Año IV
La Habana

3 - 9 de DICIEMBRE
de
2005

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ENTREVISTA CON TARIQ ALÍ
Los imperios son poderosos,
pero no más que los pueblos
Pedro de la Hoz
La Habana


Dos sustantivas razones trajeron a La Habana a Tariq Alí: conocer de cerca la realidad de la Isla y testimoniar el agradecimiento de sus compatriotas por la valiosa ayuda médica cubana a los damnificados del terremoto que asoló la Cachemira paquistaní en octubre de 2005.

Nada de este mundo le es ajeno al historiador, politólogo y novelista que desde su juventud en Paquistán —nació en Lahore en 1943— ha desarrollado un intenso activismo político a favor de los explotados.

En Cuba son conocidos sus textos críticos sobre las guerras emprendidas por EE.UU. en el comienzo de este nuevo siglo y sus estudios acerca de los conflictos contemporáneos relacionados con el mundo islámico. Menos conocida es entre nosotros su trayectoria como novelista y cineasta, por lo que medio en broma, dice: “Ustedes los cubanos no saben lo que se están perdiendo”.

Aquí se ha reunido con colegas del ámbito académico y otras figuras intelectuales, visitó la Escuela Latinoamericana de Medicina, dictó una lección magistral en la Universidad de La Habana y sostuvo encuentros de trabajo con directivos del Instituto Cubano del Libro.

En medio de tan apretada agenda, accedió a esta entrevista. 

Uno de sus libros más recientes se titula Bush in Babylon. ¿Por qué lo escribió? ¿Qué espera del lector norteamericano ante esa obra?

Ese libro nació como respuesta a los acontecimientos que se derivan de la agresión norteamericana contra Iraq. Trato de explicar los orígenes de la guerra y no es fortuito el subtítulo: “La recolonización de Iraq”. Pues se trata justamente de eso, de una guerra de recolonización, de un programa militar que responde al esquema de la hegemonía mundial que se ha planteado la cúpula neoconservadora que detenta el poder en EE.UU., secundada por sus aliados. Está el problema del petróleo, pero no se trata solamente de poseer esa vital fuente energética, sino de ejercer el dominio en todos los órdenes sobre un país. Hablo de un poder transnacional, que se hizo evidente apenas unas semanas después de iniciado el intento de ocupación cuando un grupo de compañías norteamericanas se repartió el botín de la llamada reconstrucción de esa nación.

Quisiera que esas ideas, como otras que se derivan de estudios muy serios sobre la guerra, ayudaran a la corriente de opinión cada vez más caudalosa que se observa en EE.UU., y también en Gran Bretaña, contra la guerra. Yo voy a menudo a EE.UU. y en estos momentos, como nunca antes, se advierte el rechazo de la gente a la aventura bélica. Bush está en un punto crítico, con la aceptación de su gestión por el suelo.  

La Casa Blanca se apresuró a declarar el fin de la guerra en Iraq. Como se ha visto, la guerra no ha terminado. La resistencia va en aumento. ¿Cómo usted avizora el curso de los acontecimientos en ese país?

Evidentemente, EE.UU. se ha empantanado. Nunca calcularon que la resistencia iba a ser consistente. Creyeron que derrocando a Saddam Hussein serían aclamados como héroes. Durante los últimos tiempos, Saddam estaba fuera de la realidad. Muchos oficiales y soldados del Ejército iraquí, antes de la invasión, se retiraron a sus lugares de origen y guardaron gran cantidad de armas. Los ocupantes han descubierto algunos de estos arsenales. Se prepararon para una guerra a largo plazo, a hacerles la existencia imposible a los invasores. Eso es lo que está pasando. La única manera de reducir totalmente la resistencia sería bombardeando cada metro cuadrado del territorio iraquí hasta convertirlo en cenizas. Pero entonces habrían perdido el petróleo y los recursos naturales. No pueden hacerlo sin afectar los intereses de sus corporaciones.  EE.UU. y sus aliados no poseen el dominio ni siquiera de la llamada zona verde de la capital. A la corta o a la larga van a tenerse que marchar.  

¿Cómo usted compararía el movimiento de rechazo a la guerra de Vietnam y el repudio que genera ahora la intervención en Iraq?

Son momentos diferentes. A fines de los 60 y principios de los 70 se articuló un movimiento social en diversos sectores de la población norteamericana, que llegó a estremecer los cimientos de la nación. Luego muchas voces fueron silenciadas y el sistema adoptó una estrategia para ello. El sistema reacomodó sus estrategias de dominación interna. Pero esa es otra historia. Lo cierto fue que el movimiento existió. Ahora crece, como decía, el rechazo contra la guerra y han quedado expuestos las mentiras y los ardides de los que se valió el Gobierno de Bush para embarcar a sus compatriotas en esta guerra condenada, más temprano que tarde, al fracaso. Pero el fundamentalismo del pensamiento neoconservador se mantiene intacto.  

Por cierto, de ese otro fundamentalismo apenas si se habla. Solamente para los medios existe el fundamentalismo islámico.

Tiene razón. Esos medios han satanizado al Islam. Pero pocas veces advierten que el fundamentalismo de la derecha cristiana en EE.UU. es peligroso, puesto que se halla inserto en la médula de los propios mecanismos del poder. Los medios hablan de Al Qaeda, de Osama bin Laden, pero también pocas veces recuerdan que son creaciones del gobierno norteamericano de cuando deseaban echar a los soviéticos de Afganistán. Hay quienes quieren justificar la agresión bajo un supuesto choque de civilizaciones y eso es una gran mentira y a la vez un crimen. Ignoran los estrechos vínculos que existieron entre el cristianismo, el islamismo y el judaísmo en los albores del anterior milenio, los muchos valores compartidos entonces, hasta que por razones económicas y políticas fueron expulsados los árabes y judíos de España, los sometieron a la Inquisición o los obligaron a la conversión. Por otra parte, cuando se habla de terrorismo se suele asociar con el ámbito islámico y nunca se habla del terrorismo de Estado ejercido por las potencias imperialistas, ni de ese terrorismo mediático que desde los centros que  ejercen la hegemonía globalizan ideas preconcebidas. 

¿Cree que los intelectuales pueden ayudar a que el espíritu belicista de la actual administración de Washington, compartido por el gobierno del premier británico Anthony Blair, pueda ser frenado?

De hecho está ayudando. Debieran difundirse más iniciativas como las del Tribunal Mundial sobre Iraq (WTI), que sesionó en Estambul en junio de 2005. Yo no pude estar presente, pero envié un mensaje. Destacados académicos expusieron allí informes sobre la guerra de agresión, los crímenes y las torturas de los ocupantes. Fue un juicio moral que condenó al imperialismo. El jurado de conciencia integrado, entre otras personalidades amigas, por la escritora india Arundhati Roy y el sociólogo y teólogo belga Francois Houtart, llegó a esa conclusión debidamente fundamentada, sobre la base de que la agresión a Iraq agrede nuestra dignidad, nuestra inteligencia y nuestro futuro. Es deseable que acciones de tal naturaleza lleguen a cobrar la misma fuerza que más de treinta años atrás alcanzó el Tribunal Internacional Bertrand Russell que condenó los crímenes contra Vietnam. 

Además del caso iraquí, ¿sobre qué otras realidades debería actuar una conciencia crítica como la que el mundo necesita?

A mí me espanta la posibilidad de que un continente entero pueda desaparecer. Me refiero a África. Naciones enteras hambreadas, azotadas por enfermedades, poblaciones reducidas a sobrevivir a duras penas. Más que derechos humanos, allí se ven desechos humanos. Es el más vivo ejemplo de cómo el neoliberalismo excluye a las mayorías. El imperialismo fomenta elites locales y exacerba las divisiones tribales. Mutila los liderazgos sociales y estimula la corrupción. Lo digo con dolor pero es una verdad que quiero comentar a guisa de ejemplo: la Sudáfrica posterior al apartheid pudiera haber encaminado una propuesta social diferente, sin embargo, en nada han modificado las relaciones de producción.

Sabemos que ha hablado varias veces con el presidente de Venezuela, Hugo Chávez. ¿Qué opinión le merece?

Chávez enfrenta un desafío colosal. Él tiene conciencia de ello. En el plano interno coexiste la dinámica del proceso bolivariano, que se proyecta hacia la justicia social y la redistribución equitativa de la riqueza, con las bases estructurales del sistema capitalista, defendidas por una oligarquía que ha sido derrotada varias veces por la mayoría chavista. Es importante defender a Chávez por lo que representa para Venezuela, América Latina y el mundo.

  

¿Ve en América Latina una perspectiva de cambio?

El proceso bolivariano y el no alineamiento de Argentina, Uruguay y Brasil a las exigencias de Washington configuran un panorama muy interesante, que puede serlo más si Evo Morales asciende a la presidencia de Bolivia. Todo esto, junto a la resistencia ejemplar de la Revolución Cubana, me hace pensar en un escenario de cambios en este continente y, a la vez, me hace sospechar sobre las nuevas insidiosas formas que adoptará Washington para tratar de impedir esta realidad. El imperialismo es poderoso, pero no más que los pueblos. 

En otro orden de cosas, usted sabe que Cuba ofreció ayuda médica a los norteamericanos damnificados por el huracán Katrina y el Gobierno de EE.UU. nunca respondió a ese gesto humanitario y de buena voluntad. Ahora hay médicos y personal de salud cubanos en Pakistán, asistiendo a las víctimas del terremoto de octubre último. ¿Qué reflexión le motiva este asunto?

Quienes decidieron privar a los pobres norteamericanos, los más afectados por el huracán, tienen la posibilidad de confrontar la experiencia paquistaní. Es hermoso saber que nos han tendido una mano solidaria, sin pedir nada a cambio. El gesto de los médicos cubanos se inscribe en los anales del internacionalismo. Muchos de mis compatriotas han aprendido una nueva palabra de amor: Cuba. 

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