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La diplomacia del
hombre exacto en el lugar exacto
Lo
realmente asombroso de que Bush II haya nombrado a John Bolton su pretor
para imponer la voluntad del imperio en la ONU ―y que para ello se haya
saltado olímpicamente la voluntad del senado norteamericano― no es el
nombramiento en sí, sino el hecho de que todavía a estas alturas del juego
el mundo se asombre por ello.
En 1994, frente a la Asociación Federalista Mundial, Bolton afirmó: “no
existe tal cosa como las Naciones Unidas [...] si al edificio de las
Naciones Unidas en Nueva York se le cayeran diez pisos, eso no haría la más
mínima diferencia”.
Si ello no bastara, valdría recordar que más tarde, cuando en el 2003 la ONU
no autorizó la invasión a Iraq, dijo que eso “evidenciaba una vez más por
qué no debiéramos pagarle nada a las Naciones Unidas”.
Además, este "diplomático" opina que “es un gran error darle la más mínima
validez al derecho internacional, aun cuando pueda parecer que en el corto
plazo eso nos favorece; porque, a la larga, el objetivo de quienes piensan
que el derecho internacional realmente significa algo, no es otro que el de
constreñir a los EE.UU.”, y al tiempo califica al Tribunal Penal
Internacional como una “idea producida por el romanticismo de mentes
confusas, no solo ingenua, sino peligrosa”.
Todo eso ―lejos de descalificarlo como representante de los EE.UU. ante la
comunidad internacional― convierte a John Bolton en el testaferro ideal.
No hay que olvidar que quien lo impone en el cargo se ha robado por dos
veces la silla presidencial del imperio, ha mentido a su pueblo y al mundo
para justificar las injustificables carnicerías de Afganistán e Iraq, y
habla con Dios todos los días después del desayuno.
En fin, ¿cuál es la causa del asombro?, ¿acaso cabía esperar otra cosa? Pues
no. Para la lógica imperial, John Bolton es el hombre exacto en el lugar
exacto.
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