Año IV
La Habana
2006

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René López
Del libro de mi vida
Josefina Ortega
La Habana


¡Yo soy el que de bloques hecho pedazos
hago surgir a fuerza de martillazos
las impecables curvas de la Afrodita.
(El escultor, 1903)

Desde su foto nos mira con aire inquieto.

El retrato parece sacado de un retablo de un siglo antes de haberse hecho. Mirando la imagen detenidamente pudiera escucharse la voz que reclama: ¡Estuve! ¡Fui, a pesar de todo! Sin embargo, algunos afirman que es el poeta cubano más representativo de su tiempo, en momentos en que Julián del Casal era aún la estrella más rutilante del Modernismo.

Max Henríquez Ureña, reseñando una colección de poesía, publicada en 1904 bajo el título de “Arpas Cubanas”, reconocía su inclusión como un heraldo de espíritu nuevo, porque a su juicio representaba dentro de la poesía nacional del nuevo siglo “la prolongación del sentimiento estético de Casal”, aunque “en materia de combinaciones y metros nuevos no fue más lejos que el propio Casal: sus preferencias se limitaban al frecuente uso del dodecasílabo de seguidilla”.

Pero la muerte, llegada en plena juventud, malogró todo lo que se anunciaba en el lírico René López. Otro estudioso, intentando matizar los mortales estragos que la vida bohemia provocó en el joven poeta, dejó escrito de un modo ruborosamente tangencial que: “Una camaradería alentadora en redacciones, y tertulias, con valores jóvenes del momento, le esperaba; pero igualmente le acechaban atracciones de goces traicioneros que rápidamente liquidaron su existencia”.

Se ha dicho que el suyo fue un caso muy parecido al de ese portento intelectual llamado Juana Borrero, en cuanto a los mismos principios estéticos de Casal, y aunque sus versos “no seguían formas métricas audaces, ni llega a las policromías ni a las voluptuosidades paganas del modernismo”, poseen novedad y aristocracia en el pensamiento.

Nació René López en La Habana de 1884 y su familia lo envió oportunamente a estudiar a Cataluña, a Barcelona, donde obtuvo parte de su mejor preparación; pero de regreso a Cuba el clásico conflicto doméstico del hijo incomprendido entre el amor delirante de la madre y la “autoridad inflexible del rico tabacalero que era su padre”, provocaron posiblemente todas las rupturas. La muerte de la madre fue el detonador de todas las inconsecuencias.

Oh! Barcos que pasáis en la alta noche
por la azul epidermis de los mares,
con vuestras rojas luces que palpitan
al ósculo levísimo del aire.

Del libro de mi vida sois las páginas,
escritas con suspiros y con sangre,
la pluma del Dolor trazó sus letras,
la desesperación grabó sus frases…

“Barcos que pasan” fue su obra máxima y en ella han visto toda la serenidad espiritual de que era capaz.

En cambio, en su poema “Versos de Orgía” reflejó toda la explosiva amalgama de pasiones que vivió, “entre profundos dolores de su peregrinaje social” y las adicciones a la drogas.

Mujeres risueñas que piden abrazos
poned en mi pecho de olvido una flor
¡la vida es muy triste, la vida es muy larga!
¡la noche en el alma su manto extendió!

Toda su obra esta recogida en periódicos y revistas. Cuando murió, sin haber cumplido los treinta, no había publicado libro alguno.

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