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Palabras del
catálogo de la exposición Transfiguraciones
El movimiento
plástico que anida, impulsa y cobija la Oficina del
Historiador de la Ciudad parece no conocer el
significado de la palabra respiro porque apenas nos
acercamos al fin de año, doce meses en los que se ha
trabajado intensamente por amplificar el quehacer
pictórico de nuestros artistas, y ya se coordinan nuevas
exposiciones para el venidero 2006.
Una de esas muestras
—que será inaugurada en el Hotel Ambos Mundos el cinco
de enero del próximo año— es Transfiguraciones,
de Jorge Álvarez Cárdenas (La Habana, 1970), un creador
que está intentando buscar su propio camino; ese que se
inició cuando era muy pequeño.
“Recuerdo que siempre
andaba con un lápiz y un papel; era un niño hiperactivo
y mi madre decía que la única manera de lograr un poco
de tranquilidad era cuando pintaba. Así fueron mis
inicios; realmente muy inconsciente. A pesar de la
vocación, nunca tomé en serio el arte hasta finales de
los 90 en que sí aposté por la plástica. Reconozco que
me ayudaron mucho otros artistas de más experiencia como
Raúl Escobar Delgado, Francisco Javier Arteaga y Kamil
Buyaudi quienes me brindaron gran ayuda y apoyo, y
gracias a ellos, creo, que mi obra está teniendo algún
resultado. Francamente considero que en mí el arte
siempre ha estado presente.”
¿Nunca te planteaste
la necesidad de cursar una escuela?
Cuando cursaba la
enseñanza secundaria, comenzó un movimiento plástico en
la escuela; algunos jóvenes se acercaron, pero nunca
llegué a relacionarme con ese grupo. Con el tiempo he
reflexionado y creo que siempre fui muy rebelde.
Recuerdo que en esa época me incliné hacia la caricatura
que me daba la oportunidad de plasmar de un modo más
subjetivo la vida. Al menos eso creía. Nunca tuve el
interés de representar la realidad tal cual es.
¿Y eso continúa
estando dentro de tu quehacer?
Pienso que sí. Para
mí el arte es la relación interior del hombre que se
nutre de las vivencias y es lo que se lleva a la
realidad y uno lo plasma como discurso. Y mi discurso,
creo, es muy alternativo y siempre intenta que se
reflexione en torno a una serie de fenómenos existentes
hoy en el mundo como la depauperación del medio
ambiente, la lucha por la ecología, la existencia de las
guerras y sus consecuencias a corto y a largo plazo…
¿Sientes influencias?
Primeramente
reconozco la influencia de todos aquellos amigos que han
estado junto a mí en este tiempo en que intento buscar
mi propio lenguaje. Creo que todos tenemos influencias
de todos, porque detrás del hombre existe una carga
ancestral que es la que, sin duda, nos nutre.
Reconozco la
influencia de Nelson Domínguez. Me fascina su obra.
También siento el influjo de Francisco Javier Arteaga,
otro artista que lleva muchos años en el mundo de la
plástica.
De los maestros del
arte universal, intento no detenerme mucho tiempo
delante de la obra de Wifredo Lam; incluso creo que
conscientemente he huido de ella. La primera vez que me
detuve ante la obra del Maestro decidí, completamente
convencido, no volverlo a hacer porque estar cerca de
Lam es como paralizarse en el tiempo. Las líneas y los
trazos van quedando en el subconsciente y salen sin que
uno se lo proponga. Desprenderme me costó mucho
trabajo.
Hablabas de la
relación interior del hombre con el medio y parece que
elementos como el pez y el agua son reiterativos. ¿Me
equivoco?
No. El pez en mi obra
es un icono que no se refiere, obviamente al pez, sino
al hombre porque este siempre se encuentra ubicado en el
centro… como bien decía Martí en su poema “Yugo y
Estrella”… “hombre que en pez, ave y corcel se torna” es
el deseo del hombre de trascender y de sobrepasar los
límites que la naturaleza le impone. Esa conquista es la
que como especie nos ha hecho evolucionar.
En la exposición
Transfiguraciones no solo está el hombre y el pez,
sino también el ave. Ese carácter gestual viene siendo
la huida del ser humano en una relación de espacio y
tiempo donde todo se estrecha y a la vez se expande; es
el hombre sumergido en un universo más allá de todo
pensamiento y de una vida —que puede ser larga o corta—.
Por encima de todo está siempre su batallar y su gran
victoria.
Según conozco, eres
el responsable de un proyecto sociocultural que se llama
Ismaelillo y que es una suerte de Taller de
cerámica y pintura para niños en el ultramarino
municipio de Guanabacoa.
Este proyecto comenzó
hace más de un año apoyado por la Unión de Escritores y
Artistas de Cuba, UNEAC, y actualmente tiene a 22 niños
matriculados entre siete y doce años de edad. Está
abierto a todos aquellos que tengan el deseo y la
necesidad.
Decidí involucrarme
en este proyecto porque es una manera de cubrir una
carencia; quiero que otros tengan la posibilidad que no
tuve cuando era niño o que tuve y no aproveché.
Creo que me he
descubierto, también, como pedagogo porque no es solo
una labor plástica, sino humana y social. Mi objetivo no
es “cazar” un talento, sino ampliar el horizonte de
conocimientos de estos niños que mañana van a continuar
y que no solo serán los futuros artistas, sino los que
impulsen la sociedad en su conjunto. Ese es el
objetivo.
¿Tienes algún método
de enseñanza?
Los dejo crear
libremente. No trabajo con una metodología específica,
sino con las características de cada niño. Hay pequeños
que tienen un aprendizaje lento y otros son más rápidos,
algunos pueden tener muy buena mano, pero son muy
inquietos, otros conversadores o distraídos. Como
pedagogo no me puedo encasillar.
¿Este proyecto no te
roba demasiado tiempo que debes dedicar a tu propia
obra?
No. Además de artista
plástico y de desarrollar el proyecto comunitario con
los niños de Guanabacoa, trabajo la tierra. Vivo en
Berroa, una localidad ubicada en la periferia del
municipio de La Habana del Este, y allí mis padres
tienen una parcela. Ellos son campesinos y en el horario
de la mañana los ayudo en las labores agrícolas porque
creo que forma parte de mis obligaciones y de mi
posición en este momento; también me ayuda mucho el
contacto con la tierra y el estar ligado a la
naturaleza.
Por las tardes es que
me dedico a la creación plástica. Veo el arte como un
modo de vida y no como un medio. Es una posición muy
consciente e incluso hasta alternativa porque intento
buscar ante un fenómeno determinado aquello que me pueda
equilibrar la existencia. Añoro un mundo en que exista
una perfección. Ese es mi sueño.
Palabras del catálogo de la exposición
Transfiguraciones
Adentrarse en la obra
de Jorge Álvarez es como intentar explorar en una
dimensión otra, indagar en el posible deseo del hombre
de sobrepasar los límites que se le imponen… es, en
definitiva, una suerte de aventura sustancialmente
marcada por la relación vital con ciertos fragmentos que
componen la vida.
Su quehacer está
signado por la indagación, pero también está repleto de
reflexiones que se redescubren a partir de algunos
iconos (pez, pájaro, agua…); recursos a los que acude
con el solo pretexto de ubicar al hombre en su sitio, es
decir, en el centro de sus preocupaciones.
Las piezas que
conforman esta muestra constituyen su personal canto a
la naturaleza y a la vida, esa que busca y encuentra en
la tierra —que labra todas las mañanas junto a su padre—
porque Jorge cultiva y cosecha; también en Guanabacoa
enseña los secretos del arte a un grupo de niños lo que,
de hecho, lo convierte en pedagogo, pero por encima de
todo pinta ya que “es una manera de disfrutar en
equilibrio”.
Como casi todos los
artistas está enfrascado en la búsqueda de su propio
lenguaje sin renunciar o dar la espalda a las
influencias que le llegan gracias a la carga ancestral
de la que es heredero. No obstante, Wifredo Lam y Nelson
Domínguez parecen ser cuatro ojos que permanentemente
depositan su mirada discretamente tutelar…
El trazo fuerte
(¿enérgico?), el movimiento —en algunos lienzos
francamente en tropel— y la marcada utilización del
negro, refuerzan la idea, que desde el lienzo nos
convoca, anima y emplaza a ser parte de este tiempo:
ciertamente, época convulsa y difícil la de hoy, pero
¿podrá mañana ser peor?
Ese es uno de los
grandes retos que nos relanza Transfiguraciones.
Estrella Díaz
(Periodista)
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