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Luego de 47
años de labor incansable y fructífera, el Premio
Literario Casa de las Américas vuelve a reunir bajo su
sello de prestigio no solo una amplia muestra de obras
literarias de Latinoamérica y el Caribe, sino a una
veintena de personalidades de la literatura y la
intelectualidad que, en el papel de jurados, enriquecen
el encuentro con la calidad de sus logros individuales y
con el intercambio de ideas y conocimientos que
trasciende la entrega del galardón.
En el sereno ambiente del hotel
Jagua, en Cienfuegos, donde se dedican a la lectura
de las obras que deben considerar, algunos de ellos
compartieron en exclusiva para La Jiribilla
unas breves palabras sobre el Premio Casa y otros
temas.
David Toscana (Monterrey, 1961),
jurado de Cuento. Narrador mexicano. Es uno de los
autores más reconocidos de su generación, exponente de
la nueva literatura de la frontera norte de México.
Cuenta con una obra traducida a casi una decena de
lenguas.
¿Qué han significado, en su
opinión, estos 47 años de Premio Casa para la literatura
latinoamericana?
Son 47 años, por supuesto, de mucha
tradición, de mucho premiar y dar a conocer obras
importantes. Ahora hablaban de 23 mil participantes,
porque no solo es una obra que se premia, sino que hay
mucha gente que escriben en buena medida pensando en
Casa de las Américas, entonces habría que tomar en
cuenta un montón de producción que finalmente se publica
por otros medios; pero que tiene su origen, su semilla,
en la tradición de este premio.
Este año tendremos que ver qué
podemos premiar, si vamos a tener de veras una obra con
grandes méritos o si va a haber varias obras con mérito.
Pero creo que lo importante del premio no solo es lo que
se publica, sino lo que este genera como evento
internacional, el hecho de reunir a todos en Cuba, de
que los jurados participemos, nos conozcamos,
intercambiemos libros e ideas…
El premio va mucho más allá del
libro que se premia, y creo que eso forma parte de la
tradición del concurso.
Alberto Acosta (Quito, 1948),
jurado de Ensayo histórico-social. Economista y profesor
ecuatoriano. Experto en temas como “deuda externa” y
“amazonía”, tiene una vasta obra como consultor y asesor
de foros internacionales y movimientos sociales.
¿Qué le ha parecido la
invitación a ser jurado del Premio Casa de las Américas
y cómo se ha enfrentado a este papel hasta el momento?
Eso para mí ha sido un tremendo
honor. Es algo como para ponerlo en la “egoteca” que
cada uno lleva consigo. Y se me está convirtiendo en un
reto, además. Un reto complejo, porque el calificar
ensayos, en este caso, se vuelve difícil por la
diversidad de los temas. Algunos se salen un poco de la
línea del ensayo, ¿cómo se pueden calificar?, ¿en qué
medida hay una propuesta de pensamiento propio,
innovador, creativo? Pero de todas maneras creo que es
algo muy interesante, va a ser una experiencia
inolvidable.
Hay algunos trabajos muy buenos.
Hay otros sobre los que vamos a tener que discutir con
el resto del jurado si es que podemos considerar que son
ensayos o no, pero esto es parte de la tarea. Y quizá en
el futuro en Casa de las Américas haya que replantearse
el tema ensayo, redefiniéndolo. No se puede creer que el
tema ensayo puede ser tan amplio, tan general, porque
eso complica la lectura del jurado y la calificación.
Aunque ustedes deben tener más experiencia que yo, ya
son 47 años de este premio.
Refiriéndose a la situación
económica y política de América Latina en el actual
orden mundial dijo: “O nos unimos para salvarnos o
seguimos desunidos para hundirnos”. En el contexto de
una institución como Casa de las Américas, que lleva
largos años cimentando la integración cultural de
nuestros países, ¿qué puede decir al respecto?
Hasta ahora, en la medida en que
hemos estado separados, hemos sido siempre víctimas de
los empujes imperiales, de los intereses de las empresas
trasnacionales, del Fondo Monetario Internacional, de
Washington. Piense en el campo de la deuda externa, no
hemos sido capaces de tener una propuesta propia, y
siempre nos imponen las condiciones los acreedores. Los
acreedores siempre trabajan juntos, se unen en el Club
de París para negociar con cada uno de nuestros países
de manera separada. Nosotros separados, ellos unidos. Es
una de las grandes tragedias de los pueblos de América
Latina. Eso ya lo avizoró Bolívar mucho tiempo atrás.
Creo que la unión tiene que darse a
partir de un trabajo en varios ámbitos. No hay un solo
ámbito, uno puede ser el cultural, en el que tenemos
muchos puntos de contacto. Unión no quiere decir
sumatoria acrítica de posiciones y de criterios, sino
una forma de buscar cierta armonía en la enorme
diversidad de nuestros pueblos, a partir de un
equilibrio, a partir del respeto, a partir de la
solidaridad. En algún momento tenemos que empezar a
pensar en ceder espacios de soberanía nacional a cambio
de construir una soberanía regional.
Muchos de los países de
Latinoamérica son muy dados a aceptar imposiciones que
vienen de los organismos multilaterales de crédito, pero
no tenemos predisposición para buscar posiciones comunes
entre nuestros países, porque ahí levantamos la bandera
de un falso nacionalismo o de un nacionalismo estrecho,
cuando la tarea es: ¿qué espacio de la soberanía
nacional tradicional podemos ceder a cambio de otra
soberanía regional? La integración es eso: construir
conjuntamente un camino, que no significa imponernos
unos a otros ni significa simplemente tratar de reeditar
las mismas relaciones económicas, comerciales y
financieras existentes marginando a EE.UU., sino que hay
que hacer algo nuevo. Hay que intentar pensar en nuevas
opciones alternativas. No solo importa la competencia,
no solo la eficiencia económica, que también son
importantes, pero tiene que haber solidaridad y
reciprocidad, otros valores humanos que están siendo
marginados por un proceso de mercantilización de todas
las relaciones humanas, que es tremendo, que hay que
cuestionar y hay que combatir.
Velma Pollard (1937), jurado de
Literatura caribeña. Poeta, narradora y profesora
jamaicana. Ganadora en 1992 del Premio Casa de las
Américas en esta propia categoría con la novela Karl.
Su obra ha sido reconocida con el Flower Lifetime
Achivement Award por la Universidad James Madison, EE.
UU.
Como ganadora previa del Premio
Casa, ¿qué importancia cree que ha tenido este certamen
para la literatura caribeña?
En primer lugar nos da la opción, a
aquellos que escribimos en inglés, de ser traducidos al
español, lo que nos hace accesibles al resto de
Latinoamérica y a los países de habla española. Me han
escrito estudiantes de España, estudiantes de Italia han
hecho tesis sobre mi novela. Creo que es una gran
ventaja poder publicar en otro idioma que no sea el
inglés, sobre todo el español, que se lee no solo en
toda Latinoamérica, sino en muchos países de Europa,
como España, claro, pero también Francia e Italia.
Lo que ha representado para mí este
premio es también lo que representa para toda la
literatura caribeña. Cuando leen mi obra sienten el
deseo de leer a otras personas de la región, y creo que
es un aspecto de gran valor para el movimiento de
integración, en la medida en que nos permite conocernos
mutuamente, a los que hablamos inglés y los que hablamos
español.
¿Ha estrechado el premio su
relación con escritores y críticos latinoamericanos?
Sí, pero sobre todo en España, más
que en Latinoamérica, si nos guiamos por la cantidad de
personas que me han escrito. Tal vez mi obra sea muy
conocida en Latinoamérica, pero no estoy al tanto de
ello. Sin embargo, sí me han leído mucho en España, y
también en Cuba, sobre todo estudiantes. Cuando doy una
conferencia en España se nota que conocen Karl,
que conocen mi obra.
¿Qué opinión le merece la
muestra que debe juzgar, hasta ahora?
He leído toda la poesía y todas las
historias cortas, aún me quedan por leer las novelas.
Pero no hay tantas obras como desearía. Eso se debe, me
parece, a que hay que hacer más publicidad en el área
anglófona. Las embajadas hacen un poco, publican la
convocatoria al premio, pero solo los que estamos
pendientes de ello lo vemos. Creo que debería trabajarse
en la publicidad del premio, porque participamos muchos,
pero podríamos ser aún más.
Horacio Verzi (Montevideo, 1946),
jurado de Cuento. Narrador, profesor e investigador
uruguayo. Fue merecedor del Premio Iberoamericano de
Cuento Julio Cortázar 2004 por “Reliquia familiar”.
Durante varios años trabajó como profesor e investigador
en varios centros académicos y culturales cubanos,
incluida Casa de las Américas.
¿Qué piensa del lugar que ha
mantenido el Premio Casa dentro de la creación literaria
de América Latina a lo largo de estos años?
Déjame responderte de esta manera.
Creo que los intelectuales latinoamericanos tendrían un
desafío muy importante si iniciaran una investigación en
este momento sobre la inversión, valores económicos, que
ha significado Casa de las Américas, y en especial el
Premio, en estos 47 años en el concierto de la cultura
latinoamericana. Me arriesgo a decir que la
investigación comprobaría que no existe institución en
América Latina que haya invertido más millones de
dólares invitando, aglutinando y articulando la labor y
las trayectorias y las actividades de numerosos
intelectuales y creadores a lo largo de estos 47 años.
Porque las cosas no las podemos ver solamente en
términos culturales, en términos estéticos. Tras los
éxitos estéticos y los proyectos culturales siempre hay
variables económicas que es importante contemplar porque
sin estos recursos no se puede hacer nada. Esto sería,
por un lado, el elemento a considerar en torno al papel
que ha jugado Casa de las Américas en la cultura no solo
latinoamericana sino mundial: la inversión en recursos
económicos, humanos y materiales como ninguna otra
institución americana.
Casa de las Américas es un
referente, un faro. A través de ella hemos tenido la
oportunidad de conocernos miles de escritores, poetas,
ensayistas, músicos… que si no hubiera sido por Casa no
hubiéramos intercambiado ni enriquecido nuestras obras y
nuestras perspectivas gracias al conocimiento del otro.
En esa intermediación, en esa cópula, vamos a decirlo
así, Casa de las Américas tiene un lugar fundamental,
más allá de toda inclinación ideológica o política, o
del lugar y el momento en que se hizo; ha trascendido
todo eso.
Trabajó para Casa de las
Américas durante un tiempo, mientras vivió en Cuba.
Hábleme de esa época.
Trabajé para Casa de las Américas
durante cinco años, de 1981 a 1985. Trabajé en el Centro
de Investigaciones Literarias junto a prestigiosos
intelectuales, con los que fue un honor colaborar, como
Raúl Hernández Novás, un poeta ya fallecido; Desiderio
Navarro, un prestigioso intelectual a nivel
latinoamericano y mundial; Alfredo Gravina, un
compatriota; Pedro Simón también estuvo en esos años, y
posiblemente me olvide de alguno más. En aquellos
tiempos el CIL estaba dividido en áreas, la mía era la
región centro y sur andina, que comprendía a Ecuador,
Perú, Bolivia y Chile.
Yo soy licenciado en Lengua y
Literatura hispánicas, y siempre he dicho que gracias a
mi trabajo allí en el CIL pude penetrar y conocer
realidades culturales, artísticas y literarias, de Perú
y Ecuador fundamentalmente, que de otro modo no hubiera
sido posible; gracias a la base de datos y precisamente
a esa articulación que era capaz de crear Casa de las
Américas.
Lo mismo ha ocurrido con los que
trabajaron en la sección de Artes Plásticas, en la de
Música (en mis tiempos estaba allí Argeliers León, nada
menos; Manuel Galich en teatro; Lesbia Vent Dumois en
artes plásticas). Creo que, realmente, si esos
departamentos hacían y hacen el mismo trabajo que hacía
el CIL en el terreno de la literatura, la cifra de la
que hablaba antes se queda corta para tasar la labor de
la institución.
Y ahora como jurado del Premio
Literario, ¿cuáles han sido sus experiencias?
En esos cinco años en el CIL
trabajé para el Premio también, pero desde adentro, no
como jurado. Me fui de Cuba en el año 85, para América
Central a trabajar como periodista, y volví una breve
semana en noviembre del mismo año para el Segundo
Encuentro de Intelectuales para la Soberanía de los
Pueblos, un encuentro que organizó Casa de las Américas.
Desde entonces no había vuelto, hablamos de 20 años.
Ahora he tenido la suerte de
coincidir con cuatro intelectuales formidables, de
Argentina, de Colombia, de México y de Cuba. Tenemos más
de 150 obras para analizar.
Hay algo curioso que quisiera
destacar. Uno siempre viene con sus estructuras
estéticas, sus arquetipos, a la hora de valorar su
propia obra y la de los demás; pero el hecho de
compartir durante 15 días el cúmulo de actividades que
significa juzgar a 150 autores latinoamericanos y poder
confrontar mis criterios estéticos con los criterios de
otros escritores, ha enriquecido el universo de cada uno
de nosotros con el espejo del otro. Hay algo en mí que
cambia con solo escuchar la opinión del otro, su
perspectiva, que es una de las labores implícitas en el
Premio. No es simplemente sacar un autor y premiarlo. En
esa labor nosotros cinco, y lo mismo les debe ocurrir a
los jurados de las otras secciones, nos hemos
enriquecido y hay algo nuevo en nuestras vidas y
nuestras miradas que cambia para bien, y uno aprende a
ver lo suyo también con más humildad. Te permite mirarte
a ti mismo con otra profundidad, o por los menos
pretendiendo ver otra profundidad. Eso te enriquece
espiritual y éticamente.
Conozco y he encontrado en otras
partes personas que participaron en el Premio Casa y la
opinión general que tengo es que ha sido una experiencia
muy positiva. Yo digo, un poco en broma, pero también un
poco en serio, que nos dan unas vacaciones pagadas, 15
días en los que puedo convivir con 25 intelectuales de
todas partes —del universo caribeño, de la lengua
portuguesa—, y me siento privilegiado. Somos
privilegiados y debemos dar las gracias por esta
oportunidad.
Laidi Fernández de Juan (La Habana,
1961), jurado de Cuento. Narradora y médico cubana. Sus
tres volúmenes de cuentos Dolly y otros cuentos
africanos (1994), Oh vida (1998) y
La hija de Darío (2005) han merecido respectivamente
los premios Pinos Nuevos, UNEAC y Alejo Carpentier de
nuestro país. En 2004 le fue otorgada la Distinción por
la Cultura Nacional y recibió mención en el Premio
Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar.
¿Qué ha significado ser jurado
del Premio Literario Casa de las Américas?
Ha sido una experiencia muy linda,
muy enriquecedora. Por supuesto, no hemos terminado,
estamos en los primeros contactos, porque tenemos 143
libros y somos cinco jurados. Hemos comenzado ya a
intercambiar algunas opiniones. Me da la impresión de
que va a haber una gran coincidencia de criterios en
cuanto a gustos estéticos, temáticas que preferimos. Hoy
mismo tenemos la primera reunión y ya empezamos no solo
a terminar las lectura, sino a intercambiarnos los
libros de uno y otro país. Creo que eso va a ser lo más
importante de todo: definir los criterios y valorar las
coincidencias.
Has hecho un cambio drástico de
carrera al inclinarte hacia la literatura, ¿cómo ha
influido en tu vocación literaria el entorno en el que
creciste?
Creí que podría escapar a esa
influencia, obviamente no es así. Pero no he cambiado mi
carrera, es sobreañadida, porque no he dejado de ejercer
como médico, ni pienso hacerlo. Claro que no con el
rigor de horario de cualquier médico, porque no me
alcanzaría el tiempo, pero no pienso abandonar mi
carrera como médico, que me gusta mucho.
Diría más bien que la influencia
viene del entorno familiar, porque no he seguido la
línea de ninguno de mis padres. Ni soy poeta, ni
ensayista, ni crítico, por supuesto, soy narradora. No
puedo negar que el ambiente fue muy favorecedor. Tuve la
posibilidad de tener acceso a los clásicos, al ambiente
literario, el respeto por los “hacedores de libros” en
general. Sí fue muy importante para mí, pero repito que
no he privilegiado una carrera sobre otra, sino que la
he añadido.
¿Qué te llevó a ese primer paso
de escribir para publicar?
Siempre escribí, pero lo que
escribía eran cartas. En el año 88 fui a cumplir misión
internacionalista en África y claro, eso favoreció mucho
que hiciera una literatura epistolar. Por supuesto, no
era consciente de eso. Hacía cartas como cualquier
persona cuando está lejos de su familia; pero con la
diferencia de que descubrí que no solamente era
importante para mí, sino que me ayudaba sicológicamente,
porque estaba en un lugar duro, en situaciones muy
adversas. Descubrí que escribiendo era capaz, no solo de
sobrevivir, sino de sobrellevar esas situaciones
adversas. De alguna manera me envicié con escribir,
escribir y escribir, me pasaba el día escribiendo allá.
Regresé en el 1990, y en el 94 ya
tenía un libro. No lo hice con seriedad, realmente nunca
pensé que eso llegara a ser un libro y que yo llegara a
ser escritora, nunca lo pensé. Empecé a escribir cuentos
e historias y los agrupé, y en eso se convocó por
primera vez la colección Pinos Nuevos y me “embullaron”:
ya que lo tienes, preséntalo. Pero no lo hice con
pretensión. No me propuse ser escritora. Me sorprendí
muchísimo cuando fui escogida entre los que iban a ser
publicados ese año.
A partir de ese primer libro,
Dolly y otros cuentos africanos, me empecé a
asustar. Me dije: “Dios mío, esto no es tan liviano como
yo pensaba”. Pero seguí escribiendo y escribiendo. Para
mí es un exorcismo, es casi una necesidad física, todos
los días tengo que escribir algo. Así surgió el segundo
libro, ya con un poco más de seriedad. Lo presenté al
Premio UNEAC y ganó, cada vez era más serio. La gran
sorpresa fue el Premio Alejo 2005. Parece que nunca voy
a dejar de sorprenderme. |