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Un baile con órgano
Bladimir Zamora Céspedes | La Habana


Con anterioridad he contado los orígenes de lo que hace mucho llamamos Órgano Oriental y el camino recorrido en la Isla desde su llegada de Europa, hasta tener nacionalidad cubana. En esta oportunidad quiero darles detalles de cómo era todavía en los años sesenta del siglo pasado un baile con órgano.

El instrumento puede sonar en un portal de cualquier ciudad, o incluso escucharse a través de la radio, pero no sabría explicar por qué razones, donde la gran caja de música se siente a plenitud es en pleno campo cubano, en cualquiera de esos caseríos rurales, en los que nunca falta un amplio salón techado con guano y sin paredes, con piso de cemento pulido e incluso solo con la tierra muy bien apisonada, para que los bailadores no levanten polvo mientras mueven el esqueleto.

Allá en Cauto del Paso, donde yo nací, había un par de esos salones. El de Pepecito Barrero y el de Cheno, que era pariente de mi familia. Por eso casi siempre concurríamos a ese. 

Las fiestas se daban sábado y domingo. Por lo general el órgano llegaba el sábado después del mediodía en un camión, donde además de los instrumentos complementarios, venían encaramados los organilleros. Se tiraban al suelo, bajaban todo aquello y en pocos minutos tenían armado el tinglado en una esquina del salón. El órgano, los timbales delante, el cajón con los cartones de música y un guayo metálico.

Desde principio de semana se iba regando la noticia de que habría baile, pero de todos modos se hizo una costumbre, que a eso de las tres de la tarde, sin apenas haber en el salón nada más que cuatro o cinco curiosos, los músicos se pusieran a tocar, para que el sano aire del campo se inundara de los sonidos convidadores del órgano.

Sin amplificación alguna, es increíble lo lejos que llega la música del órgano. Cuando no habían tocado la segunda pieza, ya en cada una de las casas se había formado el alboroto. Los jóvenes, sobre todo, comenzaban a calcular cuál sería la ropa más conveniente y los zapatos. Incluso los más humildes campesinos procuraban tener la ropita más vistosa para asistir a la fiesta.

En cuanto el órgano comenzaba a llamar, que es como decían entonces, mandaban a bañar o bañaban a los pequeños de la casa y, también con la mejor ropita, los llevaban para el salón a eso de las cuatro y hasta poco antes de oscurecer. Tocaban música para los niños, que más que bailar, aprovechaban para pedirle a los mayores acompañantes que les compraran pan con lechón, empanadillas de maíz y yuca, maltas, refrescos, chambelonas, pirulís... 

Cuando se hacía definitivamente de noche prendían una pequeña planta eléctrica, para iluminar el salón con unos cordeles llenos de bombillos. Poco a poco iban llegando parejas y también personas solas, sobre todo hombres. Como diría mi abuela, no estaba bien visto que una muchacha de buena familia se apareciera sola en un baile.

Algo así como a las diez de la noche un baile con órgano está en su apogeo. La música no deja de sonar por iniciativa de los propios músicos y porque los presentes continuamente se acercan a los manigueteros para hacerles peticiones. Toquen El Jorocón, La Chaparrita, La vaca lechera, el danzón Almendra, Nunca sabré... y por ahí para allá.

Todavía en los años sesenta y poco, estos bailes eran negocio de particulares que alquilaban el salón, pagaban a los organilleros y también arreglaban lo de la comida y las bebidas. En consecuencia las personas adultas, que eran quienes estaban allí por la noche, si querían bailar tenían que pagar. El dueño del baile disponía a un par de personas que se ocupaban de cobrar. Había dos variantes: Pagar por toda la noche, creo que un peso, o pagar por piezas la estratégica suma de diez centavos. Hombre, eran otros tiempos y la relación entre el dinero y lo uno puede adquirir con él era bien distinta.

Desde los últimos años sesenta los bailes con órgano comenzaron a ser públicos y, aunque por los campos de lo que se conoce como la costa manzanillera pueden todavía darse bailes con órganos muy parecidos al que les he narrado, yo prefiero guardar muy bien en los andamios de la memoria aquellos bailes de mi infancia en Cauto del Paso. Me quedo callado especialmente por las tardes, cierro los ojos y si nadie me perturba, me puedo ver con pantalones cortos, gozando de lo lindo en el salón de Cheno.

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