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La Habana
Semana 23-29
de JULIO
de 2005

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Charada: entre Comala y Dikanka
Rogelio Riverón  La Habana


En esos pequeños mundos que jalonan la literatura en una especie de juego al microcosmos, hay por lo general una tendencia a exagerar las peculiaridades identitarias. Un grupo mínimo de mortales simboliza al universo. Su comportamiento es, de entrada, alegórico y hasta cierto punto apocalíptico. Macondo (Gabriel García Márquez), Yoknapatawpha (William Faulkner), Comala (Juan Rulfo), pueden todos ser vistos como enclaves autosuficientes que postulan la fatalidad y, de varias maneras, la violencia. El quid de su autenticidad radica en una bien diseñada desconexión con el resto del mundo      —una desconexión flexible, por así decirlo, irónica por necesidad. Hay casos menos arquetípicos, menos dramáticos, pero no menos singulares. Uno es, por ejemplo, la pintoresca aldea de Anocheceres en Dikanka, de Nikolai Vasílievich Gogol. Allí, como se recordará, se insiste en la suerte de vivir del cuento, del gran cuento primordial. Los habitantes del caserío han pactado un ritual que los enaltece y los diferencia: los aísla. Pasan el día preparándose para el momento de la ilusión. Sus vidas, como se dice, giran en torno a ella, la ilusión los vuelve apacibles.

Mabuya parece un pueblo empotrado en un plano alterno, y sus referencias cronotópicas acaso acentúan el carácter ambivalente de Charada, la más reciente novela de Lisandro Otero. Como en el Egipto de los faraones, donde se vivía al ritmo de las crecidas del Nilo, en Mabuya se vive al ritmo de las novelas radiales. En consecuencia, será un escritor radial quien nos ponga al tanto de la desaparición de la estrella de sus culebrones y, de paso, del correr de la vida en Mabuya. En un tiempo que no alcanza el encuadre de la novela, Lidia Aparicio vive del éxito que le proporcionan los libretos de Orfilio Catá, pero ese éxito probablemente la neurotiza. El detective que llega al pueblo a rastrearla viva o muerta, tiene en realidad la misión de hacer que sus habitantes re-creen a Lidia Aparicio.

Situada en el plano subcultural de las novelas radiales, Charada se apropia de un tono ampuloso y juega a sumirse en los clásicos extremos del melodrama: la maldad y la virtud moral. Pero en ese juego hace una inquietante recurrencia a la indeterminación. Lo único cierto en Mabuya es la ilusión, diría quien adoptara el tono extravagante de la novela, auxiliado por dos hechos de viva singularidad: a) Toda la historia está pespunteada de argumentos melodramáticos, que serían los de las novelas de Orfilio Catá; b) Lidia Aparicio es, por así decirlo, un personaje “diferido”: no existe más y sin embargo lleva en sí buena parte del simbolismo de Charada; por si fuera poco, está conformado exclusivamente a partir del testimonio de los habitantes del pueblo. La exacerbación del pathos —un término que al decir de Northrop Frye, guarda estrecha relación con el reflejo sensacional de las lágrimas— resulta hasta cierto punto carnavalesca en Charada. Todo el aparato metafórico de la novela está concebido desde la complicidad. Es extravagante, colorido, escalonado, y no desaprovecha ni los nombres propios, ni los títulos de cada capítulo. Por otra parte, la insistencia de Orfilio Catá en infligirnos sus argumentos nos avisa sobre sus pretensiones a significar más de lo que le está asignado. Ese y otros detalles lo convierten en un narrador deficiente con todo propósito. De modo que los personajes principales de Charada vendrían a ser un fantasma y una especie de impostor que se empeña en que veamos lo que en el contexto de Mabuya solo alcanza a ser escuchado.

El más lúcido de todos los que andan por Charada es, sin embargo, el detective, pero este, como los entes de las radionovelas, no tiene cuerpo, solo voz. De hecho, el detective parece más un intermediario que alguien involucrado en la vida del pueblo. Quedaría reducido a un simple recurso narratológico, de no ser por una especie de plegaria mordaz que se dedica a sí mismo al final de la novela. En el estilo de las preguntas que formula a los habitantes de Mabuya durante todo el libro es posible vislumbrar igualmente un conocido recurso: el detective adopta una neutralidad artificial, se hace el muerto, pero no quiere entierro. Parece, repito, un escéptico, pero su objetivo al interrogar es que “nosotros” creamos.

A estas alturas, confieso que me gusta la forma derivada en que Lisandro Otero ha redactado su novela, esa incertidumbre, por demás también prosopopéyica, ese sí pero no, con que se divierte camino a la alegoría, camino a insinuar que, por ejemplo, Lidia Aparicio pudiera ser, en última instancia, una obsesión, un arquetipo, de igual manera en que, algo más cerca de la obviedad, lo es Mabuya. Del pueblo nos propone una definición el propio Orfilio Catá, “¿Qué es Mabuya?”, se pregunta a mitad de la novela, y se responde: “Sí, tradiciones, historia, lo sabido, pero hay algo más que eso, una cierta levedad del aire, una tirantez de la piel cuando el sol de la mañana inaugura tu ebullición, un embate en tu cerebro cuando los hervores del mediodía te aseguran una cocción lenta…” Como se ve, hay muy poco de concreto en esta proclama. Son frases aplicables a cualquier sitio, por más apego que le finjamos a uno en particular y, por si fuera poco, insisten en un cierto embotamiento, en alguna dislocación de la conciencia. Mabuya es tan improbable como lo que pasa en las radionovelas de las que se cansó Lidia Aparicio. En todo caso, es una idea a caballo entre Comala y Dikanka, precisamente en esa dirección: hacia Dikanka.

Charada resulta, si se me permite la petulante asociación, una especie de tiovivo que hace pasar ante nosotros un mundo basado en la estridencia de las convenciones. En su girar incesante se va desdibujando toda la tipología del melodrama, puesto que, al tiempo que se mueve el tiovivo, nos obliga también a movernos. Son los mismos artefactos de invocar el éxito y la caída, historias de la tradición oral recontextualizadas con sarcasmo, con fatalidad y costumbrismo, los que pasan y se (nos) deforman en un viaje que, aunque circular, va de lo grave a lo (casi seguro) imprescindible. 

A Lisandro Otero se le estima sobre todo por sus novelas épicas, por intentar la historia de la Historia en vastas ficciones de tono moderadamente solemne (La situación, En ciudad semejante, Árbol de la vida). Esa deferencia con los grandes temas es visible también, en distinto grado, en escritores como José Soler Puig, Alejo Carpentier o Jesús Díaz, para quedarnos en un coto referencial bien estrecho, pero no debiéramos admitir con tanta facilidad que cuando Otero condesciende a libros como Bolero, Pasión de Urbino o Charada, lo hace con el único fin de estirar el brazo: a una escala que roce la descortesía, sería como postular que, por ejemplo, Graham Greene es irremediablemente un novelista de segunda, comparado con Alexéi Tolstói.

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