente, los medios que habían de
conducir a su solución. Si las masas desposeídas de
París lograron adueñarse por un momento del poder
durante el régimen del terror y con ello llevar al
triunfo a la revolución burguesa, incluso en contra de
la burquesía, fue sólo para demostrar hasta qué punto
era imposible mantener por mucho tiempo este poder en
las condiciones de la época. El proletariado, que apenas
empezaba a destacarse en el seno de estas masas
desposeídas, como tronco de una clase nueva, totalmente
[126] incapaz todavía para desarrollar una acción
política propia, no representaba más que un estamento
oprimido, agobiado por toda clase de sufrimientos,
incapaz de valerse por sí mismo. La ayuda, en el mejor
de los casos, tenía que venirle de fuera, de lo alto.
Esta
situación histórica informa también las doctrinas de los
fundadores del socialismo. Sus teorías incipientes no
hacen más que reflejar el estado incipiente de la
producción capitalista, la incipiente condición de
clase. Se pretendía sacar de la cabeza la solución de
los problemas sociales, latente todavía en las
condiciones económicas poco desarrolladas de la época.
La sociedad no encerraba más que males, que la razón
pensante era la llamada a remediar. Tratábase por eso de
descubrir un sistema nuevo y más perfecto de orden
social, para implantarlo en la sociedad desde fuera, por
medio de la propaganda, y a ser posible, con el ejemplo,
mediante experimentos que sirviesen de modelo. Estos
nuevos sistemas sociales nacían condenados a moverse en
el reino de la utopía; cuanto más detallados y
minuciosos fueran, mas tenían que degenerar en puras
fantasías.
Sentado
esto, no tenemos por qué detenernos ni un momento más en
este aspecto, incorporado ya definitivamente al pasado.
Dejemos que los traperos literarios revuelvan
solemnemente en estas fantasías, que hoy parecen mover a
risa, para poner de relieve, sobre el fondo de ese
«cúmulo de dislates», la superioridad de su razonamiento
sereno. Nosotros, en cambio, nos admiramos de los
geniales gérmenes de ideas y de las ideas geniales que
brotan por todas partes bajo esa envoltura de fantasía y
que los filisteos son incapaces de ver.
Saint-Simon era hijo de la Gran Revolución francesa, que
estalló cuando él no contaba aún treinta años. La
revolución fue el triunfo del tercer estado, es decir,
de la gran masa activa de la nación, a cuyo cargo
corrían la producción y el comercio, sobre los
estamentos hasta entonces ociosos y privilegiados
de la sociedad: la nobleza y el clero. Pero pronto se
vio que el triunfo del tercer estado no era más que el
triunfo de una parte muy pequeña de él, la conquista del
poder político por el sector socialmente privilegiado de
esa clase: la burguesía poseyente. Esta burguesía,
además, se desarrollaba rápidamente ya en el proceso de
la revolución, especulando con las tierras confiscadas y
luego vendidas de la aristocracia y de la
Iglesia, y estafando a la nación por medio de los
suministros al ejército. Fue precisamente el gobierno de
estos estafadores el que, bajo el Directorio, llevó a
Francia y a la revolución al borde de la ruina, dando
con ello a Napoleón el pretexto para su golpe de Estado.
Por eso, en la idea de Saint-Simon, el antagonismo entre
el tercer estado y los [127] estamentos privilegiados de
la sociedad tomó la forma de un antagonismo entre
«obreros» y «ociosos». Los «ociosos» eran no sólo los
antiguos privilegiados, sino todos aquellos que vivían
de sus rentas, sin intervenir en la producción ni en el
comercio. En el concepto de «trabajadores» no entraban
solamente los obreros asalariados, sino también los
fabricantes, los comerciantes y los banqueros. Que los
ociosos habían perdido la capacidad para dirigir
espiritualmente y gobernar políticamente, era un hecho
evidente, que la revolución había sellado con carácter
definitivo. Y, para Saint-Simon, las experiencias de la
época del terror habían demostrado, a su vez, que los
descamisados no poseían tampoco esa capacidad. Entonces,
¿quiénes habían de dirigir y gobernar? Según
Saint-Simon, la ciencia y la industria unidas por un
nuevo lazo religioso, un «nuevo cristianismo»,
forzosamente místico y rigurosamente jerárquico, llamado
a restaurar la unidad de las ideas religiosas, rota
desde la Reforma. Pero la ciencia eran los sabios
académicos; y la industria eran, en primer término, los
burgueses activos, los fabricantes, los comerciantes,
los banqueros. Y aunque estos burgueses habían de
transformarse en una especie de funcionarios públicos,
de hombres de confianza de toda la sociedad, siempre
conservarían frente a los obreros una posición
autoritaria y económicamente privilegiada. Los banqueros
serían en primer término los llamados a regular toda la
producción social por medio de una reglamentación del
crédito. Ese modo de concebir correspondía perfectamente
a una época en que la gran industria, y con ella el
antagonismo entre la burquesía y el proletariado, apenas
comenzaba a despuntar en Francia. Pero Saint-Simon
insiste muy especialmente en esto: lo que a él le
preocupa siempre y en primer término es la suerte de «la
clase más numerosa y más pobre» de la sociedad («la
classe la plus nombreuse et la plus pauvre»).
Saint-Simon sienta ya, en sus "Cartas ginebrinas", la
tesis de que
«todos
los hombres deben trabajar».
En la
misma obra, se expresa ya la idea de que el reinado del
terror era el gobierno de las masas desposeídas.
«Ved
—les grita— lo que aconteció en Francia, cuando vuestros
camaradas subieron al poder, ellos provocaron el
hambre».
Pero el
concebir la revolución francesa como una lucha de
clases, y no sólo entre la nobleza y la burguesía, sino
entre la nobleza, la burguesía y los desposeídos,
era, para el año 1802, un descubrimiento verdaderamente
genial. En 1816, Saint-Simon declara que la política es
la ciencia de la producción y predice [128] ya la total
absorción de la política por la Economía. Y si aquí no
hace más que aparecer en germen la idea de que la
situación económica es la base de las instituciones
políticas, proclama ya claramente la transformación del
gobierno político sobre los hombres en una
administración de las cosas y en la dirección de los
procesos de la producción, que no es sino la idea de la
«abolición del Estado», que tanto estrépito levanta
últimamente. Y, alzándose al mismo plano de superioridad
sobre sus contemporáneos, declara, en 1814,
inmediatamente después de la entrada de las tropas
coligadas en París
[*], y reitera en
1815, durante la guerra de los Cien Días
[38], que la
alianza de Francia con Inglaterra y, en segundo término,
la de estos países con Alemania es la única garantía del
desarrollo próspero y la paz en Europa. Para predicar a
los franceses de 1815 una alianza con los vencedores de
Waterloo
[39], hacía falta
tanta valentía como capacidad para ver a lo lejos en la
historia.
Lo que
en Saint-Simon es una amplitud genial de conceptos que
le permite contener ya, en germen, casi todas las ideas
no estrictamente económicas de los socialistas
posteriores, en Fourier es la crítica ingeniosa
auténticamente francesa, pero no por ello menos
profunda, de las condiciones sociales existentes.
Fourier coge por la palabra a la burguesía, a sus
encendidos profetas de antes y a sus interesados
aduladores de después de la revolución. Pone al desnudo
despiadadamente la miseria material y moral del mundo
burgués, y la compara con las promesas fascinadoras de
los viejos ilustradores, con su imagen de una sociedad
en la que sólo reinaría la razón, de una civilización
que haría felices a todos los hombres y de una ilimitada
perfectibilidad humana. Desenmascara las brillantes
frases de los ideólogos burgueses de la época, demuestra
cómo a esas frases altisonantes responde, por todas
partes, la más mísera de las realidades y vuelca sobre
este ruidoso fiasco de la fraseología su sátira mordaz.
Fourier no es sólo un crítico; su espíritu siempre
jovial hace de él un satírico, uno de los más grandes
satíricos de todos los tiempos. La especulación criminal
desatada con el reflujo de la ola revolucionaria y el
espíritu mezquino del comercio francés en aquellos años,
aparecen pintados en sus obras con trazo magistral y
deleitoso. Pero todavía es más magistral en él la
crítica de la forma burguesa de las relaciones entre los
sexos y de la posición de la mujer en la sociedad
burguesa. El es el primero que proclama que el grado de
emancipación de la mujer en una sociedad es la medida de
la emancipación general. Sin embargo, donde más
descuella Fourier es en su modo de concebir la historia
de la [129] sociedad. Fourier divide toda la historia
anterior en cuatro fases o etapas de desarrollo: el
salvajismo, el patriarcado, la barbarie y la
civilización, fase esta última que coincide con lo que
llamamos hoy sociedad burguesa, es decir, con el régimen
social implantado desde el siglo XVI, y demuestra que el
«orden
civilizado eleva a una forma compleja, ambigua, equívoca
e hipócrita todos aquellos vicios que la barbarie
practicaba en medio de la mayor sencillez».
Para
él, la civilización se mueve en un «círculo vicioso», en
un ciclo de contradicciones, que está reproduciendo
constantemente sin acertar a superarlas, consiguiendo de
continuo lo contrario precisamente de lo que quiere o
pretexta querer conseguir. Y así nos encontramos, por
ejemplo, con que
«en la
civilización la pobreza brota de la misma abandancia».
Como se
ve, Fourier maneja la dialéctica con la misma maestría
que su contemporáneo Hegel. Frente a los que se llenan
la boca hablando de la ilimitada capacidad humana de
perfección, pone de relieve, con igual dialéctica, que
toda fase histórica tiene su vertiente ascensional, mas
también su ladera descendente, y proyecta esta
concepción sobre el futuro de toda la humanidad. Y así
como Kant introduce en la ciencia de la naturaleza la
idea del acabamiento futuro de la Tierra, Fourier
introduce en su estudio de la historia la idea del
acabamiento futuro de la humanidad.
Mientras el huracán de la revolución barría el suelo de
Francia, en Inglaterra se desarrollaba un proceso
revolucionario, más tranquilo, pero no por ello menos
poderoso. El vapor y las máquinas-herramienta
convirtieron la manufactura en la gran industria
moderna, revolucionando con ello todos los fundamentos
de la sociedad burguesa. El ritmo adormilado del
desarrollo del período de la manufactura se convirtió en
un verdadero período de lucha y embate de la producción.
Con una velocidad cada vez más acelerada, iba
produciéndose la división de la sociedad en grandes
capitalistas y proletarios desposeídos, y entre ellos,
en lugar del antiguo estado llano estable, llevaba una
existencia insegura una masa inestable de artesanos y
pequeños comerciantes, la parte más fluctuante de la
población. El nuevo modo de producción sólo empezaba a
remontarse por su vertiente ascensional; era todavía el
modo de producción normal, regular, el único posible, en
aquellas circunstancias. Y, sin embargo, ya entonces
originó toda una serie de graves calamidades sociales:
hacinamiento en los barrios más sórdidos de las grandes
ciudades de una población desarraigada de su suelo;
disolución de todos [130] los lazos tradicionales de la
costumbre, de la sumisión patriarcal y de la familia;
prolongación abusiva del trabajo, que sobre todo en las
mujeres y en los niños tomaba proporciones aterradoras;
desmoralización en masa de la clase trabajadora, lanzada
de súbito a condiciones de vida totalmente nuevas: del
campo a la ciudad, de la agricultura a la industria, de
una situación estable a otra constantemente variable e
insegura. En estas circunstancias, se alza como
reformador un fabricante de veintinueve años, un hombre
cuyo candor casi infantil rayaba en lo sublime y que
era, a la par, un dirigente innato de hombres como
pocos. Roberto Owen habíase asimilado las enseñanzas de
los ilustradores materialistas del siglo XVIII, según
las cuales el carácter del hombre es, de una parte, el
producto de su organización innata, y de otra, el fruto
de las circunstancias que rodean al hombre durante su
vida, y principalmente durante el período de su
desarrollo. La mayoría de los hombres de su clase no
veían en la revolución industrial más que caos y
confusión, una ocasión propicia para pescar en río
revuelto y enriquecerse aprisa. Owen vio en ella el
terreno adecuado para poner en práctica su tesis
favorita, introduciendo orden en el caos. Ya en
Mánchester, dirigiendo una fábrica de más de quinientos
obreros, había intentado, no sin éxito, aplicar
prácticamente su teoría. Desde 1800 a 1829 encauzó en
este sentido, aunque con mucha mayor libertad de
iniciativa y con un éxito que le valió fama europea, la
gran fábrica de hilados de algodón de New Lanark, en
Escocia, de la que era socio y gerente. Una población
que fue creciendo paulatinamente hasta 2.500 almas,
reclutada al principio entre los elementos más
heterogéneos, la mayoría de ellos muy desmoralizados,
convirtióse en sus manos en una colonia modelo, en la
que no se conocía la embriaguez, la policía, los jueces
de paz, los procesos, los asilos para pobres, ni la
beneficencia pública. Para ello, le bastó sólo con
colocar a sus obreros en condiciones más humanas de
vida, consagrando un cuidado especial a la educación de
su descendencia. Owen fue el creador de las escuelas de
párvulos, que funcionaron por vez primera en New Lanark.
Los niños eran enviados a la escuela desde los dos años,
y se encontraban tan a gusto en ella, que con dificultad
se les podía llevar a su casa. Mientras que en las
fábricas de sus competidores los obreros trabajaban
hasta trece y catorce horas diarias, en New Lanark la
jornada de trabajo era de diez horas y media. Cuando una
crisis algodonera obligó a cerrar la fábrica durante
cuatro meses, los obreros de New Lanark, que quedaron
sin trabajo, siguieron cobrando íntegros sus jornales.
Y, con todo, la empresa había incrementado hasta el
doble su valor y rendido a sus propietarios hasta el
último día, abundantes ganancias.
[131]
Sin
embargo, Owen no estaba satisfecho con lo conseguido. La
existencia que había procurado a sus obreros distaba
todavía mucho de ser, a sus ojos, una existencia digna
de un ser humano
«Aquellos hombres eran mis esclavos» —decía.
Las
circunstancias relativamente favorables, en que les
había colocado, estaban todavía muy lejos de permitirles
desarrollar racionalmente y en todos sus aspectos el
carácter y la inteligencia, y mucho menos desenvolver
libremente sus energías.
«Y, sin
embargo, la parte productora de aquella población de
2.500 almas daba a la sociedad una suma de riqueza real
que apenas medio siglo antes hubiera requerido el
trabajo de 600.000 hombres juntos. Yo me preguntaba: ¿a
dónde va a parar la diferencia entre la riqueza
consumida por estas 2.500 personas y la que hubieran
tenido que consumir las 600.000?»
La
contestación era clara: esa diferencia se invertía en
abonar a los propietarios de la empresa el cinco por
ciento de interés sobre el capital de instalación, a lo
que venían a sumarse más de 300.000 libras esterlinas de
ganancia. Y el caso de New Lanark era, sólo que en
proporciones mayores, el de todas las fábricas de
Inglaterra.
«Sin
esta nueva fuente de riqueza creada por las máquinas,
hubiera sido imposible llevar adelante las guerras
libradas para derribar a Napoleón y mantener en pie los
principios de la sociedad aristocrática. Y, sin embargo,
este nuevo poder era obra de la clase obrera»
[*].
A ella
debían pertenecer también, por tanto, sus frutos. Las
nuevas y gigantescas fuerzas productivas, que hasta allí
sólo habían servido para que se enriqueciesen unos
cuantos y para la esclavización de las masas, echaban,
según Owen, las bases para una reconstrucción social y
estaban llamadas a trabajar solamente, como propiedad
colectiva de todos, para el bienestar colectivo.
Fue
así, por este camino puramente práctico, como fruto, por
decirlo así, de los cálculos de un hombre de negocios,
como surgió el comunismo oweniano, que conservó en todo
momento este carácter práctico. Así, en 1823, Owen
propone un sistema de colonias comunistas para combatir
la miseria reinante en Irlanda y presenta, en apoyo de
su propuesta, un presupuesto completo de gastos de
establecimiento, desembolsos anuales e ingresos [132]
probables. Y así también en sus planes definitivos de la
sociedad del porvenir, los detalles técnicos están
calculados con un dominio tal de la materia, incluyendo
hasta diseños, dibujos de frente y a vista de pájaro,
que, una vez aceptado el método oweniano de reforma de
la sociedad, poco sería lo que podría objetar ni aun el
técnico experto, contra los pormenores de su
organización.
El
avance hacia el comunismo constituye el momento crucial
en la vida de Owen. Mientras se había limitado a actuar
sólo como filántropo, no había cosechado más que
riquezas, aplausos, honra y fama. Era el hombre más
popular de Europa. No sólo los hombres de su clase y
posición social, sino también los gobernantes y los
príncipes le escuchaban y lo aprobaban. Pero, en cuanto
hizo públicas sus teorías comunistas, se volvió la hoja.
Eran principalmente tres grandes obstáculos los que,
según él, se alzaban en el camino de la reforma social:
la propiedad privada, la religión y la forma vigente del
matrimonio. Y no ignoraba a lo que se exponía
atacándolos: la proscripción de toda la sociedad oficial
y la pérdida de su posición social. Pero esta
consideración no le contuvo en sus ataques despiadados
contra aquellas instituciones, y ocurrió lo que él
preveía. Desterrado de la sociedad oficial, ignorado
completamente por la prensa, arruinado por sus
fracasados experimentos comunistas en América, a los que
sacrificó toda su fortuna, se dirigió a la clase obrera,
en el seno de la cual actuó todavía durante treinta
años. Todos los movimientos sociales, todos los
progresos reales registrados en Inglaterra en interés de
la clase trabajadora, van asociados al nombre de Owen.
Así, en 1819, después de cinco años de grandes
esfuerzos, consiguió que fuese votada la primera ley
limitando el trabajo de la mujer y del niño en las
fábricas. El fue también quien presidió el primer
congreso en que las tradeuniones de toda Inglaterra se
fusionaron en una gran organización sindical únical
[40]. Y fue
también él quien creó, como medidas de transición, para
que la sociedad pudiera organizarse de manera
íntegramente comunista, de una parte las cooperativas de
consumo y de producción —que han servido por lo menos
para demostrar prácticamente que el comerciante y el
fabricante no son indispensables—, y de otra parte, los
bazares obreros, establecimientos de intercambio de los
productos del trabajo por medio de bonos de trabajo y
cuya unidad era la hora de trabajo rendido; estos
establecimientos tenían necesariamente que fracasar,
pero anticiparon a los Bancos proudhonianos de
intercambio
[41],
diferenciándose de ellos solamente en que no pretendían
ser la panacea universal para todos los males sociales,
sino pura y simplemente un primer paso dado hacia una
transformación mucho más radical de la sociedad.
[133]
Los
conceptos de los utopistas han dominado durante mucho
tiempo las ideas socialistas del siglo XIX, y en parte
aún las siguen dominando hoy. Les rendían culto, hasta
hace muy poco tiempo, todos los socialistas franceses e
ingleses, y a ellos se debe también el incipicnte
comunismo alemán, incluyendo a Weitling. El socialismo
es, para todos ellos, la expresión de la verdad
absoluta, de la razón y de la justicia, y basta con
descubrirlo para que por su propia virtud conquiste el
mundo. Y, como la verdad absoluta no está sujeta a
condiciones de espacio ni de tiempo, ni al desarrollo
histórico de la humanidad, sólo el azar puede decidir
cuándo y dónde este descubrimiento ha de revelarse.
Añádase a esto que la verdad absoluta, la razón y la
justicia varían con los fundadores de cada escuela: y,
como el carácter específico de la verdad absoluta, de la
razón y la justicia está condicionado, a su vez, en cada
uno de ellos, por la inteligencia subjetiva, las
condiciones de vida, el estado de cultura y la
disciplina mental, resulta que en este conflicto de
verdades absolutas no cabe más solución que éstas se
vayan puliendo las unas a las otras. Y, así, era
inevitable que surgiese una especie de socialismo
ecléctico y mediocre, como el que, en efecto, sigue
imperando todavía en las cabezas de la mayor parte de
los obreros socialistas de Francia e Inglaterra; una
mescolanza extraordinariamcute abigarrada y llena de
matices, compuesta de los desahogos críticos, las
doctrinas económicas y las imágenes sociales del
porvenir menos discutibles de los diversos fundadores de
sectas, mescolanza tanto más fácil de componer cuanto
más los ingredientes individuales habían ido perdiendo,
en el torrente de la discusión, sus contornos perfilados
y agudos, como los guijarros lamidos por la corriente de
un río. Para convertir el socialismo en una ciencia, era
indispensable, ante todo, situarlo en el terreno de la
realidad.
I I
Entretanto, junto a la filosofía francesa del siglo
XVIII, y tras ella, había surgido la moderna filosofía
alemana, a la que vino a poner remate Hegel. El
principal mérito de esta filosofía es la restitución de
la dialéctica, como forma suprema del pensamiento. Los
antiguos filósofos griegos eran todos dialécticos
innatos, espontáneos, y la cabeza más universal de todos
ellos, Aristóteles, había llegado ya a estudiar las
formas más sustanciales del pensar dialéctico. En
cambio, la nueva filosofía, aún teniendo algún que otro
brillante mantenedor de la dialéctica (como, por
ejemplo, Descartes y Spinoza), había ido cayendo cada
vez más, [134] influida principalmente por los ingleses,
en la llamada manera metafísica de pensar, que también
dominó casi totalmente entre los franceses del siglo
XVIII, a lo menos en sus obras especialmente
filosóficas. Fuera del campo estrictamente filosófico,
también ellos habían creado obras maestras de
dialéctica; como testimonio de ello basta citar "El
sobrino de Rameau", de Diderot, y el "Discurso sobre el
origen y los fundamentos de la desigualdad entre los
hombres" de Rousseau. Resumiremos aquí, concisamente,
los rasgos más esenciales de ambos métodos discursivos.
Cuando
nos paramos a pensar sobre la naturaleza, sobre la
historia humana, o sobre nuestra propia actividad
espiritual, nos encontramos de primera intención con la
imagen de una trama infinita de concatenaciones y mutuas
influencias, en la que nada permanece en lo que era, ni
cómo y dónde era, sino que todo se mueve y cambia, nace
y perece. Vemos, pues, ante todo, la imagen de conjunto,
en la que los detalles pasan todavía mas o menos a
segundo plano; nos fijamos más en el movimiento, en las
transiciones, en la concatenación, que en lo que
se mueve, cambia y se concatena. Esta concepción del
mundo, primitiva, ingenua, pero esencialmente justa, es
la de los antiguos filósofos griegos, y aparece
expresada claramente por vez primera en Heráclito: todo
es y no es, pues todo fluye, todo se halla sujeto
a un proceso constante de transformación, de incesante
nacimiento y caducidad. Pero esta concepción, por
exactamente que refleje el carácter general del cuadro
que nos ofrecen los fenómenos, no basta para explicar
los elementos aislados que forman ese cuadro total; sin
conocerlos, la imagen general no adquirirá tampoco un
sentido claro. Para penetrar en estos detalles tenemos
que desgajarlos de su entronque histórico o natural e
investigarlos por separado, cada uno de por sí, en su
carácter, causas y efectos especiales, etc. Tal es la
misión primordial de las ciencias naturales y de la
historia, ramas de investigación que los griegos
clásicos situaban, por razones muy justificadas, en un
plano puramente secundario, pues primeramente debían
dedicarse a acumular los materiales científicos
necesarios. Mientras no se reúne una cierta cantidad de
materiales naturales e históricos, no puede acometerse
el examen crítico, la comparación y, congruentemente, la
división en clases, órdenes y especies. Por eso, los
rudimentos de las ciencias naturales exactas no fueron
desarrollados hasta llegar a los griegos del período
alejandrino
[42], y más tarde,
en la Edad Media, por los árabes; la auténtica ciencia
de la naturaleza sólo data de la segunda mitad del siglo
XV, y, a partir de entonces, no ha hecho más que
progresar constantemente con ritmo acelerado. El
análisis de la naturaleza en sus diferentes partes, la
clasificación de los diversos procesos y objetos [135]
naturales en determinadas categorías, la investigación
interna de los cuerpos orgánicos según su diversa
estructura anatómica, fueron otras tantas condiciones
fundamentales a que obedecieron los progresos
gigantescos realizados durante los últimos cuatrocientos
años en el conocimiento científico de la naturaleza.
Pero este método de investigación nos ha legado, a la
par, el hábito de enfocar las cosas y los procesos de la
naturaleza aisladamente, sustraídos a la concatenación
del gran todo; por tanto, no en su dinámica, sino
enfocados estáticamente; no como sustancialmente
variables, sino como consistencias fijas; no en su vida,
sino en su muerte. Por eso este método de observación,
al transplantarse, con Bacon y Locke, de las ciencias
naturales a la filosofía, provocó la estrechez
específica característica de estos últimos siglos: el
método metafísico de pensamiento.
Para el
metafísico, las cosas y sus imágenes en el pensamiento,
los conceptos, son objetos de investigación aislados,
fijos, rígidos, enfocados uno tras otro, cada cual de
por sí, como algo dado y perenne. Piensa sólo en
antítesis sin mediatividad posible; para él, una de dos:
sí, sí; no, no; porque lo que va más allá de esto, de
mal procede
[*]. Para él, una
cosa existe o no existe; un objeto no puede ser al mismo
tiempo lo que es y otro distinto. Lo positivo y lo
negativo se excluyen en absoluto. La causa y el efecto
revisten asimismo a sus ojos, la forma de una rígida
antítesis. A primera vista, este método discursivo nos
parece extraordinariamente razonable, porque es el del
llamado sentido común. Pero el mismo sentido común,
personaje muy respetable de puertas adentro, entre las
cuatro paredes de su casa, vive peripecias
verdaderamente maravillosas en cuanto se aventura por
los anchos campos de la investigación; y el método
metafísico de pensar, por muy justificado y hasta por
necesario que sea en muchas zonas del pensamiento, más o
menos extensas según la naturaleza del objeto de que se
trate, tropieza siempre, tarde o temprano, con una
barrera franqueada, la cual se torna en un método
unilateral, limitado, abstracto, y se pierde en
insolubles contradicciones, pues, absorbido por los
objetos concretos, no alcanza a ver su concatenación;
preocupado con su existencia, no para mientes en su
génesis ni en su caducidad; concentrado en su estatismo,
no advierte su dinámica; obsesionado por los árboles, no
alcanza a ver el bosque. En la realidad de cada día
sabemos, por ejemplo, y podemos decir con toda certeza
si un animal existe o no; pero, investigando la cosa con
más detención, nos damos cuenta de que a veces el
problema se complica considerablemente, como lo saben
muy bien los juristas, que tanto y tan en vano se han
atormentado [136] por descubrir un límite racional a
partir del cual deba la muerte del niño en el claustro
materno considerarse como un asesinato; ni es fácil
tampoco determinar con fijeza el momento de la muerte,
toda vez que la fisiología ha demostrado que la muerte
no es un fenómeno repentino, instantáneo, sino un
proceso muy largo. Del mismo modo, todo ser orgánico es,
en todo instante, él mismo y otro; en todo instante va
asimilando materias absorbidas del exterior y eliminando
otras de su seno; en todo instante, en su organismo
mueren unas células y nacen otras; y, en el transcurso
de un período más o menos largo, la materia de que está
formado se renueva totalmente, y nuevos átomos de
materia vienen a ocupar el lugar de los antiguos, por
donde todo ser orgánico es, al mismo tiempo, el que es y
otro distinto. Asimismo, nos encontramos, observando las
cosas detenidamente, con que los dos polos de una
antítesis, el positivo y el negativo, son tan
inseparables como antitéticos el uno del otro y que,
pese a todo su antagonismo, se penetran
recíprocamente; y vemos que la causa y el efecto son
representaciones que sólo rigen como tales en su
aplicación al caso concreto, pero, que, examinando el
caso concreto en su concatenación con la imagen total
del Universo, se juntan y se diluyen en la idea de una
trama universal de acciones y reacciones, en que las
causas y los efectos cambian constantemente de sitio y
en que lo que ahora o aquí es efecto, adquiere luego o
allí carácter de causa y viceversa.
Ninguno
de estos fenómenos y métodos discursivos encaja en el
cuadro de las especulaciones metafísicas. En cambio,
para la dialéctica, que enfoca las cosas y sus imágenes
conceptuales sustancialmente en sus conexiones, en su
concatenación, en su dinámica, en su proceso de génesis
y caducidad, fenómenos como los expuestos no son más que
otras tantas confirmaciones de su modo genuino de
proceder. La naturaleza es la piedra de toque de la
dialéctica, y las modernas ciencias naturales nos
brindan para esta prueba un acervo de datos
extraordinariamente copiosos y enriquecidos con cada día
que pasa, demostrando con ello que la naturaleza se
mueve, en última instancia, por los cauces dialécticos y
no por los carriles metafísicos, que no se mueve en la
eterna monotonía de un ciclo constantemente repetido,
sino que recorre una verdadera historia. Aquí hay que
citar en primer término a Darwin, quien, con su prueba
de que toda la naturaleza orgánica existente, plantas y
animales, y entre ellos, como es lógico, el hombre, es
producto de un proceso de desarrollo que dura millones
de años, ha asestado a la concepción metafísica de la
naturaleza el más rudo golpe. Pero, hasta hoy, los
naturalistas que han sabido pensar dialécticamente
pueden contarse con los dedos, y este conflicto entre
los resultados descubiertos y el método [137] discursivo
tradicional pone al desnudo la ilimitada confusión que
reina hoy en las ciencias naturales teóricas y que
constituye la desesperación de maestros y discípulos, de
autores y lectores.
Sólo
siguiendo la senda dialéctica, no perdiendo jamás de
vista las innumerables acciones y reacciones generales
del devenir y del perecer, de los cambios de avance y de
retroceso, llegamos a una concepción exacta del
Universo, de su desarrollo y del desarrollo de la
humanidad, así como de la imagen proyectada por ese
desarrollo en las cabezas de los hombres. Y éste fue, en
efecto, el sentido en que empezó a trabajar, desde el
primer momento, la moderna filosofía alemana. Kant
comenzó su carrera de filósofo disolviendo el sistema
solar estable de Newton y su duración eterna —después de
recibido el famoso primer impulso— en un proceso
histórico: en el nacimiento del Sol y de todos los
planetas a partir de una masa nebulosa en rotación. De
aquí, dedujo ya la conclusión de que este origen
implicaba también, necesariamente, la muerte futura del
sistema solar. Medio siglo después, su teoría fue
confirmada matemáticamente por Laplace, y, al cabo de
otro medio siglo, el espectroscopio ha venido a
demostrar la existencia en el espacio de esas masas
ígneas de gas, en diferente grado de condensación.
La
filosofía alemana moderna encontró su remate en el
sistema de Hegel, en el que por vez primera —y ése es su
gran mérito— se concibe todo el mundo de la naturaleza,
de la historia y del espíritu como un proceso, es decir,
en constante movimiento, cambio, transformación y
desarrollo y se intenta además poner de relieve la
íntima conexión que preside este proceso de movimiento y
desarrollo. Contemplada desde este punto de vista, la
historia de la humanidad no aparecía ya como un caos
árido de violencias absurdas, igualmente condenables
todas ante el fuero de la razón filosófica hoy ya
madura, y buenas para ser olvidadas cuanto antes, sino
como el proceso de desarrollo de la propia humanidad,
que al pensamiento incumbía ahora seguir en sus etapas
graduales y a través de todos los extravíos, y demostrar
la existencia de leyes internas que guían todo aquello
que a primera vista pudiera creerse obra del ciego azar.
No
importa que el sistema de Hegel no resolviese el
problema que se planteaba. Su mérito, que sentó época,
consistió en haberlo planteado. Porque se trata de un
problema que ningún hombre solo puede resolver. Y aunque
Hegel era, con Saint-Simon, la cabeza más universal de
su tiempo, su horizonte hallábase circunscrito, en
primer lugar, por la limitación inevitable de sus
propios conocimientos, y, en segundo lugar, por los
conocimientos y concepciones de su época, limitados
también en extensión y profundidad. A esto hay que
añadir una tercera circunstancia, Hegel [138] era
idealista; es decir, que para él las ideas de su cabeza
no eran imágenes más o menos abstractas de los objetos y
fenómenos de la realidad, sino que estas cosas y su
desarrollo se le antojaban, por el contrario,
proyecciones realizadas de la «Idea», que ya existía no
se sabe cómo, antes de que existiese el mundo. Así, todo
quedaba cabeza abajo, y se volvía completamente del
revés la concatcnación real del Universo. Y por exactas
y aún geniales que fuesen no pocas de las conexiones
concretas concebidas por Hegel, era inevitable, por las
razones a que acabamos de aludir, que muchos de sus
detalles tuviesen un carácter amañado artificioso,
construido; falso, en una palabra. El sistema de Hegel
fue un aborto gigantesco, pero el último de su género.
En efecto, seguía adoleciendo de una contradicción
íntima incurable; pues, mientras de una parte arrancaba
como supuesto esencial de la concepción histórica, según
la cual la historia humana es un proceso de desarrollo
que no puede, por su naturaleza, encontrar remate
intelectual en el descubrimiento de eso que llaman
verdad absoluta, de la otra se nos presenta precisamente
como suma y compendio de esa verdad absoluta. Un sistema
universal y definitivamente plasmado del conocimiento de
la naturaleza y de la historia, es incompatible con las
leyes fundamentales del pensamiento dialéctico; lo cual
no excluye, sino que, lejos de ello, implica que el
conocimiento sistemático del mundo exterior en su
totalidad pueda progresar gigantescamente de generación
en generación.
La
conciencia de la total inversión en que incurría el
idealismo alemán, llevó necesariamente al materialismo;
pero, adviértase bien, no a aquel materialismo puramente
metafísico y exclusivamente mecánico del siglo XVIII. En
oposición a la simple repulsa, ingenuamente
revolucionaria, de toda la historia anterior, el
materialismo moderno ve en la historia el proceso de
desarrollo de la humanidad, cuyas leyes dinámicas es
misión suya descubrir. Contrariamente a la idea de la
naturaleza que imperaba en los franceses del siglo
XVIII, al igual que en Hegel, y en la que ésta se
concebía como un todo permanente e invariable, que se
movía dentro de ciclos cortos, con cuerpos celestes
eternos, tal y como se los representaba Newton, y con
especies invariables de seres orgánicos, como enseñara
Linneo, el materialismo moderno resume y compendia los
nuevos progresos de las ciencias naturales, según los
cuales la naturaleza tiene también su historia en el
tiempo, y los mundos, así como las especies orgánicas
que en condiciones propicias los habitan, nacen y
mueren, y los ciclos, en el grado en que son admisibles,
revisten dimensiones infinitamente más grandiosas. Tanto
en uno como en otro caso, el materialismo moderno es
sustancialmente dialéctico y no necesita ya de una
filosofía que se halla por encima de las demás ciencias.
Desde [139] el momento en que cada ciencia tiene que
rendir cuentas de la posición que ocupa en el cuadro
universal de las cosas y del conocimiento de éstas, no
hay ya margen para una ciencia especialmente consagrada
a estudiar las concatenaciones universales. Todo lo que
queda en pie de la anterior filosofía, con existencia
propia, es la teoría del pensar y de sus leyes: la
lógica formal y la dialéctica. Lo demás se disuelve en
la ciencia positiva dc la naturaleza y de la historia.
Sin
embargo, mientras que esta revolución en la concepción
de la naturaleza sólo había podido imponerse en la
medida en que la investigación suministraba a la ciencia
los materiales positivos correspondientes, hacía ya
mucho tiempo que se habían revelado ciertos hechos
históricos que imprimieron un viraje decisivo al modo de
enfocar la historia. En 1831, estalla en Lyon la primera
insurrección obrera, y de 1838 a 1842 alcanza su apogeo
el primer movimiento obrero nacional: el de los
cartistas ingleses. La lucha de clases entre el
proletariado y la burguesía pasó a ocupar el primer
plano de la historia de los países europeos más
avanzados, al mismo ritmo con que se desarrollaba en
ellos, por una parte, la gran industria, y por otra, la
dominación política recién conquistada de la burguesía.
Los hechos venían a dar un mentís cada vez más rotundo a
las doctrinas económicas burguesas de la identidad de
intereses entre el capital y el trabajo y de la armonía
universal y el bienestar general de las naciones, como
fruto de la libre concurrencia. No había manera de pasar
por alto estos hechos, ni era tampoco posible ignorar el
socialismo francés e inglés, expresión teórica suya, por
muy imperfecta que fuese. Pero la vieja concepción
idealista de la historia, que aún no había sido
desplazada, no conocía luchas de clases basadas en
intereses materiales, ni conocía intereses materiales de
ningún género; para ella, la producción, al igual que
todas las relaciones económicas, sólo existía
accesoriamente, como un elemento secundario dentro de la
«historia cultural».
Los
nuevos hechos obligaron a someter toda la historia
anterior a nuevas investigaciones, entonces se vio que,
con excepción del estado primitivo, toda la
historia anterior había sido la historia de las luchas
de clases, y que estas clases sociales pugnantes entre
sí eran en todas las épocas fruto de las relaciones de
producción y de cambio, es decir, de las relaciones
económicas de su época: que la estructura económica
de la sociedad en cada época de la historia constituye,
por tanto, la base real cuyas propiedades explican en
última instancia, toda la superestructura integrada por
las instituciones jurídicas y políticas, así como por la
ideología religiosa, filosófica, etc., de cada período
histórico. Hegel había liberado a la concepción de la
historia de la metafísica, la [140] había hecho
dialéctica; pero su interpretación de la historia era
esencialmente idealista. Ahora, el idealismo quedaba
desahuciado de su último reducto, de la concepción de la
historia, sustituyéndolo una concepción materialista de
la historia, con lo que se abría el camino para explicar
la conciencia del hombre por su existencia, y no ésta
por su conciencia, que hasta entonces era lo
tradicional.
De este
modo el socialismo no aparecía ya como el descubrimiento
casual de tal o cual intelecto de genio, sino como el
producto necesario de la lucha entre dos clases formadas
históricamente: el proletariado y la burguesía. Su
misión ya no era elaborar un sistema lo más perfecto
posible de sociedad, sino investigar el proceso
histórico económico del que forzosamente tenían que
brotar estas clases y su conflicto, descubriendo los
medios para la solución de éste en la situación
económica así creada. Pero el socialismo tradicional era
incompatible con esta nueva concepción materialista de
la historia, ni más ni menos que la concepción de la
naturaleza del materialismo francés no podía avenirse
con la dialéctica y las nuevas ciencias naturales. En
efecto, el socialismo anterior criticaba el modo
capitalista de producción existente y sus consecuencias,
pero no acertaba a explicarlo, ni podía, por tanto,
destruirlo ideológicamente, no se le alcanzaba más que
repudiarlo, lisa y llanamente, como malo. Cuanto más
violentamente clamaba contra la explotación de la clase
obrera, inseparable de este modo de producción, menos
estaba en condiciones de indicar claramente en qué
consistía y cómo nacía esta explotación. Mas de lo que
se trataba era, por una parte, exponer ese modo
capitalista de producción en sus conexiones históricas y
como necesario para una determinada época de la
historia, demostrando con ello también la necesidad de
su caída, y, por otra parte, poner al desnudo su
carácter interno, oculto todavía. Este se puso de
manifiesto con el descubrimiento de la plusvalía.
Descubrimiento que vino a revelar que el régimen
capitalista de producción y la explotación del obrero,
que de él se deriva, tenían por forma fundamental la
apropiación de trabajo no retribuido; que el
capitalista, aun cnando compra la fuerza de trabajo de
su obrero por todo su valor, por todo el valor que
representa como mercancía en el mercado, saca siempre de
ella más valor que lo que le paga y que esta plusvalía
es, en última instancia, la suma de valor de donde
proviene la masa cada vez mayor del capital acumulada en
manos de las clases poseedoras. El proceso de la
producción capitalista y el de la producción de capital
quedaban explicados.
Estos
dos grandes descubrimientos: la concepción materialista
de la historia y la revelación del secreto de la
producción capitalista, [141] mediante la plllsvalía, se
los debemos a Marx. Gracias a ellos, el
socialismo se convierte en una ciencia, que sólo nos
queda por desarrollar en todos sus detalles y
concatenaciones.
I I
Entretanto, junto a la filosofía francesa del siglo
XVIII, y tras ella, había surgido la moderna filosofía
alemana, a la que vino a poner remate Hegel. El
principal mérito de esta filosofía es la restitución de
la dialéctica, como forma suprema del pensamiento. Los
antiguos filósofos griegos eran todos dialécticos
innatos, espontáneos, y la cabeza más universal de todos
ellos, Aristóteles, había llegado ya a estudiar las
formas más sustanciales del pensar dialéctico. En
cambio, la nueva filosofía, aún teniendo algún que otro
brillante mantenedor de la dialéctica (como, por
ejemplo, Descartes y Spinoza), había ido cayendo cada
vez más, [134] influida principalmente por los ingleses,
en la llamada manera metafísica de pensar, que también
dominó casi totalmente entre los franceses del siglo
XVIII, a lo menos en sus obras especialmente
filosóficas. Fuera del campo estrictamente filosófico,
también ellos habían creado obras maestras de
dialéctica; como testimonio de ello basta citar "El
sobrino de Rameau", de Diderot, y el "Discurso sobre el
origen y los fundamentos de la desigualdad entre los
hombres" de Rousseau. Resumiremos aquí, concisamente,
los rasgos más esenciales de ambos métodos discursivos.
Cuando
nos paramos a pensar sobre la naturaleza, sobre la
historia humana, o sobre nuestra propia actividad
espiritual, nos encontramos de primera intención con la
imagen de una trama infinita de concatenaciones y mutuas
influencias, en la que nada permanece en lo que era, ni
cómo y dónde era, sino que todo se mueve y cambia, nace
y perece. Vemos, pues, ante todo, la imagen de conjunto,
en la que los detalles pasan todavía mas o menos a
segundo plano; nos fijamos más en el movimiento, en las
transiciones, en la concatenación, que en lo que
se mueve, cambia y se concatena. Esta concepción del
mundo, primitiva, ingenua, pero esencialmente justa, es
la de los antiguos filósofos griegos, y aparece
expresada claramente por vez primera en Heráclito: todo
es y no es, pues todo fluye, todo se halla sujeto
a un proceso constante de transformación, de incesante
nacimiento y caducidad. Pero esta concepción, por
exactamente que refleje el carácter general del cuadro
que nos ofrecen los fenómenos, no basta para explicar
los elementos aislados que forman ese cuadro total; sin
conocerlos, la imagen general no adquirirá tampoco un
sentido claro. Para penetrar en estos detalles tenemos
que desgajarlos de su entronque histórico o natural e
investigarlos por separado, cada uno de por sí, en su
carácter, causas y efectos especiales, etc. Tal es la
misión primordial de las ciencias naturales y de la
historia, ramas de investigación que los griegos
clásicos situaban, por razones muy justificadas, en un
plano puramente secundario, pues primeramente debían
dedicarse a acumular los materiales científicos
necesarios. Mientras no se reúne una cierta cantidad de
materiales naturales e históricos, no puede acometerse
el examen crítico, la comparación y, congruentemente, la
división en clases, órdenes y especies. Por eso, los
rudimentos de las ciencias naturales exactas no fueron
desarrollados hasta llegar a los griegos del período
alejandrino
[42], y más tarde,
en la Edad Media, por los árabes; la auténtica ciencia
de la naturaleza sólo data de la segunda mitad del siglo
XV, y, a partir de entonces, no ha hecho más que
progresar constantemente con ritmo acelerado. El
análisis de la naturaleza en sus diferentes partes, la
clasificación de los diversos procesos y objetos [135]
naturales en determinadas categorías, la investigación
interna de los cuerpos orgánicos según su diversa
estructura anatómica, fueron otras tantas condiciones
fundamentales a que obedecieron los progresos
gigantescos realizados durante los últimos cuatrocientos
años en el conocimiento científico de la naturaleza.
Pero este método de investigación nos ha legado, a la
par, el hábito de enfocar las cosas y los procesos de la
naturaleza aisladamente, sustraídos a la concatenación
del gran todo; por tanto, no en su dinámica, sino
enfocados estáticamente; no como sustancialmente
variables, sino como consistencias fijas; no en su vida,
sino en su muerte. Por eso este método de observación,
al transplantarse, con Bacon y Locke, de las ciencias
naturales a la filosofía, provocó la estrechez
específica característica de estos últimos siglos: el
método metafísico de pensamiento.
Para el
metafísico, las cosas y sus imágenes en el pensamiento,
los conceptos, son objetos de investigación aislados,
fijos, rígidos, enfocados uno tras otro, cada cual de
por sí, como algo dado y perenne. Piensa sólo en
antítesis sin mediatividad posible; para él, una de dos:
sí, sí; no, no; porque lo que va más allá de esto, de
mal procede
[*]. Para él, una
cosa existe o no existe; un objeto no puede ser al mismo
tiempo lo que es y otro distinto. Lo positivo y lo
negativo se excluyen en absoluto. La causa y el efecto
revisten asimismo a sus ojos, la forma de una rígida
antítesis. A primera vista, este método discursivo nos
parece extraordinariamente razonable, porque es el del
llamado sentido común. Pero el mismo sentido común,
personaje muy respetable de puertas adentro, entre las
cuatro paredes de su casa, vive peripecias
verdaderamente maravillosas en cuanto se aventura por
los anchos campos de la investigación; y el método
metafísico de pensar, por muy justificado y hasta por
necesario que sea en muchas zonas del pensamiento, más o
menos extensas según la naturaleza del objeto de que se
trate, tropieza siempre, tarde o temprano, con una
barrera franqueada, la cual se torna en un método
unilateral, limitado, abstracto, y se pierde en
insolubles contradicciones, pues, absorbido por los
objetos concretos, no alcanza a ver su concatenación;
preocupado con su existencia, no para mientes en su
génesis ni en su caducidad; concentrado en su estatismo,
no advierte su dinámica; obsesionado por los árboles, no
alcanza a ver el bosque. En la realidad de cada día
sabemos, por ejemplo, y podemos decir con toda certeza
si un animal existe o no; pero, investigando la cosa con
más detención, nos damos cuenta de que a veces el
problema se complica considerablemente, como lo saben
muy bien los juristas, que tanto y tan en vano se han
atormentado [136] por descubrir un límite racional a
partir del cual deba la muerte del niño en el claustro
materno considerarse como un asesinato; ni es fácil
tampoco determinar con fijeza el momento de la muerte,
toda vez que la fisiología ha demostrado que la muerte
no es un fenómeno repentino, instantáneo, sino un
proceso muy largo. Del mismo modo, todo ser orgánico es,
en todo instante, él mismo y otro; en todo instante va
asimilando materias absorbidas del exterior y eliminando
otras de su seno; en todo instante, en su organismo
mueren unas células y nacen otras; y, en el transcurso
de un período más o menos largo, la materia de que está
formado se renueva totalmente, y nuevos átomos de
materia vienen a ocupar el lugar de los antiguos, por
donde todo ser orgánico es, al mismo tiempo, el que es y
otro distinto. Asimismo, nos encontramos, observando las
cosas detenidamente, con que los dos polos de una
antítesis, el positivo y el negativo, son tan
inseparables como antitéticos el uno del otro y que,
pese a todo su antagonismo, se penetran
recíprocamente; y vemos que la causa y el efecto son
representaciones que sólo rigen como tales en su
aplicación al caso concreto, pero, que, examinando el
caso concreto en su concatenación con la imagen total
del Universo, se juntan y se diluyen en la idea de una
trama universal de acciones y reacciones, en que las
causas y los efectos cambian constantemente de sitio y
en que lo que ahora o aquí es efecto, adquiere luego o
allí carácter de causa y viceversa.
Ninguno
de estos fenómenos y métodos discursivos encaja en el
cuadro de las especulaciones metafísicas. En cambio,
para la dialéctica, que enfoca las cosas y sus imágenes
conceptuales sustancialmente en sus conexiones, en su
concatenación, en su dinámica, en su proceso de génesis
y caducidad, fenómenos como los expuestos no son más que
otras tantas confirmaciones de su modo genuino de
proceder. La naturaleza es la piedra de toque de la
dialéctica, y las modernas ciencias naturales nos
brindan para esta prueba un acervo de datos
extraordinariamente copiosos y enriquecidos con cada día
que pasa, demostrando con ello que la naturaleza se
mueve, en última instancia, por los cauces dialécticos y
no por los carriles metafísicos, que no se mueve en la
eterna monotonía de un ciclo constantemente repetido,
sino que recorre una verdadera historia. Aquí hay que
citar en primer término a Darwin, quien, con su prueba
de que toda la naturaleza orgánica existente, plantas y
animales, y entre ellos, como es lógico, el hombre, es
producto de un proceso de desarrollo que dura millones
de años, ha asestado a la concepción metafísica de la
naturaleza el más rudo golpe. Pero, hasta hoy, los
naturalistas que han sabido pensar dialécticamente
pueden contarse con los dedos, y este conflicto entre
los resultados descubiertos y el método [137] discursivo
tradicional pone al desnudo la ilimitada confusión que
reina hoy en las ciencias naturales teóricas y que
constituye la desesperación de maestros y discípulos, de
autores y lectores.
Sólo
siguiendo la senda dialéctica, no perdiendo jamás de
vista las innumerables acciones y reacciones generales
del devenir y del perecer, de los cambios de avance y de
retroceso, llegamos a una concepción exacta del
Universo, de su desarrollo y del desarrollo de la
humanidad, así como de la imagen proyectada por ese
desarrollo en las cabezas de los hombres. Y éste fue, en
efecto, el sentido en que empezó a trabajar, desde el
primer momento, la moderna filosofía alemana. Kant
comenzó su carrera de filósofo disolviendo el sistema
solar estable de Newton y su duración eterna —después de
recibido el famoso primer impulso— en un proceso
histórico: en el nacimiento del Sol y de todos los
planetas a partir de una masa nebulosa en rotación. De
aquí, dedujo ya la conclusión de que este origen
implicaba también, necesariamente, la muerte futura del
sistema solar. Medio siglo después, su teoría fue
confirmada matemáticamente por Laplace, y, al cabo de
otro medio siglo, el espectroscopio ha venido a
demostrar la existencia en el espacio de esas masas
ígneas de gas, en diferente grado de condensación.
La
filosofía alemana moderna encontró su remate en el
sistema de Hegel, en el que por vez primera —y ése es su
gran mérito— se concibe todo el mundo de la naturaleza,
de la historia y del espíritu como un proceso, es decir,
en constante movimiento, cambio, transformación y
desarrollo y se intenta además poner de relieve la
íntima conexión que preside este proceso de movimiento y
desarrollo. Contemplada desde este punto de vista, la
historia de la humanidad no aparecía ya como un caos
árido de violencias absurdas, igualmente condenables
todas ante el fuero de la razón filosófica hoy ya
madura, y buenas para ser olvidadas cuanto antes, sino
como el proceso de desarrollo de la propia humanidad,
que al pensamiento incumbía ahora seguir en sus etapas
graduales y a través de todos los extravíos, y demostrar
la existencia de leyes internas que guían todo aquello
que a primera vista pudiera creerse obra del ciego azar.
No
importa que el sistema de Hegel no resolviese el
problema que se planteaba. Su mérito, que sentó época,
consistió en haberlo planteado. Porque se trata de un
problema que ningún hombre solo puede resolver. Y aunque
Hegel era, con Saint-Simon, la cabeza más universal de
su tiempo, su horizonte hallábase circunscrito, en
primer lugar, por la limitación inevitable de sus
propios conocimientos, y, en segundo lugar, por los
conocimientos y concepciones de su época, limitados
también en extensión y profundidad. A esto hay que
añadir una tercera circunstancia, Hegel [138] era
idealista; es decir, que para él las ideas de su cabeza
no eran imágenes más o menos abstractas de los objetos y
fenómenos de la realidad, sino que estas cosas y su
desarrollo se le antojaban, por el contrario,
proyecciones realizadas de la «Idea», que ya existía no
se sabe cómo, antes de que existiese el mundo. Así, todo
quedaba cabeza abajo, y se volvía completamente del
revés la concatcnación real del Universo. Y por exactas
y aún geniales que fuesen no pocas de las conexiones
concretas concebidas por Hegel, era inevitable, por las
razones a que acabamos de aludir, que muchos de sus
detalles tuviesen un carácter amañado artificioso,
construido; falso, en una palabra. El sistema de Hegel
fue un aborto gigantesco, pero el último de su género.
En efecto, seguía adoleciendo de una contradicción
íntima incurable; pues, mientras de una parte arrancaba
como supuesto esencial de la concepción histórica, según
la cual la historia humana es un proceso de desarrollo
que no puede, por su naturaleza, encontrar remate
intelectual en el descubrimiento de eso que llaman
verdad absoluta, de la otra se nos presenta precisamente
como suma y compendio de esa verdad absoluta. Un sistema
universal y definitivamente plasmado del conocimiento de
la naturaleza y de la historia, es incompatible con las
leyes fundamentales del pensamiento dialéctico; lo cual
no excluye, sino que, lejos de ello, implica que el
conocimiento sistemático del mundo exterior en su
totalidad pueda progresar gigantescamente de generación
en generación.
La
conciencia de la total inversión en que incurría el
idealismo alemán, llevó necesariamente al materialismo;
pero, adviértase bien, no a aquel materialismo puramente
metafísico y exclusivamente mecánico del siglo XVIII. En
oposición a la simple repulsa, ingenuamente
revolucionaria, de toda la historia anterior, el
materialismo moderno ve en la historia el proceso de
desarrollo de la humanidad, cuyas leyes dinámicas es
misión suya descubrir. Contrariamente a la idea de la
naturaleza que imperaba en los franceses del siglo
XVIII, al igual que en Hegel, y en la que ésta se
concebía como un todo permanente e invariable, que se
movía dentro de ciclos cortos, con cuerpos celestes
eternos, tal y como se los representaba Newton, y con
especies invariables de seres orgánicos, como enseñara
Linneo, el materialismo moderno resume y compendia los
nuevos progresos de las ciencias naturales, según los
cuales la naturaleza tiene también su historia en el
tiempo, y los mundos, así como las especies orgánicas
que en condiciones propicias los habitan, nacen y
mueren, y los ciclos, en el grado en que son admisibles,
revisten dimensiones infinitamente más grandiosas. Tanto
en uno como en otro caso, el materialismo moderno es
sustancialmente dialéctico y no necesita ya de una
filosofía que se halla por encima de las demás ciencias.
Desde [139] el momento en que cada ciencia tiene que
rendir cuentas de la posición que ocupa en el cuadro
universal de las cosas y del conocimiento de éstas, no
hay ya margen para una ciencia especialmente consagrada
a estudiar las concatenaciones universales. Todo lo que
queda en pie de la anterior filosofía, con existencia
propia, es la teoría del pensar y de sus leyes: la
lógica formal y la dialéctica. Lo demás se disuelve en
la ciencia positiva dc la naturaleza y de la historia.
Sin
embargo, mientras que esta revolución en la concepción
de la naturaleza sólo había podido imponerse en la
medida en que la investigación suministraba a la ciencia
los materiales positivos correspondientes, hacía ya
mucho tiempo que se habían revelado ciertos hechos
históricos que imprimieron un viraje decisivo al modo de
enfocar la historia. En 1831, estalla en Lyon la primera
insurrección obrera, y de 1838 a 1842 alcanza su apogeo
el primer movimiento obrero nacional: el de los
cartistas ingleses. La lucha de clases entre el
proletariado y la burguesía pasó a ocupar el primer
plano de la historia de los países europeos más
avanzados, al mismo ritmo con que se desarrollaba en
ellos, por una parte, la gran industria, y por otra, la
dominación política recién conquistada de la burguesía.
Los hechos venían a dar un mentís cada vez más rotundo a
las doctrinas económicas burguesas de la identidad de
intereses entre el capital y el trabajo y de la armonía
universal y el bienestar general de las naciones, como
fruto de la libre concurrencia. No había manera de pasar
por alto estos hechos, ni era tampoco posible ignorar el
socialismo francés e inglés, expresión teórica suya, por
muy imperfecta que fuese. Pero la vieja concepción
idealista de la historia, que aún no había sido
desplazada, no conocía luchas de clases basadas en
intereses materiales, ni conocía intereses materiales de
ningún género; para ella, la producción, al igual que
todas las relaciones económicas, sólo existía
accesoriamente, como un elemento secundario dentro de la
«historia cultural».
Los
nuevos hechos obligaron a someter toda la historia
anterior a nuevas investigaciones, entonces se vio que,
con excepción del estado primitivo, toda la
historia anterior había sido la historia de las luchas
de clases, y que estas clases sociales pugnantes entre
sí eran en todas las épocas fruto de las relaciones de
producción y de cambio, es decir, de las relaciones
económicas de su época: que la estructura económica
de la sociedad en cada época de la historia constituye,
por tanto, la base real cuyas propiedades explican en
última instancia, toda la superestructura integrada por
las instituciones jurídicas y políticas, así como por la
ideología religiosa, filosófica, etc., de cada período
histórico. Hegel había liberado a la concepción de la
historia de la metafísica, la [140] había hecho
dialéctica; pero su interpretación de la historia era
esencialmente idealista. Ahora, el idealismo quedaba
desahuciado de su último reducto, de la concepción de la
historia, sustituyéndolo una concepción materialista de
la historia, con lo que se abría el camino para explicar
la conciencia del hombre por su existencia, y no ésta
por su conciencia, que hasta entonces era lo
tradicional.
De este
modo el socialismo no aparecía ya como el descubrimiento
casual de tal o cual intelecto de genio, sino como el
producto necesario de la lucha entre dos clases formadas
históricamente: el proletariado y la burguesía. Su
misión ya no era elaborar un sistema lo más perfecto
posible de sociedad, sino investigar el proceso
histórico económico del que forzosamente tenían que
brotar estas clases y su conflicto, descubriendo los
medios para la solución de éste en la situación
económica así creada. Pero el socialismo tradicional era
incompatible con esta nueva concepción materialista de
la historia, ni más ni menos que la concepción de la
naturaleza del materialismo francés no podía avenirse
con la dialéctica y las nuevas ciencias naturales. En
efecto, el socialismo anterior criticaba el modo
capitalista de producción existente y sus consecuencias,
pero no acertaba a explicarlo, ni podía, por tanto,
destruirlo ideológicamente, no se le alcanzaba más que
repudiarlo, lisa y llanamente, como malo. Cuanto más
violentamente clamaba contra la explotación de la clase
obrera, inseparable de este modo de producción, menos
estaba en condiciones de indicar claramente en qué
consistía y cómo nacía esta explotación. Mas de lo que
se trataba era, por una parte, exponer ese modo
capitalista de producción en sus conexiones históricas y
como necesario para una determinada época de la
historia, demostrando con ello también la necesidad de
su caída, y, por otra parte, poner al desnudo su
carácter interno, oculto todavía. Este se puso de
manifiesto con el descubrimiento de la plusvalía.
Descubrimiento que vino a revelar que el régimen
capitalista de producción y la explotación del obrero,
que de él se deriva, tenían por forma fundamental la
apropiación de trabajo no retribuido; que el
capitalista, aun cnando compra la fuerza de trabajo de
su obrero por todo su valor, por todo el valor que
representa como mercancía en el mercado, saca siempre de
ella más valor que lo que le paga y que esta plusvalía
es, en última instancia, la suma de valor de donde
proviene la masa cada vez mayor del capital acumulada en
manos de las clases poseedoras. El proceso de la
producción capitalista y el de la producción de capital
quedaban explicados.
Estos
dos grandes descubrimientos: la concepción materialista
de la historia y la revelación del secreto de la
producción capitalista, [141] mediante la plllsvalía, se
los debemos a Marx. Gracias a ellos, el
socialismo se convierte en una ciencia, que sólo nos
queda por desarrollar en todos sus detalles y
concatenaciones.
I I I
La
concepción materialista de la historia parte de la tesis
de que la producción, y tras ella el cambio de sus
productos, es la base de todo orden social; de que en
todas las sociedades que desfilan por la historia, la
distribución dc los productos, y junto a ella la
división social de los hombres en clases o estamentos,
es determinada por lo que la sociedad produce y cómo lo
produce y por el modo de cambiar sus productos. Según
eso, las últimas causas de todos los cambios sociales y
de todas las revoluciones políticas no deben buscarse en
las cabezas de los hombres ni en la idea que ellos se
forjen de la verdad eterna ni de la eterna justicia,
sino en las transformaciones operadas en el modo de
producción y de cambio; han de buscarse no en la
filosofía, sino en la economía de la época de que se
trata. Cuando nace en los hombres la conciencia de que
las instituciones sociales vigentes son irracionales e
injustas, de que la razón se ha tornado en sinrazón y la
bendición en plaga
[*], esto no es
mas que un indicio de que en los métodos de producción y
en las formas de cambio se han producido calladamente
transformaciones con las que ya no concuerda el orden
social, cortado por el patrón de condiciones económicas
anteriores. Con ello queda que en las nuevas relaciones
de producción han de contenerse ya —más o menos
desarrollados— los medios necesarios para poner término
a los males descubiertos. Y esos medios no han de
sacarse de la cabeza de nadie, sino que es la cabeza
la que tiene que descubrirlos en los hechos
materiales de la producción, tal y como los ofrece la
realidad.
¿Cuál
es, en este aspecto, la posición del socialismo moderno?
El
orden social vigente —verdad reconocida hoy por casi
todo el mundo— es obra de la clase dominante de los
tiempos modernos de la burguesía. El modo de producción
propio de la burguesía, al que desde Marx se da el
nombre de modo capitalista de producción, era
incompatible con los privilegios locales y de los
estamentos, como lo era con los vínculos interpersonales
del orden feudal. [142] La burguesía echó por tierra el
orden feudal y levantó sobre sus ruinas el régimen de la
sociedad burguesa, el imperio de la libre concurrencia,
de la libertad de domicilio, de la igualdad de derechos
de los poseedores de las mercancías y tantas otras
maravillas burguesas más. Ahora ya podía desarrollarse
libremente el modo capitalista de producción. Y al venir
el vapor y la nueva producción maquinizada y transformar
la antigua manufactura en gran industria, las fuerzas
productivas creadas y puestas en movimiento bajo el
mando de la burguesía se desarrollaron con una velocidad
inaudita y en proporciones desconocidas hasta entonces.
Pero, del mismo modo que en su tiempo la manufactura y
la artesanía, que seguía desarrollándose bajo su
influencia, chocaron con las trabas feudales de los
gremios, hoy la gran industria, al llegar a un nivel de
desarrollo más alto, no cabe ya dentro del estrecho
marco en que la tiene cohibida el modo capitalista de
producción. Las nuevas fuerzas productivas desbordan ya
la forma burguesa en que son explotadas, y este
conflicto entre las fuerzas productivas y el modo de
producción no es precisamente un conflicto planteado en
las cabezas de los hombres, algo así como el conflicto
entre el pecado original del hombre y la justicia
divina, sino que existe en la realidad, objetivamente,
fuera de nosotros, independientemente de la voluntad o
de la actividad de los mismos hombres que lo han
provocado. El socialismo moderno no es más que el
reflejo de este conflicto material en la mente, su
proyección ideal en las cabezas, empezando por las de la
clase que sufre directamente sus consecuencias: la clase
obrera.
¿En qué
consiste este conflicto?
Antes
de sobrevenir la producción capitalista, es decir, en la
Edad Media, regía con carácter general la pequeña
producción, basada en la propiedad privada del
trabajador sobre sus medios de producción: en el campo,
la agricultura corría a cargo de pequeños labradores,
libres o siervos; en las ciudades, la industria estaba
en manos de los artesanos. Los medios de trabajo —la
tierra, los aperos de labranza, el taller, las
herramientas— eran medios de trabajo individual,
destinados tan sólo al uso individual y, por tanto,
forzosamente, mezquinos, diminutos, limitados. Pero esto
mismo hacía que perteneciesen, por lo general, al propio
productor. El papel histórico del modo capitalista de
producción y de su portadora, la burguesía, consistió
precisamente en concentrar y desarrollar estos dispersos
y mezquinos medios de producción, transformándolos en
las potentes palancas de la producción de los tiempos
actuales. Este proceso, que viene desarrollando la
burguesía desde el siglo XV y que pasa históricamente
por las tres etapas de la cooperación simple, la
manufactura y la gran industria, aparece minuciosamente
expuesto par Marx en la sección [143] cuarta de "El
Capital". Pero la burguesía, como asimismo queda
demostrado en dicha obra, no podía convertir esos
primitivos medios de producción en poderosas fuerzas
productivas sin convertirlas de medios individuales de
producción en medios sociales, sólo manejables
por una colectividad de hombres. La rueca, el
telar manual, el martillo del herrero fueron sustituidos
por la máquina de hilar, por el telar mecánico, por el
martillo movido a vapor; el taller individual cedió el
puesto a la fábrica, que impone la cooperación de
cientos y miles de obreros. Y, con los medios de
producción, se transformó la producción misma, dejando
de ser una cadena de actos individuales para convertirse
en una cadena de actos sociales, y los productos
individuales, en productos sociales. El hilo, las telas,
los artículos de metal que ahora salían de la fábrica
eran producto del trabajo colectivo de un gran número de
obreros, por cuyas manos tenía que pasar sucesivamente
para su elaboración. Ya nadie podía decir: esto lo he
hecho yo, este producto es mío.
Pero
allí donde la producción tiene por forma cardinal esa
división social del trabajo creada paulatinamente, por
impulso elemental, sin sujeción a plan alguno, la
producción imprime a los productos la forma de
mercancía, cuyo intercambio, compra y venta, permite
a los distintos productores individuales satisfacer sus
diversas necesidades. Y esto era lo que acontecía en la
Edad Media. El campesino, por ejemplo, vendía al
artesano los productos de la tierra, comprándole a
cambio los artículos elaborados en su taller. En esta
sociedad de productorcs individuales, de productores de
mercancías, vino a introducirse más tarde el nuevo modo
de producción. En medio de aquella división espontánea
del trabajo sin plan ni sistema, que imperaba en
el seno de toda la sociedad, el nuevo modo de producción
implantó la división planificada del trabajo
dentro de cada fábrica: al lado de la producción
individual, surgió la producción social. Los
productos de ambas se vendían en el mismo mercado, y por
lo tanto, a precios aproximadamente iguales. Pero la
organización planificada podía más que la división
espontánea del trabajo; las fábricas en que el trabajo
estaba organizado socialmente elaboraban productos más
baratos que los pequeños productores individuales. La
producción individual fue sucumbiendo poco a poco en
todos los campos, y la producción social revolucionó
todo el antiguo modo de producción. Sin embargo, este
carácter revolucionario suyo pasaba desapercibido; tan
desapercibido, que, por el contrario, se implantaba con
la única y exclusiva finalidad de aumentar y fomentar la
producción de mercancías. Nació directamente ligada a
ciertos resortes de producción e intercambio de
mercancías que ya venían funcionando: el capital
comercial, la industria artesana [144] y el trabajo
asalariado. Y ya que surgía como una nueva forma de
producción de mercancías, mantuviéronse en pleno vigor
bajo ella las formas de apropiación de la producción de
mercancías.
En la
producción de mercancías, tal como se había desarrollado
en la Edad Media, no podía surgir el problema de a quién
debían pertenecer los productos del trabajo. El
productor individual los creaba, por lo común, con
materias primas de su propiedad, producidas no pocas
veces por él mismo, con sus propios medios de trabajo y
elaborados con su propio trabajo manual o el de su
familia. No necesitaba, por tanto, apropiárselos, pues
ya eran suyos por el mero hecho de producirlos. La
propiedad de los productos basábase, pues, en el
trabajo personal. Y aún en aquellos casos en que se
empleaba la ayuda ajena, ésta era, por lo común, cosa
accesoria y recibía frecuentemente, además del salario,
otra compensación: el aprendiz y el oficial de los
gremios no trabajaban tanto por el salario y la comida
como para aprender y llegar a ser algún día maestros.
Pero sobreviene la concentración de los medios de
producción en grandes talleres y manufacturas, su
transformación en medios de producción realmente
sociales. No obstante, estos medios de producción y sus
productos sociales eran considerados como si siguiesen
siendo lo que eran antes: medios de producción y
productos individuales. Y si hasta aquí el propietario
de los medios de trabajo se había apropiado de los
productos, porque eran, generalmente, productos suyos y
la ayuda ajena constituía una excepción, ahora el
propietario de los medios de trabajo seguía apropiándose
el producto, aunque éste ya no era un producto suyo,
sino fruto exclusivo del trabajo ajeno. De este
modo, los productos, creados ahora socialmente, no
pasaban a ser propiedad de aquellos que habían puesto
realmente en marcha los medios de producción y que eran
sus verdaderos creadores, sino del capitalista.
Los medios de producción y la producción se habían
convertido esencialmente en factores sociales. Y, sin
embargo, veíanse sometidos a una forma de apropiación
que presupone la producción privada individual, es
decir, aquella en que cada cual es dueño de su propio
producto y, como tal, acude con él al mercado. El modo
de producción se ve sujeto a esta forma de apropiación,
a pesar de que destruye el supuesto sobre que descansa
[*]. En esta
contradicción, que imprime al nuevo [145] modo de
producción su carácter capitalista, se encierra, en
germen, todo el conflicto de los tiempos actuales. Y
cuanto más el nuevo modo de producción se impone e
impera en todos los campos fundamentales de la
producción y en todos los países económicamente
importantes, desplazando a la producción individual,
salvo vestigios insignificantes, mayor es la
evidencia con que se revela la incompatibilidad entre la
producción social y la apropiación capitalista.
Los
primeros capitalistas se encontraron ya, como queda
dicho, con la forma del trabajo asalariado. Pero como
excepción, como ocupación secundaria, auxiliar, como
punto de transición. El labrador que salía de vez en
cuando a ganar un jornal, tenía sus dos fanegas de
tierra propia, de las que, en caso extremo, podía vivir.
Las ordenanzas gremiales velaban por que los oficiales
de hoy se convirtiesen mañana en maestros. Pero, tan
pronto como los medios de producción adquirieron un
carácter social y se concentraron en manos de los
capitalistas, las cosas cambiaron. Los medios de
producción y los productos del pequeño productor
individual fueron depreciándose cada vez más, hasta que
a este pequeño productor no le quedó otro recurso que
colocarse a ganar un jornal pagado por el capitalista.
El trabajo asalariado, que antes era excepción y
ocupación auxiliar se convirtió en regla y forma
fundamental de toda la producción, y la que antes era
ocupación accesoria se convierte ahora en ocupación
exclusiva del obrero. El obrero asalariado temporal se
convirtió en asalariado para toda la vida. Además, la
muchedumbre de estos asalariados de por vida se ve
gigantescamente engrosada por el derrumbe simultáneo del
orden feudal, por la disolución de las mesnadas de los
señores feudales, la expulsión de los campesinos de sus
fincas, etc. Se ha realizado el completo divorcio entre
los medios de producción concentrados en manos de los
capitalistas, de un lado, y de otro, los productores que
no poseían más que su propia fuerza de trabajo. La
contradicción entre la producción social y la
apropiación capitalista se manifiesta como antagonismo
entre el proletariado y la burguesía.
Hemos
visto que el modo de producción capitalista vino a
introducirse en una sociedad de productores de
mercancías, de productores individuales, cuyo vínculo
social era el cambio de sus productos. Pero toda
sociedad basada en la producción de mercancías presenta
la particularidad de que en ella los productores pierden
el mando sobre sus propias relaciones sociales. Cada
cual produce por su cuenta, con los medios de producción
de que [146] acierta a disponer, y para las necesidades
de su intercambio privado. Nadie sabe qué cantidad de
artículos de la misma clase que los suyos se lanza al
mercado, ni cuántos necesita éste; nadie sabe si su
producto individual responde a una demanda efectiva, ni
si podrá cubrir los gastos, ni siquiera, en general, si
podrá venderlo. La anarquía impera en la producción
social. Pero la producción de mercancías tiene, como
toda forma de producción, sus leyes características,
específicas e inseparables de la misma; y estas leyes se
abren paso a pesar de la anarquía, en la misma anarquía
y a través de ella. Toman cuerpo en la única forma de
ligazón social que subsiste: en el cambio, y se imponen
a los productores individuales bajo la forma de las
leyes imperativas de la competencia. En un principio,
por tanto, estos productores las ignoran, y es necesario
que una larga experiencia las vaya revelando poco a
poco. Se imponen, pues, sin los productores y aún en
contra de ellos, como leyes naturales ciegas que
presiden esta forma de producción. El producto impera
sobre el productor.
En la
sociedad medieval, y sobre todo en los primeros siglos
de ella, la producción estaba destinada principalmente
al consumo propio, a satisfacer sólo las necesidades del
productor y de su familia. Y allí donde, como acontecía
en el campo, subsistían relaciones personales de
vasallaje, contribuía también a satisfacer las
necesidades del señor feudal. No se producía, pues,
intercambio alguno, ni los productos revestían, por lo
tanto, el carácter de mercancías. La familia del
labrador producía casi todos los objetos que necesitaba:
aperos, ropas y víveres. Sólo empezó a producir
mercancías cuando consiguió crear un remanente de
productos, después de cubrir sus necesidades propias y
los tributos en especie que había de pagar al señor
feudal; este remanente, lanzado al intercambio social,
al mercado, para su venta, se convirtió en mercancía.
Los artesanos de las ciudades, por cierto, tuvieron que
producir para el mercado ya desde el primer momento.
Pero también obtenían ellos mismos la mayor parte de los
productos que necesitaban para su consumo; tenían sus
huertos y sus pequeños campos, apacentaban su ganado en
los bosques comunales, que además les suministraban la
madera y la leña; sus mujeres hilaban el lino y la lana,
etc. La producción para el cambio, la producción de
mercancías, estaba en sus comienzos. Por eso el
intercambio era limitado, el mercado reducido, el modo
de producción estable. Frente al exterior imperaba el
exclusivismo local; en el interior, la asociación local:
la marca
[*] en el campo,
los gremios en las ciudades.
[147]
Pero al
extenderse la producción de mercancías y, sobre todo, al
aparecer el modo capitalista de producción, las leyes de
producción de mercancías, que hasta aquí apenas habían
dado señales de vida, entran en funciones de una manera
franca y potente. Las antiguas asociaciones empiezan a
perder fuerza, las antiguas fronteras locales se vienen
a tierra, los productores se convierten más y más en
productores de mercancías independientes y aislados. La
anarquía de la producción social sale a la luz y se
agudiza cada vez más. Pero el instrumento principal con
el que el modo capitalista de producción fomenta esta
anarquía en la producción social es precisamente lo
inverso de la anarquía: la creciente organización de la
producción con carácter social, dentro de cada
establecimiento de producción. Con este resorte, pone
fin a la vieja estabilidad pacífica. Allí donde se
implanta en una rama industrial, no tolera a su lado
ninguno de los viejos métodos. Donde se adueña de la
industria artesana, la destruye y aniquila. El terreno
del trabajo se convierte en un campo de batalla. Los
grandes descubrimientos geográficos y las empresas de
colonización que les siguen, multiplican los mercados y
aceleran el proceso de transformación del taller del
artesano en manufactura. Y la lucha no estalla solamente
entre los productores locales aislados; las contiendas
locales van cobrando volumen nacional, y surgen las
guerras comerciales de los siglos XVII y XVIII. Hasta
que, por fin, la gran industria y la implantación del
mercado mundial dan carácter universal a la lucha, a la
par que le imprimen una inaudita violencia. Lo mismo
entre los capitalistas individuales que entre industrias
y países enteros, la posesión de las condiciones
—naturales o artificialmente creadas— de la producción,
decide la lucha por la existencia. El que sucumbe es
arrollado sin piedad. Es la lucha darvinista por la
existencia individual, transplantada, con redoblada
furia, de la naturaleza a la sociedad. Las condiciones
naturales de vida de la bestia se convierten en el punto
culminante del desarrollo humano. La contradicción entre
la producción social y la apropiación capitalista se
manifiesta ahora como antagonismo entre la
organización de la producción dentro de cada fábrica y
la anarquía de la producción en el seno de toda la
sociedad.
El modo
capitalista de producción se mueve en estas dos formas
de manifestación de la contradicción inherente a él por
sus mismos orígenes, describiendo sin apelación aquel
«círculo vicioso» que ya puso de manifiesto Fourier.
Pero lo que Fourier, en su época, no podía ver todavía
era que este círculo va reduciéndose gradualmente, que
el movimiento se desarrolla más bien en espiral y tiene
que llegar necesariamente a su fin, como el movimiento
de los planetas, chocando con el centro. Es la fuerza
propulsora de la anarquía social de la producción la que
convierte [148] a la inmensa mayoría de los hombres,
cada vez más marcadamente, en proletarios, y estas masas
proletarias serán, a su vez, las que, por último,
pondrán fin a la anarquía de la producción. Es la fuerza
propulsora de la anarquía social de la producción la que
convierte la capacidad infinita de perfeccionamiento de
las máquinas de la gran industria en un precepto
imperativo, que obliga a todo capitalista industrial a
mejorar continuamente su maquinaria, so pena de perecer.
Pero mejorar la maquinaria equivale a hacer superflua
una masa de trabajo humano. Y así como la implantación y
el aumento cuantitativo de la maquinaria trajeron
consigo el desplazamiento de millones de obreros
manuales por un número reducido de obreros mecánicos, su
perfeccionamiento determina la eliminación de un número
cada vez mayor de obreros de las máquinas, y, en última
instancia, la creación de una masa de obreros
disponibles que sobrepuja la necesidad media de
ocupación del capital, de un verdadero ejército
industrial de reserva, como yo hube de llamarlo ya en
1845
[*], de un
ejército de trabajadores disponibles para los tiempos en
que la industria trabaja a todo vapor y que luego, en
las crisis que sobrevienen necesariamente después de
esos períodos, se ve lanzado a la calle, constituyendo
en todo momento un grillete atado a los pies de la clase
trabajadora en su lucha por la existencia contra el
capital y un regulador para mantener los salarios en el
nivel bajo que corresponde a las necesidades del
capitalismo. Así pues, la maquinaria, para decirlo con
Marx, se ha convertido en el arma más poderosa del
capital contra la clase obrera, en un medio de trabajo
que arranca constantemente los medios de vida de manos
del obrero, ocurriendo que el producto mismo del obrero
se convierte en el instrumento de su esclavización
*[*].
De este modo, la economía en los medios de trabajo lleva
consigo, desde el primer momento, el más despiadado
despilfarro de la fuerza de trabajo y un despojo contra
las condiciones normales de la función misma del trabajo
**[*].
Y la maquinaria, el recurso más poderoso que ha podido
crearse para acortar la jornada de trabajo, se trueca en
el recurso más infalible para convertir la vida entera
del obrero y de su familia en una gran jornada de
trabajo disponible para la valorización del capital; así
ocurre que el exceso de trabajo de unos es la condición
determinante de la carencia de trabajo de otros, y que
la gran industria, lanzándose por el mundo entero, en
carrera desenfrenada, a la conquista de nuevos
consumidores, reduce en su propia casa el consumo de las
masas a un [149] mínimo de hambre y mina con ello su
propio mercado interior. «La ley que mantiene
constantemente el exceso relativo de población o
ejército industrial de reserva en equilibrio con el
volumen y la energía de la acumulación del capital, ata
al obrero al capital con ligaduras más fuertes que las
cuñas con que Hefestos clavó a Prometeo a la roca. Esto
origina que a la acumulación del capital corresponda una
acumulación igual de miseria. La acumulación de la
riqueza en uno de los polos determina en el polo
contrario, en el polo de la clase que produce su propio
producto como capital, una acumulación igual de miseria,
de tormentos de trabajo, de esclavitud, de ignorancia,
de embrutecimiento y de degradación moral». (Marx, "El
Capital", t. I, cap. XXIII.) Y esperar del modo
capitalista de producción otra distribución de los
productos sería como esperar que los dos electrodos de
una batería, mientras estén conectados con ésta, no
descompongan el agua ni liberen oxígeno en el polo
positivo e hidrógeno en el negativo.
Hemos
visto que la capacidad de perfeccionamiento de la
maquinaria moderna, llevada a su límite máximo, se
convierte, gracias a la anarquía de la producción dentro
de la sociedad, en un precepto imperativo que obliga a
los capitalistas industriales, cada cual de por sí, a
mejorar incesantemente su maquinaria, a hacer siempre
más potente su fuerza de producción. No menos imperativo
es el precepto en que se convierte para él la mera
posibilidad efectiva de dilatar su órbita de producción.
La enorme fuerza de expansión de la gran industria, a
cuyo lado la de los gases es un juego de chicos, se
revela hoy ante nuestros ojos como una necesidad
cualitativa y cuantitativa de expansión, que se burla de
cuantos obstáculos encuentra a su paso. Estos obstáculos
son los que le oponen el consumo, la salida, los
mercados de que necesitan los productos de la gran
industria. Pero la capacidad extensiva e intensiva de
expansión de los mercados, obedece, por su parte, a
leyes muy distintas y que actúan de un modo mucho menos
enérgico. La expansión de los mercados no puede
desarrollarse al mismo ritmo que la de la producción. La
colisión se hace inevitable, y como no puede dar ninguna
solución mientras no haga saltar el propio modo de
producción capitalista, esa colisión se hace periódica.
La producción capitalista engendra un nuevo «círculo
vicioso».
En
efecto, desde 1825, año en que estalla la primera crisis
general, no pasan diez años seguidos sin que todo el
mundo industrial y comercial, la producción y el
intercambio de todos los pueblos civilizados y de su
séquito de países más o menos bárbaros, se salga de
quicio. El comercio se paraliza, los mercados están
sobresaturados de mercancías, los productos se estancan
en los almacenes abarrotados, sin encontrar salida; el
dinero contante se hace [150] invisible; el crédito
desaparece; las fábricas paran; las masas obreras
carecen de medios de vida precisamente por haberlos
producido en exceso, las bancarrotas y las liquidaciones
se suceden unas a otras. El estancamiento dura años
enteros, las fuerzas productivas y los productos se
derrochan y destruyen en masa, hasta que, por fin, las
masas de mercancías acumuladas, más o menos depreciadas,
encuentran salida, y la producción y el cambio van
reanimándose poco a poco. Paulatinamente, la marcha se
acelera, el paso de andadura se convierte en trote, el
trote industrial, en galope y, por último, en carrera
desenfrenada, en un steeple-chase
[*] de la
industria, el comercio, el crédito y la especulación,
para terminar finalmente, después de los saltos más
arriesgados, en la fosa de un crac. Y así, una vez y
otra. Cinco veces se ha venido repitiendo la misma
historia desde el año 1825, y en estos momentos (1877)
estamos viviéndola por sexta vez. Y el carácter de estas
crisis es tan nítido y tan acusado, que Fourier las
abarcaba todas cuando describía la primera, diciendo que
era una crise pléthorique, una crisis nacida de
la superabundancia.
En las
crisis estalla en explosiones violentas la contradicción
entre la producción social y la apropiación capitalista.
La circulación de mercancías queda, por el momento,
paralizada. El medio de circulación, el dinero, se
convierte en un obstáculo para la circulación; todas las
leyes de la producción y circulación de mercancías se
vuelven del revés. El conflicto económico alcanza su
punto de apogeo: el modo de producción se rebela
contra el modo de cambio.
El
hecho de que la organización social de la producción
dentro de las fábricas se haya desarrollado hasta llegar
a un punto en que se ha hecho inconciliable con la
anarquía —coexistente con ella y por encima de ella— de
la producción en la sociedad, es un hecho que se les
revela tangiblemente a los propios capitalistas, por la
concentración violenta de los capitales, producida
durante las crisis a costa de la ruina de muchos grandes
y, sobre todo, pequeños capitalistas. Todo el mecanismo
del modo capitalista de producción falla, agobiado por
las fuerzas productivas que él mismo ha engendrado. Ya
no acierta a transformar en capital esta masa de medios
de producción, que permanecen inactivos, y por esto
precisamente debe permanecer también inactivo el
ejército industrial de reserva. Medios de producción,
medios de vida, obreros disponibles: todos los elementos
de la producción y de la riqueza general existen con
exceso. Pero «la superabundancia se convierte en fuente
de miseria y de penuria» (Fourier), ya que es ella,
[151] precisamente, la que impide la transformación de
los medios de producción y de vida en capital, pues en
la sociedad capitalista, los medios de producción no
pueden ponerse en movimiento más que convirtiéndose
previamente en capital, en medio de explotación de la
fuerza humana de trabajo. Esta imprescindible calidad de
capital de los medios de producción y de vida se alza
como un espectro entre ellos y la clase obrera. Esta
calidad es la que impide que se engranen la palanca
material y la palanca personal de la produccion; es la
que no permite a los medios de producción funcionar ni a
los obreros trabajar y vivir. De una parte, el modo
capitalista de producción revela, pues, su propia
incapacidad para seguir rigiendo sus fuerzas
productivas. De otra parte, estas fuerzas productivas
acucian con intensidad cada vez mayor a que se elimine
la contradicción, a que se las redima de su condición de
capital, a que se reconozca de hecho su carácter de
fuerzas productivas sociales.
Es esta
rebelión de las fuerzas de producción cada vez más
imponentes, contra su calidad de capital, esta necesidad
cada vez más imperiosa de que se reconozca su carácter
social, la que obliga a la propia clase capitalista a
tratarlas cada vez más abiertamente como fuerzas
productivas sociales, en el grado en que ello es posible
dentro de las relaciones capitalistas. Lo mismo los
períodos de alta presión industrial, con su desmedida
expansión del crédito, que el crac mismo, con el
desmoronamiento de grandes empresas capitalistas,
impulsan esa forma de socialización de grandes masas de
medios de producción con que nos encontramos en las
diversas categorías de sociedades anónimas. Algunos de
estos medios de producción y de comunicación son ya de
por sí tan gigantescos, que excluyen, como ocurre con
los ferrocarriles, toda otra forma de explotación
capitalista. Al llegar a una determinada fase de
desarrollo, ya no basta tampoco esta forma; los grandes
productores nacionales de una rama industrial se unen
para formar un trust, una agrupación encaminada a
regular la producción; determinan la cantidad total que
ha de producirse, se la reparten entre ellos e imponen
de este modo un precio de venta fijado de antemano.
Pero, como estos trusts se desmoronan al sobrevenir la
primera racha mala en los negocios, empujan con ello a
una socialización todavía más concentrada; toda la rama
industrial se convierte en una sola gran sociedad
anónima, y la competencia interior cede el puesto al
monopolio interior de esta única sociedad; así sucedió
ya en 1890 con la producción inglesa de álcalis, que en
la actualidad, después de fusionarse todas las cuarenta
y ocho grandes fábricas del país, es explotada por una
sola sociedad con dirección única y un capital de 120
millones de marcos.
[152]
En los
trusts, la libre concurrencia se trueca en monopolio y
la producción sin plan de la sociedad capitalista
capitula ante la producción planeada y organizada de la
futura sociedad socialista a punto de sobrevenir. Claro
está que, por el momento, en provecho y beneficio de los
capitalistas. Pero aquí la explotación se hace tan
patente, que tiene forzosamente que derrumbarse. Ningún
pueblo toleraría una producción dirigida por los trusts,
una explotación tan descarada de la colectividad por una
pequeña cuadrilla de cortadores de cupones.
De un
modo o de otro, con o sin trusts, el representante
oficial de la sociedad capitalista, el Estado, tiene que
acabar haciéndose cargo del mando de la producción
[*]
[43]. La necesidad
a que responde esta transformación de ciertas empresas
en propiedad del Estado empieza manifestándose en las
grandes empresas de transportes y comunicaciones, tales
como el correo, el telégrafo y los ferrocarriles.
A la
par que las crisis revelan la incapacidad de la
burguesía para seguir rigiendo las fuerzas productivas
modernas, la transformación de las grandes empresas de
producción y transporte en sociedades anónimas, trusts y
en propiedad del Estado demuestra que la burguesía no es
ya indispensable para el desempeño de estas funciones.
Hoy, las funciones sociales del capitalista [153] corren
todas a cargo de empleados a sueldo, y toda la actividad
social de aquél se reduce a cobrar sus rentas, cortar
sus cupones y jugar en la Bolsa, donde los capitalistas
de toda clase se arrebatan unos a otros sus capitales. Y
si antes el modo capitalista de producción desplazaba a
los obreros, ahora desplaza también a los capitalistas,
arrinconándolos, igual que a los obreros, entre la
población sobrante; aunque por ahora todavía no en el
ejército industrial de reserva.
Pero
las fuerzas productivas no pierden su condición de
capital al convertirse en propiedad de las sociedades
anónimas y de los trusts o en propiedad del Estado. Por
lo que a las sociedades anónimas y a los trusts se
refiere, es palpablemente claro. Por su parte, el Estado
moderno no es tampoco más que una organización creada
por la sociedad burguesa para defender las condiciones
exteriores generales del modo capitalista de producción
contra los atentados, tanto de los obreros como de los
capitalistas individuales. El Estado moderno, cualquiera
que sea su forma, es una máquina esencialmente
capitalista, es el Estado de los capitalistas, el
capitalista colectivo ideal. Y cuantas más fuerzas
productivas asuma en propiedad, tanto más se convertirá
en capitalista colectivo y tanta mayor cantidad de
ciudadanos explotará. Los obreros siguen siendo obreros
asalariados, proletarios. La relación capitalista, lejos
de abolirse con estas medidas, se agudiza, llega al
extremo, a la cúspide. Mas, al llegar a la cúspide, se
derrumba. La propiedad del Estado sobre las fuerzas
productivas no es solución del conflicto, pero alberga
ya en su seno el medio formal, el resorte para llegar a
la solución.
Esta
solución sólo puede estar en reconocer de un modo
efectivo el carácter social de las fuerzas productivas
modernas y por lo tanto en armonizar el modo de
producción, de apropiación y de cambio con el carácter
social de los medios de producción. Para esto, no hay
más que un camino: que la sociedad, abiertamente y sin
rodeos, tome posesión de esas fuerzas productivas, que
ya no admite otra dirección que la suya. Haciéndolo así,
el carácter social de los medios de producción y de los
productos, que hoy se vuelve contra los mismos
productores, rompiendo periódicamente los cauces del
modo de producción y de cambio, y que sólo puede
imponerse con una fuerza y eficacia tan destructoras
como el impulso ciego de las leyes naturales, será
puesto en vigor con plena conciencia por los productores
y se convertirá, de causa constante de perturbaciones y
de cataclismos periódicos, en la palanca más poderosa de
la producción misma.
Las
fuerzas activas de la sociedad obran, mientras no las
conocemos y contamos con ellas, exactamente lo mismo que
las fuerzas [154] de la naturaleza: de un modo ciego,
violento, destructor. Pero, una vez conocidas, tan
pronto como se ha sabido comprender su acción, su
tendencia y sus efectos, en nuestras manos está el
supeditarlas cada vez más de lleno a nuestra voluntad y
alcanzar por medio de ellas los fines propuestos. Tal es
lo que ocurre, muy señaladamente, con las gigantescas
fuerzas modernas de producción. Mientras nos resistamos
obstinadamente a comprender su naturaleza y su carácter
—y a esta comprensión se oponen el modo capitalista de
producción y sus defensores—, estas fuerzas actuarán a
pesar de nosotros, contra nosotros, y nos dominarán,
como hemos puesto bien de relieve. En cambio, tan pronto
como penetremos en su naturaleza, esas fuerzas, puestas
en manos de los productores asociados, se convertirán,
de tiranos demoníacos, en sumisas servidoras. Es la
misma diferencia que hay entre el poder destructor de la
electricidad en los rayos de la tormenta y la
electricidad sujeta en el telégrafo y en el arco
voltaico; la diferencia que hay entre el incendio y el
fuego puesto al servicio del hombre. El día en que las
fuerzas productivas de la sociedad moderna se sometan al
régimen congruente con su naturaleza, por fin conocida,
la anarquía social de la producción dejará el puesto a
una reglamentación colectiva y organizada de la
producción acorde con las necesidades de la sociedad y
de cada individuo. Y el régimen capitalista de
apropiación, en que el producto esclaviza primero a
quien lo crea y luego a quien se lo apropia, será
sustituido por el régimen de apropiación del producto
que el carácter de los modernos medios de producción
está reclamando: de una parte, apropiación directamente
social, como medio para mantener y ampliar la
producción; de otra parte, apropiación directamente
individual, como medio de vida y de disfrute.
El modo
capitalista de producción, al convertir más y más en
proletarios a la inmensa mayoría de los individuos de
cada país, crea la fuerza que, si no quiere perecer,
está obligada a hacer esa revolución. Y, al forzar cada
vez más la conversión en propiedad del Estado de los
grandes medios socializados de producción, señala ya por
sí mismo el camino por el que esa revolución ha de
producirse. El proletariado toma en sus manos el
poder del Estado y comienza por convertir los medios de
producción en propiedad del Estado. Pero con este
mismo acto se destruye a sí mismo como proletariado, y
destruye toda diferencia y todo antagonismo de clases, y
con ello mismo, el Estado como tal. La sociedad, que se
había movido hasta el presente entre antagonismos de
clase, ha necesitado del Estado, o sea, de una
organización de la correspondiente clase explotadora
para mantener las condiciones exteriores de producción,
y, por tanto, particularmente, para mantener por la
fuerza a la clase explotada en las condiciones de
opresión (la [155] esclavitud, la servidumbre o el
vasallaje y el trabajo asalariado), determinadas por el
modo de producción existente. El Estado era el
representante oficial de toda la sociedad, su síntesis
en un cuerpo social visible; pero lo era sólo como
Estado de la clase que en su época representaba a toda
la sociedad: en la antigüedad era el Estado de los
ciudadanos esclavistas; en la Edad Media el de la
nobleza feudal; en nuestros tiempos es el de la
burguesía. Cuando el Estado se convierta finalmente en
representante efectivo de toda la sociedad será por sí
mismo superfluo. Cuando ya no exista ninguna clase
social a la que haya que mantener sometida; cuando
desaparezcan, junto con la dominación de clase, junto
con la lucha por la existencia individual, engendrada
por la actual anarquía de la producción, los choques y
los excesos resultantes de esto, no habrá ya nada que
reprimir ni hará falta, por tanto, esa fuerza especial
de represión que es el Estado. El primer acto en que el
Estado se manifiesta efectivamente como representante de
toda la sociedad: la toma de posesión de los medios de
producción en nombre de la sociedad, es a la par su
último acto independiente como Estado. La intervención
de la autoridad del Estado en las relaciones sociales se
hará superflua en un campo tras otro de la vida social y
cesará por sí misma. El gobierno sobre las personas es
sustituido por la administración de las cosas y por la
dirección de los procesos de producción. El Estado no es
«abolido»; se extingue. Partiendo de esto es como
hay que juzgar el valor de esa frase del «Estado popular
libre»
[*] en lo que toca
a su justificación provisional como consigua de
agitación y en lo que se refiere a su falta de
fundamento científico. Partiendo de esto es también como
debe ser considerada la reivindicación de los llamados
anarquistas de que el Estado sea abolido de la noche a
la mañana.
Desde
que ha aparecido en la palestra de la historia el modo
de producción capitalista ha habido individuos y sectas
enteras ante quienes se ha proyectado más o menos
vagamente, como ideal futuro, la apropiación de todos
los medios de producción por la sociedad. Mas, para que
esto fuese realizable, para que se convirtiese en una
necesidad histórica, era menester que antes se diesen
las condiciones efectivas para su realización. Para que
este progreso, como todos los progresos sociales, sea
viable, no basta con que la razón comprenda que la
existencia de las clases es incompatible con los
dictados de la justicia, de la igualdad, etc.; no basta
con la mera voluntad de abolir estas clases, sino que
son necesarias determinadas condiciones económicas
nuevas. La división de la sociedad en una clase
explotadora y otra explotada, [156] una clase dominante
y otra oprimida, era una consecuencia necesaria del
anterior desarrollo incipiente de la producción.
Mientras el trabajo global de la sociedad sólo rinde lo
estrictamente indispensable para cubrir las necesidades
más elementales de todos; mientras, por lo tanto, el
trabajo absorbe todo el tiempo o casi todo el tiempo de
la inmensa mayoría de los miembros dc la sociedad, ésta
se divide, necesariamente, en clases. Junto a la gran
mayoría constreñida a no hacer más que llevar la carga
del trabajo, se forma una clase eximida del trabajo
directamente productivo y a cuyo cargo corren los
asuntos generales de la sociedad: la dirección de los
trabajos, los negocios públicos, la justicia, las
ciencias, las artes, etc. Es, pues, la ley de la
división del trabajo la que sirve de base a la división
de la sociedad en clases. Lo cual no impide que esta
división de la sociedad en clases se lleve a cabo por la
violencia y el despojo, la astucia y el engaño; ni
quiere decir que la clase dominante, una vez
entronizada, se abstenga de consolidar su poderío a
costa de la clase trabajadora, convirtiendo su papel
social de dirección en una mayor explotación de las
masas.
Vemos,
pues, que la división de la sociedad en clases tiene su
razón histórica de ser, pero sólo dentro de determinados
límites de tiempo bajo determinadas condiciones
sociales. Era condicionada por la insuficiencia de la
producción, y será barrida cuando se desarrollen
plenamente las modernas fuerzas productivas. En efecto,
la abolición de las clases sociales presupone un grado
histórico de desarrollo tal, que la existencia, no ya de
esta o de aquella clase dominante concreta, sino de una
clase dominante cualquiera que ella sea y, por tanto, de
las mismas diferencias de clase, representa un
anacronismo. Presupone, por consiguiente, un grado
culminante en el desarrollo de la producción, en el que
la apropiación de los medios de producción y de los
productos y, por tanto, del poder político, del
monopolio de la cultura y de la dirección espiritual por
una determinada clase de la sociedad, no sólo se hayan
hecho superfluos, sino que además constituyan económica,
política e intelectualmente una barrera levantada ante
el progreso. Pues bien; a este punto ya se ha llegado.
Hoy, la bancarrota política e intelectual de la
burguesía ya apenas es un secreto ni para ella misma, y
su bancarrota económica es un fenómeno que se repite
periódicamente de diez en diez años. En cada una de
estas crisis, la sociedad se asfixia, ahogada por la
masa de sus propias fuerzas productivas y de sus
productos, a los que no puede aprovechar, y se enfrenta,
impotente, con la absurda contradicción de que sus
productores no tengan qué consumir, por falta
precisamente de consumidores. La fuerza expansiva de los
medios de producción rompe las ligaduras con que los
sujeta el modo capitalista [157] de producción. Esta
liberación de los medios de producción es lo único que
puede permitir el desarrollo ininterrumpido y cada vez
más rápido de las fuerzas productivas, y con ello, el
crecimiento prácticamente ilimitado de la producción.
Mas no es esto solo. La apropiación social de los medios
de producción no sólo arrolla los obstáculos
artificiales que hoy se le oponen a la producción, sino
que acaba también con el derroche y la asolación de
fuerzas productivas y de productos, que es una de las
consecuencias inevitables de la producción actual y que
alcanza su punto de apogeo en las crisis. Además, al
acabar con el necio derroche de lujo de las clases
dominantes y de sus representantes políticos, pone en
circulación para la colectividad toda una masa de medios
de producción y de productos. Por vez primera, se da
ahora, y se da de un modo efectivo, la posibilidad de
asegurar a todos los miembros de la sociedad, por medio
de un sistema de producción social, una existencia que,
además de satisfacer plenamente y cada día con mayor
holgura sus necesidades materiales, les garantiza el
libre y completo desarrollo y ejercicio de sus
capacidades físicas y espirituales.
1814... 2.200 mill. de lib. est. = 44.000 mill. de
marcos
1865...
6.100 » » » » = 122.000
1875...
8.500 » » » » = 170.000
Para
dar una idea de lo que representa el despilfarro de
medios de producción y de productos malogrados durante
las crisis, diré que en el segundo Congreso de los
industriales alemanes, celebrado en Berlín el 21 de
febrero de 1878, se calculó en 455 millones de marcos
las pérdidas globales que supuso el último crac,
solamente para la industria siderúrgica alemana..
Al
posesionarse la sociedad de los medios de producción,
cesa la producción de mercancías, y con ella el imperio
del producto sobre los productores. La anarquía reinante
en el seno de la producción social deja el puesto a una
organización armónica, proporcional y consciente. Cesa
la lucha por la existencia individual y con ello, en
cierto sentido, el hombre sale definitivamente del reino
animal y se sobrepone a las condiciones animales de
existencia, para someterse a condiciones de vida
verdaderamente humanas. Las condiciones de vida que
rodean al hombre y que hasta ahora le dominaban, se
colocan, a partir de este instante, bajo su dominio y su
control, y el hombre, al convertirse en dueño y señor de
sus propias relaciones sociales, se convierte por
primera vez en señor consciente y efectivo de la
naturaleza. Las leyes de su propia [158] actividad
social, que hasta ahora se alzaban frente al hombre como
leyes naturales, como poderes extraños que lo sometían a
su imperio, son aplicadas ahora por él con pleno
conocimiento de causa y, por tanto, sometidas a su
poderío. La propia existencia social del hombre, que
hasta aquí se le enfrentaba como algo impuesto por la
naturaleza y la historia, es a partir de ahora obra
libre suya. Los poderes objetivos y extraños que hasta
ahora venían imperando en la historia se colocan bajo el
control del hombre mismo. Sólo desde entonces, éste
comienza a trazarse su historia con plena conciencia de
lo que hace. Y, sólo desde entonces, las causas sociales
puestas en acción por él, comienzan a producir
predominantemente y cada vez en mayor medida los efectos
apetecidos. Es el salto de la humanidad del reino de la
necesidad al reino de la libertad.
Resumamos brevemente, para terminar, nuestra trayectoria
de desarrollo:
I.-
Sociedad medieval: Pequeña producción individual.
Medios de producción adaptados al uso individual, y, por
tanto, primitivos, torpes, mezquinos, de eficacia
mínima. Producción para el consumo inmediato, ya del
propio productor, ya de su señor feudal. Sólo en los
casos en que queda un remanente de productos, después de
cubrir ese consumo, se ofrece en venta y se lanza al
intercambio. Por tanto, la producción de mercancías está
aún en sus albores, pero encierra ya, en germen, la
anarquía de la producción social.
II.-
Revolución capitalista: Transformación de la
industria, iniciada por medio de la cooperación simple y
de la manufactura. Concentración de los medios de
producción, hasta entonces dispersos, en grandes
talleres, con lo que se convierten de medios de
producción del individuo en medios de producción
sociales, metamorfosis que no afecta, en general, a la
forma del cambio. Quedan en pie las viejas formas de
apropiación. Aparece el capitalista: en su
calidad de propietario de los medios de producción, se
apropia también de los productos y los convierte en
mercancías. La producción se transforma en un acto
social; el cambio y, con él, la apropiación siguen
siendo actos individuales: el producto social es
apropiado por el capitalista individual.
Contradicción fundamental, de la que se derivan todas
las contradicciones en que se mueve la sociedad actual y
que pone de manifiesto claramente la gran industria.
A. El
productor se separa de los medios de producción. El
obrero se ve condenado a ser asalariado de por vida.
Antítesis de burguesía y proletariado.
[159]
B.
Relieve creciente y eficacia acentuada de las leyes que
presiden la producción de mercancías. Competencia
desenfrenada. Contradicción entre la organización
social dentro de cada fábrica y la anarquía social en la
producción total.
C. De
una parte, perfeccionamiento de la maquinaria, que la
competencia convierte en imperativo para cada fabricante
y que equivale a un desplazamiento cada vez mayor de
obreros: ejército industrial de reserva. De otra
parte, extensión ilimitada de la producción, que la
competencia impone también como norma coactiva a todos
los fabricantes. Por ambos lados, un desarrollo inaudito
de las fuerzas productivas, exceso de la oferta sobre la
demanda, superproducción, abarrotamiento de los
mercados, crisis cada diez años, círculo vicioso:
superabandancia, aquí de medios de producción y de
productos, y allá de obreros sin trabajo y sin medios de
vida. Pero estas dos palancas de la producción y del
bienestar social no pueden combinarse porque la forma
capitalista de la producción impide a las fuerzas
productivas actuar y a los productos circular, a no ser
que se conviertan previamente en capital, que es lo que
precisamente les veda su propia superabundancia. La
contradicción se exalta hasta convertirse en
contrasentido: el modo de producción se rebela contra
la forma de cambio. La burguesía se muestra incapaz
para seguir rigiendo sus propias fuerzas sociales
productivas.
D.
Reconocimiento parcial del carácter social de las
fuerzas productivas, arrancado a los propios
capitalistas. Apropiación de los grandes organismos de
producción y de transporte, primero por sociedades
anónimas, luego por trusts, y más tarde por el
Estado. La burguesía se revela como una clase
superflua; todas sus funciones sociales son ejecutadas
ahora por empleados a sueldo.
III.-
Revolución proletaria, solución de las
contradicciones: el proletariado toma el poder político,
y, por medio de él, convierte en propiedad pública los
medios sociales de producción, que se le escapan de las
manos a la burguesía. Con este acto, redime los medios
de producción de la condición de capital que hasta allí
tenían y da a su carácter social plena libertad para
imponerse. A partir de ahora es ya posible una
producción social con arreglo a un plan trazado de
antemano. El desarrollo de la producción convierte en un
anacronismo la subsistencia de diversas clases sociales.
A medida que desaparece la anarquía de la producción
social languidece también la autoridad política del
Estado. Los hombres, dueños por fin de su propia
existencia social, se convierten en dueños de la
naturaleza, en dueños de sí mismos, en hombres libres.
La
realización de este acto que redimirá al mundo es la
misión histórica del proletariado moderno. Y el
socialismo científico, [160] expresión teórica del
movimiento proletario, es el llamado a investigar las
condiciones históricas y, con ello, la naturaleza misma
de este acto, infundiendo de este modo a la clase
llamada a hacer esta revolución, a la clase hoy
oprimida, la conciencia de las condiciones y de la
naturaleza de su propia acción.
Escrito por F. Engels de enero de 1880 a
la primera mitad de marzo del mismo año.
Traducido del alemán.
Se
publica de acuerdo con el
texto
de la edición alemana de 1881
.
Publicado en la revista "La Revue
socialiste", Nº 3, 4, 5, 20 de marzo, 20 de abril y 5 de
mayo de 1880 y como folleto aparte en francés:
F. Engels. «Socialisme utopique et socialisme
scientifique», Paris,
1880.
NOTAS
[1]
70 El trabajo de Engels "Del socialismo utópico al
socialismo científico" consta de tres capítulos del "Anti-Dühring"
revisados por él con el fin especial de ofrecer a los
obreros una exposición popular de la doctrina marxista
como concepción íntegra.- 98, 121
[2]
En el "Congreso de Gotha", celebrado del 22 al 25 de
mayo de 1875, se unieron las dos corrientes del
movimiento obrero alemán: el Partido Obrero
Socialdemócrata (los eisenachianos), dirigido por A.
Bebel y W. Liebknecht, y la lassalleana Asociación
General de Obreros Alemanes. El partido unificado adoptó
la denominación de Partido Obrero Socialista de
Alemania. Así se logró superar la escisión en las filas
de la clase obrera alemana. El proyecto de programa del
partido unificado, propuesto al Congreso de Gotha, pese
a la dura crítica que habían hecho Marx y Engels, fue
aprobado en el Congreso con insignificantes
modificaciones.— 5, 98, 439.
[3]
Bimetalismo: sistema monetario, en el que las funciones
de dinero las cumplen simultáneamente dos metales
monetarios: el oro y la plata.— 99.
[4]
"Vorwärts" («Adelante»): órgano central del Partido
Obrero Socialista Alemán, se publicó en Leipzig desde el
1 de octubre de 1876 hasta el 27 de octubre de 1878. La
obra de Engels "Anti-Dühring" se publicó en el periódico
desde el 3 de enero de 1877 hasta el 7 de julio de
1878.— 57, 99.
[*******]
Véase la presente edición, t. 1, págs. 110-140. (N. de
la Edit.)
[5]
En la presente edición no se inserta el trabajo de F.
Engels "La Marca".— 100.
[6]
Engels se refiere a los trabajos de M. Kovalevski "Tableau
des origines et de l'évolution de la famille et de la
proprieté" («Ensayo acerca del origen de la familia y la
propiedad») publicado en 1890 en Estocolmo, y "Pervobytnoye
pravo" («Derecho primitivo») fascículo 1, "La Gens",
Moscú, 1886.— 100.
[*******]
En el estado de dimensión. (N. de la Edit.)
[7]
Nominalistas: representantes de una tendencia de la
filosofía medieval que consideraba que los conceptos
generales genéricos eran nombres, engendrados por el
pensamiento y el lenguaje humanos y no valían más que
para designar objetos sueltos, existentes en realidad.
En oposición a los realistas medievales, los
nominalistas negaban la existencia de conceptos como
prototipos y fuentes creadoras de las cosas. De este
modo reconocían el carácter primario de la realidad y
secundario del concepto. En este sentido, el nominalismo
era la primera expresión del materialismo en la Edad
Media.— 101.
[8]
Nomoiomerias: minúsculas partículas cualitativamente
determinadas y divisibles infinitamente. Anaxágoras
consideraba que las homoiomerias constituían la base
inicial de todo lo existente y que sus combinaciones
daban origen a la diversidad de las cosas.— 101.
[*]
Qual es un juego de palabras fílosófico. Qual
significa, literalmente, tortura, dolor que incita a
realizar una acción cualquiera. Al mismo tiempo, el
místico Böhme transfiere a la palabra alemana algo del
término latino qualitas (calidad). Su Qual
era, por oposición al dolor producido exteriormente, un
principio activo, nacido del desarrollo espontáneo de la
cosa, de la relación o de la personalidad sometida a su
influjo y que, a su vez, provocaba este desarrollo.
[9]
Deísmo: doctrina filosófico-religiosa que reconoce a
Dios como causa primera racional impersonal del mundo,
pero niega su intervención en la vida de la naturaleza y
la sociedad.— 103, 371, 521.
[*]
K. Marx und F. Engels, "Die heilige Familie", Frankfurt
am M., 1845, S. 201-204. (C. Marx y F. Engels. La
Sagrada Familia, Francfort del Meno, 1845, págs.
201-204.) (N. de la Edit.)
[10]
Se alude a la primera exposición comercial e industrial
mundial que se celebró en Londres de mayo a octubre de
1851.— 104.
[11]
Ejército de Salvación: organización reaccionaria
religioso-filantrópica fundada en 1865 en Inglaterra y
reorganizada en 1880 adoptando el modelo militar (de ahí
su denominación). Apoyada en medida considerable por la
burguesía, esta organización fundó en muchos países una
red de instituciones de beneficencia, con el fin de
apartar a las masas trabajadoras de la lucha contra los
explotadores.— 104.
[*]
P. Laplace, Traité de mécanique céleste ("Tratado de
mecánica celeste») Vols. I—V, Paris, 1799-1825. (N. de
la Edit).
[**]
«No tenía necesidad de recurrir a esta hipótesis». (N.
de la Edit.)
[***]«En
el principio era la acción». Goethe, Fausto, parte I,
escena III. (N. de la Edit.)
[****]
«El pudin se prueba comiéndolo». (N. de la Edit).
[12]
La historiografía burguesa inglesa llama «revolución
gloriosa» al golpe de Estado de 1688 con el que se
derrocó en Inglaterra la dinastía de los Estuardos y se
instauró la monarquía constitucional (1689) encabezada
por Guillermo de Orange y basada en el compromiso entre
la aristocracia terrateniente y la gran burguesía.— 110,
521.
[13]
La guerra de las Dos Rosas (1455-1485): guerra entre dos
familias feudales inglesas que luchaban por el trono:
los York, en cuyo escudo figuraba una rosa blanca, y los
Lancaster, que tenían en el escudo una rosa roja.
Alrededor de los York se agrupaba una parte de los
grandes feudales del Sur (más desarrollado
económicamente), los caballeros y los ciudadanos; los
Lancaster eran apoyados por la aristocracia feudal de
los condados del Norte. La guerra llevó casi al total
exterminio de las antiguas familias feudales y concluyó
al subir al trono la nueva dinastía de los Tudor que
implantó el absolutismo en Inglaterra.— 110.
[*]
Muchacho robusto, pero malicioso. (N. de la Edit.)
[**]
Oculta, sólo destinada a los iniciados. (N. de la Edit.)
[14]
Filosofía cartesiana: doctrina de los seguidores del
filósofo francés del siglo XVII Descartes (en latín
Cartesius), que dedujeron conclusiones materialistas de
su filosofía.— 112.
[15]
La Declaración de los Derechos del Hombre y del
Ciudadano fue aprobada por la Asamblea Constituyente en
1789. Se proclamaban en ella los principios políticos
del nuevo régimen burgués. La Declaración fue incluida
en la Constitución francesa de 1791; sirvió de base a
los jacobinos al redactar la Declaración de los Derechos
del Hombre de 1793, que figuró como prefacio a la
primera Constitución republicana de Francia adoptada por
la Convención Nacional en 1793.— 112.
[16]
Aquí y en adelante, Engels no entiende por Código de
Napoleón únicamente el Code civil (Código civil) de
Napoleón adoptado en 1804 y conocido con este nombre,
sino, en el sentido lato de la palabra, todo el sistema
del Derecho burgués, representado por los cinco códigos
(civil, civil-procesal, comercial, penal y
penal-procesal) adoptados bajo Napoleón I en los años de
1804 a 1810. Dichos códigos fueron implantados en las
regiones de Alemania Occidental y Sudoccidental
conquistadas por la Francia de Napoleón y siguieron en
vigor en la provincia del Rin incluso después de la
anexión de ésta a Prusia en 1815.— 112, 177, 390, 486,
520.
[***]
Se escribe Londres y se pronuncia Constantinopla. (N. de
la Edit.)
[17]
El proyecto de ley de la primera reforma electoral
en Inglaterra fue llevado al Parlamento en marzo de 1831
y aprobado en junio de 1832. La reforma abrió las
puertas al Parlamento sólo a los representantes de la
burguesía industrial. El proletariado y la pequeña
burguesía, que eran la fuerza principal en la lucha por
la reforma, fueron engañados por la burguesía liberal y
se quedaron, al igual que antes, sin derechos
electorales.
[18]
El bill de abolición de las leyes cerealistas fue
aprobado en junio de 1846. Las llamadas leyes
cerealistas, aprobadas con vistas a restringir o
prohibir la importación de trigo del extranjero, fueron
promulgadas en Inglaterra en beneficio de los grandes
terratenientes (landlords). La aprobación del bill de
1846 fue un triunfo de la burguesía industrial, que
luchaba contra las leyes cerealistas bajo la consigna de
libertad de comercio.
[19]
En 1824, el Parlamento inglés, presionado por el
movimiento obrero de masas, tuvo que promulgar un acto
aboliendo la prohibición de las uniones obreras (las
tradeuniones).
[20]
La Carta del Pueblo, que contenía las exigencias
de los cartistas, fue publicaba el 8 de mayo de 1838
como proyecto de ley a ser presentado en el Parlamento;
la integraban seis puntos; derecho electoral universal
(para los varones desde los 21 años de edad), elecciones
anuales al Parlamento, votación secreta, igualdad de las
circunscripciones electorales, abolición del requisito
de propiedad para los candidatos a diputado al
Parlamento, remuneración de los diputados. Las tres
peticiones de los cartistas con la exigencia de la
aprobación de la Carta del Pueblo, entregadas al
Parlamento, fueron rechazados por éste en 1839, 1842 y
1849.
[21]
La Liga anticerealista: organización de la
burguesía industrial inglesa, fundada en 1838 por los
fabricantes Cobden y Bright, de Manchester. Al presentar
la exigencia de la libertad completa de comercio, la
Liga propugnaba la abolición de las leyes cerealistas
con el fin de rebajar los salarios de los obreros y
debilitar las posiciones económicas y políticas de la
aristocracia terrateniente. Después de la abolición de
las leyes cerealistas (1846), la Liga dejó de existir.
[22]
La manifestación de masas que los cartistas anunciaron
para el 10 de abril de 1848 en Londres, con el fin de
entregar al Parlamento la petición sobre la aprobación
de la Carta popular, fracasó debido a la indecisión y
las vacilaciones de sus organizadores. El fracaso de la
manifestación fue utilizado por las fuerzas de la
reacción para arreciar la ofensiva contra los obreros y
las represalias contra los cartistas.
[23]
Trátase del golpe de Estado organizado por Luis
Bonaparte el 2 de diciembre de 1851, que dio comienzo al
régimen bonapartista del Segundo Imperio.
[24]
Hermano Jonathan: mote dado por los ingleses a
los norteamericanos durante la guerra de las colonias
norteamericanas de Inglaterra por la independencia
(1775-1783).
[25]
El Segundo Imperio de Napoleón III existió en Francia de
1852 a 1870, y la Tercera República, de 1870 a 1940.—
115.
[*]
Y hasta en materia de negocios la fatuidad del
chovinismo nacional es un mal consejo. Hasta hace muy
poco, el fabricante inglés corriente consideraba
denigrante para un inglés hablar otro idioma que no
fuese el suyo propio y le enorgullecía en cierto modo
que esos «pobres diablos» de los extranjeros se
instalasen a vivir en Inglaterra, descargándole con ello
del trabajo de vender sus productos en el extranjero. No
advertía siquiera que estos extranjeros, alemanes en su
mayor parte, se adueñaban de este modo de una gran parte
del comercio exterior de Inglaterra —tanto del de
importación como del de exportación— y que el comercio
directo de los ingleses con el extranjero iba
circunscribiéndose casi exclusivamente a las colonias, a
China, a los Estados Unidos y a Sudamérica. Y tampoco
advertía que estos alemanes comerciaban con otros
alemanes del extranjero, que con el tiempo iban
organizando una red completa de colonias comerciales por
todo el mundo. Y cuando, hace unos cuarenta años,
Alemania empezó seriamente a fabricar para la
exportación, encontró en estas colonias comerciales
alemanas un instrumento que le prestó maravillosos
servicios en la empresa de transformarse, en tan poco
tiempo, de un país exportador de cereales en un país
industrial de primer orden. Por fin, hace unos diez
años, los fabricantes ingleses empezaron a inquietarse y
a preguntar a sus embajadores y cónsules cómo era que ya
no podían retener a todos sus clientes. La respuesta
unánime fue ésta: 1º porque no os molestáis en aprender
la lengua de vuestros clientes y exigís que ellos
aprendan la vuestra, y 2º porque no intentáis siquiera
satisfacer las necesidades, las costumbres y los gustos
de vuestros clientes, sino que queréis que se atengan a
los vuestros, a los de Inglaterra.
[**]
Educación de la clase media (N. de la Edit.)
[26]
En 1867, en Inglaterra, bajo la influencia del
movimiento obrero de masas, se llevó a cabo la
segunda reforma parlamentaria. El Consejo General de
la I Internacional tomó parte activa en el movimiento
que reivindicaba esta reforma. Como resultado de ella,
el número de electores en Inglaterra aumentó en más del
doble y cierta parte de obreros calificados conquistó el
derecho a votar.
[*]
El household suffrage establecía el derecho de voto para
todo el que viviese en casa independiente. (N. de la
Edit.)
[**]
Votación secreta. (N. de la Edit.)
[27]
94 Socialismo de cátedra: corriente de la
ideología burguesa de los años 70-90 del siglo XIX. Sus
representantes, ante todo profesores de universidades
alemanas, predicaban desde sus cátedras el reformismo
burgués, tratando de presentarlo como socialismo.
Afirmaban (entre otros A. Wagner, H. Schmoller, L.
Brentano y W. Sombart) que el Estado era una institución
situada por encima de las clases, podía reconciliar las
clases enemigas e implantar gradualmente el «socialismo»
sin afectar los intereses de los capitalistas. Su
programa se reducía a la organización de los seguros de
los obreros contra enfermedades y accidentes y a la
aplicación de ciertas medidas en la esfera de la
legislación fabril. Los socialistas de cátedra estimaban
que, habiendo sindicatos bien organizados, no había
necesidad de lucha política, ni de partido político de
la clase obrera. El socialismo de cátedra constituyó una
de las fuentes ideológicas del revisionismo.- 118
[28]
Ritualismo: corriente surgida en la Iglesia anglicana en
los años 30 del siglo XIX, sus adeptos llamaban a la
restauración de los ritos católicos (de ahí la
denominación) y de ciertos dogmas del catolicismo en la
Iglesia anglicana.— 118.
[*]
Después de la fiesta, o sea, retardada. (N. de la Edit.)
[**]
La fuerza de la inercia. (N. de la Edit.)
[29]
96 Esta conclusión de la posibilidad de la victoria de
la revolución proletaria únicamente en el caso de ser
simultánea en los países capitalistas avanzados y, por
consiguiente, de la imposibilidad de la revolución en un
solo país, era justa para el período del capitalismo
premonopolista. En las nuevas condiciones históricas, en
el período del capitalismo monopolista, Lenin, partiendo
de la ley, descubierta por él, de la desigualdad del
desarrollo económico y político del capitalismo en la
época del imperialismo, llegó a una nueva conclusión, a
la de la posibilidad de la victoria de la revolución
socialista primero en unos cuantos o, incluso, en un
solo país, y de la imposibilidad de la victoria
simultánea de la revolución en todos los países o en la
mayoría de ellos. Lenin formula por vez primera esta
conclusión nueva en su artículo "La consigua de los
Estados Unidos de Europa" (1915).-
120
[30]
70 El trabajo de Engels "Del socialismo utópico al
socialismo científico" consta de tres capítulos del
"Anti-Dühring" revisados por él con el fin especial de
ofrecer a los obreros una exposición popular de la
doctrina marxista como concepción íntegra.- 98, 121
[*******]
He aquí el pasaje de Hegel referente a la revolución
francesa: «La idea, el concepto de Derecho, se hizo
valer de golpe, sin que pudiese oponerle ninguna
resistencia la vieja armazón de la injusticia. Sobre la
idea del Derecho se ha basado ahora, por tanto, una
Constitución, y sobre ese fundamento debe basarse en
adelante todo. Desde que el Sol alumbra en el firmamento
y los planetas giran alrededor de él, nadie había visto
que el hombre se alzase sobre la cabeza, es decir, sobre
la idea, construyendo con arreglo a ésta la realidad.
Anaxágoras fue el primero que dijo que el nus, la
razón, gobierna el mundo: pero sólo ahora el hombre ha
acabado de comprender que el pensamiento debe gobernar
la realidad espiritual. Era, pues, una espléndida
aurora. Todos los seres pensantes celebraron esta
nueva época. Una sublime emoción reinaba en
aquella época, un entusiasmo del espíritu estremecía
el mundo, como si por vez primera se lograse la
reconciliación del mundo con la divinidad». Hegel,
"Philosophie der Geschichte", 184O, S. 535 (Hegel,
"Filosofía de la Historia", 1840, pág. 535). ¿No habrá
llegado la hora de aplicar la ley contra los socialistas
(22) a estas doctrinas subversivas y atentatorias contra
la sociedad, del difunto profesor Hegel?
[31]
97 Anabaptistas (rebautizados). Los miembros de
esta secta se denominaban así porque reivindicaban un
segundo bautismo a la edad consciente.- 123
[32]
98 Engels se refiere a los «verdaderos levellers»
(«igualadores»), o los «diggers» («cavadores»),
representantes de la extrema izquierda en el período de
la revolución burguesa inglesa del siglo XVII y
portavoces de los intereses de los pobres del campo y de
la ciudad. Reivindicaban la supresión de la propiedad
privada sobre la tierra, propagaban las ideas del
comunismo primitivo igualitario y trataban de llevarlas
a la práctica mediante la roturación colectiva de las
tierras comunales.- 123
[33]
99 Engels se refiere, ante todo, a las obras de los
representantes del comunismo utópico: "Utopía", de Tomás
Moro, y "Ciudad del Sol", de Tomás Campanella.- 123
[34]
100 Epoca del terror: período de la dictadura
democrático-revolucionaria de los jacobinos de junio de
1793 a julio de 1794.- 124
[35]
101 El Directorio constaba de cinco miembros, uno
de los cuales se elegía cada año. Era el órgano
dirigente del poder ejecutivo de Francia en el período
de 1795 a 1799. Apoyaba el régimen de terror contra las
fuerzas democráticas y defendía los intereses de la gran
burguesía.- 124
[36]
102 Trátase de la divisa de la revolución burguesa
francesa de fines del siglo XVIII: «Libertad. Igualdad.
Fraternidad».- 125
[37]
103 New-Lanark: fábrica de hilados de algodón
cerca de la ciudad escocesa de Lanark. Fue fundada en
1784, con un pequeño poblado anejo.- 125
[*]
El 31 de marzo de 1814. (N. de la Edit.)
[38]
104 Los Cien Días: breve período de la
restauración del Imperio de Napoleón I que duró desde el
momento de su regreso del destierro en la isla de Elba a
París, el 20 de marzo de 1815, hasta su segunda
abdicación, el 22 de junio del mismo año.- 128
[39]
105 El 18 de junio de 1815, el ejército de Napoleón I
fue derrotado en la batalla de Waterloo (Bélgica)
por las tropas anglo-holandesas acaudilladas por
Wellington y el ejército prusiano de Blücher.- 128
[*]
De "The Revolution in Mind and Practice" («La revolución
en el espíritu y en la práctica»), un memorial dirigido
a todos «los republicanos rojos, comunistas y
socialistas de Europa» y enviado al Gobierno Provisional
francés de 1848, así como «a la reina Victoria y a sus
consejeros responsables».
[40]
106 En octubre de 1833, en Londres, bajo la presidencia
de Owen, se celebró el Congreso de las sociedades
cooperativas y los sindicatos en el que fue fundada
formalmente la "Gran Unión Consolidada Nacional de las
producciones de Gran Bretaña e Irlanda". Al tropezar con
una gran resistencia por parte de la sociedad burguesa y
del Estado, la Unión se desmoronó en agosto de 1834.-
132
[41]
107 Proudhon hizo un intento de organizar un banco de
intercambio durante la revolución de 1848-1849. Su
"Banque du peuple" (Banco del pueblo) fue fundado en
París el 31 de enero de 1849 y existió cerca de dos
meses, quebrando antes de comenzar a funcionar. A
principios de abril el banco fue clausurado.- 132
[42]
108 Trátase del período comprendido entre el siglo III
a. de n. e. y el siglo VII de n. e., que debe su
denominación a la ciudad egipcia de Alejandría (a
orillas del Mediterráneo), uno de los centros más
importantes de las relaciones económicas internacionales
de aquella época. En el período alejandrino adquirieron
gran desarrollo varias ciencias: las matemáticas, la
mecánica (Euclides y Arquímedes), la geografía, la
astronomía, la anatomía, la fisiología, etc.- 134
[*]
Biblia. Evangelio de Mateo, cap. 5, verso 37. (N.
de la Edit.)
[42]
108 Trátase del período comprendido entre el siglo III
a. de n. e. y el siglo VII de n. e., que debe su
denominación a la ciudad egipcia de Alejandría (a
orillas del Mediterráneo), uno de los centros más
importantes de las relaciones económicas internacionales
de aquella época. En el período alejandrino adquirieron
gran desarrollo varias ciencias: las matemáticas, la
mecánica (Euclides y Arquímedes), la geografía, la
astronomía, la anatomía, la fisiología, etc.- 134
[*]
Biblia. Evangelio de Mateo, cap. 5, verso 37. (N.
de la Edit.)
[*]
Goethe, "Fausto", parte I, escena IV ("Despacho de
Fausto"). (N. de la Edit.)
[*]
No necesitamos explicar que, aun cuando la forma
de apropiación permanezca invariable, el carácter
de la apropiación sufre una revolución por el proceso
que describimos, en no menor grado que la producción
misma. La apropiación de un producto propio y la
apropiación de un producto ajeno son, evidentemente, dos
formas muy distintas de apropiación. Y advertimos de
pasada, que el trabajo asalariado, que contiene ya el
germen de todo el modo capitalista de producción, es muy
antiguo; coexistió durante siglos enteros, en casos
aislados y dispersos, con la esclavitud. Sin embargo,
este germen sólo pudo desarrollarse hasta formar el modo
capitalista de producción cuando se dieron las premisas
históricas adecuadas.
[*]
Véase el apéndice al final. [Engels se refiere aquí a su
trabajo "La Marca" que no figura en la presente edición.
(N. de la Edit.)]
[*]
"La situación de la clase obrera en Inglaterra", pág.
109. (N. de la Edit.)
[**]
Véase C. Marx, "El Capital", tomo I. (N. de la Edit.)
[***]
Ibídem.
[*]
Carrera de obstáculos. (N. de la Edit.)
[*]
Y digo que tiene que hacerse cargo, pues, la
nacionalización sólo representará un progreso económico,
un paso de avance hacia la conquista por la sociedad de
todas las fuerzas productivas, aunque esta medida sea
llevada a cabo por el Estado actual, cuando los medios
de producción o de transporte se desborden ya
realmente de los cauces directivos de una sociedad
anónima, cuando, por tanto, la medida de la
nacionalización sea ya económicamente inevitable.
Pero recientemente, desde que Bismarck emprendió el
camino de la nacionalización, ha surgido una especie de
falso socialismo, que degenera alguna que otra vez en un
tipo especial de socialismo, sumiso y servil, que en
todo acto de nacionalización, hasta en los dictados
por Bismarck, ve una medida socialista. Si la
nacionalización de la industria del tabaco fuese
socialismo, habría que incluir entre los fundadores del
socialismo a Napoleón y a Metternich. Cuando el Estado
belga, por razones políticas y financieras perfectamente
vulgares, decidió construir por su cuenta las
principales líneas férreas del país, o cuando Bismarck,
sin que ninguna necesidad económica le impulsase a ello,
nacionalizó las líneas más importantes de la red
ferroviaria de Prusia, pura y simplemente para así poder
manejarlas y aprovecharlas mejor en caso de guerra, para
convertir al personal de ferrocarriles en ganado
electoral sumiso al gobierno y, sobre todo, para
procurarse una nueva fuente de ingresos sustraída a la
fiscalización del Parlamento, todas estas medidas no
tenían, ni directa ni indirectamente, ni consciente ni
inconscientemente nada de socialistas. De otro modo,
habría que clasificar también entre las instituciones
socialistas a la Real Compañía de Comercio Marítimo
(109), la Real Manufactura de Porcelanas, y hasta los
sastres de compañía del ejército, sin olvidar la
nacionalización de los prostíbulos propuesta muy en
serio, allá por el año treinta y tantos, bajo Federico
Guillermo III, por un hombre muy listo.
[43]
109 "Seehandlung" («Comercio Marítimo»): sociedad de
crédito comercial fundada en 1772 en Prusia. Gozaba de
importantes privilegios estatales y concedía grandes
créditos al gobierno.- 152
[*]
Véase el presente tomo, págs. 22-25 y 31-32 (N. de la
Edit.)
Tomado de Karl Marx y Friedrich Engels.
Biblioteca de Autores Socialistas.
http://www.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/index.htm |