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2005

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Visiones del teatro mexicano (I)
Omar Valiño
 
México
Fotos:
Fernando Moguel, José Jorge Carreón


Si partimos de la enorme extensión territorial de México y, por consiguiente, de los incontables polos y puntos de su producción escénica, convendremos en el privilegio que significa poder asistir a su XXVI Muestra Nacional de Teatro, para palpar los derroteros presentes de este arte en tierra azteca. Organizada con frecuencia anual y con carácter itinerante por el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), se realizó esta vez en San Luis Potosí entre el 18 y el 26 de noviembre de 2005.

La hermosa ciudad de estirpe colonial rodeada de las otrora famosas minas, ahora extinguidas, con la cercanía de su red de teatros y espacios enclavados en el centro histórico, la tranquilidad de sus calles y el tiempo sosegado de su cotidianidad, ofreció un suelo magnífico para el disfrute del evento.

El teatro mexicano se mostró en toda su variedad, que prefiero mirar ahora punto por punto, puesta por puesta.

Mestiza power (Yucatán), de Concepción León Mora como autora y directora, se define como teatro testimonial. Y así es. Tres actrices dan vida a los testimonios de incontables mujeres indígenas que, sintetizados, nos hablan de la vida de estos personajes sin nombre. El texto es naturalmente poético sin rebuscamientos, reconstruido por la dramaturgia, pero con las marcas del lenguaje y la expresión populares, nos coloca frente a modos del idioma, giros lingüísticos y mezclas culturales con autenticidad, sin exotismos. Nunca exento de un humor que, a través de las salidas de los personajes a las distintas situaciones, expresa de un modo más global una respuesta a la condición marginal. Transitan así por vivencias de sus relaciones amorosas o maritales, laborales, familiares, describen la violencia intrínseca en muchas de ellas, mas también revelan sus sueños y secretos, sus poderes ocultos, la complacencia con sus cuerpos y sensualidades, con su existencia en fin. Espectáculo sencillo, actuado con pasión y verdad, nada  autocompasivo, se despide con una bella imagen del trío femenino despojándose con agua y yerbas, mostrándose en todo su poder.

Corona de sombra (Querétaro), de Mauricio Jiménez, apuesta por la obra donde Rodolfo Usigli mira desde otro ángulo el tiempo del imperio de Maximiliano y Carlota. El montaje elige “habitar” un espacio no teatral intentando fijar el trágico ambiente del palacio del poder y la gloria, pero también del sufrimiento y el desconcierto. Lástima que el proceso acuse todavía zonas inacabadas que provoca altibajos en la elaboración de la puesta y el desempeño de los actores. Con todo, el poderoso verbo de un clásico sostiene la atención gracias a la complejidad con que observa el paisaje histórico y nos devuelve la carnalidad de personajes entre razones y sinrazones, atractivamente humanos.

El dolor debajo del sombrero (Veracruz), texto y dirección de Martín Zapata, aparenta una incursión en el mundo de la creación y el lenguaje mismo del arte, al apresar a personajes salidos de la mente de un autor en un escenario sin salida. Pero los vericuetos elegidos para tal “ensayo” son un manojo de verdades sabidas, lugares comunes y expresiones escolares. Sin faltar a una facturación profesional, el espectáculo abusa de un estatismo paralizante y de un repetitivo juego que nos conduce a un final previsible.

La casa de enfrente (Oaxaca), con autoría y conducción de Marco Antonio Petriz, también toma un espacio no teatral y lo recrea como una mansión derruida, fuera del tiempo, en este caso un sitio deshabitado en un pueblo fantasma, inmejorable escenario para los objetivos de la puesta. Porque no es obra asentada en la palabra, sino en experiencias sensoriales, recuerdos, energías… Dos hermanas van descubriendo su pasional relación con el sobrino de ambas. Se reprochan mutuamente la muerte del muchacho, pelean a cada rato. A veces creen que reaparece, se defienden siempre de un afuera en acecho, desconocido y peligroso. Al final vamos a descubrir que asistimos a una ceremonia de muertos y que ellas no viven ya. Tal vez la peripecia es lo de menos, sin embargo. El montaje destaca por su apropiación del espacio, la creación de un impactante altar de muertos, la absoluta entrega de las dos actrices protagónicas, la penetración en la cultura de su región, el trance por el que nos hace pasar.

Noche árabe (México D.F.), de Mauricio García Lozano, sobre la pieza del alemán Ronald Schimmelpfennig, es un interesante ejercicio en torno a una novísima proposición dramatúrgica. Todos los personajes, con vestuarios similares, sobre un espacio escénico rectangular fuertemente iluminado, nos harán partícipes de una serie de nimiedades que, cruzadas en un mismo tiempo y espacio, adquieren un nivel de poético suspenso, de irrealidad onírica, a la vez que resultan perfectamente lógicas. Esos accidentes cotidianos avanzan conformando una trama que nos es narrada desde una indubitable condición teatral. El autor fuerza la escena hasta el límite de lograr sobre ella una multiplicidad de espacios y acciones que, como en la estética de Tarantino, chocarán en un punto. El director la sigue con inteligencia, aunque tal vez podría subrayar una condición paralela en la interrelación de energías entre los actores y en su presencia física.

Pescar águilas (San Luis Potosí), dirección de Jesús Coronado sobre texto de Enrique Ballesté a partir de El pupilo quiere ser tutor, de Peter Handke, es una lograda metáfora sobre la relación padre-hijo y sobre la condición humana en general. En una estética de la acción minimalista o, en ocasiones, ensanchada, mas siempre precisa y sugerente, despiadada y matemática en su minuciosidad, ausente de palabras, se nos transmite todo sobre esta pareja: oficios y obligaciones, sueños y frustraciones, violencias y arraigos, valores y amores. Una verdadera fiesta de los lenguajes de la escena, su decir y sentido, confirmación asumida hasta las últimas consecuencias de la valía inconmensurable del teatro.

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