Año IV
La Habana
2005

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Memento IV
(Su mujer manchada de rojo)
Segunda parte
Alberto Garrandés La Habana


Mi mujer manchada de rojo se inicia con el texto titulado “El cuento perfecto”. El final de ese texto, concrecionado en un presumible ménage à trois entre Fiammetta, su marido y el escritor que visita Santo Domingo, mezcla el sobresalto de lo excepcional con el dolor del sentimiento de lo perdido, o lo que está a punto de perderse en el mero lenguaje, en el recuerdo. Rogelio Riverón, un romántico agredido y abrumado por la calidad somática del lenguaje (¿en un principio no era el Verbo?), sabe —pensemos en “Happiness is a hot gun”— lo que ya sabía Henry James: la suposición es la madre torva y rezongona de algunas realidades fantásticas. En ese atractivo relato, el autor de The turn of the screw y The Aspern’s Papers es un fantasma desalmidonado, el mismo fantasma que, en términos de tradición literaria, compareció en la prosa de narradores tan próximos y disímiles como Felisberto Hernández, Julio Cortázar y Roberto Arlt, cuyos libros tal vez hayan formado parte de las lecturas de Riverón. Sin embargo, en lo tocante a la invención o recomposición de lo real, el cuento tras cuyo examen el lector acaba medio zarandeado es “Las dos urracas”. Al tiempo que nos remite a una descacharrante tipología del célebre dibujo animado, Riverón logra confeccionar un thriller posmoderno del que trasciende el aroma de Beckett y que se adentra en el orden artístico de la picaresca. Se me antoja que en la acuciante pompa de ese relato hay una especie de barroco vinculado a una o dos películas de Peter Greenaway.

“Muero por Amelia” es una deliciosa aventura erótica que coquetea con los tics de la literatura sentimental, además de reverenciar o burlarse de la observación literaria de experiencias que no son literarias. Un tanto amorfa, o interesada en causar la impresión de amorfismo para destacar la ilusoriedad manierista de la trama, la pieza no deja de articularse anómalamente con “Salón Paraíso”, uno de los últimos cuentos escritos por Virgilio Piñera. Aun así —cuando hago esta salvedad deseo indicar que, a pesar de su energía, el de Piñera es un referente posible, no probable—, Riverón deja en claro que entre escritores ―en el texto de Piñera no hay escritores― todo puede suceder y que, de alguna manera, somos unos fetichistas sin remedio, como lo sería, de cierto modo, el narrador de “Mi mujer manchada de rojo”, sorprendido por el hallazgo de la Nikon, que es, por supuesto, no una cámara digital, sino de las otras, donde las imágenes todavía conservan una tangible certidumbre de existencia —el rollo de la película— frente a esa pavorosa virtualidad que, más tarde, se constituye en el centro del diálogo entre Riverón y Arrufat ―o sea, entre esos dos personajes literarios que nacen en el molde de dos escritores cubanos vivos― en “La camisa de Arrufat”.

A Riverón se le dan bien los enanos y las enanas, incluso sin renunciar al empleo de los mitos acerca de su salacidad o su cómica arrogancia. “Pelos en el jabón”, un cuento envidiable —en la entrevista del enano con la pelirroja que aspira a ser escritora hay, por ejemplo, precisiones sicológicas cuya mera enunciación permite asegurar que Riverón es un estilista de talento insólito y divertidamente procaz—, es una pieza esperpéntica y testaruda, capaz de apoderarse de una visualidad que, debido a su corpulencia, resulta altanera. Tan altanera como la prosa de uno de esos libros que el enano, autor de cierta fama, custodia en su anaquel.

Con “El poeta, la ciega y el cuervo” Riverón consigue hilvanar una historia cuyo ritmo remeda o transcribe el tempo vital de uno de los personajes: la ciega. Lo que acabo de revelar es un mero detalle, pero en él hay una muy rara aspiración del relato. Texto misterioso, escrito desde una pulsión que nos lleva al unheimlich de Freud, confirma que muchas historias de Riverón se originan en una especie de acuerdo lunar entre un grupo de personajes separados de la retórica luz de todos los días —personajes vueltos hacia dentro, en una displicente fagocitación— y un tipo de lenguaje que se mantiene posado sobre un filo de navaja, avanzando con total equilibrio hacia un horizonte incierto.

A decir verdad, el unheimlich de Freud es una cómoda metáfora clínica que, luego de invadir la cultura hacia delante y hacia atrás, todavía hoy nos permite restaurar un símbolo obvio —la mariposa tatuada sobre el seno de Judit, en “Parricidas.com”— dentro de una historia que no lo es. El triángulo formado por Isabella (admiradora sin reservas de Judit), Judit (la nueva integrante del salón de “parricidas” de la sibila) y la sibila, es de una taciturna y belicosa extrañeza, más allá de un lirismo que se torna dramático, pues viene a acogerse a la oscura y bella ritualización de la compañía y el amor. Al mover la narración entre la primera y la tercera personas, Riverón crea un singular efecto de espectralización de los hechos. En el cuento la sibila, de quien sabemos que es un travesti solo cuando la narración ha avanzado más allá de la mitad, se entrega al tatuador, padre de Judit. La sibila acepta el pequeño dragón que este le ofrece y así surge, entre una mariposa y un dragón, una suerte de aciago vínculo simbólico. En el subsuelo de “Parricidas.com”, y bajo su densa gestualidad, yace otra historia. Isabella y Judit se van al malecón nocturno y Judit entra en el mar. Ya se han besado. El amanecer sorprende a Isabella en el muro, frente a las aguas. ¿Qué ha sido de Judit?

Este relato, con el cual Riverón cierra Mi mujer manchada de rojo, es hijo de aquel texto titulado “Zohak”, perteneciente a Subir al cielo y otras equivocaciones, un libro publicado hace diez años. ¿Será esta una breve regresión de índole estética? Quizás. Pero en cualquier caso se trataría de una regresión deliberadamente liosa, embrollada en lo que toca a su poiesis. Una espesa red de sentidos atraviesa el cuento y lo transforma en un texto irresoluto, enriquecido por una productividad linguoestilística que lo capacita para cerrar el volumen y, de algún modo, aglomerar sus dispositivos de enunciación.

No hay que engañarse: Riverón es el peeping Tom de su cuento dominicano, o al menos la mirada de este libro así lo indica. ¿Un mirahuecos? Ciertamente. Pero un mirahuecos de verdad: él ocupa, solitario, una estancia propia, una habitación como cualquier otra, y de vez en vez se acerca a la pared y planta el ojo tiránico en busca de sus personajes. No hay nada más íntimo que una mirada inevitable o un gesto provocado por el aturdimiento o la turbación. Vaya, que no se puede escribir un libro como Mi mujer manchada de rojo y no ser un mirahuecos consuetudinario.

Chesterton, uno de los fervores de Borges, sostuvo que el hombre no necesita de la literatura, pero sí de las ficciones. Algunos personajes de Riverón parecen rozar esa fe, o tal vez la cortejan con melancólica placidez. De cualquier manera, sin embargo, tanto el roce con ella como el acto de cortejarla se producen bajo el influjo de un vistazo obsesivo, en el que el compromiso con lo vital equivale a la entrega al lenguaje y viceversa. No por otro motivo en las páginas de Mi mujer manchada de rojo Riverón es él mismo —el autor de Otras versiones del miedo— y es, también, el otro y, sobre todo, el que podría ser o el que los demás creen que es. Cuando un escritor consigue que las cosas ocurran así, alcanza a abolir las fronteras que separan su yo ―y su mundo doméstico― del yo y la domesticidad imaginales. Alcanza a literaturizarse, si se me permite el uso de una expresión harto romántica, una expresión que, al representar un deseo metamorfoseado en acto potencial, sería capaz de encadenar el espíritu de lord Byron —es un ejemplo— al poste fruitivo de la condición posmoderna... Ese avatar, la literaturización, libra al escritor de las escribanías supernumerarias y lo va aproximando a una cautela y una discreción ubicuas, pues viajando de convención en convención, de pacto en pacto, ya no tendríamos que saber con exactitud —lo cual es, creo, estupendo— dónde empieza o acaba la alarmada vigilia de lo real ni dónde muere o renace o en qué punto prosigue el ensueño de lo irreal, la ficción de eso que llamamos, con el debido recelo, lo inexistente.   

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