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¡Yo soy el que de bloques hecho pedazos
hago surgir a fuerza de martillazos
las impecables curvas de la Afrodita.
(El escultor, 1903)
Desde su foto nos
mira con aire inquieto.
El retrato parece
sacado de un retablo de un siglo antes de haberse hecho.
Mirando la imagen detenidamente pudiera escucharse la
voz que reclama: ¡Estuve! ¡Fui, a pesar de todo! Sin
embargo, algunos afirman que es el poeta cubano más
representativo de su tiempo, en momentos en que Julián
del Casal era aún la estrella más rutilante del
Modernismo.
Max Henríquez Ureña,
reseñando una colección de poesía, publicada en 1904
bajo el título de “Arpas Cubanas”, reconocía su
inclusión como un heraldo de espíritu nuevo, porque a su
juicio representaba dentro de la poesía nacional del
nuevo siglo “la prolongación del sentimiento estético de
Casal”, aunque “en materia de combinaciones y metros
nuevos no fue más lejos que el propio Casal: sus
preferencias se limitaban al frecuente uso del
dodecasílabo de seguidilla”.
Pero la muerte,
llegada en plena juventud, malogró todo lo que se
anunciaba en el lírico René López. Otro estudioso,
intentando matizar los mortales estragos que la vida
bohemia provocó en el joven poeta, dejó escrito de un
modo ruborosamente tangencial que: “Una camaradería
alentadora en redacciones, y tertulias, con valores
jóvenes del momento, le esperaba; pero igualmente le
acechaban atracciones de goces traicioneros que
rápidamente liquidaron su existencia”.
Se ha dicho que el
suyo fue un caso muy parecido al de ese portento
intelectual llamado Juana Borrero, en cuanto a los
mismos principios estéticos de Casal, y aunque sus
versos “no seguían formas métricas audaces, ni llega a
las policromías ni a las voluptuosidades paganas del
modernismo”, poseen novedad y aristocracia en el
pensamiento.
Nació René López en
La Habana de 1884 y su familia lo envió oportunamente a
estudiar a Cataluña, a Barcelona, donde obtuvo parte de
su mejor preparación; pero de regreso a Cuba el clásico
conflicto doméstico del hijo incomprendido entre el amor
delirante de la madre y la “autoridad inflexible del
rico tabacalero que era su padre”, provocaron
posiblemente todas las rupturas. La muerte de la madre
fue el detonador de todas las inconsecuencias.
Oh! Barcos que
pasáis en la alta noche
por la azul epidermis de los mares,
con vuestras rojas luces que palpitan
al ósculo levísimo del aire.
Del libro de mi
vida sois las páginas,
escritas con suspiros y con sangre,
la pluma del Dolor trazó sus letras,
la desesperación grabó sus frases…
“Barcos que pasan”
fue su obra máxima y en ella han visto toda la serenidad
espiritual de que era capaz.
En cambio, en su
poema “Versos de Orgía” reflejó toda la explosiva
amalgama de pasiones que vivió, “entre profundos dolores
de su peregrinaje social” y las adicciones a la drogas.
Mujeres risueñas
que piden abrazos
poned en mi pecho de olvido una flor
¡la vida es muy triste, la vida es muy larga!
¡la noche en el alma su manto extendió!
Toda su obra esta
recogida en periódicos y revistas. Cuando murió, sin
haber cumplido los treinta, no había publicado libro
alguno. |