Año IV
La Habana

3 - 9 de DICIEMBRE
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ENTREVISTA CON YASEK MANZANO
La energía del jazz joven en Cuba

Roxana Rodríguez La Habana


Yasek Alberto Manzano Silva es uno de esos virtuosos que, con su ejecución de la trompeta y dominio jazzístico impecables, ha alcanzado un sello único con apenas 25 años.

Pocos minutos de conversación con este joven son suficientes para percibir su carácter afable y la timidez para detallar episodios de su breve y prolífico andar por la música. No habla con aires de presumido, más bien parece minimizar sus logros. Por momentos, se ruboriza cuando se refiere a sus reconocimientos o interpretaciones con prestigiosas figuras del jazz; de ellas, prefiere exteriorizar lo valioso del encuentro para su esencia de artista. En tanto, no desaprovecha la ocasión para dejarse conocer como poeta, solo que se le antoja ocultar sus creaciones literarias por ahora.

Educado en un hogar de admiradores de las artes y en particular, la música, muestra desde niño una atracción especial hacia los sonidos de los instrumentos de viento metal. A los siete años ―cuenta su madre― ya tenía definido que estudiaría trompeta, saxofón o clarinete, justo en ese orden. Sin embargo, no es hasta dos años después que ingresa en el Conservatorio Alejandro García Caturla, tras demostrar sus aptitudes musicales, entrenadas de modo intuitivo casi desde la cuna.

“A mi padre siempre le gustó la música instrumental ―rememora Yasek―. En la noche sintonizaba radio Enciclopedia para relajarse, mientras preparaba las clases que impartiría en la Universidad. Desde el cuarto yo escuchaba la melodía invariablemente con la puerta entreabierta porque le temía a la oscuridad y necesitaba esa media luz para conciliar el sueño, además la música me arrullaba y la tarareaba, incluso después de apagada la radio, una y otra vez hasta quedarme dormido. Este ejercicio inconsciente me desarrolló el oído musical y la retentiva. Aquello era una necesidad de expresión, un deseo de reproducir los sonidos que captaba, procesarlos, vivirlos. Los interpretaba como si yo fuera la orquesta y me agradaba mucho esa sensación.

“Memoricé diversos temas antológicos así como un disco del trompetista canadiense Maynard Ferguson con el que quedé fascinado. Este álbum, a pesar de ser bastante comercial, contenía piezas melódicas famosas, intercaladas con improvisaciones jazzísticas realmente magnéticas para mí.

“Este fue uno de los factores que influyó en que durante la adolescencia intentara comprender de dónde salía la improvisación. Aunque desde mucho antes ya lo hacía de manera inconsciente al reproducir la música cantándola o componiéndola como si fuera mi propia sinfonía y que, además, me gustaba sin saber su nombre u origen. Quería conocer qué era el jazz. Entonces me acerqué a Bobby Carcassés con la intención de que me revelara todos los recursos para improvisar. Estaba muy inquieto por aprender el lenguaje real de este género, necesitaba las herramientas y vi en él a la persona indicada.

“Lo primero que me enseñó Bobby fue la estructura del blues, sus escalas o acordes fundamentales. Por su carisma para lidiar con los jóvenes fue despertándome la improvisación poco a poco, trataba de sacar lo que mi inconsciente guardaba. Me dio la solución a mis ansias de saber y sentí mucha confianza para expresarme en este sentido. Ser su discípulo fue muy interesante.”

De la mano de su maestro y amigo este joven instrumentista inicia un incesante recorrido por los principios esenciales del jazz. Luego de un año de aprendizaje Carcassés le ofrece la posibilidad de presentarse por primera vez en el Festival Jazz Plaza, de 1995. A partir de ese momento Manzano integra Afrojazz, la alineación liderada por Bobby Carcassés, donde permanece varios años. Asimismo en 1998, durante la edición inicial del Concurso Jojazz resulta uno de los participantes más galardonados del certamen. Estas experiencias lo lanzan al reconocimiento público y le abren las puertas para interactuar con importantes músicos nacionales e internacionales. Comienza a modelar los rasgos distintivos que caracterizan a su actual quinteto.

“Por la propia espontaneidad del jazz, desarrollo en mi agrupación un lenguaje musical que me permita alcanzar diferentes estados de ánimo, sensaciones, donde lo mágico está en compartirlo con los músicos involucrados en el proyecto. Por eso, me interesa mucho trabajar en formatos pequeños para propiciar la comunicación y el intercambio de ideas.

“Es una tarea difícil motivar a quienes trabajan con uno para que siempre tengan la voluntad de crear, de mantener la inspiración. Con ese propósito he concebido algunos mecanismos que voy madurando a medida que pasa el tiempo, pero la base de todo radica en el gran deseo de decir algo y estar tocando en ese momento. Si este deseo no es lo suficientemente fuerte, puede generar un agujero negro en el espacio y absorber los intereses del grupo.

“Además me permite escucharlo todo, sentir la energía de cada músico, lo cual es fundamental en el trabajo de confrontación y nos obliga a encontrar la concentración, la osadía porque no podemos olvidar que actuar en un concierto es un salto al abismo. Este es uno de mis recursos para incitar a los músicos a que salten conmigo.

“La emoción y el riesgo originan una tensión que si no es muy abrupta, produce un sentimiento de libertad inigualable, pero lo contrario puede dar un poco de miedo. Este proceso compartido lo califico como una especie de ‘viaje a la selva’ ―digo este lugar por lo peligroso que resultaría un trayecto así― donde hay un líder, cooperación colectiva y, al mismo tiempo, la necesidad individual de protegerse a sí mismo, todo sobre la base de un gran amor común y un interés por conocer esa selva con sus oscuridades y claridades.

“En ese instante, cada cual posee un espacio propio, tiene un protagonismo. Es regocijante si se toma de esta manera. Lo interesante es descubrir algo nuevo cada vez que se emprende esta aventura y no dejarse dominar por el nerviosismo, las falsas ilusiones. El disfrute es pleno al abrir los ojos, verse a uno mismo ahí frente al público lo más puro posible, dando lo mejor y más auténtico de ti, haciendo que brille tu espíritu con naturalidad a través de la inspiración... es muy emocionante.”

El talento de Yasek Manzano para recrear un lenguaje melódico sencillo, matizado por una estética y concepto armónicos apoyados en la experimentación sobre las raíces del jazz y el blues, es uno de los elementos que apuntalan su madurez musical. Además del  hecho concreto de emplearse por entero a trabajar sobre la base de estas sonoridades. A diferencia de otros jóvenes músicos de la Isla que viven la dualidad de desarrollarse en la salsa u otros ritmos tradicionales cubanos y solo como jazzistas cuando la ocasión lo permite.

“Hoy las sedes para exponer las inquietudes jazzísticas de diversos músicos son muy limitadas. Los medios de difusión deberían estar más atentos a este género y concentrarse en promover a las nuevas generaciones, buscar más espacios para ellos.

“Existe un público interesado en esta música que se acerca a las peñas y conciertos, pero todavía el alcance es insuficiente. En Cuba siempre ha existido jazz; por eso, me parece interesante divulgar el trabajo de nuestra juventud que trae propuestas novedosas y originales. También así, se eleva el prestigio de la cultura cubana, potencial sobra para ello.

“Creo importante fundar una especie de base naval del jazz, un sitio que no solo se limite a los festivales o concursos, donde se impartan conferencias y maestros de diferentes lugares del mundo expongan sus experiencias. De hecho, en el Instituto Superior de Arte (ISA) suceden estos intercambios, pero no se ha categorizado todavía al punto de establecer un proyecto formal, abierto a la colaboración internacional y, por supuesto, respaldado con la implantación de un programa de estudio que aborde las especificidades de esta tendencia en el ámbito cubano y universal.”

Una vez graduado de nivel medio superior en el Conservatorio Amadeo Roldán, Manzano decide continuar estudios en el ISA, donde solo permanece por espacio de año, pues se gana una beca en la Berklee College of Music, de Boston, EE.UU. Sin embargo, su interés por profundizar en el jazz norteamericano lo llevaron a presentarse en la Juliard School of Music, New York, único centro académico donde podía consolidar sus proyectos musicales.

“El programa de la Juliard es bastante conservador. Tuve la oportunidad de ser enseñado a reproducir esa música, conocer la dicción y verdadero sonido del jazz. Me acerqué a los orígenes de este género y aprendí a usar el ww, un recurso utilizado en la orquesta del maestro Duke Ellington.

“En esta escuela fui alumno de Wynton Marsalis, quien abrió mi sensibilidad como nunca imaginé. Con él entendí muchos aspectos que no conocía de la música, especialmente, relacionados con la historia del jazz, su razón de ser y diferentes etapas. Me llevó a comprender esa faceta auténtica que tenemos todos los improvisadores de luchar por difundir nuestras ideas sin temores y evitar los clichés. Es muy joven de espíritu y siente un gran amor por la juventud.

“Marsalis nos enseñaba de una manera mayéutica, al estilo de Sócrates, hacía preguntas cada vez más profundas, cavaba dentro de nosotros para buscar las razones, los porqués de todo y eso es algo que le agradezco.

“Las clases con Wynton eran debates sobre la historia de la música, los estilos del jazz, la improvisación, la originalidad entre los instrumentistas. A veces, eran encuentros de análisis más que de tocar. Muchas veces, los estudiantes nos acercábamos a él con las piezas preparadas, pero lo que menos hacíamos era interpretarlas porque él se concentraba minuciosamente en los detalles de la composición. En ocasiones, ni siquiera importaba el tema, sino el intercambio como tal, ese espacio para la confrontación y, entonces, era necesario tener la mente muy abierta.

“Compartimos escenarios en varias oportunidades y en realidad, fue como entrar en la ‘selva’ con un guía sabio. Este sentimiento no solo lo percibí con Marsalis. Durante la edición del Festival de Jazz 2004 actué junto a un gran saxofonista sudafricano, el maestro Zim Ngqawana, con quien pude experimentar, y absorber su energía que, además, la hacía fluir entre todos sus músicos. Disfruté muchísimo de esa intimidad e influyó en mis conciertos posteriores.

“Es un músico muy rebelde, abierto. Domina la flauta, el saxofón alto y soprano, y otros instrumentos raros. Es un artista que se sublima, se mete dentro de sí y olvida el mundo por completo. En su interpretación crea una especie de figura que uno solo se la puede imaginar como un animal, inventa una criatura a partir de su música. Valora mucho el aspecto corporal, todo lo representa, baila tocando. Desde el principio al fin inmerso en ese trance. Él anima el sonido y le da una connotación más allá de los cánones estéticos preestablecidos. Busca nuevas sonoridades, nuevas fronteras más en contacto con la naturaleza, por ese sentido de reencontrarse con el espíritu de la tierra. Esta manera de expresión la he tomado como influencia.

“Conversé diversos temas con Zim. Según decía, el jazz nos ofrece la oportunidad de ir a la raíz y… ¿qué era la música antes?, un llamado, una suerte de ritual, de culto. En realidad, Ngqawana despertó en quienes lo presenciamos esa parte genética de la expresión humana muy relacionada con el rito de la música y estableció con todos una comunicación plena, apoyado en su gran carisma y capacidad rítmica.

“En otro momento de nuestro diálogo manifestaba que el Dios de nosotros ―los músicos― es, precisamente, la música. Sobre esta perspectiva aseguraba que la religión está regida por la palabra y esta tiene fronteras; en cambio, la música no posee barreras porque el devoto de ella es más elevado que el de otras religiones. Finalmente reflexionaba acerca de por qué la música es superior a la religión... porque es confraternización pura, democracia en germen, decía.

“Soy creyente de esta manera, creo en estos seres iluminados que no los llamaría dioses, pero sí son mi Jesucristo, mi Buda…”

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