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Los movimientos de
renovación en la cultura siempre se han abierto paso con
dificultad ante los estorbos que la tradición erige
contra la innovación. Han sido necesarias grandes
batallas del pensamiento, que a veces han asumido la
forma de una mascarada con el fin de despertar el ánimo
de los auditorios y convocar su atención. A inicios del
siglo XX el dadaísmo, el surrealismo y el cubismo
representaron grandes giros de la creatividad y se
impusieron pese al rechazo de las rutinas y el miedo a
las transformaciones.
Para suscitar el
interés sobre su doctrina los surrealistas acudieron a
recursos extremos. André Breton y Louis Aragon ofrecían
conferencias que comenzaban con solemnidad. Al cabo de
un rato, seis o siete del grupo surrealista diseminados
en el público comenzaban a gritar mientras sonaban
campanas y redoblaban tambores, a veces soltaban globos
de colores en la audiencia y los atacaban con cuchillos.
Phillipe Soupault estrenó una pieza teatral en la cual
los personajes hablaban de manera inconexa, sin
relacionar una frase con la de su interlocutor, mucho
antes de Ionesco.
Ribémont-Dessaignes
ofreció una charla que consistía en una arenga contra el
público presente y terminaba cuando algunos de sus
cómplices lo envolvían en una lluvia de huevos podridos
y tomates. El Dadá acostumbraba poner en escena obras
teatrales que consistían en un proceso legal contra
algunas de las más notables figuras de la vida política
del país. Los testigos concurrían protegidos con
máscaras antigás y cubiertos de lodo y mugre.
Benjamín Peret
gustaba gritar en las solemnes ceremonias de estado
“¡Vivan Francia y las papas fritas!” Soupault llegó a
ofrecer una conferencia que consistió en la lectura de
diversos menús de los restaurantes de París. Francis
Picabia leyó en su teatro su Manifiesto Caníbal. Marcel
Duchamp exponía sus “ready-made” hechos con basura,
fragmentos de máquinas, maniquíes y andrajos. Los
surrealistas se aficionaron a los filmes del oeste de la
época silente que estimaban dotados de una singular
poesía. Los “spirituals” y el jazz, las esculturas
africanas y Chaplin marcaban el gusto de los
revolucionarios creadores.
Gala, la esposa rusa
de Paul Eluard —que más tarde sería la mujer de Dalí—,
inició una relación con Max Ernst que consentía este
triángulo amoroso compartiendo el mismo techo. Eran el
ejemplo del amor nuevo. Pero la aparente amoralidad era
epidérmica. Soupault llevó a Breton a un burdel de dónde
salió espantado por la liviandad de costumbres de las
prostitutas que lastimó su sensibilidad. Cuando se
produjo la ruptura entre Tzara y Breton este hizo
publicar anuncios en los diarios de París denunciando al
rumano como “un impostor ávido de publicidad”. Los
partidarios de ambos se enfrentaron en tumultuosas riñas
a trompadas en diversos actos culturales. Breton
proclamó el Dadá como “una moda pasajera”. Al estrenar
Tzara una pieza teatral Breton subió al escenario y la
emprendió a bastonazos contra los actores, llegando a
quebrarle el brazo a uno de ellos.
Eric Satie componía
la “Tres piezas en forma de pera” y las “Gimnopédicas”.
Man Ray exponía sus rayogramas, Alfred Jarry lanzaba su
“Ubu roi”, la Mona Lisa era engalanada con un espeso
bigote, todo lo cual, unido a los collages de Arp
y los caligramas de Apollinaire, constituían parte de
las osadías formales de aquellos jóvenes que estaban
decididos a todo con tal de introducirse,
escandalosamente si fuere necesario, en un medio
cultural competitivo y de dificultosa inserción.
El punto de partida
de aquella gran rebelión fue la guerra mundial que
condujo a una carnicería entre 1914 y 1918. Reaccionaron
contra la hipocresía patriotera y lograron modificar
nuestra manera de mirar el mundo, un teléfono pudo
convertirse en langosta y un reloj doblarse como una
melcocha, la espalda de una mujer podía ser vista como
un cello. El erotismo y la blasfemia alcanzaron
categorías de códigos de interpretación de la realidad.
Para ello fue necesario que mintieran, escandalizaran,
acudieran a la algarabía y el estruendo para hacerse
notar y denunciar aquella carcomida sociedad que los
había conducido a desangrarse. |