Año IV
La Habana
2006

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Arte y Espectáculo
La batalla de los ismos
Lisandro Otero
La Habana


Los movimientos de renovación en la cultura siempre se han abierto paso con dificultad ante los estorbos que la tradición erige contra la innovación. Han sido necesarias grandes batallas del pensamiento, que a veces han asumido la forma de una mascarada con el fin de despertar el ánimo de los auditorios y convocar su atención. A inicios del siglo XX el dadaísmo, el surrealismo y el cubismo representaron grandes giros de la creatividad y se impusieron pese al rechazo de las rutinas y el miedo a las transformaciones.

Para suscitar el interés sobre su doctrina los surrealistas acudieron a recursos extremos. André Breton y Louis Aragon ofrecían conferencias que comenzaban con solemnidad. Al cabo de un rato, seis o siete del grupo surrealista diseminados en el público comenzaban a gritar mientras sonaban campanas y redoblaban tambores, a veces soltaban globos de colores en la audiencia y los atacaban con cuchillos. Phillipe Soupault estrenó una pieza teatral en la cual los personajes hablaban de manera inconexa, sin relacionar una frase con la de su interlocutor, mucho antes de Ionesco.

Ribémont-Dessaignes ofreció una charla que consistía en una arenga contra el público presente y terminaba cuando algunos de sus cómplices lo envolvían en una lluvia de huevos podridos y tomates. El Dadá acostumbraba poner en escena obras teatrales que consistían en un proceso legal contra algunas de las más notables figuras de la vida política del país. Los testigos concurrían protegidos con máscaras antigás y cubiertos de lodo y mugre.

Benjamín Peret gustaba gritar en las solemnes ceremonias de estado “¡Vivan Francia y las papas fritas!” Soupault llegó a ofrecer una conferencia que consistió en la lectura de diversos menús de los restaurantes de París. Francis Picabia leyó en su teatro su Manifiesto Caníbal. Marcel Duchamp exponía sus “ready-made” hechos con basura, fragmentos de máquinas, maniquíes y andrajos. Los surrealistas se aficionaron a los filmes del oeste de la época silente que estimaban dotados de una singular poesía. Los “spirituals” y el jazz, las esculturas africanas y Chaplin marcaban el gusto de los revolucionarios creadores.

Gala, la esposa rusa de Paul Eluard —que más tarde sería la mujer de Dalí—, inició una relación con Max Ernst que consentía este triángulo amoroso compartiendo el mismo techo. Eran el ejemplo del amor nuevo. Pero la aparente amoralidad era epidérmica. Soupault llevó a Breton a un burdel de dónde salió espantado por la liviandad de costumbres de las prostitutas que lastimó su sensibilidad. Cuando se produjo la ruptura entre Tzara y Breton este hizo publicar anuncios en los diarios de París denunciando al rumano como “un impostor ávido de publicidad”. Los partidarios de ambos se enfrentaron en tumultuosas riñas a trompadas en diversos actos culturales. Breton proclamó el Dadá como “una moda pasajera”. Al estrenar Tzara una pieza teatral Breton subió al escenario y la emprendió a bastonazos contra los actores, llegando a quebrarle el brazo a uno de ellos.

Eric Satie componía la “Tres piezas en forma de pera” y las “Gimnopédicas”. Man Ray exponía sus rayogramas, Alfred Jarry lanzaba su “Ubu roi”, la Mona Lisa era engalanada con un espeso bigote, todo lo cual, unido a los collages de Arp y los caligramas de Apollinaire, constituían parte de las osadías formales de aquellos jóvenes que estaban decididos a todo con tal de introducirse, escandalosamente si fuere necesario, en un medio cultural competitivo y de dificultosa inserción.

El punto de partida de aquella gran rebelión fue la guerra mundial que condujo a una carnicería entre 1914 y 1918. Reaccionaron contra la hipocresía patriotera y lograron modificar nuestra manera de mirar el mundo, un teléfono pudo convertirse en langosta y un reloj doblarse como una melcocha, la espalda de una mujer podía ser vista como un cello. El erotismo y la blasfemia alcanzaron categorías de códigos de interpretación de la realidad. Para ello fue necesario que mintieran, escandalizaran, acudieran a la algarabía y el estruendo para hacerse notar y denunciar aquella carcomida sociedad que los había conducido a desangrarse.

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