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Ventana:
Abertura que sirve para dar paso al aire y a la luz.
Realidad:
Existencia efectiva. Verdad. Sinceridad.
Un carpintero puede
hacernos la mejor de las ventanas, pero no puede
responsabilizarse por lo que veremos a través de ella.
No nos cabe a nosotros tal pretexto. Somos los
inexcusables artífices de ese paisaje catódico al que a
diario se asoman 11 millones de cubanos con la esperanza
de vislumbrar el país en el que realmente viven, la
cultura a la que de verdad se deben y lo que no es menos
importante, de encontrar el entretenimiento que merecen.
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Genial, si abundan en
nuestra propuesta los análisis de este injusto mundo en
que vivimos, la crítica mordaz a la última película de
Hollywood, o el comentario especializado sobre la ópera
de Pekín. Mucho mejor, si resultan aún más numerosas y
profundas las reflexiones en torno a nuestra propia
cultura y sociedad; mucho más loable, si nuestro primer
objetivo es abrir de par en par esta ventana hacia lo
que realmente somos; mucho más enriquecedor, si el sano
ejercicio del pensamiento crítico y la creación
comprometida contrapuntea —de manera consecuente y
sostenida— con esta peculiarísima verdad a la que nos
debemos.
Ya en el encuentro
teórico del pasado año abordábamos el reto y la
necesidad de una Televisión capaz de reconocer a la
emoción como vehículo de la idea, al arte como mensajera
de los valores; puntual con sus horarios de emisión y
priorizando en ellos los intereses reales de su público.
Una Televisión preocupada por pensar EN el televidente,
y no POR el televidente; dispuesta a reconocerlo y
tratarlo tal cual es y no como se pretende que
sea. Una Televisión consciente de que su rol no es
el de esbozar una alternativa de nuestra realidad, sino
el de comprometerse con ella, animada por la certeza de
que mucho más importante que el realismo es la
veracidad, en tanto “realismo” es simple reproducción, y
“veracidad” implica una elaboración ética, artística y
comunicativa eficaz, portadora de valores y generadora
de pensamiento.
Seríamos
peligrosamente inocentes si no tuviéramos claro que la
batalla cultural es la avanzada de la confrontación
ideológica. Y dentro de esa batalla, en el contexto
específico de la Televisión Cubana, la programación
dramática continúa siendo el alma popular de nuestra
propuesta.
Somos noveleros, está
cifrado en nuestros genes desde aquellos días en que los
cines y teatros anunciaban un alto en las funciones para
transmitir por sus altavoces el capítulo de turno de “El
Derecho de Nacer”. Nos asiste entonces, a estas alturas,
el compromiso ineludible de renovar lo que una vez
creamos, de ofrecerlo en la medida y en la diversidad
que nuestro público lo requiere, asumiendo la
singularidad de nuestra realidad y las verdaderas
expectativas del variopinto destinatario al que nos
debemos. Esta será la mejor manera de evitar que alguien
decida abrir una ventana por su cuenta.
Pero la vana
pretensión de que el Arte está para ofrecer soluciones,
ha sido una idea recurrente y reaccionaria, artífice de
ese dramatizado ajeno a la vida real del televidente
promedio. El precio de esta evasiva superficialidad no
puede ser otro que el de la indiferencia, o lo que es
peor, la legitimación entre nosotros de esos mismos
códigos presentes en los peores culebrones del cable
clandestino o el banco de video. Desde finales de los 80
entregas como “Un bolero para Eduardo”, “Cuando el agua
regresa a la Tierra”, “La séptima familia”, “Algo más
que soñar”, “En blanco y negro no”, “La otra cara” o
“Doble juego”, entre otros, han probado la aceptación de
todo intento serio por abrir nuestra ventana a esa
realidad. De igual manera, no pocos de los unitarios de
los últimos años nos han subrayado una peculiaridad
esencial de nuestro destinatario; su identificación y
compromiso con esas obras que, desde cualquier género
dramático, consiguen entrar creativamente en la compleja
dimensión de nuestra cotidianidad.
Pero no dejemos de
asomarnos aquí a esa otra dimensión ineludible de
cualquier ventana en tanto, por ellas, también se puede
—y se debe— mirar hacia adentro. No vamos a desplegar
ahora el rosario de calamidades objetivas, subjetivas —y
a menudo surrealistas— que enfrentamos. Jamás nos
quejamos en los años más duros. Desde el talento y sobre
los hombros de nuestros creadores se hizo más de un
milagro, que a fuerza de repetido, a veces nos parece
que deja de serlo. Pero está claro que ese no puede ser
el estado perpetuo y natural de ningún entorno
productivo, mucho menos si la pretensión del Arte está
en la diana de sus empeños. Y aunque nos consta que se
hacen ingentes esfuerzos por revertir este hecho, a la
programación dramatizada cubana le resulta imposible
dejar de mencionar, en cualquier contexto que a ella se
refiera, que hemos llegado a un punto en el que, de
manera inevitable y a pesar de los mejores intentos, se
está lastrando el resultado artístico… el paisaje mismo
al que cotidianamente nuestro televidente se asoma.
Lo preocupante no es
que emitamos más series, películas o documentales
extranjeros; lo preocupante es la contracción de nuestra
capacidad de producir más y mejor. El excelente nivel de
series como “CSI”, “Friends”, “Mr Monk”, “Doctor House”,
“Expedientes X”, “Amigos y Amantes” o la majestuosa
telenovela brasileña, se convierten en inevitables
referentes directos con los que se confronta lo que aquí
hacemos. Y eso es bueno que suceda, pero está muy claro
que impone, a la vez, el compromiso de permitirnos
mejorar nuestra factura, algo en lo que talento y
recursos resultan esenciales.
Es la imagen misma
del país la que aflora en nuestros dramatizados. Una
imagen y un país que no serán mejores por obra y gracia
de esa “realidad otra” que a veces somos dados a
inventarnos desde una inocencia perturbadora.
Un aparte en esta
indispensable mirada interior para la ya eterna
problemática de una extirpe casi extinta entre nosotros:
el escritor profesional de televisión. Un oficio que
tiene de corredor de maratón y de corresponsal de
guerra, obligado a escribir aún bajo metralla; que
requiere de un ego de goma, pero de una autoestima de
acero. Extraña gente capaz de teclear tres mil
cuartillas en un año y de hacerlo con rigor, coherencia
y dominio del medio.
Varios años atrás
convenimos en que su crisis no era solamente un problema
de tarifas. Era y es, en esencia, un problema de respeto
al motor de arranque de toda la industria audiovisual.
La escasez de buenas
historias y de buenos guionistas de largo aliento como
los que este medio requiere, deviene la principal
problemática artística que enfrentan nuestros
dramatizados, con una grave incidencia en el aspecto
productivo y en la posibilidad misma de nuestra
redacción de diversificar y balancear adecuadamente sus
propuestas.
Y no puede ser de
otra manera; durante ya más de 20 años, se ha insistido
en la paradoja de que nuestros guionistas se cuentan
entre los pocos trabajadores de este país que no tienen
seguridad social ni derecho a retiro; eso, a pesar de
que pagan religiosamente sus impuestos en tarifas
progresivas que encierran, por demás, el contrasentido
de desestimular la productividad tan necesaria en
nuestro medio.
Mientras esto ocurre,
¿de qué se está hablando? ¿De escrituras colectivas,
bancos de ideas, compra de argumentos, adaptación de
obras literarias…? Nada de esto ataca la esencia de que
el talento tiene que reconocer entre nosotros un espacio
pletórico en oportunidades creativas, respaldadas por un
marco legal y de derechos para nuestros guionistas que,
actualmente, es todo un contrasentido dentro de una
sociedad como la nuestra. Solo de ahí nacerá el
compromiso con el más duro, crucial y complejo oficio en
nuestro medio, ese desde el que se esboza el diseño
mismo de nuestra ventana.
No menos oportuno nos
resultaría aterrizar sobre la actualidad de un universo
audiovisual pletórico en opciones tecnológicas, capaces
de abrir entornos de producción y emisión alternativos
impensables hasta hace muy poco. Sencillamente, la gama
para capturar imágenes de altísima calidad resulta cada
vez más variada, eficiente y económica. Algo análogo
empieza a ocurrir con la transmisión y recepción de
señales televisivas. De hecho, buena parte del boom
internacional que experimenta el audiovisual
independiente dentro del cine —y la Televisión misma—
ha sido posible gracias a ese contexto tecnológico que
apenas se gesta, aunque ya nos sobrecoge. En otras
palabras, cada día será más fácil abrir nuevas ventanas;
ventanas paralelas asomadas a paisajes no necesariamente
convergentes. La convivencia, e incluso la competencia
con esta alternativa inminente, obligan al trazado de
estrategias que se anticipen a un hecho con el que ya
nuestro cine se ve precisado a comulgar.
Y es por eso —y
porque sabemos de sobra que el Arte tiene un rol
ineludible en la avanzada de las reflexiones
socioculturales—, que cualquier problemática, por
peliaguda que sea, resulta necesariamente abordable por
nuestras teleseries y unitarios desde el momento en
punto que existe entre nosotros. Lo importante, en
cualquier caso, es el aporte que desde el tratamiento de
ese tema se realiza al autoanálisis constante que una
sociedad definitivamente inédita como la nuestra
requiere.
Nada de esto es ajeno
al entretenimiento y al disfrute. Nada de esto implica
poses “intelectualoides” ni hipercriticismos estériles.
Implica, eso sí, el posicionamiento firme y resuelto de
nuestra Televisión no solo en su derecho, sino en su
responsabilidad de reflejar nuestra sociedad en sus
virtudes y defectos, y de hacerlo dentro de cualquier
coyuntura. Esto, articulado a una sólida estrategia
cultural propiciadora de pensamiento, disfrute estético,
ideología, ética y entretenimiento. Por ahí anda la
ineludible proyección social del Arte en los Medios. La
Cultura asumida finalmente como espina dorsal de
cualquier intento mediático serio por abrirnos a una
realidad que, más que abierta, es única, contradictoria
y plural.
A nuestro favor,
ahora, el hecho de hallarnos en un propicio momento en
el que se reconoce autoridad y prestigio el frente de
los Grupos Creativos y de nuestra propia Redacción.
Y aunque es obvio que
no podemos —y no debemos— estar de acuerdo en todo;
también lo es que, entre todos, y a pesar de estas
necesarias diferencias, nos toca preservar lo logrado y
revertir los desaciertos.
No importa si un
creador tiene 80 ó 20 años; no importa si viene de una
Universidad o si comienza siendo un extra; no importa si
es de la loma o del llano.
Solo importa si hay
honestidad, si hay talento; si lo anima esa ambición
legítima del creador por decir algo siempre; si tiene
las espuelas, la sed de conocimiento y la obstinada
perseverancia que el dramatizado requiere. El camino le
mostrará el resto. Le enseñará que siempre habrá médiums
dispuestos a ver fantasmas tras cada intento por abrir
cualquier ventana a nuestras verdades externas e
internas. Y aprenderá, que lo imperdonable para
cualquiera de nosotros… es creer también en ellos.
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