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Si en este año estorineano un texto se ha convertido en
inspiración en distintos lugares del país, como a lo
largo del tiempo en diversos sitios del mundo, ese ha
sido Los mangos de Caín. Escrito en 1965 en
contrapunto con su inmediatamente anterior y clásica
La casa vieja y presentado poco tiempo después en un
proceso finalmente abortado, es hoy una verdadera joya
de la dramaturgia de Abelardo Estorino.
Con él debutó como directora la actriz de la Compañía
Hubert de Blanck María Elena Soteras en 2002, pero por
desgracia ese montaje no ha sido visto junto a los
estrenados en esta temporada, como tampoco más allá de
Santiago de Cuba el de Norah Hamze con Calibán Teatro.
Sí en Cienfuegos el de Panait Díaz de Villalvilla y El
Retablo, mientras en La Habana hacía una larga
reposición el de Tony Díaz para la Compañía Rita
Montaner, fechado en 2003.
Panait asume la pieza desde su estética titiritera. Del
techo del Teatro Tomás Terry cuelga la vigilante
serpiente, en tanto los cuatro personajes de la obra se
desplazan por el enorme escenario, cada uno manipulado
por un joven actor o actriz. Los muñecos fueron
concebidos en una irreverente técnica mixta, suerte de
títere de piso articulado pero con un solo perfil. No
carecen de atractivo, mas su diseño y mecanismo de
funcionamiento no logran explicar la relación de sentido
que guardan con los protagonistas de Los mangos de
Caín.
Esta es una de las evidencias de que ni versión ni
puesta en escena lograron una “sustitución” del magma
dramático concebido para actores por un equivalente a
cargo de las propiedades y funciones del teatro de las
figuras animadas. De manera puntual el director entra en
ese dominio con acciones de pleno juego titeril, como
aquella donde se le extrae la costilla a Adán.
Seguramente un espacio más pequeño resultaría mejor para
verificar las estrategias de la representación, aunque
sería recomendable cuidarse siempre de que golpes,
patadas, gestos y onomatopeyas no fueran el “don” que
otorga carácter titiritero per se a la puesta en
escena. Por el contrario, habrían de calibrarse como
“efectos” porque no encajan del todo en la textura de
Los mangos… Lo mismo puede señalarse en torno a la
banda sonora que por ecléctica es redundante, queriendo
a ultranza ser cubana y de ahora mismo, cuando no es en
esa pretensión donde está el paisaje temático y
permanentemente cubano y universal de la obra.
Esa búsqueda “actualizadora” de un texto dramático cuya
riqueza resulta vulnerada, lleva a El Retablo a proponer
un discutible cambio al final de la pieza: Caín en vez
de matar a Abel, se marcha de la casa y deja atrás a la
familia. Me lo explico por ese interés de sus
realizadores, mencionado antes, en traer los contenidos
de Los mangos de Caín a una cotidianidad
presente, cuando, en definitiva, la obra funciona como
una “moralidad” donde las penetrantes ideas
operan desde la metáfora. Caín no puede irse y abandonar
las cosas como están porque su radicalidad de
revolucionario lo “obliga” a transgredir todo lo
escrito, todo lo normado hasta ese momento. Él tiene que
dejar claro que la hipocresía, el adocenamiento y la
doblez de Abel, sencillamente, deberían ser
eliminados. |