Año IV
La Habana
2005

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Morir así
Stefania Mosca EE.UU.


Nunca pensamos ver morir así, de las manos de una demonia, a los muy constituidos partidos AD y COPEI. Mueren las fuerzas del bipartidismo que ocupó casi la segunda mitad del siglo XX venezolano, y dejan en nuestra memoria las escenas de Blanca Ibáñez en uniforme, del Retén de Catia, del Caracazo y La Peste, de Cecilia Matos en New York, la lista de RECADI… la mentira escenificada y repetida que los llevó finalmente a perderse, a sostener un mensaje sin destino.

Nunca pensamos, cuando veíamos en Radio Róchela el skecht de las familias, una adeca y otra copeyana, vecinas de un condominio, que se turnaban en su opulencia, cada cinco años, según estuvieran los adecos o los copeyanos en el poder.  Nunca pensé que vería el fin de la Guanábana.

AD y COPEY no tendrán representación en la Asamblea Nacional. Ellos, que todos los días utilizan su cajero electrónico, pagan sus deudas por Internet, realizan transferencias y operaciones de inversión vía ABBA, vía telefónica, vía celular, o cualquier otro medio electrónico, sin duda, sobre la privacidad de su operación, ni sobre los montos y los resultados de la misma. Confían en el fax, el e-mail y en los sistemas automatizados de los bancos, allí depositan, a ojos cerrados, sus ahorros, el futuro de sus hijos, su sueldo y hasta las joyas de la abuela. Ellos  se quitan los zapatos, la correa, se despojan de su laptop y hasta de las llaves de su casa, y al final, cuando ya el avión está en la tierra prometida, en la aduana para entrar a los propios United States, se someten dócilmente a los capta-huellas (que allá, efectivamente, sí cruzan su identidad contra una lista de lectores de Chomski, por ejemplo). Los sistemas de seguridad están computarizados, los parlamentos, la bolsa, la banca, el número del ISBN, la entrega del pasaporte y la compra del boleto aéreo. Ansiosos y mansos, ante la nación más poderosa de la Tierra, ponen el pulgar y luego el dedo índice.  Sin chistar. Han entrado al primer mundo y qué importa si le quitaron su yesquero y la pinza de las cejas. Y hasta el hilo delantal de su maletín de mano.  No vaya a ser que se le ocurra ahorcar a la aeromoza…

AD y COPEI, a pesar del harto conocimiento que tienen de la tecnología contemporánea, se negaron ―así quedará en la historia― a participar en un proceso electoral automatizado. Sus exigencias son volver al pasado, y hasta allí el CNE no puede  llegar, por más buena voluntad que tenga Jorge Rodríguez.

Nadie nunca pensó verlos así, disminuidos, reducidos a la nada, no saben si subir o bajar, si morir, o cómo morir. Buscan el atajo porque se sienten sin aliento, sin posibilidades. Nunca supuse que terminarían siendo abiertamente el resto, tan menguado que agoniza, de esa fuerza que una vez fue vanguardia y legó a la venezolanidad  figuras únicas: Rómulo Gallegos, Andrés Eloy Blanco o Pérez Alfonso.

Es un arte el bien morir. ¿Cómo calificaría usted la muerte de AD y COPEI? ¿Muerte súbita o anunciada? ¿Eutanasia, a decir de Jessi Chacón?, o la autoinmolación de un zombi.

Nunca pensé que, después de haber ocupado todos los protagonismos políticos y haber acaparado el ejercicio del poder durante casi toda la mitad del siglo XX, AD y COPEI terminarían así, siendo las cenizas que la sacerdotisa de SÚMATE (bella sin alma, como diría Cocciante) esparciría a placer, sobre el caos y la confrontación que propician, atizan y vaticinan según guión del Norte (no sabemos aún cuál es el “idiota” que escribe esos parlamentos, pero lo imaginamos).

La guerra, la confrontación y el desconocimiento institucional de la V República son elementos del sueño que sin descanso visita a Bush. Será mejor que le mande su carta de navidad a Papá Noel, porque al niño Jesús parecen gustarle mucho las hallacas.

Se va la audición, que les vaya bien. Cantando muy bajito se va la cruzada, el lunes volveremos con más humorada...

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