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Dos sustantivas razones trajeron a La Habana a Tariq
Alí: conocer de cerca la realidad de la Isla y
testimoniar el agradecimiento de sus compatriotas por la
valiosa ayuda médica cubana a los damnificados del
terremoto que asoló la Cachemira paquistaní en octubre
de 2005.
Nada de este mundo le es ajeno al historiador,
politólogo y novelista que desde su juventud en
Paquistán —nació en Lahore en 1943— ha desarrollado un
intenso activismo político a favor de los explotados.
En Cuba son conocidos sus textos críticos sobre las
guerras emprendidas por EE.UU. en el comienzo de este
nuevo siglo y sus estudios acerca de los conflictos
contemporáneos relacionados con el mundo islámico. Menos
conocida es entre nosotros su trayectoria como novelista
y cineasta, por lo que medio en broma, dice: “Ustedes
los cubanos no saben lo que se están perdiendo”.
Aquí se ha reunido con colegas del ámbito académico y
otras figuras intelectuales, visitó la Escuela
Latinoamericana de Medicina, dictó una lección magistral
en la Universidad de La Habana y sostuvo encuentros de
trabajo con directivos del Instituto Cubano del Libro.
En
medio de tan apretada agenda, accedió a esta entrevista.
Uno de sus libros más recientes se titula Bush in
Babylon. ¿Por qué lo escribió? ¿Qué espera del
lector norteamericano ante esa obra?
Ese libro nació como respuesta a los acontecimientos que
se derivan de la agresión norteamericana contra Iraq.
Trato de explicar los orígenes de la guerra y no es
fortuito el subtítulo: “La recolonización de Iraq”. Pues
se trata justamente de eso, de una guerra de
recolonización, de un programa militar que responde al
esquema de la hegemonía mundial que se ha planteado la
cúpula neoconservadora que detenta el poder en EE.UU.,
secundada por sus aliados. Está el problema del
petróleo, pero no se trata solamente de poseer esa vital
fuente energética, sino de ejercer el dominio en todos
los órdenes sobre un país. Hablo de un poder
transnacional, que se hizo evidente apenas unas semanas
después de iniciado el intento de ocupación cuando un
grupo de compañías norteamericanas se repartió el botín
de la llamada reconstrucción de esa nación.
Quisiera que esas ideas, como otras que se derivan de
estudios muy serios sobre la guerra, ayudaran a la
corriente de opinión cada vez más caudalosa que se
observa en EE.UU., y también en Gran Bretaña, contra la
guerra. Yo voy a menudo a EE.UU. y en estos momentos,
como nunca antes, se advierte el rechazo de la gente a
la aventura bélica. Bush está en un punto crítico, con
la aceptación de su gestión por el suelo.
La Casa Blanca se apresuró a declarar el fin de la
guerra en Iraq. Como se ha visto, la guerra no ha
terminado. La resistencia va en aumento.
¿Cómo usted avizora el curso de los acontecimientos en
ese país?
Evidentemente, EE.UU. se ha empantanado. Nunca
calcularon que la resistencia iba a ser consistente.
Creyeron que derrocando a Saddam Hussein serían
aclamados como héroes. Durante los últimos tiempos,
Saddam estaba fuera de la realidad. Muchos oficiales y
soldados del Ejército iraquí, antes de la invasión, se
retiraron a sus lugares de origen y guardaron gran
cantidad de armas. Los ocupantes han descubierto algunos
de estos arsenales. Se prepararon para una guerra a
largo plazo, a hacerles la existencia imposible a los
invasores. Eso es lo que está pasando. La única manera
de reducir totalmente la resistencia sería bombardeando
cada metro cuadrado del territorio iraquí hasta
convertirlo en cenizas. Pero entonces habrían perdido el
petróleo y los recursos naturales. No pueden hacerlo sin
afectar los intereses de sus corporaciones. EE.UU. y
sus aliados no poseen el dominio ni siquiera de la
llamada zona verde de la capital. A la corta o a la
larga van a tenerse que marchar.
¿Cómo usted compararía el movimiento de rechazo a la
guerra de Vietnam y el repudio que genera ahora la
intervención en Iraq?
Son momentos diferentes. A fines de los 60 y principios
de los 70 se articuló un movimiento social en diversos
sectores de la población norteamericana, que llegó a
estremecer los cimientos de la nación. Luego muchas
voces fueron silenciadas y el sistema adoptó una
estrategia para ello. El sistema reacomodó sus
estrategias de dominación interna. Pero esa es otra
historia. Lo cierto fue que el movimiento existió. Ahora
crece, como decía, el rechazo contra la guerra y han
quedado expuestos las mentiras y los ardides de los que
se valió el Gobierno de Bush para embarcar a sus
compatriotas en esta guerra condenada, más temprano que
tarde, al fracaso. Pero el fundamentalismo del
pensamiento neoconservador se mantiene intacto.
Por cierto, de ese otro fundamentalismo apenas si se
habla. Solamente para los medios existe el
fundamentalismo islámico.
Tiene razón. Esos medios han satanizado al Islam. Pero
pocas veces advierten que el fundamentalismo de la
derecha cristiana en EE.UU. es peligroso, puesto que se
halla inserto en la médula de los propios mecanismos del
poder. Los medios hablan de Al Qaeda, de Osama bin
Laden, pero también pocas veces recuerdan que son
creaciones del gobierno norteamericano de cuando
deseaban echar a los soviéticos de Afganistán. Hay
quienes quieren justificar la agresión bajo un supuesto
choque de civilizaciones y eso es una gran mentira y a
la vez un crimen. Ignoran los estrechos vínculos que
existieron entre el cristianismo, el islamismo y el
judaísmo en los albores del anterior milenio, los muchos
valores compartidos entonces, hasta que por razones
económicas y políticas fueron expulsados los árabes y
judíos de España, los sometieron a la Inquisición o los
obligaron a la conversión. Por otra parte, cuando se
habla de terrorismo se suele asociar con el ámbito
islámico y nunca se habla del terrorismo de Estado
ejercido por las potencias imperialistas, ni de ese
terrorismo mediático que desde los centros que ejercen
la hegemonía globalizan ideas preconcebidas.
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¿Cree que los intelectuales pueden ayudar a que el
espíritu belicista de la actual administración de
Washington, compartido por el gobierno del premier
británico Anthony Blair, pueda ser frenado?
De hecho está ayudando. Debieran difundirse más
iniciativas como las del Tribunal Mundial sobre Iraq
(WTI), que sesionó en Estambul en junio de 2005. Yo no
pude estar presente, pero envié un mensaje. Destacados
académicos expusieron allí informes sobre la guerra de
agresión, los crímenes y las torturas de los ocupantes.
Fue un juicio moral que condenó al imperialismo. El
jurado de conciencia integrado, entre otras
personalidades amigas,
por la escritora india Arundhati Roy y el sociólogo y
teólogo belga Francois Houtart, llegó a esa conclusión
debidamente fundamentada, sobre la base de que la
agresión a Iraq agrede nuestra dignidad, nuestra
inteligencia y nuestro futuro. Es deseable que acciones
de tal naturaleza lleguen a cobrar la misma fuerza que
más de treinta años atrás alcanzó el Tribunal
Internacional Bertrand Russell que condenó los crímenes
contra Vietnam.
Además del caso iraquí, ¿sobre qué otras realidades
debería actuar una conciencia crítica como la que el
mundo necesita?
A
mí me espanta la posibilidad de que un continente entero
pueda desaparecer. Me refiero a África. Naciones enteras
hambreadas, azotadas por enfermedades, poblaciones
reducidas a sobrevivir a duras penas. Más que derechos
humanos, allí se ven desechos humanos. Es el más vivo
ejemplo de cómo el neoliberalismo excluye a las
mayorías. El imperialismo fomenta elites locales y
exacerba las divisiones tribales. Mutila los liderazgos
sociales y estimula la corrupción. Lo digo con dolor
pero es una verdad que quiero comentar a guisa de
ejemplo: la Sudáfrica posterior al apartheid pudiera
haber encaminado una propuesta social diferente, sin
embargo, en nada han modificado las relaciones de
producción.
Sabemos que ha hablado varias veces con el presidente de
Venezuela, Hugo Chávez. ¿Qué opinión le merece?
Chávez enfrenta un desafío colosal. Él tiene conciencia
de ello. En el plano interno coexiste la dinámica del
proceso bolivariano, que se proyecta hacia la justicia
social y la redistribución equitativa de la riqueza, con
las bases estructurales del sistema capitalista,
defendidas por una oligarquía que ha sido derrotada
varias veces por la mayoría chavista. Es importante
defender a Chávez por lo que representa para Venezuela,
América Latina y el mundo.
¿Ve en América Latina una perspectiva de cambio?
El proceso bolivariano y el no alineamiento de
Argentina, Uruguay y Brasil a las exigencias de
Washington configuran un panorama muy interesante, que
puede serlo más si Evo Morales asciende a la presidencia
de Bolivia. Todo esto, junto a la resistencia ejemplar
de la Revolución Cubana, me hace pensar en un escenario
de cambios en este continente y, a la vez, me hace
sospechar sobre las nuevas insidiosas formas que
adoptará Washington para tratar de impedir esta
realidad. El imperialismo es poderoso, pero no más que
los pueblos.
En otro orden de cosas, usted sabe que Cuba ofreció
ayuda médica a los norteamericanos damnificados por el
huracán Katrina y el Gobierno de EE.UU. nunca respondió
a ese gesto humanitario y de buena voluntad. Ahora hay
médicos y personal de salud cubanos en Pakistán,
asistiendo a las víctimas del terremoto de octubre
último. ¿Qué reflexión le motiva este asunto?
Quienes decidieron privar a los pobres norteamericanos,
los más afectados por el huracán, tienen la posibilidad
de confrontar la experiencia paquistaní. Es hermoso
saber que nos han tendido una mano solidaria, sin pedir
nada a cambio. El gesto de los médicos cubanos se
inscribe en los anales del internacionalismo. Muchos de
mis compatriotas han aprendido una nueva palabra de
amor: Cuba. |