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Hará unos 15 años llevé a mi esposa Ángela a dar un
extenso paseo por el centro de La Habana. Era su primera
visita a Cuba y quería experimentar de cerca la ciudad.
Luego de un largo recorrido arribamos a los acogedores
salones del Hotel Nacional. Le fascinó. Varios mojitos
después, recuperados de la caminata, nos enfilamos al
Malecón. Ángela se detuvo a admirar las columnas del
Maine. Luego noté también que observaba detenidamente la
Oficina de Intereses de los EE.UU. Lo hacía con el ojo
clínico de la italiana amante de los monumentos y
edificios eternos del país de sus progenitores.
Típico del
napolitano, Ángela exuda exuberancia. La expresa sin
pelos en la lengua. Sin más ni más decidió que el
armatoste arquitectónico era una aberración. Me preguntó
para qué servía. “Para nada,” le respondí, “solo sirve
para joder”. Insistió. No le satisfacía mi escueto
comentario. Al explicarle sus funciones se quedó de una
pieza. Recobrando su compostura resumió la evaluación.
Esto es gastar pólvora en zopilotes, comentó, o algo por
el estilo. “¡Qué se vayan los gringos! ¡Este sitio
merece mejor suerte!” Fin de la discusión.
Recuerdo la plática
como si hubiese ocurrido ayer. Pensándolo bien, ambos
teníamos razón. La cueva de contrabandistas yanquis es
un anacronismo. Similar en relevancia a la infame e
ilegal base militar en Guantánamo.
La Oficina simboliza
algo más. O dos. Su presencia confirma que hasta los
huéspedes más imbéciles, por muy nocivos que sean, gozan
de libertad de expresión en Cuba. Se comprobó el lunes.
Ante la monumental manifestación del pueblo cubano
protestando contra la liberación del criminal Luis
Posada Carriles, contra las medidas económicas adversas
a la Revolución y las amenazas yanquis contra su
soberanía, la Sección de Intereses no atinó más que a
desplegar letreritos lumínicos. Craso error. Ridículo
también.
Por una parte los
letreritos se referían a varios artículos en la carta de
los derechos humanos. Mencionaban específicamente
aquellos que el gobierno de los EE. UU cínica y
repetidamente viola a diario en Cuba y en el resto del
mundo. Como de costumbre, fracasó la estrategia de los
empleaduchos de Bush. Calcularon mal las consecuencias
que produciría el desatinado contenido y le salió el
tiro por la culata al Tío Sam. Equivale a desenfundar la
supuesta pistola humeante y pegarse un tiro en el dedo
gordo del pie. Típico de una administración desquiciada.
En vez de desprestigiar la Revolución, los letreritos
lumínicos enfatizaron las violaciones criminales de los
productores de la farsa propagandística. Transmitidos al
exterior por la CNN y otras cadenas de televisión, los
televidentes se quedaron estupefactos de la torpeza de
Bush y sus ineptos secuaces. Solo a un imbécil se le
ocurre desestimar la inteligencia del pueblo cubano y
del mundo.
Los letreritos
también pecaron de ignorar la realidad. Presentaron como
gran novedad asuntos que el gobierno y la población de
Cuba han dominado y respetado desde los primeros
instantes del proceso revolucionario. Es más, me atrevo
a asegurar que el cubano maneja la información
distribuida por la Oficina con mayor habilidad que el
ciudadano promedio yanqui y con mucha mayor destreza que
la gusanera anticubana de Miami.
¿Cuál es entonces el
propósito de la Casa Blanca en despilfarrar fondos para
mantener ocupados a los ineptos vagos de la Sección de
Injerencia ingeniando letreritos luminosos? Lo obvio. Se
trata de un concertado esfuerzo entre Bush, la Oficina
de Intereses, y unas cuantas cucarachas de la disidencia
por desestabilizar y provocar al gobierno de Cuba. No lo
harían para fomentar mejores relaciones entre ambas
naciones. Sin embargo, Cuba no cayó en la trampa.
Conduciéndose con la sobriedad que le caracteriza, le
propinó una soberana lección de dignidad a la Sección de
Injerencia y Contrabando y a sus compinches.
Washington perdió el
tiempo. Se equivocó, como lo hace repetida y
rotundamente en Cuba y en el exterior. No hay ni la más
remota posibilidad de que sus letreritos lumínicos y
otros trucos pueblerinos causen daño a un proceso
revolucionario que lleva casi medio siglo derrotando las
embestidas del imperialismo. Lo que queda ampliamente
comprobado es que la administración de Bush se
caracteriza por ataques de imbecilidad aguda. De otro
modo no continuaría repitiendo tantos errores
garrafales.
Desafortunadamente
para la humanidad, el diagnóstico científico de la
imbecilidad en el caso clínico de Bush y de su pacotilla
de hampones es incurable en los Estados Unidos. Se
reconoce por su comportamiento irracional, inmorales
declaraciones de guerra, ataques mortales a poblaciones
civiles, torturas, encarcelamientos y destrucción de
propiedad. En lo interno se manifiesta en ilimitada
corrupción gubernamental, robo de elecciones, desacato a
la constitución y desprecio por los valores de la
ciudadanía. En pocas palabras, refleja en carne propia
las violaciones de los derechos humanos pregonadas en
los letreritos lumínicos preparados por la flamante
Oficina de Intereses.
No hace mucho los
pacientes que sufrían de imbecilidad eran sometidos a
lobotomías. Les rebanaban el cerebro reduciéndoles a
vegetales. Le ocurrió, por razones menos drásticas, a
una hermana del expresidente John F. Kennedy. Desde que
los médicos estadounidenses descartaron este radical
procedimiento médico por inhumano no hay posibilidad de
que se le aplique al ocupante de la Casa Blanca. Por lo
tanto los que vivimos en Norteamérica nos veremos
obligados a soportar al imbécil y sus desmadres por los
próximos dos años, cuando llegue al fin su término de
director del asilo de locos en Washington y en la
Oficina de Intereses, la sucursal yanqui de enfermos
mentales.
El pueblo cubano no
se contagiará. Sus avances científicos han descubierto
que el antídoto contra la imbecilidad consiste de una
buena dosis de integridad y de respeto recetada en
conjunto con la solidaridad mundial. Funciona a las mil
maravillas y trastorna más aún al descocado de la Casa
Blanca y a los imbecilitos de los letreritos lumínicos.
Cuando desaparezca
del escenario la Oficina de Intereses Desenfrenados
volveré a Cuba con Ángela. Se sentirá feliz. Orgullosa.
En vez del esperpento yanqui, en su lugar se levantará
un acogedor, espectacular monumento a la belleza y
soberanía de la Revolución y del pueblo cubano. |