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2006

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Imbecilidad aguda
Incurable plaga azota Sección de Intereses

Pastor Valle-Garay Toronto
Senior Scholar, Universidad de York


Hará unos 15 años llevé a mi esposa Ángela a dar un extenso paseo por el centro de La Habana. Era su primera visita a Cuba y quería experimentar de cerca la ciudad. Luego de un largo recorrido arribamos a los acogedores salones del Hotel Nacional. Le fascinó. Varios mojitos después, recuperados de la caminata, nos enfilamos al Malecón. Ángela se detuvo a admirar las columnas del Maine. Luego noté también que observaba detenidamente la Oficina de Intereses de los EE.UU. Lo hacía con el ojo clínico de la italiana amante de los monumentos y edificios eternos del país de sus progenitores.

Típico del napolitano, Ángela exuda exuberancia. La expresa sin pelos en la lengua. Sin más ni más decidió que el armatoste arquitectónico era una aberración. Me preguntó para qué servía. “Para nada,” le respondí, “solo sirve para joder”. Insistió. No le satisfacía mi escueto comentario. Al explicarle sus funciones se quedó de una pieza. Recobrando su compostura resumió la evaluación. Esto es gastar pólvora en zopilotes, comentó, o algo por el estilo. “¡Qué se vayan los gringos! ¡Este sitio merece mejor suerte!” Fin de la discusión.

Recuerdo la plática como si hubiese ocurrido ayer. Pensándolo bien, ambos teníamos razón. La cueva de contrabandistas yanquis es un anacronismo. Similar en relevancia a la infame e ilegal base militar en Guantánamo.

La Oficina simboliza algo más. O dos. Su presencia confirma que hasta los huéspedes más imbéciles, por muy nocivos que sean, gozan de libertad de expresión en Cuba. Se comprobó el lunes. Ante la monumental manifestación del pueblo cubano protestando contra la liberación del criminal Luis Posada Carriles, contra las medidas económicas adversas a la Revolución y las amenazas yanquis contra su soberanía, la Sección de Intereses no atinó más que a desplegar letreritos lumínicos. Craso error. Ridículo también.

Por una parte los letreritos se referían a varios artículos en la carta de los derechos humanos. Mencionaban específicamente aquellos que el gobierno de los EE. UU cínica y repetidamente viola a diario en Cuba y en el resto del mundo. Como de costumbre, fracasó la estrategia de los empleaduchos de Bush. Calcularon mal las consecuencias que produciría el desatinado contenido y le salió el tiro por la culata al Tío Sam. Equivale a desenfundar la supuesta pistola humeante y pegarse un tiro en el dedo gordo del pie. Típico de una administración desquiciada. En vez de desprestigiar la Revolución, los letreritos lumínicos enfatizaron las violaciones criminales de los productores de la farsa propagandística. Transmitidos al exterior por la CNN y otras cadenas de televisión, los televidentes se quedaron estupefactos de la torpeza de Bush y sus ineptos secuaces. Solo a un imbécil se le ocurre desestimar la inteligencia del pueblo cubano y del mundo.

Los letreritos también pecaron de ignorar la realidad. Presentaron como gran novedad asuntos que el gobierno y la población de Cuba han dominado y respetado desde los primeros instantes del proceso revolucionario. Es más, me atrevo a asegurar que el cubano maneja la información distribuida por la Oficina con mayor habilidad que el ciudadano promedio yanqui y con mucha mayor destreza que la gusanera anticubana de Miami.

¿Cuál es entonces el propósito de la Casa Blanca en despilfarrar fondos para mantener ocupados a los ineptos vagos de la Sección de Injerencia ingeniando letreritos luminosos? Lo obvio. Se trata de un concertado esfuerzo entre Bush, la Oficina de Intereses, y unas cuantas cucarachas de la disidencia por desestabilizar y provocar al gobierno de Cuba. No lo harían para fomentar mejores relaciones entre ambas naciones. Sin embargo, Cuba no cayó en la trampa. Conduciéndose con la sobriedad que le caracteriza, le propinó una soberana lección de dignidad a la Sección de Injerencia y Contrabando y a sus compinches.

Washington perdió el tiempo. Se equivocó, como lo hace repetida y rotundamente en Cuba y en el exterior. No hay ni la más remota posibilidad de que sus letreritos lumínicos y otros trucos pueblerinos causen daño a un proceso revolucionario que lleva casi medio siglo derrotando las embestidas del imperialismo. Lo que queda ampliamente comprobado es que la administración de Bush se caracteriza por ataques de imbecilidad aguda. De otro modo no continuaría repitiendo tantos errores garrafales.

Desafortunadamente para la humanidad, el diagnóstico científico de la imbecilidad en el caso clínico de Bush y de su pacotilla de hampones es incurable en los Estados Unidos. Se reconoce por su comportamiento irracional, inmorales declaraciones de guerra, ataques mortales a poblaciones civiles, torturas, encarcelamientos y destrucción de propiedad. En lo interno se manifiesta en ilimitada corrupción gubernamental, robo de elecciones, desacato a la constitución y desprecio por los valores de la ciudadanía. En pocas palabras, refleja en carne propia las violaciones de los derechos humanos pregonadas en los letreritos lumínicos preparados por la flamante Oficina de Intereses. 

No hace mucho los pacientes que sufrían de imbecilidad eran sometidos a lobotomías. Les rebanaban el cerebro reduciéndoles a vegetales. Le ocurrió, por razones menos drásticas, a una hermana del expresidente John F. Kennedy. Desde que los médicos estadounidenses descartaron este radical procedimiento médico por inhumano no hay posibilidad de que se le aplique al ocupante de la Casa Blanca. Por lo tanto los que vivimos en Norteamérica nos veremos obligados a soportar al imbécil y sus desmadres por los próximos dos años, cuando llegue al fin su término de director del asilo de locos en Washington y en la Oficina de Intereses, la sucursal yanqui de enfermos mentales.

El pueblo cubano no se contagiará. Sus avances científicos han descubierto que el antídoto contra la imbecilidad consiste de una buena dosis de integridad y de respeto recetada en conjunto con la solidaridad mundial. Funciona a las mil maravillas y trastorna más aún al descocado de la Casa Blanca y a los imbecilitos de los letreritos lumínicos.

Cuando desaparezca del escenario la Oficina de Intereses Desenfrenados volveré a Cuba con Ángela. Se sentirá feliz. Orgullosa. En vez del esperpento yanqui, en su lugar se levantará un acogedor, espectacular monumento a la belleza y soberanía de la Revolución y del pueblo cubano.

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