Año IV
La Habana
2006

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El sitio del fin del mundo
Herbert Toranzo Falcón


Una piedra cayó en el centro del charco; la otra en la orilla. Las nubes danzaron en el agua, rotas en mil pedazos. Luego un temblor inseguro y luego nada, otra vez el reposo.

    —Me gusta mi nombre —dijo Antara—. ¿No es verdad que suena bonito?

    —Sí, tuviste suerte para eso —dijo Nguembe y agarró una piedra más grande—, no como este zonzo —le dio una codazo a Wang Lu, que no esperaba la doble agresión.

    —Mira quién habla. Mejor suena un ternero pidiendo agua que tu nombre —se burló, hizo muecas—: “Nguembe, Nguembe”.

    —Los terneros no hablan, zopenco, cabeza de pinchos.

    —Negro tizón.

    —Amarillo churroso.

    Wang Lu le dio un papirotazo en la coronilla y escapó riéndose. Nguembe fue a perseguirlo.

    —¡Qué par de bobos! —le dijo Silas a Omar—. ¿No se aburren de lo mismo?

    —No. Aunque yo creo que el negro tiene razón. Hay unos nombres mejores que otros. ¿De dónde sacaron el mío, por ejemplo?

    —O el mío —dijo Abel.

    —Los nombres los inventan los padres —dijo Brahramar—. Te los ponen y ya.

    —Eso es un cuento —protestó Germán—. Yo no tengo padres.

    —No seas mentiroso —dijo Silas—. Todo el mundo tiene padres. ¿Qué cosa es el viejo Lucas entonces?

    —No sé. Lo que digo es que yo estaba viviendo tranquilamente y un buen día se aparece un tipo y me dice: “Yo soy tu padre”. Lo peor es que en el fondo creo que sí lo es. Pero cuando se mudó ya yo me llamaba Germán.

Silas aprovechó para hablar de los nuevos. Se habían mudado hacía poco, tal vez anoche mismo. Gente joven (niñez, juventud, vejez, eran términos que preocupaban a Silas, que se esforzaba en entender); un hombre moreno y una rubia con el pelo más largo que había visto jamás.

    —¿Dónde? —preguntó Antara, celosa.

    —Al lado de la casa de Aurelius.

    —¿Cuál de los dos?

    —El de la mancha en la cara. El otro no tiene espacio al lado para construir.

Yoshiro explicó que la mancha aquella se llamaba lunar. Luego sugirió ir a ver a los nuevos. Era una de las rutinas de los niños de La Ciudad —le llamaban así aunque el lugar no fuese más que una congregación de casas de madera y piedras; un enrejado sin fin de callejones cuarteados por el polvo—. Silas encontraba un curioso placer en aquella rutina, recorrer los alrededores tras algún descubrimiento, cuando no jugaban a las bolas, o a decir cada cual una mentira mayor. No descubrían grandes cosas, pero se adentraban en los callejones hasta donde podían y encontraban a gente nueva, con extraños atuendos y otras lenguas. O la misma, pero con diferentes matices, como si algo sustancioso le hubieran quitado o añadido. Gente que parecía mudarse de la noche a la mañana después de haber levantado sus casuchas.

Los nuevos no estaban a la vista. La casa estaba cerrada y silenciosa.

    —Qué fatalidad —se quejó Abel—. Mira que perder el tiempo de esta forma.

    —Vamos a jugar al potrero —dijo Brahramar y emprendió una carrerita. Los demás lo imitaron. Otra de sus rutinas era perseguir a los animales del potrero: chivos y vacas que a veces los perseguían a ellos. Andaban pastando en libertad por la llanura sin que se supiera de dónde venían ni de quién eran. Cuando alguno se les alejaba demasiado y se perdía dentro de la niebla, terminaba la cacería porque dejaba de parecerles una diversión. En la niebla se desvanecía la luz y se borraban poco a poco los objetos hasta sucumbir en una especie de arena movediza. Las vacas hicieron lo mismo esta vez y todos, menos Silas, coincidieron en que era mejor regresar. Nadie conocido había tenido nunca el valor de atravesar aquel muro incorpóreo.

    —Dicen que allí se acaba el mundo —susurró Omar. Silas, incrédulo, chasqueó la lengua.

—¿Quién lo dice?

—Todos. Que hay un abismo tremendo y si te caes en él, no regresas.

    —A mí me han dicho que ahí dentro no hay nada —dijo Germán. Que te vuelves como de aire, o peor, porque por lo menos el aire es algo.

    —¿Y las vacas? —preguntó Silas—. Yo las he visto entrar y salir.

    —Te lo habrás imaginado —dijo Yoshiro alzándose de hombros.

    —Que no, hombre, que yo las he visto.

Los demás lo miraron con horror y algo de compasión. Intentaron disuadirlo de su peligroso interés. La niebla lo acechaba a uno, lo iba atrayendo con su misterio. Todo comenzaba con aquella simple curiosidad, y la curiosidad crecía hasta hacerse irresistible y uno terminaba arrastrado a su perdición.

    —De ahí no regresa nadie —le advirtió Abel mientras daban la vuelta—. Ni siquiera los muertos.

Para Silas no estaba demasiado claro en qué consistía la muerte, pero suponía que fuese algo bien espantoso, como despeñarse por los abismos del Fin del Mundo y padecer un vértigo muy largo, también sin fondo. Nadie quería morirse, pero ¿quién recordaba haber estado muerto alguna vez? A lo mejor podía uno hacerlo y regresar convertido en vaca; llevar una vida sedentaria y apacible masticando hierbitas.

    Esa noche, mientras corría los pestillos, el padre de Silas amenazó con encerrarlo en el cuarto si continuaban sus historias disparatadas y sus planes de seguir a las vacas en aquel tonto ritual de arrojarse al precipicio.

    —No es para lanzarme. Yo quiero saber cómo es un abismo y por qué no les pasa nada a los animales.

    —Hay muchas cosas que hacer en esta casa, mira qué desorden, qué cantidad de polvo —dijo el padre con un ademán abarcador. Para él nada estaba nunca en su lugar, ningún esfuerzo era suficiente.

    —Yo te ayudo, pero después déjame seguir a las vacas, anda…

    —No seas estúpido y métete en la cama de una vez.

De mala gana, Silas comenzó a desvestirse.

    —¿Por qué siempre hay que estar metiéndose en la cama de noche? Con lo aburrido que es.

    —Ha sido así desde siempre. Tú no eres nadie para cambiar la tradición. Métete en la cama y cierra el pico.

    —¿Cuándo voy a crecer? —se quejó, pero ya el padre se alejaba por el pasillo y no escuchó la pregunta. Iba comentando algo sobre la necesidad de enseñarle a guardar obediencia, no permitirle que se volviera un granuja insolente.

Quedó disfrutando su soledad, con la vista en la hoja de la ventana, que dejaba escapar unos chirridos quejumbrosos, lentamente zarandeada por el aire. Pensó que no recordaba cuándo había venido al mundo, ni de qué manera se las había arreglado para hacerlo. Daba la impresión de que su desventajoso estado era parte de las cosas inamovibles, un componente de aquella tradición milenaria, y sintió un incómodo vahído al considerar la idea de que su niñez pudiera ser tan infinita como la propia tradición.

El tiempo, de cierto modo, era también una especie de abismo, una altura inalcanzable, según hacia donde se le mirara. El tiempo tendría que pasar más deprisa, el de su vida, y sobre todo el de aquella noche.

De cualquier manera lo consiguió, porque pensando en estas cosas, y en los misterios del Fin del Mundo, se olvidó del tiempo mismo y la agonía de las horas le fue más ligera. Cuando volvió a mirar por la ventana, el cielo se veía menos oscuro, y se desdibujaban las estrellas sobre él a medida que un lejano resplandor se iba apoderando de su inmensidad.

Con la precaución de no dejar que sonaran los muelles de la cama, se levantó y se calzó las botas. Luego saltó por la ventana.

Las hierbas del potrero le cubrían de gotas los tobillos y a cada paso escuchaba dentro de ella el alboroto de pequeños animales despavoridos. Era casi una ofensa interrumpir la solemnidad de aquel silencio y horadar con un doble surco el yerbazal cubierto de rocío. Después de haber andado cerca de media milla se detuvo de repente al notar que una mole difusa, inmóvil, se erguía a varios pasos de él. La niebla comenzaba a elevarse, y le costó algún trabajo reconocer las formas de la vaca, un animal huesudo y amarillento que pacía con majestuosa tranquilidad y se espantaba los insectos con la cola. Silas comenzó a dar un rodeo, pero, cuando la vaca descubrió su presencia, lejos de embestirlo, se alejó al trote como una de las sabandijas que habitaban en la hierba. Pronto se le perdió dentro de la espesa neblina.

Luego dejó atrás el yerbazal y anduvo por una tierra negra y árida. Terminó de salir el sol y una brisa disipó las brumas bajas. Pensó que había caminado lo suficiente, que ya iba siendo hora de llegar al Fin del Mundo. Pero la otra niebla permanecía sobre el horizonte, sin ceder un palmo, y él continuó la marcha con obsesión, mientras pasaban las vacas y los chivos por su lado y lo contemplaban indiferentes.

Alrededor de la media mañana, según la altura del sol, mantenía su empeño aún, sin progresos notables, cuando descubrió algo que jamás había esperado: una figura humana marchaba a su encuentro. Más adelante observó que era alguien de su tamaño y que la niebla de donde venía ya no era tan densa, pues a su espalda se podía distinguir unos contornos oscuros, como de altas colinas.

Por fin se dieron alcance y quedaron frente a frente, estudiándose con precaución y extrañeza, incapaces de articular sonido alguno. Silas contempló con asombro la vestimenta abigarrada del desconocido, su calzado estrafalario de color blanco y ornamentos en negro. De la manera en que el otro lo miraba a él se podía deducir que no lo sorprendían menos su cómoda túnica de lana y las botas de cuero mal curtido. Recordó entonces las historias que habían contado sus amigos y tuvo miedo de que pudieran ser verdad. Se lamentó de haber ido solo sin considerar la magnitud del peligro. Pero estaba allí para saber la verdad; peor sería soportar las burlas por haber huido. La voz le salió apagada y temblorosa al preguntar:

    —¿Eres un muerto?

El extraño, que había estado en guardia también, se echó a reír.

    —Claro que no, ¿de dónde has sacado eso? Yo me llamo Lucino, pero me dicen Lulo.

    —Pues yo me llamo Silas. Y me dicen Silas.

Esta vez rieron los dos con deseo y alivio, como si no hubiera nada mejor en la vida. Lulo quiso saber después por qué le había hecho aquella pregunta. Silas, de repente, se sintió avergonzado de su tontería.

    —Bueno, es que donde vivo dicen cada cosas…

Le habló del mito sobre el sitio del Fin del Mundo, el abismo del que ni los muertos regresaban, algo que ahora le parecía, con razón, más bien lejano y ridículo.

    —¿Sabes una cosa? —preguntó Lulo, todavía sonriente. Yo pensaba lo mismo de ti. Mis abuelos dicen que no es bueno acercarse a este lugar, que detrás de la niebla viven los muertos. Imagínate el susto cuando te vi venir.

    —No te habrás creído esos cuentos, ¿eh? Todo el mundo es como tú y como yo en La Ciudad.

    —¿Qué ciudad?

    —La mía. El lugar donde yo vivo.

Silas giró en redondo y buscó en la distancia los tejados de su calle, situada en la zona limítrofe con la llanura, pero solo vio los vapores de la niebla en aquel sitio.

    —Bueno, tendrías que ir a verla. Si quieres te llevo.

    Lulo agitó la cabeza y dio un suspiro.

    —No puedo. Estoy buscando una vaca. Es blanquinegra y tiene un cuerno partido.

    —Seguro que la vi. Hoy me he cruzado con todas las vacas del mundo.

Le indicó el camino a sus espaldas, la ruta que podía haber seguido la res. Ofreció su compañía como práctico para encontrarla, aunque no hubiese por los alrededores otra maleza que los hierbajos de poca altura que ya conocía.

    —¡Qué va! —respondió Lulo—. Si se fue por ese lado, mejor espero a que vuelva. No es miedo, ¿sabes? No creas que no he tratado de ir más allá, pero es como si me quedara sin fuerzas, como si el cuerpo no quisiera obedecerme cada vez que llego hasta aquí. Nunca puedo dar ni un paso más.

    —Yo sé lo que es eso. A mí también me ha pasado. A veces el miedo puede más que yo y me paraliza. Lo estoy sintiendo ahora mismo.

Explicó que le gustaría continuar y verlo todo. Lo que antes parecieran colinas por detrás de Lulo resultaron ser edificios de una fría coloración, angulosos como diamantes. Nunca había visto edificios como aquellos. Deseaba mirarlos de cerca, saber cuanto fuera posible de aquella ciudad mucho más grande y más alta, y al regreso contar al grupo de muchachos que no existía el Fin del Mundo. Pero tampoco podía seguir adelante.

    —No —interrumpió Lulo—, yo conozco bien el miedo. Puede ser que te deje pasmado, pero en tu mente quieres escaparte, desaparecer, qué sé yo. No te quedas así, como vacío, sin nada en la cabeza.

    —Ya lo voy entendiendo.

    —No hay nada que entender, es así y ya. Simplemente no se puede.

Silas propuso cambiar de tema. Quería saber más de Lulo. ¿Cómo vivía, cómo era su casa? ¿Cómo eran sus padres? ¿Tenía hermanos? También pensaba contarle un montón de cosas acerca de La Ciudad, su calle, las casas ruinosas, del grupo de muchachos y de sí mismo.

    —¿Por qué no nos sentamos un rato a conversar?

    Lulo pasó el dorso de una mano por la frente.

    —Mejor por la tarde o mañana por la mañana. ¿Dónde se va a sentar uno con este sol?

    —No pensé que fuera tan importante el lugar. Yo me siento dondequiera.

    —Pero hace demasiado calor y aquí no hay ni un árbol. Además, tengo hambre. Debe de ser ya la hora del almuerzo y seguro me están esperando en casa para comer.

    —Espérate, dime una cosa…

Pero Lulo, en su prisa, no cesaba de hablar, como si quisiera decirlo todo a última hora.

    —Después creo que voy a dormir la siesta. Casi nunca lo hago, pero hoy sí que tengo sueño, porque anoche casi no dormí. Figúrate que hubo una fiesta en casa de mis tíos y regresamos de madrugada. Casi me tienen que cargar, por lo cansado que estaba.

Decía todo sobre la marcha, caminando hacia atrás, de modo que Silas no tuvo tiempo de hacer preguntas, ni siquiera de despedirse. Volvería mañana si no había inconvenientes, bien temprano, para que pudieran sentarse en el campo descubierto y conversar sin apuro.

Silas emprendió el camino de regreso, anonadado aún por las tantas cosas incomprensibles que había escuchado en apenas un minuto. Se dio a la tarea de repetirlas para que prendiesen en la memoria: “Hacer calor, tener hambre, comer, tener sueño, dormir, estar cansado”. Como las palabras nuevas de los nuevos inquilinos que levantaban sus casas en lo profundo de los callejones. Necesitaba recordarlas todas, sin confundir ni una sílaba, y contar la historia a su padre y preguntar qué había querido decir el desconocido, aunque después lo encerraran en su cuarto durante varios días.

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