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Componiendo desde el piano
Bladimir Zamora Céspedes | La Habana


El repertorio de la canción cubana se enriqueció de manera muy contundente  durante la década del 40 del siglo pasado, no solo por el importante Movimiento del filin, como frecuente y justamente se señala. Un poco antes que los muchachos que se reunían en el Callejón de Hamel, dieran a conocer sus primeras composiciones con el apoyo de la guitarra, ya el piano cobijaba  la aparición de boleros que con el tiempo cobrarían categoría de imprescindibles. Uno de los jóvenes de los autores de varias de esas piezas es Orlando de la Rosa.

Es muy probable que  para muchos ese nombre no diga nada. Y la culpa no es de ellos. Más bien recae sobre quienes se ocupan de cantar o presentar a los que cantan, tanto en vivo o a través de grabaciones, en los distintos medios. No es una excepción ni mucho menos advertir que no nombran a los autores de las canciones, o tergiversan los créditos. Como cualquiera puede estar  en una descarga íntima cantando un bolero suyo, sin saberlo, le brindo unos cuantos datos de Orlando de la Rosa.

Este compositor y pianista habanero, como otros tantos nombres significativos de nuestra música popular, nació en un humilde hogar, que apenas le pudo propiciar parte de los estudios de bachillerato. En cuanto a lo que se suele llamar “la educación musical”, desde los nueve años la recibió de su madre y luego asistió a clases de solfeo con un profesor, de quien la ficha del Diccionario de la Música Cubana de Helio Orovio, no pudo recoger ni su nombre. Solo su apodo: Pachencho.

Las elocuentes limitaciones para adquirir cultura académica no fueron, en definitiva, un obstáculo para que ya en la adolescencia Orlando de la Rosa dominara muy bien el piano y empezara a componer. Apenas con veintiún años, en 1940,  dio a conocer su primer bolero, llamado “Ya sé que es mentira”, con lo que iniciaba una órbita de trabajo que solo pudo prolongarse  por quince años y dio como frutos importantes obras, que los estudiosos consideran que contribuyeron a introducir un estilo nuevo en la canción cubana.

Aunque ocupaba la mayor parte de su tiempo como pianista acompañante, pudo ofrecer conciertos de música popular y fundó un cuarteto vocal que llevaba su nombre, además de mantenerse por mucho tiempo en la popularidad. Al cuarteto de Orlando de la Rosa, pertenecieron  dos jovencitas llamadas Elena Burke y Omara Portuondo.

Entre las composiciones más conocidas de Orlando de la Rosa están “Cansancio”, “Vieja luna”, “Mi corazón es para ti”, “Qué emoción”, “Nuestras vidas”, “Si te dicen” y “No vale la pena”.

Murió con treinta y seis años  en noviembre de 1957, pero aunque a veces no se diga que son suyas las canciones, mientras estuvo vivo y ahora mismo no se han dejado de interpretar.  La valía estética suya y la cercanía a la espiritualidad al cubano numeroso, están probadas. No por casualidad ha sido proyectada por las voces de Vicentico Valdés, Orlando Vallejo, Pacho Alonso, Elena Burke y Omara Portuondo.  

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