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Hace poco más de dos semanas algo especial ocurre en el
Taller del Sol que es, como se sabe, refugio de uno de
los artistas más significativos de la plástica
contemporánea cubana: Eduardo Roca Salazar, Choco,
un creador que desde su escondrijo habanero anda por
estos días en una suerte de “dando y dando”, según
lenguaje algo callejero.
Changó resguarda a
Choco igual que Santa Bárbara a Natalia Bolívar,
considerada la antropóloga viva de mayor prestigio en la
Isla y cuya obra Los orishas en Cuba es de
obligada referencia si de acercarse al mundo de las
religiones de origen africano se trata.
Choco
y Natalia trabajan en “algo” que los tiene fascinados a
ambos: la creación de una obra a cuatro manos que forma
parte de un proyecto de la Galería Espacios (San
Leopoldo 47, Madrid, España). Esa institución —vinculada
a una treintena de pintores cubanos entre ellos Alfredo
Sosabravo, Manuel Mendive, Roberto Fabelo, Ángel Ramírez
y Arturo Montoto— se sumará a la prestigiosa Feria de
Arcos (que se inaugurará el 9 de febrero próximo en la
capital española) con varios acontecimientos de
carácter, obviamente, cultural.
Una de esas acciones
es la que ha unido por primera vez a Choco y a
Natalia quien ofrecerá una conferencia magistral
relacionada con “Las influencias de las religiones
africanas en la pintura cubana”, mientras que la obra
creada por ambos en el taller de La Habana Vieja estará
presente exhibiéndose y a la vez confiriendo su mirada
directamente tutelar.
Choco,
no es un secreto,
clasifica como un “maestro” del grabado y Natalia, según
nos cuenta, hacía más de 50 años no se atrevía a pintar
“en serio” a pesar de que hace unos dos años realizó una
serigrafía con la colaboración esencial del también
pintor Moisés Finalé.
“Para mí es un
descubrimiento. El Changó es totalmente de Choco
y la Santa Bárbara es una recreación mía… no soy una
conocedora de la colagrafía como técnica del grabado, no
sé cómo mezclar correctamente los colores, por eso la
ayuda de Choco y de Jorge Muñoz (el impresor) ha
sido imprescindible.
Cuando tienes
cumplidos los setenta y un años de vida y descubres algo
nuevo, es un acontecimiento que te da motivos para
continuar probando y compartiendo con artistas que uno
respeta y quiere tanto.
A Choco lo
conozco hace muchos años, pero nunca había tenido la
suerte de chocar con él en un “mano a mano” y esta
experiencia ha sido extremadamente emocionante. Cada vez
que hacemos una prueba se me pone el corazón en la boca
y me pregunto ¿qué saldrá de ahí?, ¡cuán extraño es todo
esto! Afortunadamente hasta el momento todo está
saliendo muy bien.
Usted es una gran
conocedora de los temas relativos a la religión
afrocubana. ¿Cree que se inserta la pintura de Choco
en ese contexto?
Choco
es como el misterio que tiene la tierra en que vivimos,
que es Cuba. Choco es mágico al igual que nuestra
patria. Pienso que los cubanos tenemos la gran suerte de
haber nacido en esta Isla tan especial y,
lamentablemente, hay gentes que no saben valorarla.
Mezclarse con
Choco es algo alucinante porque es un hombre de
ideas deslumbrantes, que maneja los signos de la tierra
cubana. En su obra hueles la tierra húmeda, olfateas el
mar… es decir, estás usando no solo la vista como
sentido, sino un todo que te envuelve en su manto
mágico.
Siempre lo he querido
mucho, pero ahora que estoy más cerca de él me quedo
atónita de ver a ese hombre tan vital, tan cubano y tan
amante de su tierra que la refleja en lo que yo llamaría
la chocografía en vez de la
colagrafía que es la técnica del grabado que ha hecho
suya y que desarrolla como nadie.
La obra de Choco
me conmueve, pero más me estremece el tener la
oportunidad de estar junto a él aprendiendo de su
trabajo al igual que Gloria, su esposa y representante y
que anda como un ángel protegiéndonos a todos contra
todo.
Voy a hacer una
confesión que no se la he hecho a nadie: cuando salgo a
la calle, lo hago con todos mis collares puestos porque
es mi protección y en el único lugar —fuera de mi casa,
por supuesto— que inconscientemente me los quito es en
el Taller de Choco, en el Taller del Sol. Aquí me
siento resguardada y tan en mi casa que es como si
hubiera vivido aquí toda la vida. Es mi hogar.
A usted se le conoce
mayormente por sus investigaciones relacionadas con las
religiones de origen africano, pero tiene más de 15
libros publicados. ¿En qué proyectos se encuentra
actualmente?
Sin publicar tengo
como cuatro libros ya terminados, pero en este momento
la Editorial Letras Cubanas me pidió un texto que hace
unos quince años elaboramos Zoila Lapique y yo sobre los
montunos (sones) en lenguas.
Es un estudio de la
música cubana a partir del siglo XVII. Fui a Puerto Rico
y allí Cristóbal Díaz Ayala me dio copia de todos los
montunos en lengua que atesora porque es un gran
coleccionista de nuestra música y me grabó más de 300
obras compuestas por los músicos cubanos a finales del
siglo XIX.
Invité a Zoila a
trabajar en este proyecto conjunto porque ella es una
gran especialista en temas musicales y yo me encargaría
de la traducción de la lengua. Decidimos hacer este
texto hace 15 años, se “encagavetó” y ahora estamos a
toda carrera rehaciéndolo porque como es lógico tiene un
desfase.
El día 5 de febrero
durante la Feria Internacional del Libro de La Habana
gracias a la Editorial Boloña, se presentará Vértigo
en el tiempo que no es mío, sino de mi hija
Natalia del Río, pero que trata de mi mamá. Son las
vivencias de mi madre en La Habana Vieja; ella nació en
el siglo XIX y perteneció a una de las grandes familias
cubanas, los González de Mendoza.
Usted viene de una
familia especial… está emparentada con esa gran
escultora cubana que fue y es Rita Longa y por sus venas
corre sangre que la vincula a El Libertador, Simón
Bolívar…
Por parte de padre,
mi familia proviene de Santiago de Cuba y antiguamente
era común que las familias venezolanas emigraban a esa
parte del territorio cubano, sobre todo las que tenían
muchachas en edades casaderas en busca de pretendientes.
Allí se estableció un
tío-abuelo de Simón Bolívar con la prima hermana y se
casaron; nosotros tenemos tres Bolívares en los
apellidos: mi padre era Bolívar y Bolívar-Spinachi y
Bolívar… esa es una de las razones por la que tenemos
tantos Bolívares. Según dicen algunas personas que me
conocen desde hace años, mi perfil se parece al de Simón
Bolívar.
Rita Longa es hija de
la hermana mayor de mi mamá; siempre vivimos juntos
porque su casa y la de mis padres fueron construidas en
el año 1941… allí vivimos unidos. Bebí de Ponce, de René
Portocarrero, de Wifredo Lam y de otros grandes artistas
cubanos de forma maravillosa.
Siempre me crié entre
las artes plásticas y cuando era joven Rita
constantemente me insistía en que pintara, y ello me
llevó a que matriculara en la anexa de San Alejandro con
Florencio Gelabert y Barea.
Luego comenzaron los
disturbios relacionados con la lucha revolucionaria y mi
madre me llevó a dar clases en el Art’s Student
League con Norman Rockwell que fue uno de los
grandes dibujantes del Saturday Evening Post y
Hill Barnet y Moris Kantor.
Allí me quisieron
becar, pero como antes era tan estricta la educación,
decidieron no dejarme en Nueva York a pesar de que tenía
una tía que residía allá. Tuve que dejar la pintura y de
regreso choqué con la concreta, es decir, con la
Revolución.
Me vinculé con el
Directorio Revolucionario a través de José Luis Gómez
Vanguemert; pasé a ser guía técnica del Museo Nacional
de Bellas Artes y cuando triunfa la Revolución y se toma
en armas la institución, Fidel me nombra Directora; allí
permanecía hasta 1966. Luego hice el Museo Napoleónico,
el Museo de Artes Decorativas y muchas bases de otros
museos de Cuba. Como ves de una forma u otra siempre he
tenido las artes plásticas rondándome.
Para Choco trabajar con Natalia Bolívar es:
“Una experiencia
profunda y una gran suerte porque aumentará mi carrera,
mis proyectos y sobre todo mis temas. Natalia tiene una
fuente impresionante de conocimientos en relación con la
religión afrocubana, y estoy seguro de que su influencia
le ha dado un vuelvo a mi obra y al Taller del Sol.
Ha sido un encuentro
maravilloso, aunque hace muchos años hemos querido
fraternizar. Ella ha definido mi obra como la “Chocografía”
y ese término a mí me tiene muy impresionado. Creo que a
partir de ahora vamos a estar unidos para toda la vida.
Si el panteón yoruba
tiene tantos orishas, ¿por qué fue escogido Changó/Santa
Bárbara?
Eso nació de una
conversación que tuvimos, aparentemente al azar. Tengo
en una de mis paredes un Changó realizado hace unos dos
o tres años atrás. Visualmente motivó a Natalia, y ella
decidió representar a Santa Bárbara, mientras yo
repetiría otra versión de ese Changó. Son cosas de
grandes fuerzas, de grandes colores y eso nos facilita
la realización de la obra. Hemos concebido la obra según
el punto de vista de cada uno. |