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Ya hemos
seguido el curso de la disolución de la gens en los tres
grandes ejemplos particulares de los griegos, los
romanos y los germanos. Para concluir, investiguemos las
condiciones económicas generales que en el estadio
superior de la barbarie minaban ya la organización
gentil de la sociedad y la hicieron desaparecer con la
entrada en escena de la civilización. "El Capital" de
Marx nos será tan necesario aquí como el libro de
Morgan.
Nacida la gens en el estadio medio y desarrollada en
el estadio superior del salvajismo, según nos lo
permiten juzgar los documentos de que disponemos,
alcanzó su época más floreciente en el estadio
inferior de la barbarie. Por tanto, este grado de
evolución es el que tomaremos como punto de partida.
Aquí,
donde los pieles rojas de América deben servirnos de
ejemplo encontramos completamente desarrollada la
constitución gentilicia. Una tribu se divide en varias
gens; por lo común en dos; al aumentar la población,
cada una de estas gens primitivas se segmenta en varias
gens hijas, para las cuales la gens madre aparece como
fratria; la tribu misma se subdivide en varias tribus,
donde encontramos, en la mayoría de los casos, las
antiguas gens; una confederación, por lo menos en
ciertas ocasiones, enlaza a las tribus emparentadas.
Esta sencilla organización responde por completo a las
condiciones sociales que la han engendrado. No es más
que un agrupamiento espontáneo; es apta para allanar
todos los conflictos que pueden nacer en el seno de una
sociedad así organizada. Los conflictos exteriores los
resuelve la guerra, que puede aniquilar a la tribu, pero
no avasallarla. La grandeza del régimen de la gens, pero
también su limitación, es que en ella no tienen cabida
la dominación ni la servidumbre. En el interior, no
existe aún diferencia entre derechos y deberes; para el
indio no existe el problema de saber si es un derecho o
un deber tomar parte en los negocios sociales, sumarse a
una venganza de sangre o aceptar una compensación; el
planteárselo le parecería tan absurdo como preguntarse
si comer, dormir o cazar es un deber o un derecho.
Tampoco puede haber allí división de la tribu o de la
gens en clases distintas. Y esto nos conduce al examen
de la base económica de este orden de cosas.
La
población está en extremo espaciada, y sólo es densa en
el lugar de residencia de la tribu, alrededor del cual
se extiende en vasto círculo el territorio para la caza;
luego viene la zona neutral del bosque protector que la
separa de otras tribus. La división del trabajo es en
absoluto espontánea: sólo existe entre los dos sexos. El
hombre va a la guerra, se dedica a la caza y a la pesca,
procura las materias primas para el alimento y produce
los objetos necesarios para dicho propósito. La mujer
cuida de la casa, prepara la comida y hace los vestidos;
guisa, hila y cose. Cada uno es el amo en su dominio: el
hombre en la selva, la mujer en la casa. Cada uno es el
propietario de los instrumentos que elabora y usa: el
hombre de sus armas, de sus pertrechos de caza y pesca;
la mujer, de sus trebejos caseros. La economía doméstica
es comunista, común para varias y a menudo para muchas
familias[49].
Lo que se hace y se utiliza en común es de propiedad
común: la casa, los huertos, las canoas. Aquí, y sólo
aquí, es donde existe realmente "la propiedad fruto del
trabajo personal", que los jurisconsultos y los
economistas atribuyen a la sociedad civilizada y que es
el último subterfugio jurídico en el cual se apoya hoy
la propiedad capitalista.
Pero no
en todas partes se detuvieron los hombres en esta etapa.
En Asia encontraron animales que se dejaron primero
domesticar y después criar. Antes había que ir de caza
para apoderarse de la hembra del búfalo salvaje; ahora,
domesticada, esta hembra suministraba cada año una cría
y, por añadidura, leche. Ciertas tribus de las más
adelantadas -los arios, los semitas y quizás los
turanios-, hicieron de la domesticación y después de la
cría y cuidado del ganado su principal ocupación. Las
tribus de pastores se destacaron del resto de la masa de
los bárbaros. Esta fue la primera gran división
social del trabajo. Las tribus pastoriles, no sólo
produjeron muchos más, sino también otros víveres que el
resto de los bárbaros. Tenían sobre ellos la ventaja de
poseer más leche, productos lácteos y carne; además,
disponían de pieles, lanas, pelo de cabra, así como de
hilos y tejidos, cuya cantidad aumentaba con la masa de
las materias primas. Así fue posible, por primera vez,
establecer un intecambio regular de productos. En los
estadios anteriores no puede haber sino cambios
accidentales. Verdad es que una particular habilidad en
la fabricación de las armas y de los instrumentos puede
producir una división transitoria del trabajo. Así, se
han encontrado en muchos sitios restos de talleres, para
fabricar instrumentos de sílice, procedentes de los
últimos tiempos de la Edad de Piedra. Los artífices que
ejercitaban en ellos su habilidad debieron de trabajar
por cuenta de la colectividad, como todavía lo hacen los
artesanos en las comunidades gentilicias de la India. En
todo caso, en esta fase del desarrollo sólo podía haber
cambio en el seno mismo de la tribu, y aun eso con
carácter excepcional. Pero en cuanto las tribus
pastoriles se separaron del resto de los salvajes,
encontramos enteramente formadas las condiciones
necesarias para el cambio entre los miembros de tribus
diferentes y para el desarrollo y consolidación del
cambio como una institución regular. Al principio, el
cambio se hizo de tribu a tribu, por mediación de los
jefes de las gens; pero cuando los rebaños empezaron
poco a poco a ser propiedad privada, el cambio entre
individuos fue predominando más y más y acabó por ser la
forma única. El principal artículo que las tribus de
pastores ofrecían en cambio a sus vecinos era el ganado;
éste llegó a ser la mercancía que valoraba a todas las
demás y se aceptaba con mucho gusto en todas partes a
cambio de ellas; en una palabra, el ganado desempeñó las
funciones de dinero y sirvió como tal ya en aquella
época. Con esa rapidez y precisión se desarrolló desde
el comienzo mismo del cambio de mercancías la necesidad
de una mercancía que sirviese de dinero.
El
cultivo de los huertos, probablemente desconocido para
los bárbaros asiáticos del estadio inferior, apareció
entre ellos mucho más tarde, en el estadio medio, como
precursor de la agricultura. El clima de las mesetas
turánicas no permite la vida pastoril sin provisiones de
forraje para una larga y rigurosa invernada. Así, pues,
era una condición allí necesaria el cultivo pratense y
de cereales. Lo mismo puede decirse de las estepas
situadas al norte del Mar Negro. Pero si al principio se
recolectó el grano para el ganado, no tardó en llegar a
ser también un alimento para el hombre. La tierra
cultivada continuó siendo propiedad de la tribu y se
entregaba en usufructo primero a la gens, después a las
comunidades de familias y, por último, a los individuos.
Estos debieron de tener ciertos derechos de posesión,
pero nada más.
Entre
los descubrimientos industriales de ese estadio, hay dos
importantísimos. El primero es el telar y el segundo, la
fundición de minerales y el labrado de los metales. El
cobre, el estaño y el bronce, combinación de los dos
primeros, eran con mucho los más importantes; el bronce
suministraba instrumentos y armas, pero éstos no podían
sustituir a los de piedra. Esto sólo le era posible al
hierro, pero aún no se sabía cómo obtenerlo. El oro y la
plata comenzaron a emplearse en alhajas y adornos, y
probablemente alcanzaron un valor muy elevado con
relación al cobre y al bronce.
A
consecuencia del desarrollo de todos los ramos de la
producción - ganadería, agricultura, oficios manuales
domésticos-, la fuerza de trabajo del hombre iba
haciéndose capaz de crear más productos que los
necesarios para su sostenimento. También aumentó la suma
de trabajo que correspondía diariamente a cada miembro
de la gens, de la comunidad doméstica o de la familia
aislada. Era ya conveniente conseguir más fuerza de
trabajo, y la guerra la suministró: los prisioneros
fueron transformados en esclavos. Dadas todas las
condiciones históricas de aquel entonces, la primera
gran división social del trabajo, al aumentar la
productividad del trabajo, y por consiguiente la
riqueza, y al extender el campo de la actividad
productora, tenía que traer consigo necesariamente la
esclavitud. De la primera gran división social del
trabajo nació la primera gran escisión de la sociedad en
dos clases: señores y esclavos, explotadores y
explotados.
Nada
sabemos hasta ahora acerca de cuándo y cómo pasaron los
rebaños de propiedad común de la tribu o de las gens a
ser patrimonio de los distintos cabezas de familia;
pero, en lo esencial, ello debió de acontecer en este
estadio. Y con la aparición de los rebaños y las demás
riquezas nuevas, se produjo una revolución en la
familia. La industria había sido siempre asunto del
hombre; los medios necesarios para ella eran producidos
por él y propiedad suya. Los rebaños constituían la
nueva industria; su domesticación al principio y su
cuidado después, eran obra del hombre. Por eso el ganado
le pertenecía, así como las mercancías y los esclavos
que obtenía a cambio de él. Todo el excedente que dejaba
ahora la producción pertenecía al hombre; la mujer
participaba en su consumo, pero no tenía ninguna
participación en su propiedad. El "salvaje", guerrero y
cazador, se había conformado con ocupar en la casa el
segundo lugar, después de la mujer; el pastor, "más
dulce", engreído de su riqueza, se puso en primer lugar
y relegó al segundo a la mujer. Y ella no podía
quejarse. La división del trabajo en la familia había
sido la base para distribuir la propiedad entre el
hombre y la mujer. Esta división del trabajo en la
familia continuaba siendo la misma, pero ahora
trastornaba por completo las relaciones domésticas
existentes por la mera razón de que la división del
trabajo fuera de la familia había cambiado. La misma
causa que había asegurado a la mujer su anterior
supremacía en la casa -su ocupación exclusiva en las
labores domésticas-, aseguraba ahora la preponderancia
del hombre en el hogar: el trabajo doméstico de la mujer
perdía ahora su importancia comparado con el trabajo
productivo del hombre; este trabajo lo era todo; aquél,
un accesorio insignificante. Esto demuestra ya que la
emancipación de la mujer y su igualdad con el hombre son
y seguirán siendo imposibles mientras permanezca
excluída del trabajo productivo social y confinada
dentro del trabajo doméstico, que es un trabajo privado.
La emancipación de la mujer no se hace posible sino
cuando ésta puede participar en gran escala, en escala
social, en la producción y el trabajo doméstico no le
ocupa sino un tiempo insignificante. Esta condición sólo
puede realizarse con la gran industria moderna, que no
solamente permite el trabajo de la mujer en vasta
escala, sino que hasta lo exige y tiende más y más a
transformar el trabajo doméstico privado en una
industria pública.
La
supremacía efectiva del hombre en la casa había hecho
caer los postreros obstáculos que se oponían a su poder
absoluto. Este poder absoluto lo consolidaron y
eternizaron la caída del derecho materno, la
introducción del derecho paterno y el paso gradual del
matrimonio sindiásmico a la monogamia. Pero esto abrió
también una brecha en el orden antiguo de la gens; la
familia particular llegó a ser potencia y se alzó
amenazadora frente a la gens.
El
progreso más inmediato nos conduce al estadio superior
de la barbarie, período en que todos los pueblos
civilizados pasan su época heroica: la edad de la espada
de hierro, pero también del arado y del hacha de hierro.
Al poner este metal a su servicio, el hombre se hizo
dueño de la última y más importante de las materias
primas que representaron en la historia un papel
revolucionario; la última sin contar la patata. El
hierro hizo posible la agricultura en grandes áreas, el
desmonte de las más extensas comarcas selváticas; dio al
artesano un instrumento de una dureza y un filo que
ninguna piedra y ningún otro metal de los conocidos
entonces podía tener. Todo esto acaeció poco a poco; el
primer hierro era aún a menudo más blando que el bronce.
Por eso el arma de piedra fue desapareciendo con
lentitud; no sólo en el canto de Hildebrando, sino
también en la batalla de Hastings, en 1066, aparecen en
el combate las hachas de piedra. Pero el progreso era ya
incontenible, menos intermitente y más rápido. La
ciudad, encerrando dentro de su recinto de murallas,
torres y almenas de piedra, casas también de piedra y de
ladrillo, se hizo la residencia central de la tribu o de
la confederación de tribus. Fue esto un progreso
considerable en la arquitectura, pero también una señal
de peligro creciente y de necesidad de defensa. La
riqueza aumentaba con rapidez, pero bajo la forma de
riqueza individual; el arte de tejer, el labrado de los
metales y otros oficios, cada vez más especializados,
dieron una variedad y una perfección creciente a la
producción; la agricultura empezó a suministrar, además
de grano, legumbres y frutas, aceite y vino, cuya
preparación habíase aprendido. Un trabajo tan variado no
podía ser ya cumplido por un solo individuo y se produjo
la segunda gran división del trabajo: los oficios
se separaron de la agricultura. El constante crecimiento
de la producción, y con ella de la productividad del
trabajo, aumentó el valor de la fuerza de trabajo del
hombre; la esclavitud, aún en estado naciente y
esporádico en el anterior estadio, se convirtió en un
elemento esencial del sistema social. Los esclavos
dejaron de ser simples auxiliares y los llevaban por
decenas a trabajar en los campos o en lose talleres. Al
escindirse la producción en las dos ramas principales
-la agricultura y los oficios manuales-, nació la
producción directa para el cambio, la producción
mercantil, y con ella el comercio, no sólo en el
interior y en las fronteras de la tribu, sino también
por mar. Todo esto tenía aún muy poco desarrollo. Los
metales preciosos empezaban a convertirse en la
mercancía moneda, dominante y universal; sin embargo, no
se acuñaban aún y sólo se cambiaban al peso.
La
diferencia entre ricos y pobres se sumó a la existente
entre libres y esclavos; de la nueva división del
trabajo resultó una nueva escisión de la sociedad de
clases. La desproporción de los distintos cabezas de
familia destruyó las antiguas comunidades comunistas
domésticas en todas partes donde se habían mantenido
hasta entonces; con ello se puso fin al trabajo común de
la tierra por cuenta de dichas comunidades. El suelo
cultivable se distribuyó entre las familias
particulares; al principio de un modo temporal, y más
tarde para siempre; el paso a la propiedad privada
completa se realizó poco a poco, paralelamente al
tránsito del matrimonio sindiásmico, a la monogamia. La
familia individual empezó a convertirse en la unidad
económica de la sociedad.
La
creciente densidad de la población requirió lazos más
estrechos en el interior y frente al exterior; la
confederación de tribus consanguíneas llegó a ser en
todas partes una necesidad, como lo fue muy pronto su
fusión y la reunión de los territorios de las distintas
tribus en el territorio común del pueblo. El jefe
militar del pueblo -rex, basileus, thiudans-
llegó a ser un funcionario indispensable y permanente.
La asamblea del pueblo se creció allí donde aún no
existía. El jefe militar, el consejo y la asamblea del
pueblo constituían los órganos de la democracia militar
salida de la sociedad gentilicia. Y esta democracia era
militar porque la guerra y la organización para la
guerra constituían ya funciones regulares de la vida del
pueblo. Los bienes de los vecinos excitaban la codicia
de los pueblos, para quienes la adquisición de riquezas
era ya uno de los primeros fines de la vida. Eran
bárbaros: el saqueo les parecía más fácil y hasta más
honroso que el trabajo productivo. La guerra, hecha
anteriormente sólo para vengar la agresión o con el fin
de extender un territorio que había llegado a ser
insuficiente, se libraba ahora sin más propósito que el
saqueo y se convirtió en una industria permanente. Por
algo se alzaban amenazadoras las murallas alrededor de
las nuevas ciudades fortificadas: sus fosos eran la
tumba de la gens y sus torres alcanzaban ya la
civilización. En el interior ocurrió lo mismo. Las
guerras de rapiña aumentaban el poder del jefe militar
superior, como el de los jefes inferiores; la elección
habitual de sus sucesores en las mismas familias, sobre
todo desde que se hubo introducido el derecho paterno,
paso poco a poco a ser sucesión hereditaria, tolerada al
principio, reclamada después y usurpada por último; con
ello se echaron los cimientos de la monarquía y de la
nobleza hereditaria. Así los organismos de la
constitución gentilicia fueron rompiendo con las raíces
que tenían en el pueblo, en la gens, en la fratria y en
la tribu, con lo que todo el régimen gentilicio se
transformó en su contrario: de una organización de
tribus para la libre regulación de sus propios asuntos,
se trocó en una organización para saquear y oprimir a
los vecinos; con arreglo a esto, sus organismos dejaron
de ser instrumento de la voluntad del pueblo y se
convirtieron en organismos independientes para dominar y
oprimir al propio pueblo. Esto nunca hubiera sido
posible si el sórdido afán de riquezas no hubiese
dividido a los miembros de la gens en ricos y pobres,
"si la diferencia de bienes en el seno de una misma gens
no hubiese transformado la comunidad de intereses en
antagonismo entre los miembros de la gens" (Marx) y si
la extensión de la esclavitud no hubiese comenzado a
hacer considerar el hecho de ganarse la vida por medio
del trabajo como un acto digno tan sólo de un esclavo y
más deshonroso que la rapiña.
* * *
Henos ya
en los umbrales de la civilización, que se inicia por un
nuevo progreso de la división del trabajo. En el estadio
más inferior, los hombres no producían sino directamente
para satisfacer sus propias necesidades; los pocos actos
de cambio que se efectuaban eran aislados y sólo tenían
por objeto excedentes obtenidos por casualidad. En el
estadio medio de la barbarie, encontramos ya en los
pueblos pastores una propiedad en forma de ganado, que,
si los rebaños son suficientemente grandes, suministra
con regularidad un excedente sobre el consumo propio; al
mismo tiempo encontramos una división del trabajo entre
los pueblos pastores y las tribus atrasadas, sin
rebaños; y de ahí dos grados de producción diferentes
uno junto a otro y, por tanto, las condiciones para un
cambio regular. El estadio superior de la barbarie
introduce una división más grande aún del trabajo: entre
la agricultura y los oficios manuales; de ahí la
producción cada vez mayor de objetos fabricados
directamente para el cambio y la elevación del cambio
entre productores individuales a la categoría de
necesidad vital de la sociedad. La civilización
consolida y aumenta todas estas divisiones del trabajo
ya existentes, sobre todo acentuando el contraste entre
la ciudad y el campo (lo cual permite a la ciudad
dominar económicamente al campo, como en la antigüedad,
o al campo dominar económicamente a la ciudad, como en
la Edad Media), y añade una tercera división del
trabajo, propio de ella y de capital importancia,
creando una clase que no se ocupa de la producción, sino
únicamente del cambio de los productos: los
mercaderes. Hasta aquí sólo la producción había
determinado los procesos de formación de clases nuevas;
las personas que tomaban parte en ella se dividían en
directores y ejecutores o en productores en grande y en
pequeña escala. Ahora aparece por primera vez una clase
que, sin tomar la menor parte en la producción, sabe
conquistar su dirección general y avasallar
económicamente a los productores; una clase que se
convierte en el intermediario indispensable entre cada
dos productores y los explota a ambos. So pretexto de
desembarazar a los productores de las fatigas y los
riesgos del cambio, de extender la salida de sus
productos hasta los mercados lejanos y llegar a ser así
la clase más útil de la población, se forma una clase de
parásitos, una clase de verdaderos gorrones de la
sociedad, que como compensación por servicios en
realidad muy mezquinos se lleva la nata de la producción
patria y extranjera, amasa rápidamente riquezas enormes
y adquiere una influencia social proporcionada a éstas
y, por eso mismo, durante el período de la civilización,
va ocupando una posición más y más honorífica y logra un
dominio cada vez mayor sobre la producción, hasta que
acaba por dar a luz un producto propio: las crisis
comerciales periódicas.
Verdad
es que en el grado de desarrollo que estamos analizando,
la naciente clase de los mercaderes no sospechaba aún
las grandes cosas a que estaba destinada. Pero se formó
y se hizo indispensable, y esto fue suficiente. Con ella
apareció el "dinero metálico", la moneda acuñada, nuevo
medio para que el no productor dominara al productor y a
su producción. Se había hallado la mercancía por
excelencia, que encierra en estado latente todas las
demás, el medio mágico que puede transformarse a
voluntad en todas las cosas deseables y deseadas. Quien
la poseía era dueño del mundo de la producción. ¿Y quién
la poseyó antes que todos? El mercader. En sus manos, el
culto del dinero estaba bien seguro. El mercader se
cuidó de esclarecer que todas las mercancías, y con
ellas todos sus productores, debían prosternarse ante el
dinero. Probó de una manera práctica que todas las demás
formas de la riqueza no eran sino una quimera frente a
esta encarnación de riqueza como tal. De entonces acá,
nunca se ha manifestado el poder del dinero con tal
brutalidad, con semejante violencia primitiva como en
aquel período de su juventud. Después de la compra de
mercancías por dinero, vinieron los préstamos y con
ellos el interés y la usura. Ninguna legislación
posterior arroja tan cruel e irremisiblemente al deudor
a los pies del acreedor usurero, como lo hacían las
leyes de la antigua Atenas y de la antigua Roma; y en
ambos casos esas leyes nacieron espontáneamente, bajo la
forma de derecho consuetudinario, sin más compulsión que
la económica.
Junto a
la riqueza en mercancías y en esclavos, junto a la
fortuna en dinero, apareció también la riqueza
territorial. El derecho de posesión sobre las parcelas
del suelo, concedido primitivamente a los individuos por
la gens o por la tribu, se había consolidado hasta el
punto de que esas parcelas les pertenecían como bienes
hereditarios. Lo que en los últimos tiempos habían
reclamado ante todo era quedar libres de los derechos
que tenía sobre esas parcelas la comunidad gentilicia,
derechos que se habían convertido para ellos en una
traba. Esa traba desapareció, pero al poco tiempo
desaparecía también la nueva propiedad territorial. La
propiedad plena y libre del suelo no significaba tan
sólo facultad de poseerlo íntegramente, sin restricción
alguna, sino que también quería decir facultad de
enajenarlo. Esta facultad no existió mientras el suelo
fue propiedad de la gens. Pero cuando el nuevo
propietario suprimió de una manera definitiva las trabas
impuestas por la propiedad suprema de la gens y de la
tribu, rompió también el vínculo que hasta entonces lo
unía indisolublemente con el suelo. Lo que esto
significaba se lo enseñó el dinero descubierto al mismo
tiempo que advenía la propiedad privada de la tierra. El
suelo podía ahora convertirse en una mercancía
susceptible de ser vendida o pignorada. Apenas se
introdujo la propiedad privada de la tierra, se inventó
la hipoteca (véase Atenas). Así como el heterismo y la
prostitución pisan los talones a la monogamia, de igual
modo, a partir de este momento, la hipoteca se aferra a
los faldones de la propiedad inmueble. ¿No quisisteis
tener la propiedad del suelo completa, libre,
enajenable?
Pues, bien ¡ya la tenéis! <<Tu l'as voulu, George
Dandin!>>
[50].
Así,
junto a la extensión del comercio, junto al dinero y la
usura, junto a la propiedad territorial y la hipoteca
progresaron rápidamente la concentración y la
centralización de la fortuna en manos de una clase poco
numerosa, lo que fue acompañado del empobrecimiento de
las masas y del aumento numérico de los pobres. La nueva
aristocracia de la riqueza, en todas partes donde no
coincidió con la antigua nobleza tribal, acabó por
arrinconar a ésta (en Atenas, en Roma y entre los
germanos). Y junto con esa división de los hombres
libres en clases con arreglo a sus bienes, se produjo,
sobre todo en Grecia, un enorme acrecentamiento del
número de esclavos
[51], cuyo trabajo forzado formaba la base de todo
el edificio social.
Veamos
ahora cuál fue la suerte de la gens en el curso de esta
revolución social. Era impotente ante los nuevos
elementos que habían crecido sin su concurso. Su primera
condición de existencia era que los miembros de una gens
o de una tribu estuviesen reunidos en el mismo
territorio y habitasen en él exclusivamente. Ese estado
de cosas había concluido hacia ya mucho. En todas partes
estaban mezcladas gens y tribus; en todas partes
esclavos, clientes y extranjeros vivían entre los
ciudadanos. La vida sedentaria, alcanzada sólo hacia el
fin del Estado medio de la barbarie, veíase alterada con
frecuencia por la movilidad y los cambios de residencia
debidos al comercio, a los cambios de ocupación y a las
enajenaciones de la tierra. Los miembros de las uniones
gentilicias no podían reunirse ya para resolver sus
propios asuntos comunes; la gens sólo se ocupaba de
cosas de menor importancia, como las fiestas religiosas,
y eso a medias. Junto a las necesidades y los intereses
para cuya defensa eran aptas y se habían formado las
uniones gentilicias, la revolución en las relaciones
económicas y la diferenciación social resultante de ésta
habían dado origen a nuevas necesidades y nuevos
intereses, que no sólo eran extraños, sino opuestos en
todos los sentidos al antiguo orden gentilicio. Los
intereses de los grupos de artesanos nacidos de la
división del trabajo, las necesidades particulares de la
ciudad, opuestas a las del campo, exigían organismos
nuevos; pero cada uno de esos grupos se componía de
personas pertenecientes a las gens, fratrias y tribus
más diversas, y hasta de extranjeros. Esos organismos
tenían, pues, que formarse necesariamente fuera del
régimen gentilicio, aparte de él y, por tanto, contra
él. Y en cada corporación de gentiles a su vez se dejaba
sentir este conflicto de intereses, que alcanzaba su
punto culminante en la reunión de pobres y ricos, de
usureros y deudores dentro de la misma gens y de la
misma tribu. A esto añadíase la masa de la nueva
población extraña a las asociaciones gentilicias, que
podía llegar a ser una fuerza en el país, como sucedió
en Roma, y que, al mismo tiempo, era harto numerosa para
poder ser admitida gradualmente en las estirpes y tribus
consanguíneas. Las uniones gentilicias figuraban frente
a esa masa como corporaciones cerradas, privilegiadas;
la democracia primitiva, espontánea, se había
transformado en una detestable aristocracia. En una
palabra, el régimen de la gens, fruto de una sociedad
que no conocía antagonismos interiores, no era adecuado
sino para una sociedad de esta clase. No tenía más
medios coercitivos que la opinión pública. Pero acababa
de surgir una sociedad que, en virtud de las condiciones
económicas generales de su existencia, había tenido que
dividirse en hombres libres y en esclavos, en
explotadores ricos y en explotados pobres; una sociedad
que no sólo no podía conciliar estos antagonismos, sino
que, por el contrario, se veía obligada a llevarlos a
sus límites extremos. Una sociedad de este género no
podía existir sino en medio de una lucha abierta e
incesante de estas clases entre sí o bajo el dominio de
un tercer poder que, puesto aparentemente por encima de
las clases en lucha, suprimiera sus conflictos abiertos
y no permitiera la lucha de clases más que en el terreno
económico, bajo la forma llamada legal. El régimen
gentilicio era ya algo caduco. Fue destruido por la
división del trabajo, que dividió la sociedad en clases,
y remplazado por el Estado.
* * *
Hemos
estudiado ya una por una las tres formas principales en
que el Estado se alza sobre las ruinas de la gens.
Atenas presenta la forma más pura y preponderantemente
de los antagonismos de clase que se desarrollaban en el
seno mismo de la sociedad gentilicia. En Roma la
sociedad gentilicia se convirtió en una aristocracia
cerrada en medio de una plebe numerosa y mantenida
aparte, sin derechos, pero con deberes; la victoria de
la plebe destruyó la antigua constitución de la gens e
instituyó sobre sus ruinas el Estado, donde no tardaron
en confundirse la aristocracia gentilicia y la plebe.
Por último, entre los germanos vencedores del imperio
romano el Estado surgió directamente de la conquista de
vastos territorios extranjeros que el régimen gentilicio
era impotente para dominar. Pero como a esa conquista no
iba unida una lucha seria con la antigua población, ni
una división más progresiva del trabajo; como el grado
de desarrollo económico de los vencidos y de los
vencedores era casi el mismo, y, por consiguiente,
subsistía la antigua base económica de la sociedad, la
gens pudo sostenerse a través de largos siglos, bajo una
forma modificada, territorial, en la constitución de la
marca, y hasta rejuvenecerse durante cierto tiempo, bajo
una forma atenuada, en gens nobles y patricias
posteriores y hasta en gens campesinas como en
Dithmarschen[52].
Así,
pues, el Estado no es de ningún modo un poder impuesto
desde fuera de la sociedad; tampoco es "la realidad de
la idea moral", "ni la imagen y la realidad de la
razón", como afirma Hegel. Es más bien un producto de la
sociedad cuando llega a un grado de desarrollo
determinado; es la confesión de que esa sociedad se ha
enredado en una irremediable contradicción consigo misma
y está dividida por antagonismos irreconciliables, que
es impotente para conjurar. Pero a fin de que estos
antagonismos, estas clases con intereses económicos en
pugna no se devoren a sí mismas y no consuman a la
sociedad en una lucha estéril, se hace necesario un
poder situado aparentemente por encima de la sociedad y
llamado a amortiguar el choque, a mantenerlo en los
límites del "orden". Y ese poder, nacido de la sociedad,
pero que se pone por encima de ella y se divorcia de
ella más y más, es el Estado.
Frente a
la antigua organización gentilicia, el Estado se
caracteriza en primer lugar por la agrupación de sus
súbditos según "divisiones territoriales". Las antiguas
asociaciones gentilicias, constituidas y sostenidas por
vínculos de sangre, habían llegado a ser, según lo hemos
visto, insuficientes en gran parte, porque suponían la
unión de los asociados con un territorio determinado, lo
cual había dejado de suceder desde largo tiempo atrás.
El territorio no se había movido, pero los hombres sí.
Se tomó como punto de partida la división territorial, y
se dejó a los ciudadanos ejercer sus derechos y sus
deberes sociales donde se hubiesen establecido,
independientemente de la gens y de la tribu. Esta
organización de los súbditos del Estado conforme al
territorio es común a todos los Estados. Por eso nos
parece natural; pero en anteriores capítulos hemos visto
cuán porfiadas y largas luchas fueron menester antes de
que en Atenas y en Roma pudiera sustituir a la antigua
organización gentilicia.
El
segundo rasgo característico es la institución de una
"fuerza pública", que ya no es el pueblo armado. Esta
fuerza pública especial hácese necesaria porque desde la
división de la sociedad en clases es ya imposible una
organización armada espontánea de la población. Los
esclavos también formaban parte de la población; los
90.000 ciudadanos de Atenas sólo constituían una clase
privilegiada, frente a los 365.000 esclavos. El ejército
popular de la democracia ateniense era una fuerza
pública aristocrática contra los esclavos, a quienes
mantenía sumisos; mas, para tener a raya a los
ciudadanos, se hizo necesaria también una policía, como
hemos dicho anteriormente. Esta fuerza pública existe en
todo Estado; y no está formada sólo por hombres armados,
sino también por aditamentos materiales, las cárceles y
las instituciones coercitivas de todo género, que la
sociedad gentilicia no conocía. Puede ser muy poco
importante, o hasta casi nula, en las sociedades donde
aún no se han desarrollado los antagonismos de clase y
en territorios lejanos, como sucedió en ciertos lugares
y épocas en los Estados Unidos de América. Pero se
fortalece a medida que los antagonismos de clase se
exacerban dentro del Estado y a medida que se hacen más
grandes y más poblados los Estados colindantes. Y si no,
examínese nuestra Europa actual, donde la lucha de
clases y la rivalidad en las conquistas han hecho crecer
tanto la fuerza pública, que amenaza con devorar a la
sociedad entera y aun al Estado mismo.
Para
sostener en pie esa fuerza pública, se necesitan
contribuciones por parte de los ciudadanos del Estado:
los "impuestos". La sociedad gentilicia nunca tuvo idea
de ellos, pero nosotros los conocemos bastante bien. Con
los progresos de la civilización, incluso los impuestos
llegan a ser poco; el Estado libra letras sobre el
futuro, contrata empréstitos, contrae "deudas de
Estado". También de esto puede hablarnos, por propia
experiencia, la vieja Europa.
Dueños
de la fuerza pública y del derecho de recaudar los
impuestos, los funcionarios, como órganos de la
sociedad, aparecen ahora situados por encima de
ésta. El respeto que se tributaba libre y
voluntariamente a los órganos de la constitución
gentilicia ya no les basta, incluso si pudieran ganarlo;
vehículos de un Poder que se ha hecho extraño a la
sociedad, necesitan hacerse respetar por medio de las
leyes de excepción, merced a las cuales gozan de una
aureola y de una inviolabilidad particulares. El más
despreciable polizonte del Estado civilizado tiene más
<<autoridad>> que todos los órganos del poder de la
sociedad gentilicia reunidos; pero el príncipe más
poderoso, el más grande hombre público o guerrero de la
civilización, puede envidiar al más modesto jefe gentil
el respeto espontáneo y universal que se le profesaba.
El uno se movía dentro de la sociedad; el otro se ve
forzado a pretender representar algo que está fuera y
por encima de ella. Como el Estado nació de la necesidad
de refrenar los antagonismos de clase, y como, al mismo
tiempo, nació en medio del conflicto de esas clases, es,
por regla general, el Estado de la clase más poderosa,
de la clase económicamente dominante, que, con ayuda de
él, se convierte también en la clase políticamente
dominante, adquiriendo con ello nuevos medios para la
represión y la explotación de la clase oprimida. Así, el
Estado antiguo era, ante todo, el Estado de los
esclavistas para tener sometidos a los esclavos; el
Estado feudal era el órgano de que se valía la nobleza
para tener sujetos a los campesinos siervos, y el
moderno Estado representativo es el instrumento de que
se sirve el capital para explotar el trabajo asalariado.
Sin embargo, por excepción, hay períodos en que las
clases en lucha están tan equilibradas, que el poder del
Estado, como mediador aparente, adquiere cierta
independencia momentánea respecto a una y otra. En este
caso se halla la monarquía absoluta de los siglos XVII y
XVIII, que mantenía a nivel la balanza entre la nobleza
y la burguesía; y en este caso estuvieron el
bonapartismo del Primer Imperio francés
[53], y sobre todo el del Segundo, valiéndose de los
proletarios contra la clase media, y de ésta contra
aquéllos. La más reciente producción de esta especie,
donde opresores y oprimidos aparecen igualmente
ridículos, es el nuevo imperio alemán de la nación
bismarckiana: aquí se contrapesa a capitalistas y
trabajadores unos con otros, y se les extrae el jugo sin
distinción en provecho de los junkers prusianos de
provincias, venidos a menos.
Además,
en la mayor parte de los Estados históricos los derechos
concedidos a los ciudadanos se gradúan con arreglo a su
fortuna, y con ello se declara expresamente que el
Estado es un organismo para proteger a la clase que
posee contra la desposeída. Así sucedía ya en Atenas y
en Roma, donde la clasificación era por la cuantía de
los bienes de fortuna. Lo mismo sucede en el Estado
feudal de la Edad Media, donde el poder político se
distribuyó según la propiedad territorial. Y así lo
observamos en el censo electoral de los Estados
representativos modernos. Sin embargo, este
reconocimiento político de la diferencia de fortunas no
es nada esencial. Por el contrario, denota un grado
inferior en el desarrollo del Estado. La forma más
elevada del Estado, la república democrática, que en
nuestras condiciones sociales modernas se va haciendo
una necesidad cada vez más ineludible, y que es la única
forma de Estado bajo la cual puede darse la batalla
última y definitiva entre el proletariado y la
burguesía, no reconoce oficialmente diferencias de
fortuna. En ella la riqueza ejerce su poder
indirectamente, pero por ello mismo de un modo más
seguro. De una parte, bajo la forma de corrupción
directa de los funcionarios, de lo cual es América un
modelo clásico, y, de otra parte, bajo la forma de
alianza entre el gobierno y la Bolsa. Esta alianza se
realiza con tanta mayor facilidad, cuanto más crecen las
deudas del Estado y más van concentrando en sus manos
las sociedades por acciones, no sólo el transporte, sino
también la producción misma, haciendo de la Bolsa su
centro. Fuera de América, la nueva república francesa es
un patente ejemplo de ello, y la buena vieja Suiza
también ha hecho su aportación en este terreno. Pero que
la república democrática no es imprescindible para esa
unión fraternal entre la Bolsa y el gobierno, lo prueba,
además de Inglaterra, el nuevo imperio alemán, donde no
puede decirse a quién ha elevado más arriba el sufragio
universal, si a Bismarck o a Bleichröder. Y, por último,
la clase poseedora impera de un modo directo por medio
del sufragio universal. Mientras la clase oprimida -- en
nuestro caso el proletariado-- no está madura para
libertarse ella misma, su mayoría reconoce el orden
social de hoy como el único posible, y políticamente
forma la cola de la clase capitalista, su extrema
izquierda. Pero a medida que va madurando para
emanciparse ella misma, se constituye como un partido
independiente, elige sus propios representantes y no los
de los capitalistas. El sufragio universal es, de esta
suerte, el índice de la madurez de la clase obrera. No
puede llegar ni llegará nunca a más en el Estado actual,
pero esto es bastante. El día en que el termómetro del
sufragio universal marque para los trabajadores el punto
de ebullición, ellos sabrán, lo mismo que los
capitalistas, qué deben hacer.
Por
tanto, el Estado no ha existido eternamente. Ha habido
sociedades que se las arreglaron sin él, que no tuvieron
la menor noción del Estado ni de su poder. Al llegar a
cierta fase del desarrollo económico, que estaba ligada
necesariamente a la división de la sociedad en clases,
esta división hizo del Estado una necesidad. Ahora nos
aproximamos con rapidez a una fase de desarrollo de la
producción en que la existencia de estas clases no sólo
deja de ser una necesidad, sino que se convierte
positivamente en un obstáculo para la producción. Las
clases desaparecerán de un modo tan inevitable como
surgieron en su día. Con la desaparición de las clases
desaparecerá inevitablemente el Estado. La sociedad,
reorganizando de un modo nuevo la producción sobre la
base de una asociación libre de productores iguales,
enviará toda la máquina del Estado al lugar que entonces
le ha de corresponder: al museo de antigüedades, junto a
la rueca y al hacha de bronce.
* * *
Por todo
lo que hemos dicho, la civilización es, pues, el estadio
de desarrollo de la sociedad en que la división del
trabajo, el cambio entre individuos que de ella deriva,
y la producción mercantil que abarca a una y otro,
alcanzan su pleno desarrollo y ocasionan una revolución
en toda la sociedad anterior.
En todos
los estadios anteriores de la sociedad, la producción
era esencialmente colectiva y el consumo se efectuaba
también bajo un régimen de reparto directo de los
productos, en el seno de pequeñas o grandes
colectividades comunistas. Esa producción colectiva se
realizaba dentro de los más estrechos límites, pero
llevaba aparejado el dominio de los productores sobre el
proceso de la producción y sobre su producto. Estos
sabían qué era del producto: lo consumían, no salía de
sus manos. Y mientras la producción se efectuó sobre
esta base, no pudo sobreponerse a los productores, ni
hacer surgir frente a ellos el espectro de poderes
extraños, cual sucede regular e inevitablemente en la
civilización.
Pero en
este modo de producir se introdujo lentamente la
división del trabajo, la cual minó la comunidad de
producción y de apropiación, erigió en regla
predominante la apropiación individual, y de ese modo
creó el cambio entre individuos (ya examinamos
anteriormente cómo). Poco a poco, la producción
mercantil se hizo la forma dominante.
Con la
producción mercantil, producción no ya para el consumo
personal, sino para el cambio, los productos pasan
necesariamente de unas manos a otras. El productor se
separa de su producto en el cambio, y ya no sabe qué se
hace de él. Tan pronto como el dinero, y con él el
mercader, interviene como intermediario entre los
productores, se complica más el sistema de cambio y se
vuelve todavía más incierto el destino final de los
productos. Los mercaderes son muchos y ninguno de ellos
sabe lo que hacen los demás. Ahora las mercancías no
sólo van de mano en mano, sino de mercado en mercado;
los productores han dejado ya de ser dueños de la
producción total de las condiciones de su propia vida, y
los comerciantes tampoco han llegado a serlo. Los
productos y la producción están entregados al azar.
Pero el
azar no es más que uno de los polos de una
interdependencia, el otro polo de la cual se llama
necesidad. En la naturaleza, donde también parece
dominar el azar, hace mucho tiempo que hemos dernostrado
en cada dominio particular la necesidad inmanente y las
leyes internas que se afirman en aquel azar. Y lo que es
cierto para la naturaleza, también lo es para la
sociedad. Cuanto más escapa del control consciente del
hombre y se sobrepone a él una actividad social, una
serie de procesos sociales, cuando más abandonada parece
esa actividad al puro azar, tanto más las leyes propias,
inmanentes, de dicho azar, se manifiestan como una
necesidad natural. Leyes análogas rigen las
eventualidades de la producción mercantil y del cambio
de las mercancías; frente al productor y al comerciante
aislados, surgen como factores extraños y desconocidos,
cuya naturaleza es preciso desentrañar y estudiar con
suma meticulosidad. Estas leyes económicas de la
producción mercantil se modifican según los diversos
grados de desarrollo de esta forma de producir; pero, en
general, todo el período de la civilización está regido
por ellas. Hoy, el producto domina aún al productor;
hoy, toda la producción social está aún regulada, no
conforme a un plan elaborado en común, sino por leyes
ciegas que se imponen con la violencia de los elementos,
en último término, en las tempestades de las crisis
comerciales periódicas.
Hemos
visto cómo en un estadio bastante temprano del
desarrollo de la producción, la fuerza de trabajo del
hombre llega a ser apta para suministrar un producto
mucho más cuantioso de lo que exige el sustento de los
productores, y cómo este estadio de desarrollo es, en lo
esencial, el mismo donde nacen la división del trabajo y
el cambio entre individuos. No tardó mucho en ser
descubierta la gran <<verdad>> de que el hombre también
podía servir de mercancía, de que la fuerza de trabajo
del hombre podía llegar a ser un objeto de cambio y de
consumo si se hacía del hombre un esclavo. Apenas
comenzaron los hombres a practicar el cambio, ellos
mismos se vieron cambiados. La voz activa se convirtió
en voz pasiva, independientemente de la voluntad de los
hombres.
Con la
esclavitud, que alcanzó su desarrollo máximo bajo la
civilización, realizóse la primera gran escisión de la
sociedad en una clase explotadora y una clase explotada.
Esta escisión se ha sostenido durante todo el período
civilizado. La esclavitud es la primera forma de la
explotación, la forma propia del mundo antiguo; le
suceden la servidumbre, en la Edad Media, y el trabajo
asalariado en los tiempos modernos. Estas son las tres
grandes formas del avasallamiento, que caracterizan las
tres grandes épocas de la civilización; ésta va siempre
acompañada de la esclavitud, franca al principio, más o
menos disfrazada después.
El
estadio de la producción de mercancías, con el que
comienza la civilización, se distinguc desde el punto de
vista económico por la introducción: 1) de la moneda
metálica, y con ella del capital en dinero, del interés
y de la usura; 2) de los mercaderes, como clase
intermediaria entre los productores; 3) de la propiedad
privada de la tierra y de la hipoteca, y 4) del trabajo
de los esclavos como forma dominante de la producción.
La forma de familia que corresponde a la civilización y
vence definitivamente con ella es la monogamia, la
supremacía del hombre sobre la mujer, y la familia
individual como unidad económica de la sociedad. La
fuerza cohesiva de la sociedad civilizada la constituye
el Estado, que, en todos los períodos típicos, es
exclusivamente el Estado de la clase dominante y, en
todos los casos, una máquina esencialmente destinada a
reprimir a la clase oprimida y explotada. También es
característico de la civilización, por una parte, fijar
la oposición entre la ciudad y el campo como base de
toda la división del trabajo social; y, por otra parte,
introducir los testamentos, por medio de los cuales el
propietario puede disponer de sus bienes aun después de
su muerte. Esta institución, que es un golpe directo a
la antigua constitución de la gens, era desconocida en
Atenas aun en los tiempos de Solón; se introdujo muy
pronto en Roma, pero ignoramos en qué época
[54]. En Alemania la implantaron los clérigos para
que los cándidos alemanes pudiesen instituir con toda
libertad legados a favor de la Iglesia.
Con este
régimen como base, la civilización ha realizado cosas de
las que distaba muchísimo de ser capaz la antigua
sociedad gentilicia. Pero las ha llevado a cabo poniendo
en movimiento los impulsos y pasiones más viles de los
hombres y a costa de sus mejores disposiciones. La
codicia vulgar ha sido la fuerza motriz de la
civilización desde sus primeros días hasta hoy, su único
objetivo determinante es la riqueza, otra vez la riqueza
y siempre la riqueza, pero no la de la sociedad, sino la
de tal o cual miserable individuo. Si a pesar de eso han
correspondido a la civilización el desarrollo creciente
de la ciencia y reiterados períodos del más opulento
esplendor del arte, sólo ha acontecido así porque sin
ello hubieran sido imposibles, en toda su plenitud, las
actuales realizaciones en la acumulación de riquezas.
Siendo
la base de la civilización la explotación de una clase
por otra, su desarrollo se opera en una constante
contradicción. Cada progreso de la producción es al
mismo tiempo un retroceso en la situación de la clase
oprimida, es decir, de la inmensa mayoría. Cada
beneficio para unos es por necesidad un perjuicio para
otros; cada grado de emancipación conseguido por una
clase es un nuevo elemento de opresión para la otra. La
prueba más elocuente de esto nos la da la introducción
de la maquinaria, cuyos efectos conoce hoy el mundo
entero. Y si, como hemos visto, entre los bárbaros
apenas puede establecerse la diferencia entre los
derechos y los deberes, la civilización señala entre
ellos una diferencia y un contraste que saltan a la
vista del hombre menos inteligente, en el sentido de que
da casi todos los derechos a una clase y casi todos los
deberes a la otra.
Pero eso
no debe ser. Lo que es bueno para la clase dominante,
debe ser bueno para la sociedad con la cual se
identifica aquélla. Por ello, cuanto más progresa la
civilización, más obligada se cree a cubrir con el manto
de la caridad los males que ha engendrado fatalmente, a
pintarlos de color de rosa o a negarlos. En una palabra,
introduce una hipocresía convencional que no conocían
las primitivas formas de la sociedad ni aun los primeros
grados de la civilización, y que llega a su cima en la
declaración: la explotación de la clase oprimida es
ejercida por la clase explotadora exclusiva y únicamente
en beneficio de la clase explotada; y si esta última no
lo reconoce así y hasta se muestra rebelde, esto
constituye por su parte la más negra ingratitud hacia
sus bienhechores, los explotadores
[55].
Y, para
concluir, véase el juicio que acerca de la civilización
emite Morgan:
"Los hermanos se harán la guerra
y se convertirán en asesinos unos de otros; hijos de
hermanas romperán sus lazos de estirpe".
"Desde el advenimiento de
la civilización ha llegado a ser tan enorme el
acrecentamiento de la riqueza, tan diversas las formas
de este acrecentamiento, tan extensa su aplicación y tan
hábil su administración en beneficio de los
propietarios, que esa riqueza se ha constituido en
una fuerza irreductible opuesta al pueblo. La
inteligencia humana se ve impotente y desconcertada ante
su propia creación. Pero, sin embargo, llegará un
tiempo en que la razón humana sea suficientemente fuerte
para dominar a la riqueza, en que fije las relaciones
del Estado con la propiedad que éste protege y los
límites de los derechos de los propietarios. Los
intereses de la sociedad son absolutamente superiores a
los intereses individuales, y unos y otros deben
concertarse en una relación justa y armónica. La simple
caza de la riqueza no es el destino final de la
humanidad, a lo menos si el progreso ha de ser la ley
del porvenir como lo ha sido la del pasado. El tiempo
transcurrido desde el advenimiento de la civilización no
es más que una fracción ínfima de la existencia pasada
de la humanidad, una fracción ínfima de las épocas por
venir. La disolución de la sociedad se yergue
amenazadora ante nosotros, como el término de una
carrera histórica cuya única meta es la riqueza, porque
semejante carrera encierra los elementos de su propia
ruina. La democracia en la administración, la
fraternidad en la sociedad, la igualdad de derechos y la
instrucción general, inaugurarán la próxima etapa
superior de la sociedad, para la cual laboran
constantemente la experiencia, la razón y la ciencia.
Será un renacimiento de la libertad, la igualdad y la
fraternidad de las antiguas gens, pero bajo una forma
superior>>. (Morgan, "La Sociedad Antigua", pág.
552.)
Escrito por Engels en marzo-junio de 1884.
Se publica según el texto de la 4ª edición de 1891.
Vio la luz como edición aparte en
Zurich, en 1884. Traducido del alemán.
Firmado: Friedrich Engels
NOTAS
[49] Sobre todo en las costas
noroccidentales de América (véase Bancroft). En los
haidhas, en la isla de la Reina Carlota, pueden
encontrarse economías domésticas que abarcan hasta
setecientas personas. Entre los notkas, tribus enteras
vivían bajo el mismo techo. (Nota de Engels).
[50] ¡Así lo has querido, Jorge Dandin! (Molière, "Jorge
Dandin", acto I, escena 9) (N. de la Edit.)
[51] Véase arriba, pág. #117, ("Génesis del Estado
ateniense") el total de esclavos en Atenas. En Corinto,
en los tiempos florecientes de la ciudad, era de
460.000; en Egina, de 470.000; en los dos casos, el
número de esclavos era diez veces el de los ciudadanos
libres. (Nota de Engels). Engels da la página de la 4ª
edición en alemán.
Véase la pág. #287 de la presente traducción (N. de la
Red.).
[52] El primer historiador que se ha formado una idea,
por lo menos aproximada, acerca de la naturaleza de la
gens, es Niebuhr. La debe (así como también los errores
aceptados al mismo tiempo por él) al conocimiento que
tenía de las gens dithmársicas. (Nota de Engels).
[53] El Primer Imperio existió en Francia de 1804 a
1814.
[54] "El Sistema de los derechos adquiridos" ("system
der erworbenen Rechte") de Lassalle en su segunda parte
gira principalmente sobre la tesis de que el testamento
romano es tan antiguo como Roma misma, que <<nunca hubo
una época sin testamento>> en la historia romana, y que
el testamento nació del culto a los difuntos, antes de
la época romana. Lassalle, en su calidad de buen
hegeliano de la vieja escuela, no deriva las
disposiciones del Derecho romano de las relaciones
sociales de los romanos, sino del <<concepto
especulativo>> de la voluntad, y de este modo llega a
ese aserto absolutamente antihistórico. No debe extrañar
eso en un libro que en virtud de este mismo concepto
especulativo llega a la conclusión de que en la herencia
romana era una simple cuestión accesoria la transmisión
de los bienes. Lassalle no se limita a creer en las
ilusiones de los jurisconsultos romanos, especialmente
de los de la primera época, sino que va aún más lejos
que ellos.
[55] Tuve intenciones de valerme de la brillante crítica
de la civilización que se encuentra esparcida en las
obras de Carlos Fourier, para exponerla paralelamente a
la de Morgan y a la mía propia. Por desgracia, no he
tenido tiempo para eso. Haré notar sencillamente que
Fourier consideraba ya la monogamia y la propiedad sobre
la tierra como las instituciones más características de
la civilización, a la cual llama una guerra de los ricos
contra los pobres. También se encuentra ya en él la
profunda comprensión de que en todas las sociedades
defectuosas y llenas de antagonismos, las familias
individuales ("les familles incohérentes) son unidades
económicas. su mismo grupo. MacLennan llama "tribus"
exógamas a los primeros, endógamas a los
segundos, y a renglón seguido y sin más circunloquios
señala que existe una antítesis bien marcada entre las
"tribus" exógamas y endógamas. Y aún cuando sus propias
investigaciones acerca de la exogamia le meten por los
ojos el hecho de que esa antítesis en muchos, si no en
la mayoría o incluso en todos los casos, existe
solamente en su imaginación, no por eso deja de tomarla
como base de toda su teoría. Según esta, las tribus
exógamas no pueden tomar mujeres sino de otras tribus,
cosa que, dada la guerra permanente entre las tribus,
tan propia del estado salvaje, sólo puede hacerse
mediante el rapto.
http://www.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/84of/84OF9.htm
Tomado de Karl Marx y
Friedrich Engels. Biblioteca de Autores Socialistas.
http://www.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/index.htm
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