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Cuentan que Jack Abramoff disfrutaba con la interpretación que él mismo
solía hacer de Don Corleone, el capo mafioso estilizado por Mario Puzzo en
su novela El Padrino. Ante sus colegas —parece dudoso que alguien se
arriesgara a ser amigo de Abramoff— bromeaba con una de las frases del
personaje: “Senador, puedo contestarle ahora mismo. Mi oferta es: nada”.
Pero parece que a la hora de las nueces, su oferta era otra, pues acaba de
declararse culpable de tres delitos: evasión de impuestos, conspiración y
corrupción pública. En esto también imita, curiosamente, a otro capo
mafioso, pero ahora de la vida real, Alcapone, hampón y asesino notable que
solo fue juzgado por saltarse el pago de impuestos año tras año.
Mientras Súper W se dedicaba con todo su aparato de inteligencia a espiar
ilegalmente las comunicaciones telefónicas de la gente menuda, Jack Abramoff
—el lobbista profesional con mejores conexiones en el Capitolio—, abrió dos
restaurantes en el medio de Washington, compró una flota de barcos casinos
en Miami, y se las dio de productor de cine en dos películas de Hollywood. Y
no solo. Que Abramoff se bañaba, pero salpicaba: entre col y col repartía a
diestra y siniestra, a congresistas y funcionarios del gobierno, empleos,
viajes en primera clase, entradas para caros eventos deportivos, comidas en
restaurantes de lujo y conseguía cargos públicos para sus socios. Claro que
todo eso era dando y dando.
La gran prensa comenta que con Abramoff se destapará un enorme escándalo de
corrupción política. Pero lo previsible es que no pasará nada. Varios
reportajes y dos o tres cabezas rodarán, pero nada del otro jueves. El
sistema que juzgará ahora a Abramoff, es el mismo sistema que lo generó, y
no va a atentar contra sí mismo. Cuando más, se lavará las manos, y mostrará
una gran sonrisa al público cuando anuncie: “Señores, hagan juego”. Lo
demás, ya se sabe. La casa siempre gana.
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