Año IV
La Habana
2005

Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

Suscripción

EL GRAN ZOO
NOTAS AL FASCISMO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

GALERÍA

LA OPINIÓN
MEMORIAS
LA CRÓNICA
APRENDE
EL CUENTO
POR EMAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
LA BUTACA
PALABRA VIVA

LIBROS DIGITALES

LA CARICATURA
NÚMEROS ANTERIORES
LA JIRIBILLA DE PAPEL



RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

¿DÓNDE QUIERES QUE TE PONGA EL PLATO?
El casco de toronja a lo Aureliana
El Guajiro de El Crucero


Al pie de la loma de Báez, mi pueblo natal, vive, si no ha pasado a mejor vida: Aureliana  Ponte Zubizarreta, señora de moño virao a toda hora. ¡Qué viejita pa` un llavero! Óigame, vejigo que pasara por su patio y tuviera la audacia de encaramarse a pelar una de sus tentadoras matas de mamoncillo, vejigo al que Aureliana le enchujaba a Sofrito, un perro gigantesco y de aspecto tan feroz como el de la dueña. Yo mismo fui víctima de sus crueldades cuando una vez estuve casi dos horas, entumido como un pollo, sobre una de esas matas y Sofrito gruñendo abajo como un demonio. Recuerdo, que siendo presa de tremendo arrebato de llanto, Aureliana, conmovida en su insondable sensibilidad femenina, se acercó y amarrando al cancerbero lo suficientemente lejos, como para que yo me confiase, me invitó a bajar del árbol con la promesa de un dulce de toronja.

Algo desconfiado, me decidí a bajar de la mata. La mujer me tomó de la mano gentilmente y en el trayecto a la cocina, fue dándome un sinnúmero de lo que ahora sospecho, hayan sido consejos referentes al trato y al respeto que se le debe a los mayores. Por supuesto que en el estado de nervios en que me hallaba, sus palabras me entraban por un oído y me salían por el otro. No así, todo lo que me dijo algo más tarde, luego de haber  pelado por orden suya, veintipico de toronjas.

Qué sinvergüenza, ―pensé― me ha invitado a un dulce, y la muy pilla de contra, me pone a trabajar.

―Mira mijo ―me dice socarronamente― al casco hay que sacarle toda la tripa y dejarlo en agua clara de un día pa` otro, pa` que pierda el amargo. Luego se le da un hervor, poca cosa. Si le das mucha candela lo que queda es un vagazo y el sabor a toronja se le va. Fíjate, estos están hervidos desde ayer, prueba ―y tomando un casco en la mano, insiste en que compruebe su textura y el sabor con tal denuedo que casi me lo restriega en la cara.

― Sí, sí, ―le respondo.

―Bien, ahora vamos a ponerlo a la candela.

Aureliana agarra una cazuela gorda, la pone al fuego y le zumba los cascos. Inmediatamente le echa un chorro navegable de vino seco, una rajita de canela, azúcar blanca y clavándome los ojos como si me fuese a revelar un secreto muy grande, me dice bajito:

―Esto es lo que nadie se explica de mis casquitos y el quid de la cosa, majadero.

Y sacando del refrigerador un jarro de agua de coco, se pasea marcialmente por delante de mí y  se la espanta a la cazuela.

La mujer agarra luego dos clavos de olor y los tritura en un mortero pequeñísimo que escoge entre muchos otros de una vitrina abarrotada de implementos. El polvillo logrado, también se lo deja caer a la preparación que bulle como una fumarola.

―Muchacho, ahora te voy a enseñar el punto.

 Hace una pausa, mete la espumadera en el almíbar y aireándola, la acerca a sus labios y sopla. Por los huecos de la espumadera asoman unos globitos que crecen algo y explotan pastosamente.

―Punto globo, perfecto. Mira cabezón, cuando tu veas que el almíbar está así, ya puedes bajar el dulce.

La brujita va al patio y pone a refrescar su cazuela mientras yo me quedo consultando un reloj de péndulo que cuelga en una pared de la cocina. Si tengo que esperar a que ese dulce se enfríe, me cogen las cinco, me digo. En esos pensamientos me sorprende Aureliana, que poniéndome un platillo de cascos de toronja acabados de sacar del refrigerador me espeta: ―Ahora te comes este que lo hice ayer y te pierdes. Si te agarro otra vez encaramao en una mata del patio, voy a dejar que Sofrito te sazone.        

SUBIR


Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

Suscripción

© La Jiribilla. La Habana. 2005
 IE-800X600