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Manuel López Oliva
pinta a veces en su casa cuadros de dimensiones
menores a los que realiza en Mercaderes número 2
donde, no se sabe por qué sortilegio, aún está en
pie su estudio. Cuando este hombre de vastos
oficios se queda en su apartamento, junto a una
computadora que usa y no entiende, desbroza el
camino para alguna de sus máscaras. Allí, en una
estrecha habitación con una envidiable ventana
―menos
en días de huracán―
hace y deshace su mundo plástico singular. A la par
puede dialogar de estética, política, construcción,
religión, cocina, cine, en fin, cualquier área de
conocimiento humano. Pero su más intensa pasión, la
de siempre, es la pintura:
Bajo el título Manuel
López Oliva: Cuba y el teatro del deseo, se exhibió una
muestra en el Bates Museum of Art de Lewiston, en
EE.UU., hace dos años. ¿Cómo fue la recepción de tu obra
en esa institución y en esa ciudad?
Sí, ya han pasado casi
dos años. Se inauguró en octubre del 2003. Pero cuando
se trata de sitios importantes, donde las exposiciones
se preparan con meses de anticipación—tanto en los
aspectos curatoriales, como en los de montaje y
promoción — dos años entre una y otra no es demasiado
tiempo. Aquella muestra en el Bates Museum de Lewiston,
Maine, estuvo fraguándose durante más de doce meses,
pues era mi entrada en grande (aunque ya había
participado en muestras colectivas en ese país) al
circuito de exhibición de Artes Visuales de EE.UU. No se
trata, en las dos ocasiones, de exponer en una galería
de segunda clase, que con tal de vender “mercancía
artística fresca”, hasta improvisan las exposiciones y
muestran a cualquiera que les resulte una propuesta
prometedora comercialmente. La presencia de mis
creaciones allá, del 2003 al 2004, y próximamente, se
inscribe en una perspectiva de exigencia, valoración
estética y seriedad institucional inherente a museos y
centros de arte que abarcan la diversidad del quehacer
plástico de nuestro tiempo.
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El público
contempla la obra "Boceto para baile de
máscaras" (2000)
durante la exposición de López Oliva en The
Bates Museum of Art,de Estados Unidos
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Y para no caer en el
“autobombo”, tan extendido en el medio social y cultural
cubanos, señalaré escuetamente algunos de los efectos
que tuvo Cuba y el Teatro del Deseo, es decir, la
exhibición anterior, en el Estado de Maine. Como no
pude asistir entonces, ni podré ahora —por absurdas
negativas de permiso de entrada allá a los artistas
cubanos reconocidos, lo que se está convirtiendo en
“norma”
―supe que desde
el día inaugural las obras expuestas atrajeron el
interés de especialistas y diferentes públicos que las
contemplaron. Para ellos constituyó una sorpresa, pues
en el norte de EE.UU. no era frecuente el contacto con
nuestra pintura actual. Allá conocían solo grandes
maestros de Cuba, ya fallecidos, además de los tres o
cuatro nombres fuertes de pintores criollos vivos que
se fueron a radicar en aquella nación, y algunos de los
nuestros dedicados al ejercicio de poéticas
no-objetuales, instalativas o de abierto
cuestionamiento contextual. Les resultaba “raro” y a la
vez “atrayente” enfrentarse a una veintena de obras de
un artista que no vieron personalmente, en su mayoría de
formatos mayores, con una visión nueva de lo pictórico,
eclécticas, sin apego a corrientes
tradicionales-cubanas de la modernidad, y donde el
lenguaje personal y la expresión del sentido se
proyectaban hacia distintas lecturas y maneras de asumir
el arte. Aparte de la aceptación por los críticos, la
prensa, la televisión, los curadores y los artistas que
estuvieron en contacto con mis imágenes, hubo positiva
reacción de los coleccionistas y otras personas
(profesores y estudiantes universitarios, sobre todo)
que convirtieron los cuadros en objeto de estudio y
reflexión dentro de asignaturas humanísticas. Existió
la iniciativa
―por
parte del Departamento de Educación Artística del Bates
College y la gobernación de dos ciudades de Maine―
de que los
niños de las escuelas primarias asistieran
sistemáticamente a la exposición y luego realizaran
trabajos de clase acerca de lo que les había inspirado
cuatro de las obras. La recepción fructífera que tuvo mi
pintura mostrada en Lewiston, sirvió de base a un
proyecto de expansión que tendrá su segundo momento
significativo en la exhibición de New Haven.
Manuel López Oliva:
Cuba, Mito y Mascarada,
es el título de la muestra que se exhibirá en The Center
Contemporary Art John Slade Ely House, de New Haven.
¿Bajo qué presupuestos está concebida esta exposición,
atendiendo a lugar, fecha, y siendo la segunda ocasión
que te presentas allá en soledad?
Fue precisamente la
buena impresión dejada por mi anterior exposición de
Maine, la que propició el interés del Sr. Paul Clabby,
director del importante Centro de Arte Contemporáneo de
esa Ciudad del Estado de Connecticut, por mis
realizaciones pictóricas. La curadora de la exhibición,
Dra. Lillian Guerra, logró un acuerdo para exhibir mi
obra entre el Ely House y la Universidad de Yale, que
copatrocina la muestra en función de sus intereses
académicos y dentro de un proyecto de presentación de
temas significativos del arte, la cultura y la realidad
actual del Caribe y América Latina. La exposición, que
sobrepasa la cantidad de piezas exhibidas en la anterior
e incluye cuadros del 2004 y 2005, quedará inaugurada a
comienzos de enero y se cerrará a mediados de marzo del
venidero año. Aparte de las obras, contará con la
proyección regular del video de arte Paradojas del
deseo, concebido a partir de mi pintura por el
realizador cubano Juder Laffita. A su vez, existirá un
programa complementario que incluirá conferencias sobre
mi obra y acerca de una posición no complaciente de la
plástica cubana de hoy, además de visitas dirigidas
destinadas especialmente a los estudiantes, profesores
y estudiosos de Yale. Se trata de un nuevo sumando en el
propósito de dar a conocer en la sociedad
norteamericana el lenguaje artístico que me caracteriza,
y abrir así canales para acceder de modo más o menos
estable a un mercado de rigor, distante de la simple
predilección por lo hedonista o lo snob, de las “marcas
generacionales” o los precios apropiados para los
“revendedores” llegados a tierra cubana con disfraces
disímiles.
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Máscara
escénica, 2005
acrílico/tela. 30 x 24 cms |
De nuevo el teatro,
las máscaras… ¿por qué?
Debo empezar
diciéndote que lo teatral y las máscaras no son para mí
simples temas que uso valiéndome de lo característico de
mi estilo. Hay quienes parten de una reiterada manera de
hacer, del personal manejo de ciertos medios
sintácticos del oficio plástico, y con ello pueden
abordar —como es común al ilustrador de revistas y
libros— diversos “contenidos” y temas. Pero ese no es mi
caso…En lo que concibo existe una orgánica fusión de
significado y estructura formal, de referente y
expresión, de figuración y procedimiento creativo. De
ahí que la teatralidad y la mascarada constituyan
ingredientes de un lenguaje visual, complejos semánticos
encarnados en un “macro-tema” que se manifiesta en
relación con otras posibles temáticas, cuerpos de una
problemática humana multilocalizada y sin tiempo. Por
eso, considero al teatro más allá del “arte de la
escena” y del lugar donde se actúa. Lo entiendo como un
equivalente simbólico de la historia o, como he dicho en
otras ocasiones, una metáfora de la vida misma. Y dentro
de esa poética, las máscaras desempeñan los roles
personales, las acciones protagónicas, la función de los
arquetipos y hasta la condición de dobles o espejos de
los propios espectadores. Lo que pinto no es otra cosa
que mi visión de los dramas y las tragedias, monólogos y
comedias reales e interminables….., como interminables
y concretos son el mito, la simulación y el
enmascaramiento.
También es bueno
aclarar que mis máscaras no son solo aditamentos que se
colocan sobre el rostro, sino los propios rostros con
sus singulares geografías de cicatrices y señales del
deseo, el orgullo, la alegría, el dolor y la muerte. En
mis figuraciones está sintetizada una extensa presencia
de estas en actividades, culturas y estamentos sociales
de los hombres. Históricamente han existido máscaras que
afirman la fuerza y el poder, así como otras destinadas
a las funciones míticas, alegóricas, festivas y
memoriales. La identidad resulta, a veces, una máscara.
No solo se ha usado la máscara para ocultar y cambiar el
rostro, sino que igualmente lo ha sido para el cuerpo:
el tatuaje es máscara corporal.
Todos los atributos y
simbolismos del acto de enmascararse me han servido para
desplegar mis “documentos” teatralizados sobre la
conducta y las acciones. Todavía hay mucho que revelar
al respecto.
Algunos estudiosos
opinan que para aprehender tu obra se necesita
información, y más que ello, cultura, por la fusión que
logras entre la cultura clásica y la actualidad. ¿Es tu
intención hacer una pintura así o “es como sale desde
dentro de ti”?
Toda creación
artística verdadera expresa a quién la produce, tenga o
no el autor conciencia de ello. Como soy un individuo
dado también a las labores del intelecto, y por contar
con una cultura “del ojo” y un pensamiento que se ha
nutrido de informaciones disímiles, mi obra se
fundamenta en códigos cultos. En términos populares y
comerciales puede resultar más fácil lograr la
aceptación de imágenes simples y con sentido único,
pero hacer lo que no tiene que ver conmigo, sería
traicionarme y traicionar, por tanto, a los
espectadores.
Siempre he
manifestado mi adhesión a las ideas y al espíritu de
Martí. No sé si porque nací un 19 de mayo o porque he
creado mis pinturas en una edificación de la Habana
Vieja (que hoy peligra con derrumbarse) en la cual
trabajó el Héroe Nacional Cubano. Martí dijo una vez
que “los juicios de lo pasado son códigos de lo futuro”.
En consonancia con esto, te diría que en la concepción
matriz de mis visiones existe la constante
transformación de lo histórico y la cultural en
recursos de expresión necesarios. Simultáneamente hay
un lenguaje que interioriza la dinámica conceptual de
la contemporaneidad. Así, lo clásico (sea antiguo o de
períodos posteriores), por servir de modelo y trascender
en el tiempo, deviene uno de los medios para la
conformación visual de mis expresiones. Esto me
conecta, además, con la combinación de influencias
artísticas derivadas de épocas diferentes, que ha sido
parte del mejor legado posmoderno.
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Retrato del
natural, 2005
acrílico/tela.80 x 60 cms |
¿Cuál es tu mejor
público? ¿Por qué?
A diferencia de
las artes del espectáculo, el cine para espectadores
estandarizados y la televisión, las denominadas Artes
Plásticas o Visuales—con la diversidad de géneros,
transgéneros y modos que hoy concurren en ellas― no se
producen a partir de un determinado nivel de aceptación
o decodificación del público. Prácticamente, en este
campo existen tanto tipos de público como
manifestaciones tradicionales o renovadoras hay. Solo
ciertos especialistas, curadores, críticos y “amantes”
de lo artístico están en condiciones de percibir como
se debe, de entender y disfrutar de una manera plural,
tan vasto “universo” de propuestas.
He notado que mis
realizaciones llegan a varios de esos públicos. Por
suerte, pueden percibirse en su aspecto formal y
cromático, apreciar solo “su cáscara”, lo que les
permite satisfacer gustos hedonistas, deseosos de una
equilibrada armonía. E igualmente se las ve en lo que
representan o sugieren en planos sensoriales, literarios
y eróticos. Pero están también las lecturas integrales,
más específicas e informadas, que pueden asomarse “tras
bambalinas” y detectar los numerosos signos y las
referencias que actúan en cada obra. Y no son pocas las
personas que caen en la trampa de mis operaciones
paradójicas: ven en la imagen lo que parece ser y no lo
que realmente es.
No me decido, por eso,
por un público único. Considero que el carácter complejo
y a la vez abierto de mi pintura se destina a distintos
públicos, que tienen la opción de percibirlas en
correspondencia con sus predilecciones, sensibilidad,
vivencia, formación cultural o información
especializada. Cada persona cuenta con la posibilidad
de asignarles a las obras los sentidos que considere
adecuados.
Y si por todo lo dicho
puede parecer que estoy afiliado a una “estética
relativista”, en verdad no hago más que proyectar,
mediante una concepción poliédrica del hecho plástico,
un amplio campo de significación.
¿Acaso las
características de tu pintura no hacen que existan
desavenencias con respecto a tu obra en el matrimonio
arte-mercado?
Desde hace ya bastante
tiempo Marx descubrió una regularidad de las
producciones destinadas al mercado: “el fetichismo de la
mercancía”. Se trata de la enajenación del producto
respecto del productor y la dominación de este por lo
que produce, lo que también tiene lugar en tipos de arte
cuya finalidad primordial es la comercialización. Así,
la reiteración de una fórmula de oficio y el manejo de
significantes plásticos de éxito, en artistas que se
adaptan a géneros convencionales o serializan imágenes
complacientes y atractivas a los compradores, constituye
el comportamiento más frecuente en firmas de la
plástica que responden al negocio. Y, por desgracia,
tampoco la plástica cubana es ajena a semejante
distorsión de la creatividad y la función del hecho
artístico.
Por tener conciencia
de ese y otros peligros de la mercantilización, evito la
iteración y la monosignificación en mis pinturas. Trato
de que cada cuadro sea “familia” de los demás, pero
nunca una copia o solo variación de los anteriores.
Construyo cada pieza como unidad autónoma, imagen que
responde a un problema específico, y obra orientada a
fines culturales y no exclusivamente a solicitudes de
mercado. La dedicación a un arte de pensamiento, donde
la multiformidad de la vida se expresa mediante escenas,
tipos y máscaras muy diferentes, me aleja del artista
que hace de los valores materiales y del lucro una
meta rectora de su trabajo. Esa es una de las razones
de las desavenencias a las cuales te refieres en la
pregunta, y así mismo del divorcio que subyace, en mi
caso, dentro del matrimonio arte-mercado. Tampoco estoy
dispuesto, por elemental eticidad, a plegarme a las
prácticas comerciales subsidiarias y dependientes (con
ventas en ferias del exterior, subastas criollas y
contratos de entrega periódica…), que también en nuestro
país ya pautan sus ventas, promocionan las firmas y
establecen los rangos de valor a partir de los intereses
de supuestos coleccionistas foráneos, en su mayoría
revendedores.
Suelo vender por
necesidad lo que hago, a quien pueda serle atrayente o
comunicativo; pero no podría dedicarme solo a pintar lo
que más se vende de cuanto he realizado.
A tu vocación y oficio
de pintor unes múltiples aristas (profesor, crítico,
investigador, promotor...). ¿Admites una participación
indirecta de esos otros intensos amores en tu pintura
actual? ¿Por qué?
Debido a la formación
que cuando niño tuve en el manzanillero taller de
pintura de mi padre y por estar entonces muy cerca de la
revista Orto (a 50 metros de mi casa), como
consecuencia de recibir las improntas de las
tradiciones libertarias de mi región y a raíz de la sed
de cultura que se acentuó en los revolucionarios años
60, se me desarrolló una personalidad abierta a varias
disciplinas humanísticas. Por eso desde los tiempos
estudiantiles ejercí labores distintas: de plástica,
literatura, periodismo e investigación cultural. También
he sido profesor de Pintura e Historia del Arte, y a la
par de participar en la génesis de instituciones del
sector, realicé crítica y promoción especializada en las
expresiones visuales. El cine como objeto de análisis,
tampoco quedó fuera de mis intereses…
Hoy debo admitir que
ninguna de esas acciones ha desaparecido completamente
de lo que hago, puesto que se han sumado a mis acervos
y mecanismos de imaginación y reflexión. El periodismo
me aportó la inclinación a estar informado y
actualizado, así como la noción de síntesis en la
formulación de las ideas. La crítica y la docencia de
arte me ampliaron y profundizaron la capacidad de
aceptar y comprender disímiles tendencias artísticas y
tipos de artistas aparentemente contrapuestos. La
investigación en la cultura me ha permitido apreciar el
gusto y los intereses de las gentes, además de ciertos
temas y símbolos que suelo usar en mis obras. El trabajo
de promoción y mercado en entidades de plástica
constituyó, también, un espacio de aprendizaje para la
definición del camino a seguir en la proyección de mis
creaciones. Es así que “esos otros intensos amores”
participan, de manera diversa, en mi pintura actual: en
su gestación, elaboración, tramado conceptual,
interrelación con otros campos y conversión en
propuestas cultas.
En cuanto a la
influencia ejercida sobre la poética que trabajo, te
diría que esas “múltiples aristas” me han transformado
en un artista con “visión de Argos”. Tanto se han tejido
ellas en mi conciencia creadora y método plástico, que
me ayudan a concebir imágenes donde se integran memoria
y presente, operar dialógicamente con los espectadores,
jugar con la dramaturgia y la realidad, y asumir la
crítica de lo histórico y la cultura desde la
perspectiva universal del arte.
Cada día más se acuñan
nuevas escuelas y tendencias en las artes visuales en
Cuba y el mundo. ¿Dónde se
ubicaría con más propiedad tu obra?¿Con cuáles artistas
de esta época te identificas?
Tanto el arte visual del mundo como el de Cuba, conforman hoy
verdaderos “rompecabezas”. Es como si la conciencia
artística global de nuestro tiempo —el comenzado siglo
XXI, porque ya el XX es pasado— estuviera estructurada
por numerosísimas líneas de creación (clásicas,
tradicionales–modernas, no-objetuales, posmodernas…) e
incontables propuestas individuales. Todas, en alguna
medida, encarnan funciones instrumentales, sintácticas o
semánticas en la contemporaneidad. Por eso, un artista
que desee ser realmente actual en su espíritu y
lenguaje, deberá liberarse de la manida mecánica de
sustituciones y oposiciones de tendencias practicadas
por muchos artistas, útiles a ciertos críticos y
curadores, productivas para determinados comerciantes.
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Ajax. 1999.
óleo/tela. 130 x 108 cms |
Cuando se toman al azar algunos de mis cuadros o creaciones
gráficas ― “Antígona”,
“Monólogo”, “Ríe Payaso”, “Ajax”, “Boceto para baile de
máscaras”, “Fuenteovejuna”, “Brand” , “Ícaro la
máscara”, “Máscaras de baile”, “El pastor y la máscara”,
o “¿Divina máscara?”— se advierte que en mi hacer
suelen conjugarse diferentes concepciones del arte.
Trabajo según un criterio desprejuiciado que me permite
tomar lo que necesito para dar forma artística a la idea
que se visualiza en la mente. No temo por los
resultados híbridos, combinatorios, porque provengo de
una idiosincrasia nacional híbrida (“barroca” la han
llamado Carpentier, Lezama Lima y otros pensadores) y
porque la experiencia vital hizo de mí una
personalidad también híbrida. Lo ahora ecléctico del
campo visual y de la información vívida del arte me
sitúa, además, como un pintor equidistante, por igual,
de múltiples tendencias y nombres. Creadoramente estoy
hasta desencajado de mi generación, puesto que por el
enfoque de mi obra, las operaciones conceptuales que en
ella se tejen y el carácter cuestionador que asoma
frecuentemente en mis imágenes, tiendo a coincidir más
con artistas del mundo o cubanos surgidos desde finales
de los 80, que con los que hoy tienen edades próximas a
la mía o tuvieron su primer momento de labor profesional
en el primer lustro de los 70. Es bueno recordar,
además, que cada generación del arte cubano del siglo XX
tuvo nombres que parecían distantes y raros, porque no
concordaban con la concepción expresiva que unía a la
mayoría. Bastaría señalar, por ejemplo, a Fidelio
Ponce y Antonia Eiríz, ambos verdaderamente singulares
respecto de los indicadores estéticos más generales de
las generaciones donde figuraron.
De hecho, lo que hago se coloca en una especie de “tierra de nadie
“y a la vez “de todos”. Quizás sea eso lo que impide una
clasificación generacional, de estilo o tendencia, y
hasta genérica, de mi obra. Posiblemente también es lo
que torna mi itinerario paralelo, y no exactamente
integrado a las etapas y parámetros que arman los
esquemas de periodización del arte cubano más comunes en
la historiografía al uso y en los museógrafos.
Haber llegado a valorar de modo equivalente y sin superficiales
dicotomías todo ese conjunto de concepciones y prácticas
del arte, ha sido la base para que me identifique —como
artista— con muchísimos autores y corrientes nacidas en
la pasada centuria, así como con lo que caracteriza a
creadores y artesanos de otras épocas, y con cineastas,
teatristas, gente de ópera, escenógrafos, coreógrafos y
videoastas devenidos enriquecedores de la visualidad.
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