Año IV
La Habana
2005

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De páginas a tablas (II)
Omar Valiño La Habana


Si en este año estorineano un texto se ha convertido en inspiración en distintos lugares del país, como a lo largo del tiempo en diversos sitios del mundo, ese ha sido Los mangos de Caín. Escrito en 1965 en contrapunto con su inmediatamente anterior y clásica La casa vieja y presentado poco tiempo después en un proceso finalmente abortado, es hoy una verdadera joya de la dramaturgia de Abelardo Estorino.
 

Con él debutó como directora la actriz de la Compañía Hubert de Blanck María Elena Soteras en 2002, pero por desgracia ese montaje no ha sido visto junto a los estrenados en esta temporada, como tampoco más allá de Santiago de Cuba el de Norah Hamze con Calibán Teatro. Sí en Cienfuegos el de Panait Díaz de Villalvilla y El Retablo, mientras en La Habana hacía una larga reposición el de Tony Díaz para la Compañía Rita Montaner, fechado en 2003.

Panait asume la pieza desde su estética titiritera. Del techo del Teatro Tomás Terry cuelga la vigilante serpiente, en tanto los cuatro personajes de la obra se desplazan por el enorme escenario, cada uno manipulado por un joven actor o actriz. Los muñecos fueron concebidos en una irreverente técnica mixta, suerte de títere de piso articulado pero con un solo perfil. No carecen de atractivo, mas su diseño y mecanismo de funcionamiento no logran explicar la relación de sentido que guardan con los protagonistas de Los mangos de Caín.

Esta es una de las evidencias de que ni versión ni puesta en escena lograron una “sustitución” del magma dramático concebido para actores por un equivalente a cargo de las propiedades y funciones del teatro de las figuras animadas. De manera puntual el director entra en ese dominio con acciones de pleno juego titeril, como aquella donde se le extrae la costilla a Adán.

Seguramente un espacio más pequeño resultaría mejor para verificar las estrategias de la representación, aunque sería recomendable cuidarse siempre de que golpes, patadas, gestos y onomatopeyas no fueran el “don” que otorga carácter titiritero per se a la puesta en escena. Por el contrario, habrían de calibrarse como “efectos” porque no encajan del todo en la textura de Los mangos… Lo mismo puede señalarse en torno a la banda sonora que por ecléctica es redundante, queriendo a ultranza ser cubana y de ahora mismo, cuando no es en esa pretensión donde está el paisaje temático y permanentemente cubano y universal de la obra.

Esa búsqueda “actualizadora” de un texto dramático cuya riqueza resulta vulnerada, lleva a El Retablo a proponer un discutible cambio al final de la pieza: Caín en vez de matar a Abel, se marcha de la casa y deja atrás a la familia. Me lo explico por ese interés de sus realizadores, mencionado antes, en traer los contenidos de Los mangos de Caín a una cotidianidad presente, cuando, en definitiva, la obra funciona como una “moralidad” donde las penetrantes ideas operan desde la metáfora. Caín no puede irse y abandonar las cosas como están porque su radicalidad de revolucionario lo “obliga” a transgredir todo lo escrito, todo lo normado hasta ese momento. Él tiene que dejar claro que la hipocresía, el adocenamiento y la doblez de Abel, sencillamente, deberían ser eliminados.       

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