Una piedra cayó en el
centro del charco; la otra en la orilla. Las nubes
danzaron en el agua, rotas en mil pedazos. Luego un
temblor inseguro y luego nada, otra vez el reposo.
—Me gusta mi
nombre —dijo Antara—. ¿No es verdad que suena bonito?
—Sí, tuviste
suerte para eso —dijo Nguembe y agarró una piedra más
grande—, no como este zonzo —le dio una codazo a Wang Lu,
que no esperaba la doble agresión.
—Mira quién
habla. Mejor suena un ternero pidiendo agua que tu
nombre —se burló, hizo muecas—: “Nguembe, Nguembe”.
—Los terneros no
hablan, zopenco, cabeza de pinchos.
—Negro tizón.
—Amarillo
churroso.
Wang Lu le dio un
papirotazo en la coronilla y escapó riéndose. Nguembe
fue a perseguirlo.
—¡Qué par de
bobos! —le dijo Silas a Omar—. ¿No se aburren de lo
mismo?
—No. Aunque yo
creo que el negro tiene razón. Hay unos nombres mejores
que otros. ¿De dónde sacaron el mío, por ejemplo?
—O el mío —dijo
Abel.
—Los nombres los
inventan los padres —dijo Brahramar—. Te los ponen y ya.
—Eso es un cuento
—protestó Germán—. Yo no tengo padres.
—No seas
mentiroso —dijo Silas—. Todo el mundo tiene padres. ¿Qué
cosa es el viejo Lucas entonces?
—No sé. Lo que
digo es que yo estaba viviendo tranquilamente y un buen
día se aparece un tipo y me dice: “Yo soy tu padre”. Lo
peor es que en el fondo creo que sí lo es. Pero cuando
se mudó ya yo me llamaba Germán.
Silas aprovechó para
hablar de los nuevos. Se habían mudado hacía poco, tal
vez anoche mismo. Gente joven (niñez, juventud, vejez,
eran términos que preocupaban a Silas, que se esforzaba
en entender); un hombre moreno y una rubia con el pelo
más largo que había visto jamás.
—¿Dónde?
—preguntó Antara, celosa.
—Al lado de la
casa de Aurelius.
—¿Cuál de los
dos?
—El de la mancha
en la cara. El otro no tiene espacio al lado para
construir.
Yoshiro explicó que
la mancha aquella se llamaba lunar. Luego sugirió ir a
ver a los nuevos. Era una de las rutinas de los niños de
La Ciudad —le llamaban así aunque el lugar no fuese más
que una congregación de casas de madera y piedras; un
enrejado sin fin de callejones cuarteados por el polvo—.
Silas encontraba un curioso placer en aquella rutina,
recorrer los alrededores tras algún descubrimiento,
cuando no jugaban a las bolas, o a decir cada cual una
mentira mayor. No descubrían grandes cosas, pero se
adentraban en los callejones hasta donde podían y
encontraban a gente nueva, con extraños atuendos y otras
lenguas. O la misma, pero con diferentes matices, como
si algo sustancioso le hubieran quitado o añadido. Gente
que parecía mudarse de la noche a la mañana después de
haber levantado sus casuchas.
Los nuevos no estaban
a la vista. La casa estaba cerrada y silenciosa.
—Qué fatalidad
—se quejó Abel—. Mira que perder el tiempo de esta
forma.
—Vamos a jugar al
potrero —dijo Brahramar y emprendió una carrerita. Los
demás lo imitaron. Otra de sus rutinas era perseguir a
los animales del potrero: chivos y vacas que a veces los
perseguían a ellos. Andaban pastando en libertad por la
llanura sin que se supiera de dónde venían ni de quién
eran. Cuando alguno se les alejaba demasiado y se perdía
dentro de la niebla, terminaba la cacería porque dejaba
de parecerles una diversión. En la niebla se desvanecía
la luz y se borraban poco a poco los objetos hasta
sucumbir en una especie de arena movediza. Las vacas
hicieron lo mismo esta vez y todos, menos Silas,
coincidieron en que era mejor regresar. Nadie conocido
había tenido nunca el valor de atravesar aquel muro
incorpóreo.
—Dicen que allí
se acaba el mundo —susurró Omar. Silas, incrédulo,
chasqueó la lengua.
—¿Quién lo dice?
—Todos. Que hay un
abismo tremendo y si te caes en él, no regresas.
—A mí me han
dicho que ahí dentro no hay nada —dijo Germán. Que te
vuelves como de aire, o peor, porque por lo menos el
aire es algo.
—¿Y las vacas?
—preguntó Silas—. Yo las he visto entrar y salir.
—Te lo habrás
imaginado —dijo Yoshiro alzándose de hombros.
—Que no, hombre,
que yo las he visto.
Los demás lo miraron
con horror y algo de compasión. Intentaron disuadirlo de
su peligroso interés. La niebla lo acechaba a uno, lo
iba atrayendo con su misterio. Todo comenzaba con
aquella simple curiosidad, y la curiosidad crecía hasta
hacerse irresistible y uno terminaba arrastrado a su
perdición.
—De ahí no
regresa nadie —le advirtió Abel mientras daban la
vuelta—. Ni siquiera los muertos.
Para
Silas no estaba demasiado claro en qué consistía la
muerte, pero suponía que fuese algo bien espantoso, como
despeñarse por los abismos del Fin del Mundo y padecer
un vértigo muy largo, también sin fondo. Nadie quería
morirse, pero ¿quién recordaba haber estado muerto
alguna vez? A lo mejor podía uno hacerlo y regresar
convertido en vaca; llevar una vida sedentaria y
apacible masticando hierbitas.
Esa
noche, mientras corría los pestillos, el padre de Silas
amenazó con encerrarlo en el cuarto si continuaban sus
historias disparatadas y sus planes de seguir a las
vacas en aquel tonto ritual de arrojarse al precipicio.
—No es para
lanzarme. Yo quiero saber cómo es un abismo y por qué no
les pasa nada a los animales.
—Hay muchas cosas
que hacer en esta casa, mira qué desorden, qué cantidad
de polvo —dijo el padre con un ademán abarcador. Para él
nada estaba nunca en su lugar, ningún esfuerzo era
suficiente.
—Yo te ayudo,
pero después déjame seguir a las vacas, anda…
—No seas estúpido
y métete en la cama de una vez.
De mala gana, Silas
comenzó a desvestirse.
—¿Por qué siempre
hay que estar metiéndose en la cama de noche? Con lo
aburrido que es.
—Ha sido así
desde siempre. Tú no eres nadie para cambiar la
tradición. Métete en la cama y cierra el pico.
—¿Cuándo voy a
crecer? —se quejó, pero ya el padre
se
alejaba por el pasillo y no escuchó la pregunta. Iba
comentando algo sobre la necesidad de enseñarle a
guardar obediencia, no permitirle que se volviera un
granuja insolente.
Quedó
disfrutando su soledad, con la vista en la hoja de la
ventana, que dejaba escapar unos chirridos quejumbrosos,
lentamente zarandeada por el aire. Pensó que no
recordaba cuándo había venido al mundo, ni de qué manera
se las había arreglado para hacerlo. Daba la impresión
de que su desventajoso estado era parte de las cosas
inamovibles, un componente de aquella tradición
milenaria, y sintió un incómodo vahído al considerar la
idea de que su niñez pudiera ser tan infinita como la
propia tradición.
El
tiempo, de cierto modo, era también una especie de
abismo, una altura inalcanzable, según hacia donde se le
mirara. El tiempo tendría que pasar más deprisa, el de
su vida, y sobre todo el de aquella noche.
De
cualquier manera lo consiguió, porque pensando en estas
cosas, y en los misterios del Fin del Mundo, se olvidó
del tiempo mismo y la agonía de las horas le fue más
ligera. Cuando volvió a mirar por la ventana, el cielo
se veía menos oscuro, y se desdibujaban las estrellas
sobre él a medida que un lejano resplandor se iba
apoderando de su inmensidad.
Con la
precaución de no dejar que sonaran los muelles de la
cama, se levantó y se calzó las botas. Luego saltó por
la ventana.
Las
hierbas del potrero le cubrían de gotas los tobillos y a
cada paso escuchaba dentro de ella el alboroto de
pequeños animales despavoridos. Era casi una ofensa
interrumpir la solemnidad de aquel silencio y horadar
con un doble surco el yerbazal cubierto de rocío.
Después de haber andado cerca de media milla se detuvo
de repente al notar que una mole difusa, inmóvil, se
erguía a varios pasos de él. La niebla comenzaba a
elevarse, y le costó algún trabajo reconocer las formas
de la vaca, un animal huesudo y amarillento que pacía
con majestuosa tranquilidad y se espantaba los insectos
con la cola. Silas comenzó a dar un rodeo, pero, cuando
la vaca descubrió su presencia, lejos de embestirlo, se
alejó al trote como una de las sabandijas que habitaban
en la hierba. Pronto se le perdió dentro de la espesa
neblina.
Luego
dejó atrás el yerbazal y anduvo por una tierra negra y
árida. Terminó de salir el sol y una brisa disipó las
brumas bajas. Pensó que había caminado lo suficiente,
que ya iba siendo hora de llegar al Fin del Mundo. Pero
la otra niebla permanecía sobre el horizonte, sin ceder
un palmo, y él continuó la marcha con obsesión, mientras
pasaban las vacas y los chivos por su lado y lo
contemplaban indiferentes.
Alrededor de la media mañana, según la altura del sol,
mantenía su empeño aún, sin progresos notables, cuando
descubrió algo que jamás había esperado: una figura
humana marchaba a su encuentro. Más adelante observó que
era alguien de su tamaño y que la niebla de donde venía
ya no era tan densa, pues a su espalda se podía
distinguir unos contornos oscuros, como de altas
colinas.
Por fin
se dieron alcance y quedaron frente a frente,
estudiándose con precaución y extrañeza, incapaces de
articular sonido alguno. Silas contempló con asombro la
vestimenta abigarrada del desconocido, su calzado
estrafalario de color blanco y ornamentos en negro. De
la manera en que el otro lo miraba a él se podía deducir
que no lo sorprendían menos su cómoda túnica de lana y
las botas de cuero mal curtido. Recordó entonces las
historias que habían contado sus amigos y tuvo miedo de
que pudieran ser verdad. Se lamentó de haber ido solo
sin considerar la magnitud del peligro. Pero estaba allí
para saber la verdad; peor sería soportar las burlas por
haber huido. La voz le salió apagada y temblorosa al
preguntar:
—¿Eres un muerto?
El extraño, que había
estado en guardia también, se echó a reír.
—Claro que no,
¿de dónde has sacado eso? Yo me llamo Lucino, pero me
dicen Lulo.
—Pues yo me llamo
Silas. Y me dicen Silas.
Esta vez rieron los
dos con deseo y alivio, como si no hubiera nada mejor en
la vida. Lulo quiso saber después por qué le había hecho
aquella pregunta. Silas, de repente, se sintió
avergonzado de su tontería.
—Bueno, es que
donde vivo dicen cada cosas…
Le habló del mito
sobre el sitio del Fin del Mundo, el abismo del que ni
los muertos regresaban, algo que ahora le parecía, con
razón, más bien lejano y ridículo.
—¿Sabes una cosa?
—preguntó Lulo, todavía sonriente. Yo pensaba lo mismo
de ti. Mis abuelos dicen que no es bueno acercarse a
este lugar, que detrás de la niebla viven los muertos.
Imagínate el susto cuando te vi venir.
—No te habrás
creído esos cuentos, ¿eh? Todo el mundo es como tú y
como yo en La Ciudad.
—¿Qué ciudad?
—La mía. El lugar
donde yo vivo.
Silas giró en redondo
y buscó en la distancia los tejados de su calle, situada
en la zona limítrofe con la llanura, pero solo vio los
vapores de la niebla en aquel sitio.
—Bueno, tendrías
que ir a verla. Si quieres te llevo.
Lulo agitó la
cabeza y dio un suspiro.
—No puedo. Estoy
buscando una vaca. Es blanquinegra y tiene un cuerno
partido.
—Seguro que la
vi. Hoy me he cruzado con todas las vacas del mundo.
Le
indicó el camino a sus espaldas, la ruta que podía haber
seguido la res. Ofreció su compañía como práctico para
encontrarla, aunque no hubiese por los alrededores otra
maleza que los hierbajos de poca altura que ya conocía.
—¡Qué va!
—respondió Lulo—. Si se fue por ese lado, mejor espero a
que vuelva. No es miedo, ¿sabes? No creas que no he
tratado de ir más allá, pero es como si me quedara sin
fuerzas, como si el cuerpo no quisiera obedecerme cada
vez que llego hasta aquí. Nunca puedo dar ni un paso
más.
—Yo sé lo que es
eso. A mí también me ha pasado. A veces el miedo puede
más que yo y me paraliza. Lo estoy sintiendo ahora
mismo.
Explicó que le
gustaría continuar y verlo todo. Lo que antes parecieran
colinas por detrás de Lulo resultaron ser edificios de
una fría coloración, angulosos como diamantes. Nunca
había visto edificios como aquellos. Deseaba mirarlos de
cerca, saber cuanto fuera posible de aquella ciudad
mucho más grande y más alta, y al regreso contar al
grupo de muchachos que no existía el Fin del Mundo. Pero
tampoco podía seguir adelante.
—No —interrumpió
Lulo—, yo conozco bien el miedo. Puede ser que te deje
pasmado, pero en tu mente quieres escaparte,
desaparecer, qué sé yo. No te quedas así, como vacío,
sin nada en la cabeza.
—Ya lo voy
entendiendo.
—No hay nada que
entender, es así y ya. Simplemente no se puede.
Silas propuso cambiar
de tema. Quería saber más de Lulo. ¿Cómo vivía, cómo era
su casa? ¿Cómo eran sus padres? ¿Tenía hermanos? También
pensaba contarle
un
montón de cosas acerca de La Ciudad, su calle, las casas
ruinosas, del grupo de muchachos y de sí mismo.
—¿Por qué no nos
sentamos un rato a conversar?
Lulo pasó el
dorso de una mano por la frente.
—Mejor por la
tarde o mañana por la mañana. ¿Dónde se va a sentar uno
con este sol?
—No pensé que
fuera tan importante el lugar. Yo me siento dondequiera.
—Pero hace
demasiado calor y aquí no hay ni un árbol. Además, tengo
hambre. Debe de ser ya la hora del almuerzo y seguro me
están esperando en casa para comer.
—Espérate, dime
una cosa…
Pero Lulo, en su
prisa, no cesaba de hablar, como si quisiera decirlo
todo a última hora.
—Después creo que
voy a dormir la siesta. Casi nunca lo hago, pero hoy sí
que tengo sueño, porque anoche casi no dormí. Figúrate
que hubo una fiesta en casa de mis tíos y regresamos de
madrugada. Casi me tienen que cargar, por lo cansado que
estaba.
Decía
todo sobre la marcha, caminando hacia atrás, de modo que
Silas no tuvo tiempo de hacer preguntas, ni siquiera de
despedirse. Volvería mañana si no había inconvenientes,
bien temprano, para que pudieran sentarse en el campo
descubierto y conversar sin apuro.
Silas
emprendió el camino de regreso, anonadado aún por las
tantas cosas incomprensibles que había escuchado en
apenas un minuto. Se dio a la tarea de repetirlas para
que prendiesen en la memoria: “Hacer calor, tener
hambre, comer, tener sueño, dormir, estar cansado”. Como
las palabras nuevas de los nuevos inquilinos que
levantaban sus casas en lo profundo de los callejones.
Necesitaba recordarlas todas, sin confundir ni una
sílaba, y contar la historia a su padre y preguntar qué
había querido decir el desconocido, aunque después lo
encerraran en su cuarto durante varios días. |