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Uno, cuando viaja, querría hacerlo siempre con la mirada
limpia, inocente, del viajero, del forastero, del
pionero; pero acaba viajando siempre con la mirada
domesticada, prejuiciosa, del turista. En el caso de
países como este, en América Latina, la mirada del
turista está infectada por el caramelo del exotismo, por
la idea publicitaria de lo paradisíaco, por el espejismo
cultural de lo caribeño, tropical; o por las gafas
ahumadas que la uniformidad mediática nos coloca
respecto de ciertos países.
En
el caso del lector, cuando viaja, también su mirada
es normalmente la de un turista, un turista de las
letras. Así, viajamos a ciudades que hemos conocido
literariamente, y cuyo trazado, cuyo cielo, cuyo
ambiente, cuyas gentes, esperamos no conocer, sino
reconocer a partir de nuestras lecturas. Y las
lecturas, en ocasiones, participan del mismo
simplismo y mitificación de las guías de viajes o
los folletos de agencias.
Podríamos pensar que tal predisposición desembocase en
la sorpresa o en la decepción, una vez conocida la
realidad y su grado de diferencia con su reflejo
literario o turístico. Sin embargo, no suele ser así, o
cada vez menos, pues de la misma forma que el turista,
sea o no lector, viaja hipnotizado por lo que Sánchez
Ferlosio llamaba el “efecto turifel”, por el que no
busca conocer sino reconocer, no descubrir sino encajar
la realidad con la imagen que de ella tiene; de la misma
forma, como decía, que vemos lo que queremos ver, lo que
esperamos ver, las propias ciudades tienden a parecerse
cada vez más al tópico sobre ellas construido.
Por
fortuna, en mi caso, en este viaje que nunca había
esperado (pues nunca esperé verme en la prestigiosa
tribuna del Rómulo Gallegos), Caracas es una ciudad
sorprendente por falta de representación, poco
literaria, al menos para el lector español, para el
lector europeo. Solo hoy, esta mañana, cuando he visto
la ciudad desde lo alto, desde el Ávila, he podido
reconocer algo de la “ciudad enorme, extraordinaria: un
valle lleno de concreto y metal” de la que hablaba
Adriano González León en País portátil, una de las pocas
referencias literarias con que contaba para enfrentarme
a esta increíble ciudad.
El
protagonista de El vano ayer es un profesor
universitario llamado Julio Denis. Pocos lectores han
reparado en este nombre y apellido, Julio Denis. Algunos
han creído en la existencia real, histórica, de Julio
Denis, lo cual no sé si dice más de la potencia
verosímil de la novela, o de la credulidad con que los
lectores se enfrentan a la lectura de ficción. Hay
quienes creen que existió un Julio Denis, y hasta habrá
alguno que crea recordarlo, o que diga que lo conoció en
vida, que fue alumno suyo, pues en ocasiones, y no hace
falta llegar a extremos quijotescos, interiorizamos,
hacemos propias las lecturas, incorporamos personajes a
nuestra vida, intoxicamos nuestros recuerdos personales
con nuestros recuerdos de lecturas.
En
cualquier caso, pocos han reparado en la singularidad de
ese nombre. Elegir ese nombre, Julio Denis, era un guiño
a lectores cortazarianos, lectores muy cortazarianos, y
estos sí lo han reconocido. Se trata, en efecto, del
seudónimo con el que Julio Cortázar firmó su primer
libro de poemas, Presencias, en su juventud.
Además de un guiño para iniciados, es un modestísimo
homenaje a uno de mis más tempranos referentes
literarios, el francoargentino Julio Cortázar. Si bien
debo reconocer que ya no leo su obra con la misma
fascinación con que la descubrí hace años, sí me sigue
interesando.
Quiero
referirme brevemente a Cortázar en este discurso de
agradecimiento. Precisamente en estos días, cuando acaba
de morir un gran escritor y crítico, y uno de los
mayores cortazarianos, Saúl Yurkievich.
Yo creo
que Cortázar sigue siendo un autor fundamental, y uno de
los más influyentes. Sin embargo, desde hace unos años,
según es más lejana la fecha de su muerte, vemos cómo la
figura de Cortázar va perdiendo algo de brillo. La culpa
es de sus partidarios tanto como de sus detractores. Los
primeros, porque se han acomodado en un Cortázar de
andar por casa, un peluche literario, una mitología
floja y casi adolescente, una fascinación a la que
seguramente contribuyó el propio Cortázar en vida, y que
provoca el desinterés de quienes aún no conocen su obra,
y la vergüenza de quienes lo hemos leído y ahora lo
vemos en manos de mitómanos de medio pelo. Los segundos,
los detractores, vienen haciendo su trabajo poco a poco,
intentando erosionar el prestigio que consiguió en vida.
Es
habitual escuchar opiniones de cierto menosprecio hacia
la obra de Cortázar. Se trata a veces de escritores, en
algunos casos escritores en cuya obra es reconocible la
influencia cortazariana, y que sin embargo se alejan de
él, se lo sacuden como caspa de los hombros, quite,
quite, Cortázar no es para tanto, yo no tengo nada que
ver, mis maestros son otros.
Como
tasadores, nos dicen que está sobrevalorado, que es
correcto pero no más. Y consiguen que, quienes aún
estimamos la obra de Cortázar, lo digamos casi en tono
de disculpa, como un pecadillo juvenil, como un
capricho, una ordinariez. Yo mismo, al leer este
discurso, lo hago con cierto temor, a la espera de que
mañana digan “vaya, miren a quién le dieron el Rómulo
Gallegos, un tipo que todavía no ha salido de Cortázar”.
O me indulten por mi juventud, y dirán que es que aún no
pasé el “sarampión Cortázar”.
En
algunos casos el menosprecio viene de escritores
jóvenes, que tal vez participen de ese esnobismo juvenil
de quienes pretenden construirse un lugar propio
mediante el derribo de las estatuas de sus padres, de
sus padres literarios en este caso. Pero en ciertos
casos, me temo, lo que hay detrás es una forma tardía y
rastrera de pasar factura a Cortázar por su compromiso
político, tan incorrecto hoy en día.
Por
ejemplo, uno de los libros más interesantes de Cortázar,
que además fue, según creo, finalista del Rómulo
Gallegos, es el Libro
de Manuel.
Se trata del intento más evidente, pero también más
logrado, de aquello que Carlos Fuentes (otro Premio
Rómulo Gallegos, por cierto) definió como el intento de
conducir con una sola mano dos caballos: el estético y
el político.
En
efecto, es
el
libro
más abiertamente político de Cortázar, y no por ello
deja de ser una interesante novela, una escritura
innovadora, en la que están presentes, incluso en mayor
medida que en otras obras, los elementos característicos
de la obra cortazariana.
Sin
embargo, es considerada por los críticos, antólogos y
periodistas culturales como una obra menor en la
narrativa de Cortázar. Un juicio que, me temo, tiene más
que ver con su contenido político que con sus virtudes
literarias. De hecho, pocas de esas opiniones argumentan
algo por el lado literario, sobre sus características
narrativas, sino que más bien acentúan el lado político,
considerándola “ingenua”, “panfletaria”, “izquierdista”.
Es un libro incómodo, en su tiempo lo era, y lo sigue
siendo.
Parece
difícil, así lo sugieren los mandarines de la cultura,
hablar hoy de compromiso literario, a estas alturas,
pasados los grandes momentos de la literatura
comprometida. Los años de
la
guerra
fría, seguramente, hicieron mucho daño al compromiso de
los autores, cuando los intelectuales hacían bandera, en
algunas ocasiones hasta el descrédito.
La
llamada literatura comprometida estuvo en muchas
ocasiones supeditada a las necesidades políticas,
tomando la forma de una literatura militante que en
muchos casos, no siempre, pudo descuidar su propuesta
estética, lo que acentuó ese descrédito del compromiso,
y también esa confusión en torno a su significado.
En
efecto, el término literatura comprometida es vago, no
dice nada. No basta con saber que una escritura es
comprometida, eso es como no decir nada. Hay que saber
con qué o con quién está comprometida. Un autor español
muy interesante y poco leído, Jesús López Pacheco,
perteneciente a una generación de autores que fueron
menospreciados precisamente por su compromiso, invertía
los términos, redefiniéndolos, y llamaba arte
comprometido al que está comprometido con la clase
dominante, pues parece ser el compromiso más evidente en
muchos casos; y se refería como arte libre al opuesto,
al que se enfrenta a esa clase y ese discurso
dominantes.
Situada
frente a esos discursos dominantes, la literatura puede
reproducirlos sin más, puede incluso reforzarlos; o
puede impugnarnos, cuestionarlos, combatirlos.
Porque
el escritor en todo momento está comprometido con la
representación crítica del mundo, lo quiera o no.
Escribir es tomar partido, es participar, es intervenir.
El autor puede asumir esa responsabilidad o no, pero esa
responsabilidad está ahí, existe al margen de sus
intenciones, le antecede. El no asumir esa
responsabilidad responsablemente, valga la redundancia,
equivale a comprometerse con el discurso dominante, a
ser cómplice de él.
Sin
embargo, cuando hablamos de literatura política solemos
limitar tal nombre a las novelas que impugnan la
realidad. ¿Y qué pasa con las novelas que están
conformes con esa realidad, que la aceptan, que la dan
por buena, que la sostienen, que la ensalzan incluso?
¿No son tan políticas como aquellas? Hasta la literatura
más evasiva, más aparentemente inofensiva, tiene un
sentido político, aunque sea de tipo reaccionario.
Frente
a la aparente incapacidad de la literatura para cambiar
el mundo, podemos afirmar, de forma contundente, su
demostrada capacidad de conservar el mundo. De la misma
forma que hay obras que se proponen, aunque sea
ingenuamente, cambiar el mundo; hay otras que,
proponiéndoselo o no, se dedican a conservarlo, lo
sostienen y consolidan, lo hacen soportable o lo
muestran como inevitable. Son, por tanto, tanto o más
políticas que aquellas, aunque nadie las considere como
tales.
Una de
las principales responsabilidades del autor tiene que
ver con el lenguaje. Pocas cosas más políticas que el
lenguaje. “El escritor”, decía el propio Cortázar, “toma
conciencia de las limitaciones lingüísticas, del hecho
de que el lenguaje es una herencia recibida, una
herencia pasiva en la que él no ha tenido ninguna
intervención”.
El
lenguaje, decía Cortázar, nos engaña prácticamente a
cada palabra que decimos. “Empleamos un lenguaje
completamente marginal en relación a cierto tipo de
realidades más hondas, a las que quizás podríamos
acceder si no nos dejáramos engañar por la facilidad con
que el lenguaje todo lo explica o pretende explicarlo.”
El
lenguaje está cargado, atiborrado de significados, más
de los que podemos controlar, y acabamos siendo sus
siervos, estando a su disposición, reproduciendo sus
esquemas que son el cemento con el que esta sociedad
resiste. El lenguaje como instrumento de dominación,
como recurso de perpetuación de la situación dada.
Algo de
esta condición del lenguaje como instrumento de
dominación saben los pueblos americanos. Porque la
lengua española, que hoy nos permite entendernos y
compartir una gran cultura, fue también, y durante mucho
tiempo, expresión del imperio, a la vez que instrumento
de dominación, como hoy lo sería en otra medida el
inglés. Eduardo Subirats ha afirmado las relaciones
entre imperio y lengua, y cómo, en el caso de la
conquista de América, la lengua se erigió en “sistema
racional y, por tanto, principio constitutivo de la
identidad, y las conciencias individuales y colectivas”,
es decir, “el corazón de la lógica de dominación
gramatical”.
El
lenguaje nos domina, y con él nos dominan, somos
dominados. El lenguaje nos impide muchas veces formular
rupturas, denunciar iniquidades, hacer inteligible
proyectos. El lenguaje esconde, oculta mucho, casi más
que lo que alumbra.
El
lenguaje es una trampa en la que caemos, a veces
voluntariamente, otras a traición. Los grandes autores
se proponen romper con ese lenguaje dominador, darle la
vuelta, destruirlo para luego construir, y esa es
también, o especialmente, una tarea política. Es lo que,
en la literatura castellana, ha hecho un autor como Juan
Goytisolo, que ha expuesto las costuras de la lengua
como instrumento de la construcción de una identidad
nacional levantada sobre siglos de barbarie.
Junto
al lenguaje, otro elemento a tener en cuenta es la
mirada del autor, su forma de mirar el mundo, la
distancia desde la que lo hace.
Afirma
John Berger, en uno de sus ensayos sobre arte, que
cuando una pintura carece de vida se debe a que el
pintor no ha tenido el coraje de acercarse lo suficiente
para iniciar una colaboración. Se queda a una distancia
de “copia”. Lo vemos, por ejemplo, en muchos pintores
clásicos que retratan escenas rurales, pastores,
carreteros, campesinos en sus tareas, pero que lo hacen
sin acercarse lo suficiente, les falta ese coraje, y
prefieren el bucolismo. Pintan vaqueros que no huelen a
establo, ni siquiera las vacas. Carreteros que no
parecen estar castigados por el duro trabajo. Son
idealizaciones, sin humanidad, solo figurillas.
Algo
similar ocurre en muchas novelas. Pocos autores tienen
el coraje de acercarse lo suficiente a la realidad como
para iniciar una colaboración con ella. Los
desfavorecidos, los trabajadores, los olvidados, no
suelen estar en el campo de atención de los novelistas.
Y cuando están, muchas veces lo hacen desde la
idealización, desde la distancia. También en las novelas
hay pastores inodoros, y menesterosos que no sufren de
los huesos. Cuando sudan, su sudor es también un sudor
ideal, un sudor estereotipado, el sudor que imagina
quien no ha conocido más sudor que el del verano y la
práctica deportiva, acaso el del sexo; un sudor tan
distinto al provocado por la actividad laboral, por la
enfermedad, por el sufrimiento.
Añade
Berger: “Acercarse significa olvidar la convención, la
fama, la razón, las jerarquías y el propio yo. También
significa arriesgarse a la incoherencia, a la locura
incluso. Pues puede suceder que uno se acerque demasiado
y entonces se rompa la colaboración y el pintor se
disuelva en el modelo. O el animal devora o pisotea al
pintor.” Hay novelistas que, como los pintores a que se
refiere Berger, tienen miedo a acercarse demasiado, a
ser devorados o su estudio de paredes acolchadas.
El
mundo está lleno de situaciones a las que es difícil
acercarse sin ser devorado o pisoteado. Es un riesgo que
pocos corren. Normalmente los novelistas preferimos
consolarnos con nuestra conciencia de limitación, de
incapacidad. Los novelistas no miramos muy de cerca, por
ejemplo, a los miles de muertos de Iraq, porque creemos
que no tenemos nada que hacer, que es una realidad que,
esa sí, huele demasiado a sudor y a sangre como para
acercarse.
El
novelista oye hablar de 20 000 muertos y piensa, como
recurso defensivo de su pasividad, que sus herramientas
son pobres, que ni siquiera escogiendo a uno solo de
esos muertos podría hacer algo con él, que ni una novela
voluminosa serviría para reflejar en su totalidad la
desgracia de una sola de esas personas. Por eso,
normalmente, a ese tipo de muertos los dejamos al
margen, son las figurillas de nuestros paisajes, son los
miles de extras que en las películas bélicas caen
despedazados en segundo plano, apenas atendemos a cómo
se retuercen cuando reciben un disparo, los olvidamos
sabiendo que en cuanto salgan del enfoque de la cámara
se levantarán, se sacudirán la ropa y recibirán su
bocadillo y su gratificación económica por su trabajo de
figurante.
Así
pensamos, desde el engaño de la ficción, en los
figurantes de la vida real. Como si esos miles de
muertos fuesen relleno, segundo plano, fondo, que se
levantarán cuando ya no les miren y se sacudirán la ropa
y pedirán el bocadillo. También la literatura está llena
de figurantes, de personajes que abultan. Como el
Chichikov de Gogol, también el autor va recogiendo almas
muertas con las que poblar sus novelas, vidas sin
interés con las que inflar su censo.
Así, la
literatura está llena de almas muertas, de personajes al
margen, de secundarios insignificantes, de cocheros
alcoholizados que aparecen un par de páginas para
conducir al protagonista a casa de su amada; o criadas
que tiran una bandeja de copas en el momento crítico de
la discusión entre los dos protagonistas; o soldados sin
nombre cuyos sesos salpican al héroe en su trinchera.
Pasamos
unas páginas y seguimos atendiendo al héroe. Pero a
veces, leyendo, nos preguntamos qué será de aquel
cochero, qué vida tendrá, si pegará a su mujer al llegar
a casa (pues lo pensamos también a partir de esquemas
previsibles). O aquella criada que tiró la cristalería.
¿Fue reprendida, fue despedida, encontró otra casa donde
servir, acabó prostituyéndose? O esos soldados
despedazados. ¿No tenían mujer, hijos, madre? ¿Qué
pensaron estos cuando recibieron la carta burocrática
comunicando el fallecimiento en valiente acto de
servicio?
Ese
tipo de preguntas marginales son las que amplían la
literatura a veces. Preguntarse por esos márgenes, por
esos seres insignificantes, por la carne de cañón de la
literatura, que suele ser la misma carne de cañón de la
vida, el “inmenso tropel de los muertos anónimos que han
construido el mundo” a que se refería Albert Camus.
En una
de sus grandes novelas, Hadjí Murat, Tolstoi relata las
luchas caucásicas entre rusos y chechenos, donde miles
de jóvenes son triturados por la máquina de guerra sin
dejar rastro de su paso por el mundo, ni de su paso por
la novela, pues estamos pendientes de las acciones del
héroe, Hadjí Murat, o de las palabras del miserable Zar
Nicolás I y sus oficiales. Pero de fondo, en los
márgenes, vemos pasar ejércitos que arrasan aldeas,
talan bosques, destruyen viviendas y depósitos de
víveres. Vemos soldados que tienen miedo y que mueren en
emboscadas sanguinarias. Vemos, fugaz, un muchacho
atravesado por la espalda con una bayoneta. Leemos
acerca de un correo que, en su urgencia, revienta
durante el viaje diez caballos y apalea a otros tantos
cocheros, y pensamos en esas espaldas amoratadas por los
varazos, y en las manos cortadas por agarrar las riendas
con firmeza.
Tostoi
decide, en un momento dado, fijarse en un soldado raso,
en un figurante, un secundario, al que coloca en el
centro de la escena. El soldado Avdéiev, herido por una
bala en el vientre mientras hacía guardia en su
posición. Durante varias páginas nos olvidamos del héroe
chechenio, de los oficiales rusos y sus discusiones
tácticas. Durante varias páginas solo existe Avdéiev,
que sale de su condición de carne de cañón, de alma
muerta, para ocupar el centro del relato. Vemos cómo lo
trasladan al hospital. Oímos sus quejidos mientras lo
acuestan. Se oprime la herida con ambas manos, los ojos
fijos. El médico le da la vuelta y en su espalda
aparecen unas cicatrices blancas, huellas de una paliza
de tiempo atrás. Le introducen una sonda en el vientre.
Le preguntan si quiere dejar dicho algo para su familia.
Le vemos cerrar los ojos, su rostro de pómulos salientes
se vuelve pálido. Pide una vela pero no es capaz ya de
sujetarla.
La
descripción minuciosa de su muerte contrasta con el
helado parte oficial, que se limita a referir el
incidente y menciona que “en la escaramuza tuvimos un
muerto y dos heridos leves”. Ni siquiera lo nombra, nada
dice de sus últimas palabras, de la insistencia en pedir
una vela, del origen de las cicatrices en su espalda.
Tostoi continúa, y nos conduce hasta la familia del
joven Avdéiev, a los que encontramos trillando avena en
la era cubierta con una capa de hielo, mientras empieza
a clarear el día.
Conocemos cómo la madre recibe la carta con la noticia
de su muerte en la guerra “defendiendo al zar, la patria
y la fe ortodoxa”, según redactó el escribiente de la
compañía. “Al recibir la noticia, nos dice Tostoi, la
vieja lloró todo lo que se lo permitieron sus
ocupaciones. Después se puso a trabajar.”
La
literatura, como la vida, es una enorme fosa común, en
la que encajan, hueso con hueso, miles de vidas
anónimas, despreciables, mero relleno. En ocasiones,
alguien, Tostoi por ejemplo, saca un cuerpo de la fosa
común y le pone nombre, apellido, diminutivo, familia.
Cuando
leo, no puedo evitar detenerme en los márgenes,
preguntarme por lo que queda de fondo, por lo que no
resalta, por el brillo efímero de algunos hombres que
existen antes y después de su breve aparición, que
tienen una vida por contar.
El
novelista acaba asumiendo, sin remedio, a veces con
rabia y otras con alivio, su incapacidad para relatar el
mundo, su necesario carácter fragmentario, pequeño, su
necesidad de elegir, de acotar el visor con que mira la
realidad. Piensa que necesitaría muchas páginas para una
sola de esas vidas, en apariencia insignificantes, en
apariencia contingentes. Un cochero, un sirviente, un
soldado con la placa al cuello, o una mujer que guarda
el cadáver de su hijo abrasado en una maleta, a la que
se refiere Sebald en su Historia Natural de la
Destrucción.
El vano
ayer
es también una expresión de esta incapacidad. La novela
quiere mirar a veces a los márgenes, a las
discontinuidades, a quienes dejaron un efímero rastro de
su paso por la vida. Intentamos reconstruir la historia
del profesor Denis pero acabamos perdidos, pues en
cualquier momento se rompe su hilo, no dejó más huellas.
Ni siquiera somos capaces de confirmar si un estudiante
fue asesinado o no. Como él, miles de represaliados
quedan a merced del testimonio de los posibles testigos,
que van muriendo.
El vano
ayer
no es una novela sobre el franquismo. Es más bien una
novela sobre el peso del pasado en el presente, sobre la
forma en que se construye el discurso del pasado para su
uso en el presente. He usado intencionadamente la forma
reflexiva, “se construye”, como si el discurso se
construyese a sí mismo. Así parece a veces, pues no
creemos participar en tal construcción. ¿Quién levanta
entonces ese discurso, esa memoria, de la que nosotros
somos meros usuarios?
Pues
entre otros agentes, los creadores, los escritores, los
novelistas, especialmente. La imagen del franquismo, en
España, ha quedado fijada en los ciudadanos españoles
sobre todo a través de novelas. Y de películas y series
de televisión, por supuesto, seguramente con más fuerza,
por el mayor poder de lo audiovisual. Pero yo he querido
fijarme en las novelas, para señalar la responsabilidad
de los novelistas.
Que una
novela como esta reciba el Premio Rómulo Gallegos, por
un jurado en el que no hay ningún español, me confirma
que tiene una lectura que va más allá de lo local, de lo
español. Por eso dije que no es tanto, o no solo, una
novela sobre el franquismo. Creo que tiene una clara
lectura en este continente, entre los países
latinoamericanos.
En
El vano ayer leemos acerca de un país que ha sufrido
recientemente unos años negros, de dictadura, de
represión, de brutalidad, de corrupción. Leemos
historias de torturas, de desaparecidos, de registros
domiciliarios, de visitas policiales nocturnas, del uso
de delatores, de infiltrados.
Leemos
sobre el miedo, sobre la humillación. Leemos sobre las
complicidades de quienes se benefician, por acción o por
omisión, de la existencia de un régimen dictatorial.
Leemos sobre la valentía o la inconsciencia de unos
pocos que resisten, que luchan, que caen. Leemos sobre
censura, sobre purgas, sobre delitos de opinión. Se
trata, creo, de elementos que resultan muy familiares a
muchos ciudadanos de Latinoamérica.
Seguramente en muchos de estos países son válidas las
reflexiones que plantea El vano ayer. Solo hay
que hacer algunos ajustes, cambiar algunos nombres,
fechas, poco más.
Un
ejercicio de reflexión que tiene también, o sobre todo,
consecuencias en el tiempo presente. Como señala el ya
citado Eduardo Subirats, “no existe crítica del presente
sin revisión del pasado. Y solo la renovación de la
memoria permite abrir el tiempo futuro”. Ahí tenemos
mucho que decir los jóvenes, las generaciones que
recibimos como legado una memoria de la que no
participamos, y que habitamos un tiempo en cuya
formación no tomamos parte.
De lo
que estamos hablando, por tanto, y volviendo a una
cuestión que ya mencioné, es de la responsabilidad de
los autores. En la construcción del discurso del pasado,
pero también el del presente. Existen entre nosotros, en
cada país y en el mundo, conflictos y problemas que no
tienen reflejo en una ficción que muchas veces es
cómoda, despreocupada, ombliguista.
Cuestiones graves que quedan al margen de la ficción,
como si no existieran. Y en la percepción de los
lectores, en la construcción de la imagen de su tiempo,
presente o pasado, lo que no se cuenta en las novelas o
en las películas, parece no existir, o existir menos, de
forma menos problemática.
Si los
grandes medios de comunicación, las poderosas empresas
informativas, marcan la agenda del mundo, de qué se
habla y de qué no, y cómo se hace, también la literatura
crea una agenda paralela, tal vez a corto plazo no tan
poderosa, pero de efectos más definitivos, más
devastadores. Yo escribo, o intento escribir, desde esa
conciencia de responsabilidad, aunque nadie me pida
cuentas, no todavía.
Al
recibir este Premio Rómulo Gallegos asumo, por supuesto,
otra responsabilidad, de otro tipo. Sé que sobre mi obra
futura va a pesar este gran galardón. Sé que me abre las
puertas a la gran comunidad de lectores
latinoamericanos. Sé que tengo que merecerlo, en cada
libro que escriba, sé que tengo que estar a la altura de
esta impresionante lista de ganadores. Espero no
decepcionarles. Muchas gracias. |