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En los comienzos, la música que cultivaban los
primitivos creadores surgidos en Nueva Orleans era
embrionaria. Ejecutantes en su mayoría intuitivos, que
se veían obligados a investigar por sí mismos los
desconocidos recursos que les ofrecían sus nuevos
instrumentos, con los cuales recién entraban en
contacto, el campo de sus expresiones no acusaba la
amplitud que no tardaron en abarcar.
Y era también
anónima, pues aún no se la había bautizado con el
nombre con que iba a recorrer el mundo. Cuando la
gente se refería entonces al jazz decía: “That
raggedy uptown music” (esa música sincopada de la
parte alta de la ciudad). Durante mucho tiempo,
asimismo, según lo manifiesta el crítico
norteamericano Charles Edward Smith, la palabra
créole era sinónimo de jazz1.
Y las orquestas que cultivaban la estética de Basin
Street se llamaban coon bands o syncopated
orchestras.
Pronto, tras los
primeros balbuceos emitidos por los grupos precursores,
la técnica de la nueva música fue cobrando mayor soltura
y más honda profundidad, mientras las improvisaciones
ampliaban la esfera de su expresión. Entretanto, el jazz
perfilaba sus leyes estéticas básicas, que lo apartan de
la tradición europea de la música y que, por
consiguiente, requieren ser enfocadas desde un prisma
distinto.
Nacía la denominada
escuela de Nueva Orleans o New Orleans school. Llamada
también polifónica, pues en ella se cultiva la
improvisación a varias voces o colectiva, que quizá sea
una reminiscencia del carácter social del arte negro y
que, sin duda, constituye una herencia del alto
desarrollo polifónico observado en el África Occidental,
esta modalidad, la primigenia y original, la esencia
prístina del jazz, su expresión más castiza y
representativa, tanto en lo que atañe a su letra como en
lo que respecta a su espíritu, entraña rasgos que la
diferencian de las concepciones que de ella surgieron,
como las de Dixieland, Memphis, Chicago y Nueva York,
que no son sino ramas del tronco madre nacido en Nueva
Orleans.
Los creadores de la
escuela de Luisiana, que habían nacido en un mismo
ambiente, pertenecían a una misma generación artística,
experimentaban las mismas necesidades, sostenían
idénticas premisas estéticas y ejecutaban juntos
siempre, tocaban en forma semejante. Era como el
lenguaje de una misma familia, en la cual sus diversos
miembros emplean giros y vocablos similares.
La de Nueva Orleans
es la escuela primaria en que se expresaban los músicos
que plasmaron el arte sincopado —los black butt
players o fakers, instrumentistas que no
leían una sola nota de música, pero que ejecutaban con
un feeling y una originalidad antes
desconocidos—, la modalidad pura, la más honda y
legítima, no estilizada, ni tampoco adulterada. Es la
concepción que mejor retiene el acento de los genuinos
dirty, low-down blues, y sus
castizas manifestaciones están hermanadas por un típico
acento que en los EE.UU. denominan New Orleans swing o
New Orleans feeling.
Cuando el arte recién
gestado comenzaba a ensayar sus primeros y tímidos
vuelos, los negros llamaban to play New Orleans
—tocar Nueva Orleans— a ejecutar jazz.
No cabe la menor duda
de que a través de esta modalidad, el jazz alcanzó su
máxima manifestación formal y expresiva; llegó al clímax
de su originalidad y de su calidad.
Técnicamente, los
creadores de este modo de interpretación aprendieron a
extraer de sus instrumentos el mayor rendimiento, no
solo en lo que respecta a la ejecución individual, sino,
particularmente, en lo que
concierne a la combinación de las tres voces melódicas
que componen la típica orquesta de Nueva Orleans.
Producto del
ejecutante negro espontáneo, que creó esta expresión
artística al margen de la música escrita y de la
tradición europea del lenguaje sonoro, su característica
fundamental es, precisamente, el germen que le insufló
la vida: la improvisación. Al calor de la influencia
coral y polifónica del cancionero afronorteamericano,
los intérpretes de Nueva Orleans no se consagraron a la
improvisación individual, como es dado hallar en las
baladas, en los folk blues, en los hollers,
en la llamada escuela de Memphis, sino que abrazaron, de
inmediato, la de varias voces instrumentales, colectiva
o polifónica. La improvisación tripartita —corneta o
trompeta, trombón, clarinete—, sustentada por el
sístole y el diástole de la percusión —que era mucho más
sencilla en su instrumental, pero más rítmica y
generadora de swing que la empleada por los
conjuntos "modernos"—, el contrabajo, el banjo o la
guitarra y, más tarde, el piano, se convirtió, desde el
comienzo, en la piedra de toque de la New Orleans school.
De este modo, pues,
la música creada por los grupos de Luisiana no es
desarticulada, inconexa, como el llamado swing o
el be-bop, sino homogénea, equilibrada y
ricamente melódica. No hay que valorizarla por tal o
cual solo instrumental, por determinado destello de
inspiración surgido de un músico, sino por la obra del
conjunto, por la proporción que guardan las distintas
voces, por la inspiración y el equilibrio colectivos que
revele.
En este tipo de
interpretaciones predomina el trabajo en grupo. Se
prescinde casi por completo de los solos
instrumentales, a excepción de los tradicionales
breaks de dos compases, cuyo origen se encuentra en
los folk blues. Porque la New Orleans school es
hija de una absoluta colaboración de los diversos
instrumentos de la orquesta en la pintura de un cuadro
general. Las tres voces melódicas —llamadas horns
por los negros— improvisan simultáneamente, logrando
crear un exquisito entramado polifónico, sin que
sobresalga ninguna de ellas.
Pero este terceto de
voces se mueve con plena soltura y equilibrio absoluto;
se complementa y apoya en forma tal, que nos hace pensar
que la de Nueva Orleans es la escuela perfecta del jazz,
tanto en lo que se refiere a su forma como en lo que
atañe a su fondo o a su instrumental. En estas
interpretaciones, cuando están plenamente logradas, lo
cual no siempre sucede, reinan una claridad y un orden
acabados. Y el ensemble; obtiene un robusto
cuerpo melódico, de notable colorido.
Semejante manera
interpretativa exige, desde luego, un absoluto dominio
técnico de los instrumentistas y, sobre todo, una
perfecta comprensión de lo que debe ser la parte que
cada ejecutante improvisa, con relación a las de los
demás componentes de la orquesta, pues, de lo contrario,
se produciría el caos más absoluto.
Ocupa la corneta o
trompeta, en la escuela jazzística que estudiamos, el
lugar del tenor en la música vocal afronorteamericana.
Está encargada de llevar el tema melódico, improvisando
sobre su diseño; tiene reservado el papel directriz,
pues toca el lead, a causa de su sonido
dominante. En sus manos se encuentra la conducción de
los demás instrumentos en las improvisaciones
colectivas. Y en esta labor de líder emplea frases más o
menos sencillas, con pocos adornos, ejecutando, por lo
común, en el registro medio y luciendo la amplitud de su
vibrato abierto y generoso, que es peculiar de
este modo interpretativo.
Es frecuente también
que solo toque notas sobre el beat, aunque no
exactamente, sino anticipándose o retrasándose.
La corneta o trompeta
hace un generoso empleo del vibrato y de los
expresivos colores de la voz afroamericana. Y para
imprimir mayor variedad a sus entonaciones, utiliza las
sordinas más variadas. Buddy Bolden usaba un émbolo de
goma, un vaso, la mitad de la cáscara de un coco, una
galera, el pañuelo o la mano.
En los casos en que
la orquesta cuenta con dos cornetas —la Creole Jazz
Band,
de King Oliver o la Ragtime Band,
de Buddy
Bolden—, la segunda toca, usualmente, la parte aguda o
la grave que corresponde, al clarinete y al trombón,
respectivamente.
Louis
Armstrong, King Oliver; Kid Shots Madison, Louis Dumaine,
Wooden Joe Nicholas, George Mitchell, Tommy Ladnier,
“Papa” Mutt Carey, Punch Miller.
“Punk” Johnson, Natty
Dominique, Freddie Keppard, Howard Scott, Kid Rena y Kid
Howard constituyen bellos ejemplos de esta interesante
concepción interpretativa.
En
la New Orleans
school, el trombón, que ocupa el sitio del barítono o el
bajo en los coros afroamericanos, adopta la forma de
ejecución denominada tailgate, vamp,
parade style o cellar playing, según la cual,
además de proporcionar un vigoroso puntal rítmico,
efectuando cortos glissandi o sliding tones,
que constituyen una de las características expresivas
más genuinas de la música negra y del jazz, improvisa
esporádicos contracantos.
El papel que
desempeñaba este instrumento, en manos de artistas del
predicamento de Kid Ory y Honoré Dutray, pasó, de
inmediato, a adquirir mayor relieve como voz melódica en
el conjunto, no solo desde el punto de mira del color y
la expresión, sino también del equilibrio que brinda a
la improvisación de tres partes.
Así, la escuela de
Luisiana cobró su voz definitiva, técnicamente
hablando, pues desde el ángulo espiritual, sus células
se renuevan sin cesar a través de la vitamina de la
improvisación, por lo cual ha podido sobrevivir a lo
largo del tiempo y conquistar la popularidad que en
estos momentos presencia, tanto en los EE.UU. como en
Europa o Australia.
Verdaderos arquetipos
de esta manera sureña del Jazz son Zue Robertson, Roy
Palmer, Honoré Dutray, Kid Ory, Jim Robinson, James
Archey, George Bryant.
Santo
Pecora, Eddie B. Edwards, Emile Christian, George Brunis,
Albert Warner, Julián Lane y Turk Murphy.
Hemos dicho que el
método de interpretación de Luisiana se caracteriza por
el singular equilibrio que guardan entre sí las
distintas voces del grupo orquestal. No puede negarse,
sin embargo, que el clarinete, que tomó el lugar de la
voz de soprano o alto, tiene asignado un papel más
desembarazado que el de la corneta o el trombón;
entreteje sus sonoridades con las de los instrumentos de
bronce, en una improvisación completamente libre, que
produce un exquisito efecto de contraste. Porque su
desempeño es más flexible, y en ello influye, sin la
menor duda, la propia naturaleza del instrumento, la
cual permite mayor virtuosismo y una digitación mucho
más ágil.
Los clarinetistas que
cultivan el sistema tradicional de la ciudad de la
desembocadura del Misisipí echan mano de un vibrato
rápido y muy pronunciado, y una entonación fluida y
llena. Su fraseo es ligero, pleno de notas ligadas,
vertidas con gran virtuosismo y suma agilidad. Las
frases, de estructura a veces sinuosa, quebrada, se
construyen con abundantes notas rápidas, ejecutadas con
vivaz digitación. Frecuente es el uso de glissandi
que van del agudo al grave, para luego retornar a
aquella tesitura, la empleada con mayor asiduidad.
Ilustran lo dicho,
las creaciones de clarinetistas como Jimmie Noone, Omer
Simeon, Sidney Béchet, George Lewis, Johnny Dodds,
Albert Nicholas, George Baquet, Jimmy O'Brien, Albert
Burbank, Joe Darensbourg, Larry Shields, Dink Johnson,
Darnell Howard, Wade Whaley y Horace Eubanks.
En los conjuntos que
conservan el aliento de esta tradicional concepción
jazzística, la sección rítmica suministra un pulso
permanente y fluido. El baterista acentúa la sincopación
con el snare drum o el platillo en el
contratiempo, mientras con el pie marca los tiempos
fuertes o los cuatro tiempos del compás en el bass
drum; el contrabajo señala los tiempos fuertes,
mientras el piano —cuando existe— subraya con la mano
izquierda los tiempos fuertes y los débiles con la
derecha; y, por fin, la guitarra o el banjo apoya los
cuatro tiempos.
Con el correr de los
años, las orquestas de Nueva Orleans fueron
introduciendo, poco a poco, algunos solos más extensos
que los simples breaks de dos compases. El origen
de estos pasajes instrumentales lo atribuye el crítico
Rudi Blesh2
a que, después de largas marchas, los integrantes de las
bandas de desfile o street parade experimentaban
la necesidad de gozar de un momento de resuello.
Entonces, el director hacía señas a alguno de los
instrumentistas para que ejecutara solo, mientras sus
compañeros se enjugaban la transpiración, fumaban o
descansaban.
A causa de los
absurdos prejuicios, la tristemente célebre línea de
color o jim crow que aún hoy impera en la
patria de Lincoln, a los músicos negros no se les han
brindado las mismas oportunidades de trabajo que a sus
hermanos blancos, efectuándose una discriminación étnica
que carece por completo de fundamento, el jazz
—tal como ocurrió anteriormente con los minstrel
shows— fue divulgado por músicos blancos, a través
del disco fonográfico —la Original Dixieland
Jazz Band,
Earl Fuller's Famous Jazz Band,
los Louisiana
Five, etcétera—, y no por sus propios creadores,
los afronorteamericanos, que son quienes le imprimen su
auténtica vibración hot.
Ese tonto y
malintencionado misonegrismo, que no es sino una
pequeñísima parte de las tremendas injusticias cometidas
a diario con casi quince millones de hombres que no han
hecho sino trabajar y luchar, tanto en la paz como en la
guerra, por el engrandecimiento de su patria, a la cual
se incorporaron un año antes que los peregrinos del
Mayflower —el primer cargamento de esclavos
arribó a Jamestown, en las costas de Virginia, a bordo
de un velero holandés, en el año 1619—, nos ha privado
de la genuina prueba documental necesaria para juzgar el
período al cual nos estamos refiriendo. Porque, aunque
algunos veteranos de aquella época heroica se han
asomado, en estos últimos tiempos, a las salas de
grabación de discos fonográficos, lo han hecho en
condiciones desfavorables, toda vez que se hallaban
retirados de su profesión y dedicados a otras
actividades —manuales y muy subalternas, por lo
general—, y, por motivos de salud —afecciones dentales,
tan importantes en la ejecución de instrumentos de
boquilla—, o, por su edad avanzada, no pueden tocar en
la forma en que lo hacían en su juventud.
Agreguemos, además,
el prejuicio que siempre ha existido contra la música y
las expresiones artísticas emanadas de fuente popular,
prejuicio que, por cierto, hasta los mismos negros han
revelado contra sus propias manifestaciones musicales de
raíz folclórica.
Oigamos lo que
Langston Hughes expresa en su novela Pero con risas:
“Los esposos Siles
odiaban los blues y los spirituals, porque
eran demasiado negros. En su casa, Sandy no se atrevía a
cantar ni una palabra de Swing low sweet chariot,
pues, ¿qué tenían que ver las oscuras canciones de
los esclavos con la gente respetable? Y el ragtime
pertenecía a los Bottoms, a los pecadores”3.
La almidonada
burguesía de Nueva Orleans, por su parte, también le
puso la letra escarlata al jazz. Y no podía ser de otro
modo, pues era cosa de negros.
Al respecto, es
interesante ver lo que dice su oráculo, el Times-Picayune
en 1918:
“¿Qué son, al fin y
al cabo, la música de jazz y las jazz bands? El
jazz es una manifestación de carácter degradante, propia
del gusto de una raza aún no redimida por la
civilización. Podríamos ir más lejos todavía y afirmar
que la música de jazz constituye una historia indecente,
sincopada y en contrapunto. En sus comienzos solo se la
gustaba vergonzosamente, a puertas cerradas, como todos
los vicios; luego se popularizó hasta ganar los barrios
decentes, en los cuales únicamente se la toleró por su
aspecto burlesco… En materia de jazz, Nueva Orleans debe
tener un interés particular, puesto que se afirma que
aquí nació este vicio musical, cuyo origen se encuentra
en los más turbios rincones de los barrios populares.
Nos negamos a reconocer esa paternidad, y no deseamos el
favor de esas charlatanerías; todo lo contrario,
queremos ser los últimos en aceptar semejante salvajismo
en medio de una sociedad culta. ¡Dondequiera que brote
el jazz, nos haremos un deber cívico el suprimirlo!”4
Hasta el año 1921, el
auténtico jazz afronorteamericano de la Crescent City,
en manos de sus legítimos creadores, la gente de color
del otro lado de Canal Street, tuvo que aguardar,
pues, para reflejarse en la cera del disco gramofónico.
Es decir, cuando ya contaba casi medio siglo de
existencia.
Corresponde el mérito
de haber sido el primer artista de color que visitó una
sala de grabación de registros fonoeléctricos, para
perpetuar en el disco el jazz afroestadounidense en su
forma pura, al recio trombonista Kid Ory, quien, al
frente de su Brown Skinned Jazz Band, llevó a los
surcos fonográficos, en Los Ángeles, en sello Nords-kog,
número 3009, editadas simultáneamente en etiqueta
Sunshine, las melodías rotuladas “Ory's Creole trombone”
y “Society blues”.
La orquesta, que
apareció en las grabaciones lanzadas bajo ambos signos,
con los nombres de Ory's Sunshine Orchestra y
Spikes Seven Pods Orchestra, estuvo integrada por
un puñado de pioneros: “Papa” Mutt Carey (corneta), Kid
Ory (trombonista), Dink Johnson (clarinete), Fred
Washington (piano), Edward Garland (contrabajista)
y Ben Borders (percusión).
Auténtica
collector's item, rara pieza de colección, buscado
febrilmente por los aficionados de los cinco
continentes, y por el cual se han pagado precios en
verdad fabulosos, este disco ha sido reeditado en 1949,
en sello Paradox. Con ello hemos podido gustar el fuerte
sabor típico del genuino jazz, tal como se creaba en una
época que hoy se trata con vehemencia de reconstruir en
su aspecto musical. Porque “Ory's Creole trombone” y
“Society blues” no son anquilosadas piezas de
museo, sino jugosas versiones que han conservado su
interés y su exquisito hálito estético a través del
tiempo, lo cual pone en evidencia, una vez más, la
fuerza espiritual que aloja en su seno el arte sincopado
de Luisiana.
1
Charles Edward Smith y otros: The jazz record book.
Nueva York, 1942.
2
Rudi Blesh: .Shining trumpets.
Nueva York, 1946.
3
Langston Hughes: Pero con risas.
Trad. y prólogo, de Ortiz Oderigo. Buenos Aires, 1945.
4
Citado por Robert Goffin: Histoire
du jazz. Montreal, 1945.
Texto tomado del libro Estética del jazz, de
Néstor R. Ortiz Oderigo, 2da edición, editorial
RICORDI AMERICANA, Buenos Aires, 1959.
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