Año IV
La Habana

28 ENERO
- 3 FEBRERO de 2006

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Los jurados toman la palabra
Antonia Vidal Cienfuegos


Luego de 47 años de labor incansable y fructífera, el Premio Literario Casa de las Américas vuelve a reunir bajo su sello de prestigio no solo una amplia muestra de obras literarias de Latinoamérica y el Caribe, sino a una veintena de personalidades de la literatura y la intelectualidad que, en el papel de jurados, enriquecen el encuentro con la calidad de sus logros individuales y con el intercambio de ideas y conocimientos que trasciende la entrega del galardón.

En el sereno ambiente del hotel Jagua, en Cienfuegos, donde se dedican a la lectura de las obras que deben considerar, algunos de ellos compartieron en exclusiva para La Jiribilla unas breves palabras sobre el Premio Casa y otros temas.
 

David Toscana (Monterrey, 1961), jurado de Cuento. Narrador mexicano. Es uno de los autores más reconocidos de su generación, exponente de la nueva literatura de la frontera norte de México. Cuenta con una obra traducida a casi una decena de lenguas.

¿Qué han significado, en su opinión, estos 47 años de Premio Casa para la literatura latinoamericana?

Son 47 años, por supuesto, de mucha tradición, de mucho premiar y dar a conocer obras importantes. Ahora hablaban de 23 mil participantes, porque  no solo es una obra que se premia, sino que hay mucha gente que escriben en buena medida pensando en Casa de las Américas, entonces habría que tomar en cuenta un montón de producción que finalmente se publica por otros medios; pero que tiene su origen, su semilla, en la tradición de este premio.

Este año tendremos que ver qué podemos premiar, si vamos a tener de veras una obra con grandes méritos o si va a haber varias obras con mérito. Pero creo que lo importante del premio no solo es lo que se publica, sino lo que este genera como evento internacional, el hecho de reunir a todos en Cuba, de que los jurados participemos, nos conozcamos, intercambiemos libros e ideas…

El premio va mucho más allá del libro que se premia, y creo que eso forma parte de la tradición del concurso.


Alberto Acosta (Quito, 1948), jurado de Ensayo histórico-social. Economista y profesor ecuatoriano. Experto en temas como “deuda externa” y “amazonía”, tiene una vasta obra como consultor y asesor de foros internacionales y movimientos sociales.

¿Qué le ha parecido la invitación a ser jurado del Premio Casa de las Américas y cómo se ha enfrentado a este papel hasta el momento?

Eso para mí ha sido un tremendo honor. Es algo como para ponerlo en la “egoteca” que cada uno lleva consigo. Y se me está convirtiendo en un reto, además. Un reto complejo, porque el calificar ensayos, en este caso, se vuelve difícil por la diversidad de los temas. Algunos se salen un poco de la línea del ensayo, ¿cómo se pueden calificar?, ¿en qué medida hay una propuesta de pensamiento propio, innovador, creativo? Pero de todas maneras creo que es algo muy interesante, va a ser una experiencia inolvidable.

Hay algunos trabajos muy buenos. Hay otros sobre los que vamos a tener que discutir con el resto del jurado si es que podemos considerar que son ensayos o no, pero esto es parte de la tarea. Y quizá en el futuro en Casa de las Américas haya que replantearse el tema ensayo, redefiniéndolo. No se puede creer que el tema ensayo puede ser tan amplio, tan general, porque eso complica la lectura del jurado y la calificación. Aunque ustedes deben tener más experiencia que yo, ya son 47 años de este premio.

Refiriéndose a la situación económica y política de América Latina en el actual orden mundial dijo: “O nos unimos para salvarnos o seguimos desunidos para hundirnos”. En el contexto de una institución como Casa de las Américas, que lleva largos años cimentando la integración cultural de nuestros países, ¿qué puede decir al respecto?

Hasta ahora, en la medida en que hemos estado separados, hemos sido siempre víctimas de los empujes imperiales, de los intereses de las empresas trasnacionales, del Fondo Monetario Internacional, de Washington. Piense en el campo de la deuda externa, no hemos sido capaces de tener una propuesta propia, y siempre nos imponen las condiciones los acreedores. Los acreedores siempre trabajan juntos, se unen en el Club de París para negociar con cada uno de nuestros países de manera separada. Nosotros separados, ellos unidos. Es una de las grandes tragedias de los pueblos de América Latina. Eso ya lo avizoró Bolívar mucho tiempo atrás.

Creo que la unión tiene que darse a partir de un trabajo en varios ámbitos. No hay un solo ámbito, uno puede ser el cultural, en el que tenemos muchos puntos de contacto. Unión no quiere decir sumatoria acrítica de posiciones y de criterios, sino una forma de buscar cierta armonía en la enorme diversidad de nuestros pueblos, a partir de un equilibrio, a partir del respeto, a partir de la solidaridad. En algún momento tenemos que empezar a pensar en ceder espacios de soberanía nacional a cambio de construir una soberanía regional.

Muchos de los países de Latinoamérica son muy dados a aceptar imposiciones que vienen de los organismos multilaterales de crédito, pero no tenemos predisposición para buscar posiciones comunes entre nuestros países, porque ahí levantamos la bandera de un falso nacionalismo o de un nacionalismo estrecho, cuando la tarea es: ¿qué espacio de la soberanía nacional tradicional podemos ceder a cambio de otra soberanía regional? La integración es eso: construir conjuntamente un camino, que no significa imponernos unos a otros ni significa simplemente tratar de reeditar las mismas relaciones económicas, comerciales y financieras existentes marginando a EE.UU., sino que hay que hacer algo nuevo. Hay que intentar pensar en nuevas opciones alternativas. No solo importa la competencia, no solo la eficiencia económica, que también son importantes, pero tiene que haber solidaridad y reciprocidad, otros valores humanos que están siendo marginados por un proceso de mercantilización de todas las relaciones humanas, que es tremendo, que hay que cuestionar y hay que combatir.


Velma Pollard (1937), jurado de Literatura caribeña. Poeta, narradora y profesora jamaicana. Ganadora en 1992 del Premio Casa de las Américas en esta propia categoría con la novela Karl. Su obra ha sido reconocida con el Flower Lifetime Achivement Award por la Universidad James Madison, EE. UU.

Como ganadora previa del Premio Casa, ¿qué importancia cree que ha tenido este certamen para la literatura caribeña?

En primer lugar nos da la opción, a aquellos que escribimos en inglés, de ser traducidos al español, lo que nos hace accesibles al resto de Latinoamérica y a los países de habla española. Me han escrito estudiantes de España, estudiantes de Italia han hecho tesis sobre mi novela. Creo que es una gran ventaja poder publicar en otro idioma que no sea el inglés, sobre todo el español, que se lee no solo en toda Latinoamérica, sino en muchos países de Europa, como España, claro, pero también Francia e Italia.

Lo que ha representado para mí este premio es también lo que representa para toda la literatura caribeña. Cuando leen mi obra sienten el deseo de leer a otras personas de la región, y creo que es un aspecto de gran valor para el movimiento de integración, en la medida en que nos permite conocernos mutuamente, a los que hablamos inglés y los que hablamos español.

¿Ha estrechado el premio su relación con escritores y críticos latinoamericanos?

Sí, pero sobre todo en España, más que en Latinoamérica, si nos guiamos por la cantidad de personas que me han escrito. Tal vez mi obra sea muy conocida en Latinoamérica, pero no estoy al tanto de ello. Sin embargo, sí me han leído mucho en España, y también en Cuba, sobre todo estudiantes. Cuando doy una conferencia en España se nota que conocen Karl, que conocen mi obra.  

¿Qué opinión le merece la muestra que debe juzgar, hasta ahora?

He leído toda la poesía y todas las historias cortas, aún me quedan por leer las novelas. Pero no hay tantas obras como desearía. Eso se debe, me parece, a que hay que hacer más publicidad en el área anglófona. Las embajadas  hacen un poco, publican la convocatoria al premio, pero solo los que estamos pendientes de ello lo vemos. Creo que debería trabajarse en la publicidad del premio, porque participamos muchos, pero podríamos ser aún más.


Horacio Verzi (Montevideo, 1946), jurado de Cuento. Narrador, profesor e investigador uruguayo. Fue merecedor del Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar 2004 por “Reliquia familiar”. Durante varios años trabajó como profesor e investigador en varios centros académicos y culturales cubanos, incluida Casa de las Américas.

¿Qué piensa del lugar que ha mantenido el Premio Casa dentro de la creación literaria de América Latina a lo largo de estos años?

Déjame responderte de esta manera. Creo que los intelectuales latinoamericanos tendrían un desafío muy importante si iniciaran una investigación en este momento sobre la inversión, valores económicos, que ha significado Casa de las Américas, y en especial el Premio, en estos 47 años en el concierto de la cultura latinoamericana. Me arriesgo a decir que la investigación comprobaría que no existe institución en América Latina que haya invertido más millones de dólares invitando, aglutinando y articulando la labor y las trayectorias y las actividades de numerosos intelectuales y creadores a lo largo de estos 47 años. Porque las cosas no las podemos ver solamente en términos culturales, en términos estéticos. Tras los éxitos estéticos y los proyectos culturales siempre hay variables económicas que es importante contemplar porque sin estos recursos no se puede hacer nada. Esto sería, por un lado, el elemento a considerar en torno al papel que ha jugado Casa de las Américas en la cultura no solo latinoamericana sino mundial: la inversión en recursos económicos, humanos y materiales como ninguna otra institución americana.

Casa de las Américas es un referente, un faro. A través de ella hemos tenido la oportunidad de conocernos miles de escritores, poetas, ensayistas, músicos… que si no hubiera sido por Casa no hubiéramos intercambiado ni enriquecido nuestras obras y nuestras perspectivas gracias al conocimiento del otro. En esa intermediación, en esa cópula, vamos a decirlo así, Casa de las Américas tiene un lugar fundamental, más allá de toda inclinación ideológica o política, o del lugar y el momento en que se hizo; ha trascendido todo eso.

Trabajó para Casa de las Américas durante un tiempo, mientras vivió en Cuba. Hábleme de esa época.

Trabajé para Casa de las Américas durante cinco años, de 1981 a 1985. Trabajé en el Centro de Investigaciones Literarias junto a  prestigiosos intelectuales, con los que fue un honor colaborar, como Raúl Hernández Novás, un poeta ya fallecido; Desiderio Navarro, un prestigioso intelectual a nivel latinoamericano y mundial; Alfredo Gravina, un compatriota; Pedro Simón también estuvo en esos años, y posiblemente me olvide de alguno más. En aquellos tiempos el CIL estaba dividido en áreas, la mía era la región centro y sur andina, que comprendía a Ecuador, Perú, Bolivia y Chile.

Yo soy licenciado en Lengua y Literatura hispánicas, y siempre he dicho que gracias a mi trabajo allí en el CIL pude penetrar y conocer realidades culturales, artísticas y literarias, de Perú y Ecuador fundamentalmente, que de otro modo no hubiera sido posible; gracias a la base de datos y precisamente a esa articulación que era capaz de crear Casa de las Américas.

Lo mismo ha ocurrido con los que trabajaron en la sección de Artes Plásticas, en la de Música (en mis tiempos estaba allí Argeliers León, nada menos; Manuel Galich en teatro; Lesbia Vent Dumois en artes plásticas). Creo que, realmente, si esos departamentos hacían y hacen el mismo trabajo que hacía el CIL en el terreno de la literatura, la cifra de la que hablaba antes se queda corta para tasar la labor de la institución.

Y ahora como jurado del Premio Literario, ¿cuáles han sido sus experiencias?

En esos cinco años en el CIL trabajé para el Premio también, pero desde adentro, no como jurado. Me fui de Cuba en el año 85, para América Central a trabajar como periodista, y volví una breve semana en noviembre del mismo año para el Segundo Encuentro de Intelectuales para la Soberanía de los Pueblos, un encuentro que organizó Casa de las Américas. Desde entonces no había vuelto, hablamos de 20 años.

Ahora he tenido la suerte de coincidir con cuatro intelectuales formidables, de Argentina, de Colombia, de México y de Cuba. Tenemos más de 150 obras para analizar.

Hay algo curioso que quisiera destacar. Uno siempre viene con sus estructuras estéticas, sus arquetipos, a la hora de valorar su propia obra y la de los demás; pero el hecho de compartir durante 15 días el cúmulo de actividades que significa juzgar a 150 autores latinoamericanos y poder confrontar mis criterios estéticos con los criterios de otros escritores, ha enriquecido el universo de cada uno de nosotros con el espejo del otro. Hay algo en mí que cambia con solo escuchar la opinión del otro, su perspectiva, que es una de las labores implícitas en el Premio. No es simplemente sacar un autor y premiarlo. En esa labor nosotros cinco, y lo mismo les debe ocurrir a los jurados de las otras secciones, nos hemos enriquecido y hay algo nuevo en nuestras vidas y nuestras miradas que cambia para bien, y uno aprende a ver lo suyo también con más humildad. Te permite mirarte a ti mismo con otra profundidad, o por los menos pretendiendo ver otra profundidad. Eso te enriquece espiritual y éticamente.

Conozco y he encontrado en otras partes personas que participaron en el Premio Casa y la opinión general que tengo es que ha sido una experiencia muy positiva. Yo digo, un poco en broma, pero también un poco en serio, que nos dan unas vacaciones pagadas, 15 días en los que puedo convivir con 25 intelectuales de todas partes —del universo caribeño, de la lengua portuguesa—, y me siento privilegiado. Somos privilegiados y debemos dar las gracias por esta oportunidad.


Laidi Fernández de Juan (La Habana, 1961), jurado de Cuento. Narradora y médico cubana. Sus tres volúmenes de cuentos Dolly y otros cuentos africanos (1994), Oh vida (1998) y La hija de Darío (2005) han merecido respectivamente los premios Pinos Nuevos, UNEAC y Alejo Carpentier de nuestro país. En 2004 le fue otorgada la Distinción por la Cultura Nacional y recibió mención en el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar.

¿Qué ha significado ser jurado del Premio Literario Casa de las Américas?

Ha sido una experiencia muy linda, muy enriquecedora. Por supuesto, no hemos terminado, estamos en los primeros contactos, porque tenemos 143 libros y somos cinco jurados. Hemos comenzado ya a intercambiar algunas opiniones. Me da la impresión de que va a haber una gran coincidencia de criterios en cuanto a gustos estéticos, temáticas que preferimos. Hoy mismo tenemos la primera reunión y ya empezamos no solo a terminar las lectura, sino a intercambiarnos los libros de uno y otro país. Creo que eso va a ser lo más importante de todo: definir los criterios y valorar las coincidencias.

Has hecho un cambio drástico de carrera al inclinarte hacia la literatura, ¿cómo ha influido en tu vocación literaria el entorno en el que creciste?

Creí que podría escapar a esa influencia, obviamente no es así. Pero no he cambiado mi carrera, es sobreañadida, porque no he dejado de ejercer como médico, ni pienso hacerlo. Claro que no con el rigor de horario de cualquier médico, porque no me alcanzaría el tiempo, pero no pienso abandonar mi carrera como médico, que me gusta mucho.

Diría más bien que la influencia viene del entorno familiar, porque no he seguido la línea de ninguno de mis padres. Ni soy poeta, ni ensayista, ni crítico, por supuesto, soy narradora. No puedo negar que el ambiente fue muy favorecedor. Tuve la posibilidad de tener acceso a los clásicos, al ambiente literario, el respeto por los “hacedores de libros” en general. Sí fue muy importante para mí, pero repito que no he privilegiado una carrera sobre otra, sino que la he añadido.

¿Qué te llevó a ese primer paso de escribir para publicar?

Siempre escribí, pero lo que escribía eran cartas. En el año 88 fui a cumplir misión internacionalista en África y claro, eso favoreció mucho que hiciera una literatura epistolar. Por supuesto, no era consciente de eso. Hacía cartas como cualquier persona cuando está lejos de su familia; pero con la diferencia de que descubrí que no solamente era importante para mí, sino que me ayudaba sicológicamente, porque estaba en un lugar duro, en situaciones muy adversas. Descubrí que escribiendo era capaz, no solo de sobrevivir, sino de sobrellevar esas situaciones adversas. De alguna manera me envicié con escribir, escribir y escribir, me pasaba el día escribiendo allá.

Regresé en el 1990, y en el 94 ya tenía un libro. No lo hice con seriedad, realmente nunca pensé que eso llegara a ser un libro y que yo llegara a ser escritora, nunca lo pensé. Empecé a escribir cuentos e historias y los agrupé, y en eso se convocó por primera vez la colección Pinos Nuevos y me “embullaron”: ya que lo tienes, preséntalo. Pero no lo hice con pretensión. No me propuse ser escritora. Me sorprendí muchísimo cuando fui escogida entre los que iban a ser publicados ese año.

A partir de ese primer libro, Dolly y otros cuentos africanos, me empecé a asustar. Me dije: “Dios mío, esto no es tan liviano como yo pensaba”. Pero seguí escribiendo y escribiendo. Para mí es un exorcismo, es casi una necesidad física, todos los días tengo que escribir algo. Así surgió el segundo libro, ya con un poco más de seriedad. Lo presenté al Premio UNEAC y ganó, cada vez era más serio. La gran sorpresa fue el Premio Alejo 2005. Parece que nunca voy a dejar de sorprenderme.

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