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Si partimos de la enorme extensión territorial de México
y, por consiguiente, de los incontables polos y puntos
de su producción escénica, convendremos en el privilegio
que significa poder asistir a su XXVI Muestra Nacional
de Teatro, para palpar los derroteros presentes de este
arte en tierra azteca. Organizada con frecuencia anual y
con carácter itinerante por el Instituto Nacional de
Bellas Artes (INBA), se realizó esta vez en San Luis
Potosí entre el 18 y el 26 de noviembre de 2005.
La hermosa ciudad de
estirpe colonial rodeada de las otrora famosas minas,
ahora extinguidas, con la cercanía de su red de teatros
y espacios enclavados en el centro histórico, la
tranquilidad de sus calles y el tiempo sosegado de su
cotidianidad, ofreció un suelo magnífico para el
disfrute del evento.
El teatro mexicano se
mostró en toda su variedad, que prefiero mirar ahora
punto por punto, puesta por puesta.
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Mestiza power
(Yucatán), de Concepción León Mora como autora y
directora, se define como teatro testimonial. Y así es.
Tres actrices dan vida a los testimonios de incontables
mujeres indígenas que, sintetizados, nos hablan de la
vida de estos personajes sin nombre. El texto es
naturalmente poético sin rebuscamientos, reconstruido
por la dramaturgia, pero con las marcas del lenguaje y
la expresión populares, nos coloca frente a modos del
idioma, giros lingüísticos y mezclas culturales con
autenticidad, sin exotismos. Nunca exento de un humor
que, a través de las salidas de los personajes a las
distintas situaciones, expresa de un modo más global una
respuesta a la condición marginal. Transitan así por
vivencias de sus relaciones amorosas o maritales,
laborales, familiares, describen la violencia intrínseca
en muchas de ellas, mas también revelan sus sueños y
secretos, sus poderes ocultos, la complacencia con sus
cuerpos y sensualidades, con su existencia en fin.
Espectáculo sencillo, actuado con pasión y verdad, nada
autocompasivo, se despide con una bella imagen del trío
femenino despojándose con agua y yerbas, mostrándose en
todo su poder.
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Corona de sombra
(Querétaro), de Mauricio Jiménez, apuesta por la obra
donde Rodolfo Usigli mira desde otro ángulo el tiempo
del imperio de Maximiliano y Carlota. El montaje elige
“habitar” un espacio no teatral intentando fijar el
trágico ambiente del palacio del poder y la gloria, pero
también del sufrimiento y el desconcierto. Lástima que
el proceso acuse todavía zonas inacabadas que provoca
altibajos en la elaboración de la puesta y el desempeño
de los actores. Con todo, el poderoso verbo de un
clásico sostiene la atención gracias a la complejidad
con que observa el paisaje histórico y nos devuelve la
carnalidad de personajes entre razones y sinrazones,
atractivamente humanos.
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El dolor debajo del
sombrero
(Veracruz), texto y dirección de Martín Zapata, aparenta
una incursión en el mundo de la creación y el lenguaje
mismo del arte, al apresar a personajes salidos de la
mente de un autor en un escenario sin salida. Pero los
vericuetos elegidos para tal “ensayo” son un manojo de
verdades sabidas, lugares comunes y expresiones
escolares. Sin faltar a una facturación profesional, el
espectáculo abusa de un estatismo paralizante y de un
repetitivo juego que nos conduce a un final previsible.
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La casa de enfrente
(Oaxaca), con autoría y conducción de Marco Antonio
Petriz, también toma un espacio no teatral y lo recrea
como una mansión derruida, fuera del tiempo, en este
caso un sitio deshabitado en un pueblo fantasma,
inmejorable escenario para los objetivos de la puesta.
Porque no es obra asentada en la palabra, sino en
experiencias sensoriales, recuerdos, energías… Dos
hermanas van descubriendo su pasional relación con el
sobrino de ambas. Se reprochan mutuamente la muerte del
muchacho, pelean a cada rato. A veces creen que
reaparece, se defienden siempre de un afuera en
acecho, desconocido y peligroso. Al final vamos a
descubrir que asistimos a una ceremonia de muertos y que
ellas no viven ya. Tal vez la peripecia es lo de menos,
sin embargo. El montaje destaca por su apropiación del
espacio, la creación de un impactante altar de muertos,
la absoluta entrega de las dos actrices protagónicas, la
penetración en la cultura de su región, el trance por el
que nos hace pasar.
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Noche árabe
(México D.F.), de Mauricio García Lozano, sobre la pieza
del alemán Ronald Schimmelpfennig, es un interesante
ejercicio en torno a una novísima proposición
dramatúrgica. Todos los personajes, con vestuarios
similares, sobre un espacio escénico rectangular
fuertemente iluminado, nos harán partícipes de una serie
de nimiedades que, cruzadas en un mismo tiempo y
espacio, adquieren un nivel de poético suspenso, de
irrealidad onírica, a la vez que resultan perfectamente
lógicas. Esos accidentes cotidianos avanzan conformando
una trama que nos es narrada desde una indubitable
condición teatral. El autor fuerza la escena hasta el
límite de lograr sobre ella una multiplicidad de
espacios y acciones que, como en la estética de
Tarantino, chocarán en un punto. El director la sigue
con inteligencia, aunque tal vez podría subrayar una
condición paralela en la interrelación de energías entre
los actores y en su presencia física.
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Pescar águilas
(San Luis Potosí), dirección de Jesús Coronado sobre
texto de Enrique Ballesté a partir de El pupilo
quiere ser tutor, de Peter Handke, es una lograda
metáfora sobre la relación padre-hijo y sobre la
condición humana en general. En una estética de la
acción minimalista o, en ocasiones, ensanchada, mas
siempre precisa y sugerente, despiadada y matemática en
su minuciosidad, ausente de palabras, se nos transmite
todo sobre esta pareja: oficios y obligaciones, sueños y
frustraciones, violencias y arraigos, valores y amores.
Una verdadera fiesta de los lenguajes de la escena, su
decir y sentido, confirmación asumida hasta las últimas
consecuencias de la valía inconmensurable del teatro. |