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Con anterioridad he contado los orígenes de lo que hace
mucho llamamos Órgano Oriental y el camino recorrido en
la Isla desde su llegada de Europa, hasta tener
nacionalidad cubana. En esta oportunidad quiero darles
detalles de cómo era todavía en los años sesenta del
siglo pasado un baile con órgano.
El
instrumento puede sonar en un portal de cualquier
ciudad, o incluso escucharse a través de la radio, pero
no sabría explicar por qué razones, donde la gran caja
de música se siente a plenitud es en pleno campo cubano,
en cualquiera de esos caseríos rurales, en los que nunca
falta un amplio salón techado con guano y sin paredes,
con piso de cemento pulido e incluso solo con la tierra
muy bien apisonada, para que los bailadores no levanten
polvo mientras mueven el esqueleto.
Allá en
Cauto del Paso, donde yo nací, había un par de esos
salones. El de Pepecito Barrero y el de Cheno, que era
pariente de mi familia. Por eso casi siempre
concurríamos a ese.
Las
fiestas se daban sábado y domingo. Por lo general el
órgano llegaba el sábado después del mediodía en un
camión, donde además de los instrumentos
complementarios, venían encaramados los organilleros. Se
tiraban al suelo, bajaban todo aquello y en pocos
minutos tenían armado el tinglado en una esquina del
salón. El órgano, los timbales delante, el cajón con los
cartones de música y un guayo metálico.
Desde
principio de semana se iba regando la noticia de que
habría baile, pero de todos modos se hizo una costumbre,
que a eso de las tres de la tarde, sin apenas haber en
el salón nada más que cuatro o cinco curiosos, los
músicos se pusieran a tocar, para que el sano aire del
campo se inundara de los sonidos convidadores del
órgano.
Sin
amplificación alguna, es increíble lo lejos que llega la
música del órgano. Cuando no habían tocado la segunda
pieza, ya en cada una de las casas se había formado el
alboroto. Los jóvenes, sobre todo, comenzaban a calcular
cuál sería la ropa más conveniente y los zapatos.
Incluso los más humildes campesinos procuraban tener la
ropita más vistosa para asistir a la fiesta.
En
cuanto el órgano comenzaba a llamar, que es como decían
entonces, mandaban a bañar o bañaban a los pequeños de
la casa y, también con la mejor ropita, los llevaban
para el salón a eso de las cuatro y hasta poco antes de
oscurecer. Tocaban música para los niños, que más que
bailar, aprovechaban para pedirle a los mayores
acompañantes que les compraran pan con lechón,
empanadillas de maíz y yuca, maltas, refrescos,
chambelonas, pirulís...
Cuando
se hacía definitivamente de noche prendían una pequeña
planta eléctrica, para iluminar el salón con unos
cordeles llenos de bombillos. Poco a poco iban llegando
parejas y también personas solas, sobre todo hombres.
Como diría mi abuela, no estaba bien visto que una
muchacha de buena familia se apareciera sola en un
baile.
Algo así
como a las diez de la noche un baile con órgano está en
su apogeo. La música no deja de sonar por iniciativa de
los propios músicos y porque los presentes continuamente
se acercan a los manigueteros para hacerles peticiones.
Toquen El Jorocón, La Chaparrita, La vaca lechera, el
danzón Almendra, Nunca sabré... y por ahí para allá.
Todavía
en los años sesenta y poco, estos bailes eran negocio de
particulares que alquilaban el salón, pagaban a los
organilleros y también arreglaban lo de la comida y las
bebidas. En consecuencia las personas adultas, que eran
quienes estaban allí por la noche, si querían bailar
tenían que pagar. El dueño del baile disponía a un par
de personas que se ocupaban de cobrar. Había dos
variantes: Pagar por toda la noche, creo que un peso, o
pagar por piezas la estratégica suma de diez centavos.
Hombre, eran otros tiempos y la relación entre el dinero
y lo uno puede adquirir con él era bien distinta.
Desde
los últimos años sesenta los bailes con órgano
comenzaron a ser públicos y, aunque por los campos de lo
que se conoce como la costa manzanillera pueden todavía
darse bailes con órganos muy parecidos al que les he
narrado, yo prefiero guardar muy bien en los andamios de
la memoria aquellos bailes de mi infancia en Cauto del
Paso. Me quedo callado especialmente por las tardes,
cierro los ojos y si nadie me perturba, me puedo ver con
pantalones cortos, gozando de lo lindo en el salón de
Cheno. |