|
Entre
escritores y periodistas debatimos en el VI Foro Social
Mundial el papel de la prensa como instrumento de
conservación y promoción de la memoria histórica. Y sí,
estuvimos de acuerdo en que hay que llevar adelante esa
tarea, en su necesidad impostergable como premisa para
la desalienación de las sociedades inmersas en el
turbión neoliberal.
El problema, como
siempre, radica en cómo hacerlo y sobre qué bases
salir adelante.
Quien escribe estas
líneas tuvo la responsabilidad de abrir la ronda de
intervenciones y el privilegio de poner banderillas al
toro al final de la jornada.
En un primer momento
me interesaba confrontar opiniones sobre el tratamiento
desmemoriado con que se abordan en la mayoría de los
medios convencionales los asuntos del arte y la
literatura.
De una parte la
manipulación del pasado, como una entelequia pétrea y
cosificada de valores inmóviles y establecidos, obedece
a la transmisión de una escala de valores conveniente a
los intereses del sistema hegemónico.
De otra parte, está
el olvido, que cae como un pesado fardo sobre
acontecimientos, personas, procesos y hechos. Se trata
del ocultamiento de evidencias para beneficio de quienes
ejercen el poder en todos los órdenes, incluido el
simbólico.
En una tercera
dimensión del problema, se instaló la bien conocida
arista de la frivolidad informativa. El reflejo del
diario acontecer de la vida cultural privilegia los
contornos nimios, la sobreabundancia de ligerezas, los
artificios de la fama.
Contra tal estado de
cosas, los que estamos comprometidos con varios medios
alternativos, tanto en soporte digital como de papel,
asumimos la urgencia de coordinar mucho más las
estrategias editoriales, en especial aquellas destinadas
a desmitificar el carácter tendencioso y manipulador de
los monopolios informativos.
Sin embargo, luego de
escuchar a estudiantes de Comunicación de escuelas de
Venezuela y Colombia, decidí abrir nuevamente el tema
con varias interrogantes: ¿Estamos seguros de que los
medios alternativos tienen una debida recepción entre
los jóvenes? ¿Se posee una exacta perspectiva acerca del
peso que tienen conceptos como los de identidad,
patrimonio y memoria histórica en la proyección
cotidiana de las generaciones emergentes? ¿Se ha
estudiado suficientemente la relación entre forma y
contenido en los nuevos medios de modo que se pueda
medir la eficacia de sus discursos entre los jóvenes?
Por la calidad de las respuestas que seamos capaces de
ofrecer, pasa indefectiblemente la ruta de la influencia
real de nuestros medios en la formación de valores
humanistas y el crecimiento espiritual de las muchachas
y muchachos del siglo XXI. |