Año IV
La Habana

28 ENERO
- 3 FEBRERO de 2006

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CHOCO Y NATALIA BOLÍVAR
Para Changó una Chocografía

Estrella Díaz La Habana
Fotos:
Claudia Alvariño


Hace poco más de dos semanas algo especial ocurre en el Taller del Sol que es, como se sabe, refugio de uno de los artistas más significativos de la plástica contemporánea cubana: Eduardo Roca Salazar, Choco, un creador que desde su escondrijo habanero anda por estos días en una suerte de “dando y dando”, según lenguaje algo callejero.

Changó resguarda a Choco igual que Santa Bárbara a Natalia Bolívar, considerada la antropóloga viva de mayor prestigio en la Isla y cuya obra Los orishas en Cuba es de obligada referencia si de acercarse al mundo de las religiones de origen africano se trata.

Choco y Natalia trabajan en “algo” que los tiene fascinados a ambos: la creación de una obra a cuatro manos que forma parte de un proyecto de la Galería Espacios (San Leopoldo 47, Madrid, España). Esa institución —vinculada a una treintena de pintores cubanos entre ellos Alfredo Sosabravo, Manuel Mendive, Roberto Fabelo, Ángel Ramírez y  Arturo Montoto— se sumará a la prestigiosa Feria de Arcos (que se inaugurará el 9 de febrero próximo en la capital española) con varios acontecimientos de carácter, obviamente, cultural.

Una de esas acciones es la que ha unido por primera vez a Choco y a Natalia quien ofrecerá una conferencia magistral relacionada con “Las influencias de las religiones africanas en la pintura cubana”, mientras que la obra creada por ambos en el taller de La Habana Vieja estará presente exhibiéndose y a la vez confiriendo su mirada directamente tutelar.

Choco, no es un secreto, clasifica como un “maestro” del grabado y Natalia, según nos cuenta, hacía más de 50 años no se atrevía a pintar “en serio” a pesar de que hace unos dos años realizó una serigrafía con la colaboración esencial del también pintor Moisés Finalé.

“Para mí es un descubrimiento. El Changó es totalmente de Choco y la Santa Bárbara es una recreación mía… no soy una conocedora de la colagrafía como técnica del grabado, no sé cómo mezclar correctamente los colores, por eso la ayuda de Choco y de Jorge Muñoz (el impresor) ha sido imprescindible.

Cuando tienes cumplidos los setenta y un años de vida y descubres algo nuevo, es un acontecimiento que te da motivos para continuar probando y compartiendo con artistas que uno respeta y quiere tanto.

A Choco lo conozco hace muchos años, pero nunca había tenido la suerte de chocar con él en un “mano a mano” y esta experiencia ha sido extremadamente emocionante. Cada vez que hacemos una prueba se me pone el corazón en la boca y me pregunto ¿qué saldrá de ahí?, ¡cuán extraño es todo esto! Afortunadamente hasta el momento todo está saliendo muy bien.

Usted es una gran conocedora de los temas relativos a la religión afrocubana. ¿Cree que se inserta la pintura de Choco en ese contexto?

Choco es como el misterio que tiene la tierra en que vivimos, que es Cuba. Choco es mágico al igual que nuestra patria. Pienso que los cubanos tenemos la gran suerte de haber nacido en esta Isla tan especial y, lamentablemente, hay gentes que no saben valorarla.

Mezclarse con Choco es algo alucinante porque es un hombre de ideas deslumbrantes, que maneja los signos de la tierra cubana. En su obra hueles la tierra húmeda, olfateas el mar… es decir, estás usando no solo la vista como sentido, sino un todo que te envuelve en su manto mágico.

Siempre lo he querido mucho, pero ahora que estoy más cerca de él me quedo atónita de ver a ese hombre tan vital, tan cubano y tan amante de su tierra que la refleja en lo que yo llamaría la chocografía en vez de la colagrafía que es la técnica del grabado que ha hecho suya y que desarrolla como nadie.

La obra de Choco me conmueve, pero más me estremece el tener la oportunidad de estar junto a él aprendiendo de su trabajo al igual que Gloria, su esposa y representante y que anda como un ángel protegiéndonos a todos contra todo.

Voy a hacer una confesión que no se la he hecho a nadie: cuando salgo a la calle, lo hago con todos mis collares puestos porque es mi protección y en el único lugar —fuera de mi casa, por supuesto— que inconscientemente me los quito es en el Taller de Choco, en el Taller del Sol. Aquí me siento resguardada y tan en mi casa que es como si hubiera vivido aquí toda la vida. Es mi hogar.

A usted se le conoce mayormente por sus investigaciones relacionadas con las religiones de origen africano, pero tiene más de 15 libros publicados. ¿En qué proyectos se encuentra actualmente?

Sin publicar tengo como cuatro libros ya terminados, pero en este momento la Editorial Letras Cubanas me pidió un texto que hace unos quince años elaboramos Zoila Lapique y yo sobre los montunos (sones) en lenguas.

Es un estudio de la música cubana a partir del siglo XVII. Fui a Puerto Rico y allí Cristóbal Díaz Ayala me dio copia de todos los montunos en lengua que atesora porque es un gran coleccionista de nuestra música y me grabó más de 300 obras compuestas por los músicos cubanos a finales del siglo XIX.

Invité a Zoila a trabajar en este proyecto conjunto porque ella es una gran especialista en temas musicales y yo me encargaría de la traducción de la lengua. Decidimos hacer este texto  hace 15 años, se “encagavetó” y ahora estamos a toda carrera rehaciéndolo porque como es lógico tiene un desfase.

El día 5 de febrero durante la Feria Internacional del Libro de La Habana gracias a la Editorial Boloña, se presentará Vértigo en el tiempo que no es mío, sino de mi hija Natalia del Río, pero que trata de mi mamá. Son las vivencias de mi madre en La Habana Vieja; ella nació en el siglo XIX y perteneció a una de las grandes familias cubanas, los González de Mendoza.

Usted viene de una familia especial… está emparentada con esa gran escultora cubana que fue y es Rita Longa y por sus venas corre sangre que la vincula a El Libertador, Simón Bolívar…

Por parte de padre, mi familia proviene de Santiago de Cuba y antiguamente era común que las familias venezolanas emigraban a esa parte del territorio cubano, sobre todo las que tenían muchachas en edades casaderas en busca de pretendientes.

Allí se estableció un tío-abuelo de Simón Bolívar con la prima hermana y se casaron; nosotros tenemos tres Bolívares en los apellidos: mi padre era Bolívar y Bolívar-Spinachi y Bolívar… esa es una de las razones por la que tenemos tantos Bolívares. Según dicen algunas personas que me conocen desde hace años, mi perfil se parece al de Simón Bolívar.

Rita Longa es hija de la hermana mayor de mi mamá; siempre vivimos juntos porque su casa y la de mis padres fueron construidas en el año 1941… allí vivimos unidos. Bebí de Ponce, de René Portocarrero, de Wifredo Lam y de otros grandes artistas cubanos de forma maravillosa.

Siempre me crié entre las artes plásticas y cuando era joven Rita constantemente me insistía en que pintara, y ello me llevó a que matriculara en la anexa de San Alejandro con Florencio Gelabert y Barea.

Luego comenzaron los disturbios relacionados con la lucha revolucionaria y mi madre me llevó a dar clases en el Art’s Student League con Norman Rockwell que fue uno de los grandes dibujantes del Saturday Evening Post y Hill Barnet y Moris Kantor.

Allí me quisieron becar, pero como antes era tan estricta la educación, decidieron no dejarme en Nueva York a pesar de que tenía una tía que residía allá. Tuve que dejar la pintura y de regreso choqué con la concreta, es decir, con la Revolución.

Me vinculé con el Directorio Revolucionario a través de José Luis Gómez Vanguemert; pasé a ser guía técnica del Museo Nacional de Bellas Artes y cuando triunfa la Revolución y se toma en armas la institución, Fidel me nombra Directora; allí permanecía hasta 1966. Luego hice el Museo Napoleónico, el Museo de Artes Decorativas y muchas bases de otros museos de Cuba. Como ves de una forma u otra siempre he tenido las artes plásticas rondándome.

Para Choco trabajar con Natalia Bolívar es:

“Una experiencia profunda y una gran suerte porque aumentará mi carrera, mis proyectos y sobre todo mis temas. Natalia tiene una fuente impresionante de conocimientos en relación con la religión afrocubana, y estoy seguro de que su influencia le ha dado un vuelvo a mi obra y al Taller del Sol.

Ha sido un encuentro maravilloso, aunque hace muchos años hemos querido fraternizar. Ella ha definido mi obra como la “Chocografía” y ese término a mí me tiene muy impresionado. Creo que a partir de ahora vamos a estar unidos para toda la vida.

Si el panteón yoruba tiene tantos orishas, ¿por qué fue escogido Changó/Santa Bárbara?

Eso nació de una conversación que tuvimos, aparentemente al azar. Tengo en una de mis paredes un Changó realizado hace unos dos o tres años atrás. Visualmente motivó a Natalia, y ella decidió representar a Santa Bárbara, mientras yo repetiría otra versión de ese Changó. Son cosas de grandes fuerzas, de grandes colores y eso nos facilita la realización de la obra. Hemos concebido la obra según el punto de vista de cada uno.

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