Año IV
La Habana

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- 27 ENERO de 2006

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Televisión y Realidad:
¿Una ventana abierta a un mundo abierto?

Ernesto Daranas La Habana
Fotos:
Aldo Mederos


Ventana: Abertura que sirve para dar paso al aire y a la luz.

Realidad: Existencia efectiva. Verdad. Sinceridad.

Un carpintero puede hacernos la mejor de las ventanas, pero no puede responsabilizarse por lo que veremos a través de ella. No nos cabe a nosotros tal pretexto. Somos los inexcusables artífices de ese paisaje catódico al que a diario se asoman 11 millones de cubanos con la esperanza de vislumbrar el país en el que realmente viven, la cultura a la que de verdad se deben y lo que no es menos importante, de encontrar el entretenimiento que merecen.

Genial, si abundan en nuestra propuesta los análisis de este injusto mundo en que vivimos, la crítica mordaz a la última película de Hollywood, o el comentario especializado sobre la ópera de Pekín. Mucho mejor, si resultan aún más numerosas y profundas las reflexiones en torno a nuestra propia cultura y sociedad; mucho más loable, si nuestro primer objetivo es abrir de par en par esta ventana hacia lo que realmente somos; mucho más enriquecedor, si el sano ejercicio del pensamiento crítico y la creación comprometida contrapuntea —de manera consecuente y sostenida— con esta peculiarísima verdad a la que nos debemos. 

Ya en el encuentro teórico del pasado año abordábamos el reto y la necesidad de una Televisión capaz de reconocer a la emoción como vehículo de la idea, al arte como mensajera de los valores; puntual con sus horarios de emisión y priorizando en ellos los intereses reales de su público. Una Televisión preocupada por pensar EN el televidente, y no POR el televidente; dispuesta a reconocerlo y tratarlo tal cual es y no como se pretende que sea. Una Televisión consciente de que su rol no es el de esbozar una alternativa de nuestra realidad, sino el de comprometerse con ella, animada por la certeza de que mucho más importante que el realismo es la veracidad, en tanto “realismo” es simple reproducción, y “veracidad” implica una elaboración ética, artística y comunicativa eficaz, portadora de valores y generadora de pensamiento.

Seríamos peligrosamente inocentes si no tuviéramos claro que la batalla cultural es la avanzada de la confrontación ideológica. Y dentro de esa batalla, en el contexto específico de la Televisión Cubana, la programación dramática continúa siendo el alma popular de nuestra propuesta.

Somos noveleros, está cifrado en nuestros genes desde aquellos días en que los cines y teatros anunciaban un alto en las funciones para transmitir por sus altavoces el capítulo de turno de “El Derecho de Nacer”. Nos asiste entonces, a estas alturas, el compromiso ineludible de renovar lo que una vez creamos, de ofrecerlo en la medida y en la diversidad que nuestro público lo requiere, asumiendo la singularidad de nuestra realidad y las verdaderas expectativas del variopinto destinatario al que nos debemos. Esta será la mejor manera de evitar que alguien decida abrir una ventana por su cuenta.

Pero la vana pretensión de que el Arte está para ofrecer soluciones, ha sido una idea recurrente y reaccionaria, artífice de ese dramatizado ajeno a la vida real del televidente promedio. El precio de esta evasiva superficialidad no puede ser otro que el de la indiferencia, o lo que es peor, la legitimación entre nosotros de esos mismos códigos presentes en los peores culebrones del cable clandestino o el banco de video. Desde finales de los 80 entregas como “Un bolero para Eduardo”, “Cuando el agua regresa a la Tierra”, “La séptima familia”, “Algo más que soñar”, “En blanco y negro no”, “La otra cara” o “Doble juego”, entre otros, han probado la aceptación de todo intento serio por abrir nuestra ventana a esa realidad. De igual manera, no pocos de los unitarios de los últimos años nos han subrayado una peculiaridad esencial de nuestro destinatario; su identificación y compromiso con esas obras que, desde cualquier género dramático, consiguen entrar creativamente en la compleja dimensión de nuestra cotidianidad.

Pero no dejemos de asomarnos aquí a esa otra dimensión ineludible de cualquier ventana en tanto, por ellas, también se puede —y se debe— mirar hacia adentro. No vamos a desplegar ahora el rosario de calamidades objetivas, subjetivas —y a menudo surrealistas— que enfrentamos. Jamás nos quejamos en los años más duros. Desde el talento y sobre los hombros de nuestros creadores  se hizo más de un milagro, que a fuerza de repetido, a veces nos parece que deja de serlo. Pero está claro que ese no puede ser el estado perpetuo y natural de ningún entorno productivo, mucho menos si la pretensión del Arte está en la diana de sus empeños. Y aunque nos consta que se hacen ingentes esfuerzos por revertir este hecho, a la programación dramatizada cubana le resulta imposible dejar de mencionar, en cualquier contexto que a ella se refiera, que hemos llegado a un punto en el que, de manera inevitable y a pesar de los mejores intentos, se está lastrando el resultado artístico… el paisaje mismo al que cotidianamente nuestro televidente se asoma.

Lo preocupante no es que emitamos más series, películas o documentales extranjeros; lo preocupante es la contracción de nuestra capacidad de producir más y mejor. El excelente nivel de series como “CSI”, “Friends”, “Mr Monk”, “Doctor House”, “Expedientes X”, “Amigos y Amantes” o la majestuosa telenovela brasileña, se convierten en inevitables referentes directos con los que se confronta lo que aquí hacemos. Y eso es bueno que suceda, pero está muy claro que impone, a la vez, el compromiso de permitirnos mejorar nuestra factura, algo en lo que talento y recursos resultan esenciales.

Es la imagen misma del país la que aflora en nuestros dramatizados. Una imagen y un país que no serán mejores por obra y gracia de esa “realidad otra” que a veces somos dados a inventarnos desde una inocencia perturbadora.

Un aparte en esta indispensable mirada interior para la ya eterna problemática de una extirpe casi extinta entre nosotros: el escritor profesional de televisión. Un oficio que tiene de corredor de maratón y de corresponsal de guerra, obligado a escribir aún bajo metralla; que requiere de un ego de goma, pero de una autoestima de acero. Extraña gente capaz de teclear tres mil cuartillas en un año y de hacerlo con rigor, coherencia y dominio del medio.

Varios años atrás convenimos en que su crisis no era solamente un problema de tarifas. Era y es, en esencia, un problema de respeto al motor de arranque de toda la industria audiovisual.

La escasez de buenas historias y de buenos guionistas de largo aliento como los que este medio requiere, deviene la principal problemática artística que enfrentan nuestros dramatizados, con una grave incidencia en el aspecto productivo y en la posibilidad misma de nuestra redacción de diversificar y balancear adecuadamente sus propuestas.

Y no puede ser de otra manera; durante ya más de 20 años, se ha insistido en la paradoja de que nuestros guionistas se cuentan entre los pocos trabajadores de este país que no tienen seguridad social ni derecho a retiro; eso, a pesar de que pagan religiosamente sus impuestos en tarifas progresivas que encierran, por demás, el contrasentido de desestimular la productividad tan necesaria en nuestro medio.

Mientras esto ocurre, ¿de qué se está hablando? ¿De escrituras colectivas, bancos de ideas, compra de argumentos, adaptación de obras literarias…?  Nada de esto ataca la esencia de que el talento tiene que reconocer entre nosotros un espacio pletórico en oportunidades creativas, respaldadas por un marco legal y de derechos para nuestros guionistas que, actualmente, es todo un contrasentido dentro de una sociedad como la nuestra. Solo de ahí nacerá el compromiso con el más duro, crucial y complejo oficio en nuestro medio, ese desde el que se esboza el diseño mismo de nuestra ventana.

No menos oportuno nos resultaría aterrizar sobre la actualidad de un universo audiovisual pletórico en opciones tecnológicas, capaces de abrir entornos de producción y emisión alternativos impensables hasta hace muy poco. Sencillamente, la gama para capturar imágenes de altísima calidad resulta cada vez más variada, eficiente y económica. Algo análogo empieza a ocurrir con la  transmisión y recepción de señales televisivas. De hecho, buena parte del boom internacional que experimenta el audiovisual independiente dentro del cine  —y la Televisión misma—  ha sido posible gracias a ese contexto tecnológico que apenas se gesta, aunque ya nos sobrecoge. En otras palabras, cada día será más fácil abrir nuevas ventanas; ventanas paralelas asomadas a paisajes no necesariamente convergentes. La convivencia, e incluso la competencia con esta alternativa inminente, obligan al trazado de estrategias que se anticipen a un hecho con el que ya nuestro cine se ve precisado a comulgar.

Y es por eso —y porque sabemos de sobra que el Arte tiene un rol ineludible en la avanzada de las reflexiones socioculturales—, que cualquier problemática, por peliaguda que sea, resulta necesariamente abordable por nuestras teleseries y unitarios desde el momento en punto que existe entre nosotros. Lo importante, en cualquier caso, es el aporte que desde el tratamiento de ese tema se realiza al autoanálisis constante que una sociedad definitivamente inédita como la nuestra requiere.   

Nada de esto es ajeno al entretenimiento y al disfrute. Nada de esto implica poses “intelectualoides” ni hipercriticismos estériles.  Implica, eso sí, el posicionamiento firme y resuelto de nuestra Televisión no solo en su derecho, sino en su responsabilidad de reflejar nuestra sociedad en sus virtudes y defectos, y de hacerlo dentro de cualquier coyuntura. Esto, articulado a una sólida estrategia cultural propiciadora de pensamiento, disfrute estético, ideología, ética y entretenimiento. Por ahí anda la ineludible proyección social del Arte en los Medios. La Cultura asumida finalmente como espina dorsal de cualquier intento mediático serio por abrirnos a una realidad que, más que abierta, es única, contradictoria y plural.

A nuestro favor, ahora, el hecho de hallarnos en un propicio momento en el que se reconoce autoridad y prestigio el frente de los Grupos Creativos y de nuestra propia Redacción.

Y aunque es obvio que no podemos —y no debemos— estar de acuerdo en todo; también lo es que, entre todos, y a pesar de estas necesarias diferencias, nos toca preservar lo logrado y revertir los desaciertos.

No importa si un creador tiene 80 ó 20 años; no importa si viene de una Universidad o si comienza siendo un extra; no importa si es de la loma o del llano.

Solo importa si hay honestidad, si hay talento; si lo anima esa ambición legítima del creador por decir algo siempre; si tiene las espuelas, la sed de conocimiento y la obstinada perseverancia que el dramatizado requiere. El camino le mostrará el resto. Le enseñará que siempre habrá médiums dispuestos a ver fantasmas tras cada intento por abrir cualquier ventana a nuestras verdades externas e internas. Y aprenderá, que lo imperdonable para cualquiera de nosotros… es creer también en ellos.

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