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Miguel Bonasso es
un excelente conversador que te recibe como si te
conociera de siempre. Le gusta recordar e ir
reflexionado a la vez, mas no divaga; y aunque por
mucho tiempo vivió como un clandestino, no se torna
escurridizo cuando se le entrevista.
No quiere leer
absolutamente nada bajo su nombre en un diccionario
literario porque “eso significaría que estoy muerto”,
explica entre risas.
Ciudadano de todas
partes, está orgulloso de haber nacido en la ciudad de
Buenos Aires y de tener nietas mexicanas. Amante de la
poesía de Quevedo, se ha apropiado de algunos de sus
versos para titular libros propios.
De elevada estatura,
ojos clarísimos y barba desordenada, parece no temerle a
dejar de ser. Aprendió, desde hace ya mucho, cuáles son
las causas que merecen cobrarse una vida. Sin embargo,
no le exige a nadie hoy que ponga en juego la suya sin
razones suficientes para ello.
Fiel a su generación,
la mayoría asesinada o torturada, fue un periodista
consecuente y afortunado en medio de tanta desdicha, que
supo cómo sacrificar su identidad para sobrevivir junto
a su familia y contar, para nosotros, el drama mil veces
descrito, jamás agotado, que durante horas, meses y
años, infinitos y tristes, se apoderó del cono sur
americano.
¿Qué influencia
tuvieron sus padres en su temperamento, en su vocación?
Desgraciadamente,
mucha. Mi papá solía decir que me había hecho periodista
por culpa de él, que era como una transmisión, porque él
también era periodista. Y yo decía: “Sí, efectivamente,
es como la sífilis”. Cuando se habla de heredosifilítico,
yo soy heredoperiodista. Mi papá trabajó muchos años en
agencias, por ejemplo, en la
France Press, y yo de chiquito iba allí, a los
siete u ocho años, y miraba lo que es hoy una máquina
prehistórica para la generación de ustedes. Había una
máquina misteriosa, que me fascinaba, frente a la cual
me paraba. Era la teletipo. Y entonces, muy lentamente
... tic, tic, tic, tic, tic... venían las palabras
¡desde Europa! Yo no podía creerlo. Mi papá me explicaba
“¿Ves esto? En este momento lo están mandando desde
París”. “¿En serio?”—le decía yo— “¿y cruza el océano?”
No podía creer que ocurriera ese prodigio. Pero ocurría.
Debe haber sido la fascinación por la teletipo lo que me
metió en la profesión.
Mi mamá también.
Aunque no ejerció el periodismo de manera profesional,
permanente como mi padre, sí lo ejerció durante la
Guerra Civil española. De hecho fue secretaria de
redacción de Frente Rojo, el órgano de las Juventudes
Socialistas Unificadas. Pero era más bien un periodismo
de combate. Fue miembro del Comité de Defensa de Bilbao.
Perseguida por el fascismo, volvió a entrar a España por
Cataluña y estuvo hasta el final de la guerra. Mi madre
era muy buena lectora e influyó mucho en mis lecturas.
Leí Los Miserables, de Víctor Hugo. Me entusiasmó
con Alejandro Dumas, no solo con Los tres mosqueteros,
Veinte años después o El Vizconde de Bragelonne,
sino, además, con novelas mucho menos conocidas como
El collar de la reina...
Entonces, usted
heredó un poco de su madre el ser un perseguido, ¿no?
Sin duda, la
pasión..., aunque mi papá también tenía militancia
política. Pero ella tenía el prestigio ante todos
nosotros de que había sido combatiente de la guerra. Sin
duda, el nivel de pasión política es probable que venga
de ahí.
¿Qué le debe al
periodismo alguien que desde los 18 años ve el mundo
desde la óptica de quien busca la noticia, la
interpretación?
La verdad es que le
debo al periodismo muchísimo. He tenido el privilegio de
asistir como testigo impensado a hechos históricos. En
octubre de 1970, cuando Salvador Allende fue elegido
presidente por el Congreso pleno de su país, tenía una
exclusiva con él y estaba en su casa, en el despacho,
mientras toda la prensa, las cámaras, las grandes
cadenas norteamericanas, esperaban afuera. En el momento
mismo que lo eligieron, entró una de sus hijas, lo
abrazó, lo besó y le dijo: “Papá, acaba de elegirlo el
Congreso pleno”. Me sentía casi como intruso. También
recuerdo la primera vez que conseguí una exclusiva con
Fidel. Lo entrevisté junto con mi compañera para el
diario Página 12... No sé, muchísimos
acontecimientos me han llevado a conocer personajes
históricos trascendentes de todos los campos, que quizás
de otra manera no hubiera podido conocer.
He hecho toda clase
de géneros dentro del periodismo: televisión, radio,
agencia, diario, revista. Fui desde lo más frívolo hasta
lo más trascendente. Todo eso lo pude hacer gracias a
esta profesión y, además, recorrer el mundo. Es decir,
viajar de un lado a otro, estar en las zonas de combate
en Nicaragua. No fui corresponsal de guerra, sería un
poco presuntuoso decir eso, pero me tocó estar muchas
veces, aunque no por tiempo prolongado, en sitios
peligrosos o donde había conflictos bélicos. En realidad
el sitio más peligroso fue mi país, donde trataban de
matarme, eso sí era cotidiano, de todos los días.
Fui, incluso,
periodista deportivo, más bien de automovilismo, aunque
no por mucho tiempo. De fútbol nunca, me gusta mucho,
pero no tenía los conocimientos técnicos. En fin, un
amplio abanico, un abanico enorme de posibilidades y de
vivencias que no creo que se hubieran dado si hubiera
sido... —es difícil que hubiera sido gerente de banco—,
pero bueno, si hubiera sido, por ejemplo, gerente de un
banco.
Muerte, dictadura,
clandestinidad, recuerdos. Sus novelas están hechas de
tristezas, nostalgias y vivencias. ¿Cree que de no
rodearlo esta aureola gris Bonasso sería escritor?
Probablemente sí.
Sería un escritor más lúdico que escribiría novelas de
amor. Lo que pasa es que esa es la historia que me tocó
vivir. Justamente cuando le comentaba a mi papá que
quería escribir, recuerdo que me decía: “Tenés que
tratar de ser siempre fiel a tu tiempo”. Los escritores
que trascienden son aquellos que son fieles a su tiempo,
que saben transmitir el tiempo en el que vivieron. Y eso
me colocó en una escuela que tuvo fruto en América
Latina: la de los escritores de no ficción, la de los
escritores testimoniales. Tengo algunas cosas de
ficción, pero lo central de mi producción es no ficción.
¿Qué opina de la
Feria Internacional del Libro de La Habana?
Es un evento
magnífico y probablemente único en su género porque
después se traslada al interior, es decir, que no es un
hecho puntual de La Habana. Nosotros tenemos una feria
muy popular, por la que pasa mucha gente, la de Buenos
Aires, pero bueno, es la Feria de Buenos Aires
solamente. Pero he disfrutado de la Feria cubana cuando
he presentado mis libros y la pasé muy bien, me encantó
el escenario, el fervor popular, la voluntad de leer, la
avidez. El lector cubano es curioso, es insaciable, la
relación con los lectores es estupenda. Es como si
estuvieran realmente en mi país. Espero que este año se
den cita importantes escritores, porque el pueblo cubano
se lo merece. Es uno de los hechos culturales más
importantes de América Latina.
¿Qué podría
adelantarnos del volumen que presentará en esta ocasión?
Es una novela,
ficción, pero muy basada en elementos de la realidad y
cuenta la historia de un personaje que regresa del
exilio para averiguar qué ocurrió con su mujer, que está
desparecida. Se llama La memoria en donde
ardía, porque está tomado de ese poema de Quevedo,
del Siglo de Oro español, que dice: “mas no, de
esotra parte, en la rivera, / dejará la memoria, en
donde ardía: / nadar sabe mi llama la agua fría, / y
perder el respeto a ley severa. Es un soneto muy
lindo de Quevedo. Precisamente, he utilizado a Quevedo
para fusilarle varios de sus versos para título de mis
libros. Recuerdo de la muerte también es de
Quevedo. “Y no hallé cosa en que poner los ojos/ que
no fuese recuerdo de la muerte”. Tengo dos libros
con versos plagiados a Quevedo. Pero este año para mí
tiene un significado muy especial porque viene mi hijo
Federico Bonasso, que hizo la música de Iluminados
por el fuego, la película que ganó el gran Coral y
que, además, tiene un conjunto de rock llamado El
juguete rabioso, título de un libro del gran
escritor argentino Roberto Arlt. Hacía varios años que
El juguete... no se reunía. Vamos, entonces, a
hacer la presentación del libro de manera totalmente
atípica porque compartiremos el escenario: ellos van a
tocar rock y yo presentaré mi libro. Eso será el 10 de
febrero a las 6: 30 p.m. de la tarde, en la plaza de los
cañonazos de La Cabaña. Daniel Chavarría va a estar en
la presentación, porque eso ya es casi un vicio.
Chavarría presenta algún libro mío o yo presento algún
libro de Chavarría, y como él escribe y publica mucho
más que yo, yo he presentado muchos más libros de
Chavarría que Chavarría míos. Pero esta vez le va a
tocar presentar por segunda vez uno mío, el primero fue
uno de grandes entrevistas —a Fidel, a Chávez—, grandes
por los entrevistados, no por el entrevistador, titulado
El instante fugitivo, otra vez un verso de
Quevedo. Espero que vayan muchos jóvenes a los que les
guste la literatura y el rock. Mi hijo se inspiró en el
libro y compuso un tema de rock homónimo, precioso, que
trata de una abuela de la Plaza de Mayo que recupera a
su nieto. Y esa es La memoria en donde ardía, una
memoria que va más allá del agua fría de la muerte. Las
abuelas hicieron un banco genético, donde depositaron
muestras de su sangre, previendo su muerte y que algún
muchacho de esta época sospechara que era hijo de
desaparecidos y nietos de las abuelas y deseara hacerse
una prueba de ADN y comprobar su creencia. Esto ha
ocurrido con varias decenas de casos. Esas pruebas
marcan una cosa impresionante establecida por los
genetistas que es el índice de abuelidad. La novela
tiene mucho que ver con el índice de abuelidad y el tema
de rock también.
¿Qué le pide al
lector cubano que va a leer su novela?
No le pido nada, más
bien le ayudo a entender las circunstancias históricas
en que ocurrió todo, con una nota especial que hice para
la edición cubana. Le doy las claves y después hay
notas, glosarios, porque utilizo un lenguaje coloquial,
tanto argentino como mexicano, y son palabras que no se
conocen. Desgraciadamente nuestras formas de hablar son
distintas. Pana en Venezuela, asere en Cuba,
cuate en
México, gomia
en Argentina, expresan todas lo mismo, pero son
palabras distintas.
¿Y la novela
histórico-ensayística que iba a hacer de los Montoneros?
Pendiente. La
actividad política me está exigiendo mucho. Soy diputado
del Parlamento argentino por el Partido de la Revolución
Democrática y estamos tratando de construir una gran
alternativa de izquierda, un gran frente, que es
difícil. Una de las grandes pasiones de mi vida, que es
la política, me está privando de otra de mis grandes
pasiones que es la literatura. Y de los Montoneros más
que una novela pensaba hacer un ambicioso libro de
historia general. Ahí está. Es una tarea ciclópea. Veré
si, en algún momento de mi vida, dispongo del tiempo
existencial para hacerlo.
Iluminados por el
fuego
retoma el conflicto de las Islas Malvinas.
De la parte que me
toca y de todo el trabajo colectivo que implicó
Iluminados por el fuego —que no es un mérito
exclusivo ni mucho menos— estoy contento porque creo que
es la primera película que toma el drama de las Malvinas
en serio y se asoma de verdad con un sentido crítico y
explica por qué esa guerra no se podía ganar. No se
podía ganar porque la llevaba a cabo un ejército formado
por el propio imperio y, entonces, mal podía llevar a
cabo una guerra antimperialista y anticolonialista, un
ejército sirviente de los colonialistas y los
imperialistas que había torturado, asesinado, violado,
robado, que había hecho todas las barbaridades que
hicieron las Fuerzas Armadas argentinas. Tenían que
perder ante los ingleses, era así, era casi una
fatalidad. Y tenían que perder porque maltrataron a sus
propias tropas, porque consideraban a los soldados
inferiores. La guerra de las Malvinas no fue lo que
fueron otras guerras antimperialistas como las que libró
el pueblo cubano en Playa Girón. El ejército creyó que
los EE.UU. lo iba a ayudar en una confrontación con Gran
Bretaña, ignorando algo que debían saber desde la
Academia Militar, que Gran Bretaña es el principal
aliado de los EE.UU. a nivel mundial. Les pasó lo que
les tenía que pasar. EE.UU. apoyó a Gran Bretaña y,
cuando ellos se dieron cuenta de eso, se aterraron y
perdieron ignominiosamente la guerra, pero llevaron al
sacrificio a cientos de muchachos, a miles, murieron más
de 300 en las islas y otros 300 en el hundimiento del
Belgrano, que fue un acto cobarde y ruin por parte de
Margaret Thatcher. Pero también expresa un sentido
crítico de cosas que están muy mal en la sociedad
argentina, como el hecho de que después de la guerra se
suicidaran casi tantos veteranos como los que cayeron
combatiendo en las Islas. El número es casi equivalente.
Es monstruoso y dice mucho sobre cómo la sociedad negó
el trauma de las Malvinas y lo quiso tapar, y tapó a sus
protagonistas, a sus víctimas, muchachitos jóvenes de 18
años llevados a una guerra sin medios, sin convicción,
frente a un ejército profesional temible.
En términos generales
estoy contento de mi participación y muy contento de que
haya ganado el Gran Coral, que le dediqué en su momento,
junto con Tristán Bauer, a mi compañera, en este momento
enferma, Ana Deskalon.
Ana fue la directora de producción y gracias a ella se
hizo la película.
¿Cómo le explicaría a
un niño por qué es un hombre de izquierda?
Estar con los pobres
y contra los ricos. Así se lo explicaba a mis hijos
cuando estaba en la clandestinidad. Nosotros somos
buenos porque estamos con los pobres y ellos son malos
porque están con los ricos.
¿Cómo recuerda
aquellos días cuando fue condenado a muerte por los
grupos de la dictadura militar en Argentina?
Traté de evitar por
todos los medios que eso no ocurriera, es decir, que la
sentencia no pudiera cumplirse, y lo logré, logré
sobrevivir. No sé si hubo ingenio o más bien suerte.
Algo de ingenio hubo, pero supongo que más suerte,
porque estuve dentro del país durante el tiempo más
duro, antes de que se diera el golpe. Había estado en el
exterior entre noviembre de 1974 y octubre de 1975.
Regresé clandestinamente en octubre del 75, lo cuento en
el Diario de un clandestino. El golpe es en marzo
del 76 y todo ese año lo pasé clandestino en mi país.
Antes del golpe ya la situación estaba muy mala y salí
recién de Argentina. Mi partido, que era en ese momento
el de los Montoneros, me sacó al exterior para una
conferencia de prensa en abril del 77. Me tocó vivir
adentro. Por eso cuando algún argentino dice: “pero yo
no sabía lo que pasaba, no se sabía nada”, yo digo que
viví esos momentos y sí se sabía lo que pasaba. No lo
sabía el que no lo quería saber, pero el que lo quería
saber, veía los autos Falcon,
con las escopetas por las ventanas, el tipo siniestro
con los anteojos oscuros, la gente secuestrada, los
allanamientos brutales en la madrugada y sí, sí se sabía
lo que pasaba.
¿Cómo reconoce a una
dictadura?
Cuando un gobierno
viola derechos humanos esenciales. Es decir, cuando se
tortura, se secuestra. Esta es una acusación injusta que
se le ha hecho a Cuba donde no ha habido jamás un
torturado en toda la historia de Revolución. En nuestros
países sí han existido verdaderas dictaduras tenebrosas,
que han practicado, como en el caso de Argentina, la
desaparición forzada de personas, término que ya se
incorporó en el lenguaje jurídico internacional.
¿Qué piensa de los
que ven a la política como una gran mentira?
Que van a ser
derrotados por la generación de ustedes. Confío
muchísimo en los muchachos muy jóvenes de todas partes.
Creo que son muchachos sin vicios, con el mismo
idealismo de mi generación, cuando éramos jóvenes,
aunque todavía sigo siendo idealista, pero algunos se
han vuelto más realistas, algunos de mi generación que
sobrevivieron.
¿Por qué se rodea de
gente joven alguien que mira con tanta frecuencia al
pasado?
Porque lo que me
interesa es transmitirles a los muchachos nuestra
experiencia, incluso nuestra carga de errores para que
no nos idealicen, para que sepan exactamente cómo fue
nuestra lucha, para que sepan qué elementos de culpa
tenemos nosotros mismos también en la derrota que
sufrimos. Para que sepan que hubo compañeros nuestros
excepcionales, extraordinarios, que tuvieron una inmensa
generosidad de sí mismos, que dieron todo lo que alguien
puede dar, que es su propia vida, por los demás,
realmente por los demás, sin voluntad de ocupar ningún
cargo ni de diputado ni de senador ni de congresista ni
de nada. Luchaban por la justicia social, luchaban por
un país más justo, más libre, más fraterno, más
solidario, por una sociedad distinta. Por eso vivieron y
murieron.
Lo más difícil del
exilio.
Lo más difícil del
exilio para un porteño es dejar la ciudad de Buenos
Aires. Buenos Aires fue durante muchos años una ciudad
fascinante. Ahora no lo es tanto, al menos me parece a
mí. Pero fue una ciudad muy hermosa, sobre todo en los
60. Era un gran emporio cultural. Basta darles un solo
dato, para no parecer un chovinista. Fue la
ciudad que consagró a García Márquez. Se publica en
Buenos Aires Cien años de soledad en 1967 y se
agota en una semana. El libro lo saca la editorial
Sudamericana y a partir de ahí comienza el famoso
boom latinoamericano. La ciudad era un hervidero
cultural, musical, cinematográfico, literario; y
encerraba un poco el germen de lo que iban a ser los
movimientos revolucionarios. Era como un revoltijo en
ebullición. El exilio me dio mucho también. Me dio una
visión latinoamericana en serio. Como consecuencia del
exilio, por ejemplo, mis hijos se quedaron en México, y
entonces no solo tengo a mis hijos viviendo en México,
sino que también tengo nietas mexicanas. Hay dos nietas
y viene un nieto. Para mí es un honor tener nietos
mexicanos, porque quiero mucho a México,
entrañablemente. Esa circunstancia de estar en este
país, me vinculó con todos los movimientos
revolucionarios de América Latina. Conocí a dirigentes
de El Salvador, de Nicaragua, todos pasaban por allí.
México fue la gran capital del exilio latinoamericano,
así como pudo haber sido París la capital de los exilios
europeos.
Imagínese que se
compone un diccionario de autores argentinos, ¿qué le
gustaría leer bajo su nombre?
Nada, porque
significaría que estoy muerto. Prefiero las inquietudes
de la existencia, a la dudosa gloria de la posteridad.
¿Qué les exige o les
exigió Bonasso a sus compañeras de lucha?
Tuve dos compañeras
de lucha. Silvia, desgraciadamente falleció y tengo
ahora a Ana, que está pasando por un mal momento,
luchando contra una enfermedad con el apoyo solidario y
fraterno de Cuba. No tuve que exigirles nada, diría que
en algunos momentos ellas me exigieron a mí. Fueron
verdaderamente compañeras de lucha, ninguna de ellas
estuvo al margen. Y no podía ser de otro modo. Creo que
las parejas se construyen no solo por la relación
amorosa, que es el componente original y fundamental,
sino también por un proyecto de vida en común. Si no hay
un proyecto de vida en común,
vos podés tener un romance, una aventura
pasajera, pero no una pareja. Una pareja es... ambos en
lo mismo. Mis dos compañeras de vida compartieron mi
proyecto y mi lucha.
Dicen que en
situaciones extremas uno reconoce con certeza lo
valioso. Usted atravesó algunas, ¿qué es lo más
importante, lo que no debe perderse bajo ningún
concepto?
La solidaridad, la
fraternidad humana. La existencia es muy dura, muy
difícil, no solo por las injusticias de la historia,
sino también por los agravios de la biología, que tiene
sus límites pesados, como son el envejecimiento, la
enfermedad, la muerte. Está cargada de dolor y también
de placer, pero bueno, eso es justamente la vida. Me
parece que lo más terrible es que el hombre no ha salido
todavía de un nivel muy animal, todavía está muy
presente el criterio de la horda, el criterio de que
estos vienen de afuera, son de otro lado y hay que
matarlos. Estos son rasgos primitivos. Lo lógico sería
que nos apoyáramos los unos a los otros, que hubiera
cierta fraternidad y afecto. En ese sentido, no por
demagogia y no porque esté en Cuba, creo que esta es una
sociedad muy humanista. Enviar médicos a un lugar tan
distante como Pakistán, en momentos de tanto dolor y
sufrimiento en un sitio tan distante, o enviar 20 mil
médicos a Venezuela, es ser muy humanista. No ignoro que
esta sociedad pueda tener sus contradicciones, sus
limitaciones, sus errores y, probablemente, sus
miserias. No es la sociedad angélica, pero debe ser la
más humana de las que conozco, sin duda.
Ser un clandestino
es...
Un dolor, la
clandestinidad es un dolor, no es un juego, no es un
hecho lúdico. Solo alguien que sea un imbécil o un
aventurero puede considerar a la clandestinidad una
experiencia grata. Uno tiene que cambiar muchas cosas,
en primer lugar su identidad, uno deja de ser uno, hasta
por el disfraz, el maquillaje que utilizas para
exponerte en la calle, cuando te miras al espejo no te
reconoces. Mi barba tuve que adaptarla, andar con el
pelo corto, el bigote también muy castrense, para que
pensaran que yo era un fascista, igual que muchos otros,
para caminar tranquilo, ¡bah, tranquilo!, ¡nunca pude
circular tranquilo!, para pasar desapercibido, para que
no me recocieran, para que los tipos de la policía que
mirasen mi foto no dijeran “mira, ahí va Bonasso”, sino
que pensaran “se parece a él, pero no es Bonasso”, y
dudaran. La clandestinidad es una profunda alteración de
la vida cotidiana. La lucha es mucho más difícil: tardas
en comunicarte con todos los compañeros, no puedes
acceder a los compañeros que quieres y discutir con
ellos, tienes que verlos puntualmente para tales tareas
que manan de la propia condición de ser un clandestino.
Por ejemplo, yo pensaba una serie de cosas sobre la
lucha misma que librábamos los Montoneros en Argentina,
sobre los errores que estábamos cometiendo en el año
1976, 1977 incluso, y me hubiera gustado hablarlas con
Rodolfo Walsh, a quien admiro profundamente, compartir
ciertas dudas, inquietudes que tenía, y no lo pude ver,
no pude llegar a él porque los dos estábamos
clandestinos. Está también el sufrimiento de los hijos,
que tratábamos de atenuar en la medida de lo posible,
para que no se sintieran segregados o marginados de sus
amiguitos. Pero los amiguitos tenían que venir a casa,
sin saber adónde iban, los padres nos los tenían que
prestar sin saber adónde iban sus hijos. Hubo algunos de
ellos que lo hicieron, lo cual es altamente meritorio.
Hubo un médico que aceptó ir mirando al piso en el auto,
sin saber la dirección, para curar a mis hijos. Y ese
médico ni era de izquierda ni militante, era un
pediatra, pero quería a los chicos y nosotros le
teníamos la suficiente confianza como para meterlo a la
casa en esas circunstancias. Es duro... es duro.
Si usted tuviera la
hipotética posibilidad de devolverle la vida a alguien,
¿a quién traería de vuelta?
Tendría una demanda
muy amplia. Por lo pronto, y quedándome solo en
territorio argentino, a los 30 mil desaparecidos y a
varios de los asesinados, como mi gran amigo Dardo Cabo,
a quien se le inventó la fuga de la cárcel y se le
fusiló junto con otros compañeros, por la espalda,
vilmente. A Paco Urondo, el poeta gran amigo de Cuba que
escribió la novela Los pasos previos. Lo más
doloroso que cuento en la novela que voy a presentar en
la Feria es un poco los fantasmas que me rodearon cuando
fui a Buenos Aires después del exilio, tras 11 años de
ausencia. Lo primero que la ciudad me mostró
dolorosamente eran todas las esquinas de mi vida, donde
había estado con los que no estaban. Siendo todavía muy
joven en aquel momento, era ya como un ancianito de 80
años que tiene a sus cariños, sus amigos, sus afectos,
mucho más en el cementerio y en la memoria que en su
vida cotidiana. Ese agujero, esa ausencia fue terrible
cuando la sentí al volver. No es simplemente alegría al
volver. La vuelta del exilio es tan dura como el exilio
mismo.
Usted ha dicho que a
los jóvenes de su generación les parecía poder cambiar
el mundo.
Pertenezco a una
generación que creyó e intentó seriamente cambiar el
mundo. Teníamos la convicción de que podíamos hacerlo
bien y, curiosamente, algunos sobrevivientes hemos visto
que no, no tal vez de la manera que pensábamos. Este
mundo que parecía pétreo y de un solo poder, donde
imperaba el neoliberalismo, cuando se produce la
implosión de la Unión Soviética, cuando parecía que los
EE.UU. reinaban sobre todo, ahora ha comenzado a
agrietarse. En América Latina ha surgido el proceso de
la Revolución Bolivariana en Venezuela, la elección por
primera vez en la historia de un compañero que procede
de los pueblos originarios y reivindica esa cultura,
como es el caso de Evo Morales. Es una revancha de 500
años, incluso contra la colonia, la conquista y el
dominio europeos. Está habiendo ya no una necesidad en
los pueblos, sino también una comprensión en los
gobiernos, unos más radicales, otros menos radicales,
pero empieza a percibirse como una generalización del
concepto de que si no nos unimos, estamos perdidos, de
que necesitamos la integración, de que la Patria Grande
no es solo el gran sueño bolivariano, no es una utopía,
sino que es una necesidad perentoria. Sin una Patria
Grande estamos perdidos, no hay ninguna posibilidad de
que ninguno de nuestros países se salve por sí mismo,
solo. Hoy en día ya vemos que Cuba sí lo ha hecho, pero
a un costo terrible, es muy duro lo que le ha impuesto a
Cuba el imperialismo. Nosotros creemos que el precio tan
alto y heroico que pagó Cuba podemos atenuarlo si las
naciones sudamericanas en primer lugar se unen y
después, en un futuro, que ojalá sea lo más cercano
posible, América Latina y el Caribe.
En sus palabras: “Lo
que no debe hacer nunca un revolucionario es dar los
elementos para que el otro lo destruya”. ¿Hasta qué
punto?
Es casi una
concepción vital. Uno no debe darle al enemigo
información y la posibilidad de que tenga armas para
destruirte, lo cual no significa maquiavelismo ni
ocultar la verdad, sino conducirse con la cautela y la
astucia que un revolucionario debe tener. Creo que en
Cuba han tenido la inmensa suerte de tener un liderazgo
tan inteligente, que se corresponde con el valor del
pueblo cubano, como para poder resistir la presión del
monstruo a 90 millas náuticas. Y eso requirió una dosis
de un enorme coraje, pero también de inteligencia, para
saber cómo moverse frente al monstruo y no darle los
elementos para que este los aniquile. Eso es muy
importante y sigue siendo válido para los países y los
individuos.
¿Quiénes son sus
héroes literarios?
Sin ninguna duda,
D´Artagnan, Athos, Porthos y Aramís. Es probable
que Dumas haya tenido mucho que ver en que yo me haya
metido en la revolución. Sigo admirando a los
mosqueteros.
¿Y en la vida?
Tengo una inmensa
admiración por Fidel, una gran admiración por Hugo
Chávez. Me parecen líderes excepcionales, de un carisma
muy grande, así como de una gran calidad humana. He
tenido, además, el privilegio de conocerlos
personalmente, lo cual me permite aquilatar, en el caso
de Fidel, que viene siendo como el hermano mayor de toda
América Latina, el papá de todos, como en el caso de
Hugo más joven, ver la calidad humana que tienen. Evo me
parece un tipo increíble. Es como es, con su chamarrita,
absolutamente auténtico, es un hombre del pueblo, un
campesino reservado, introvertido. Mas me parece que va
a cumplir su palabra a rajatabla. Va a hacer lo que él
dice: mandar gobernado por el pueblo. Son esos mis
héroes actuales y vigentes. Tengo otros que murieron,
como el Che, que es uno de los grandes de la historia de
todos los tiempos. Cuando se escriba la historia del
siglo XX desde una perspectiva ya más lejana, el Che
será visto como un Bolívar de esta época y algunos
podrán decir que aró en el mar también, por como murió
en Bolivia, pero la pregunta es si fue derrotado cuando
aún sus ideas siguen. No siempre los héroes triunfan, a
veces son derrotados, y esto no invalida de manera
alguna ni sus ideas ni la pasión que tuvieron para
defenderlas. Al contrario, a veces la forma en que se
produjo su derrota y la relación que expresa como
consecuencia de su vida, los honra. La derrota los
honra. No hay que considerar a la derrota como un hecho
ignominioso. La derrota está presente en la historia y,
a veces, uno es derrotado.
Galeano piensa que la
prensa en Cuba parece de otro planeta. ¿Usted qué cree?
No hago
trasposiciones culturales de un país a otro fácilmente,
porque puede ser un error. Creo que la producción
periodística o cultural tiene mucho que ver con la
circunstancia histórica. Cuba es un país que está
permanentemente en una situación casi bélica, en pie de
guerra, no por su culpa, sino porque es una fortaleza
sitiada por un enemigo altamente poderoso. Eso da un
resultado muy diferente al de nuestros países, donde
hemos ejercido un periodismo crítico en relación con
gobiernos que merecían una crítica implacable, y lo
hicimos mientras nos lo permitieron o tuvimos los medios
para hacerlo. En algún sentido habría que preguntarse
también si la prensa del resto del planeta tiene las
presuntas excelencias que algunos suponen que tiene,
porque es una prensa
monopólica y,
casualmente, los dueños de los medios de comunicación
son también los dueños de los medios de producción. Hay
una prensa uniforme, que actúa casi al unísono, por
reflejo, que le da escasísimo espacio a todos los que
tienen una voluntad de transformación social. Cuando da
espacio, es para atacarnos. O nos ataca o nos ignora. A
veces hacen alguna que otra travesura y no tienen más
remedio que reflejarla, pero la reflejan de manera
distorsionada. Es un debate intenso. Las nuevas
generaciones van a ir encontrando su camino, van a ir
mejorando la prensa existente, van a ir enriqueciéndola
con nuevos aportes, van a ir teniendo una visión más
compleja y cada vez más rica de la realidad en la cual
se vive. Es una tarea que tienen ustedes, los jóvenes
periodistas cubanos. Es su porvenir. Y lo van a hacer a
partir de un nivel de información muy alto, que no
tienen otros colegas suyos en otras partes de América
Latina, que están desinformados por una política de
medios, sometidos permanentemente a un bombardeo frívolo
de la televisión. Estoy contento ahora de que empecemos,
aunque todavía tenga muchos defectos y sea una criatura
muy débil, con TELESUR. La posibilidad de que tengamos
un canal alternativo al monopolio de la CNN es
importante. Por ser nuestro, tendrá que ser más
eficiente en términos profesionales e informar cada vez
mejor, con investigaciones profundas de lo que ocurre,
aunque a veces parezca que si uno pone tal cosa o tal
otra, le puede hacer el juego al enemigo. Es bueno
presentar los hechos como son. Rodolfo Walsh decía: “hay
que seguir a los hechos que nunca te van a defraudar” y
yo creo en esa filosofía. En el perfeccionamiento de
todas nuestras prensas, la cubana, la argentina, la
venezolana, hay un largo camino por recorrer, por
distintas razones históricas, pero tenemos todos que
procurar tener la lealtad básica hacia el lector, el
oyente o el televidente. Esta es proporcionarle los
hechos desde nuestra perspectiva, que siempre será
subjetiva, no creo en el periodismo objetivo, todo
periodista tiene una visión del mundo y lo que informa
está teñido por esa visión del mundo. Se debe ser muy
riguroso en los hechos, no pueden ser tamizados ni
ocultados. Hay que presentarlos tal como son y ayudar a
que la comunicación sea de ida y vuelta.
¿Qué les diría a los
que lo califican como un “admirador de regímenes
autoritarios”?
Les diría que están
totalmente equivocados, que tienen mala leche,
probablemente tienen mala leche cuando lo dicen. Admiro
la obra de la Revolución Cubana, que ellos califican de
régimen autoritario. Creo, como dije antes, que esta es
una sociedad humanista que ha logrado el mayor nivel de
solidaridad y fraternidad al interior de la sociedad
misma. Cada sociedad tiene las características que su
historia le impone y condiciona. La Revolución Cubana
tiene las suyas. El proceso de la Bolivariana ha sido
distinto, a través del vehículo electoral. Chávez
probablemente, a quien acusan también de autoritario
injustamente, debe haber sido el único presidente del
mundo que se sometió a un referéndum revocatorio,
autorrevocatorio. Ningún presidente de los EE.UU.,
aunque está previsto por la Constitución, jamás ha
convocado a un referéndum revocatorio y mucho menos lo
va a aplicar el señor Bush, que subió por fraude
electoral comprobado. Así que les niego autoridad moral
para decir quién es autoritario y quién no lo es. Y
defiendo, eso sí, a cara de perro, la independencia y la
soberanía de nuestros respectivos países. No le doy al
imperio ni a sus secuaces, que no son pocos, como
decimos en Argentina, ni un tranco de pollo ni un
milímetro para juzgarnos. Sigo apostando por la no
intervención y la autodeterminación de los pueblos. Cada
pueblo se da la forma de gobierno que ha logrado
conquistar o considera valiosa. En el fondo de la
democracia participativa y no puramente representativa,
está si uno actúa en función de la voluntad del pueblo o
no, y puede haber diferentes formas jurídicas para
llegar a eso. En Cuba están las asambleas populares, hay
vida electoral de otro tipo. No voy a discutir ni mucho
menos permitir a los señores de afuera que vengan a
decirme “no, mira, la verdad es que lo mejor es tener un
Partido Demócrata y otro Republicano”, cuando en
realidad son la misma mierda. Es como si me dijeran
usted tiene que ser blanco, anglosajón y protestante. Le
concedo a la mayoría del mundo la posibilidad de ser lo
que quieran ser. No creo en esas reglas impuestas, que
ojo, han impactado mucho el pensamiento de izquierda.
Hay muchos intelectuales que tienen como una especie de
complejo y se cuestionan al dar un paso, si será visto
como democrático o no. Pensemos en lo que es la
democracia a la americana, como fue en otros tiempos la
llamada pax romana. Las legiones romanas imponían
la paz a palos. La paz romana era el sometimiento, la
democracia norteamericana también es el sometimiento.
Son formas de representación carentes de verdadero
contenido popular, que sirven a los intereses de las
grandes corporaciones y no para que la gente se eduque,
para que la gente tenga casa, para que la gente tenga
acceso gratis a los medicamentos. La pregunta es:
¿Maestro, qué significa la democracia? Etimológicamente,
significa el gobierno del demos, de la mayoría.
¿Cómo puede, entonces, usted decir que hay un gobierno
de mayorías en países donde el nivel de concentración de
la riqueza es tal que el 80% de la población puede ser
pobre? ¿Cómo hacen para explicarme que ganó la mayoría?
Mire, votaron por fulanito y había dos o tres Partidos.
Sí, pero el resultado, casualmente, es siempre el mismo.
Los que gobiernan poseen los medios de producción.
Explíquenme esa democracia, explíquenmela porque no la
entiendo bien. No me parece muy democrática esa
democracia.
A su juicio, ¿cuál es
la principal enseñanza que debe aprender esta generación
de la suya?
Tienen que construir
desde estas circunstancias, pero tal vez lo rescatable
de nuestra generación es que fue íntegra, coherente, que
actuó según pensaba y según decía, es decir, que no hay
una contradicción entre lo que hablábamos y lo que
hacíamos. Fue una generación guevarista. Pero fue lo que
nos tocó vivir. Rescataría de esa generación, para las
nuevas, la defensa de los principios, vivir de acuerdo a
una concepción de la vida. No le exijo a las nuevas
generaciones que tengan que dar la vida si no la tienen
que dar, porque a nosotros nos correspondió la
circunstancia de la lucha y la muerte. A lo mejor a las
nuevas les toca, pero ojalá que no, no se los deseo,
pero sí que tengan esa generosidad de sí mismos. Los
mejores de mi generación lo fueron tanto que dieron sus
propias vidas. |