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Mi
suegro, Miguel Ángel Oro, natural de Las Mantecas, un
pueblito de Holguín, ganó tan grande fama con sus
dulces, pasaron de boca en boca tantos y tantos
platillos salidos de su pendenciera imaginería, que
hasta unos encopetados funcionarios de una prestigiosa
firma francesa de confituras fueron a visitarlo con la
propuesta de un jugoso contrato de trabajo que el viejo
rechazó, alegando su inviolable compromiso con la tierra
que albergaba la más pingüe plantación de calabazas
chinas de toda Cuba, por supuesto, sembradas por él.
Mi suegra
siempre le reprochó la decisión, y aunque le juró por
todos los santos que en su ausencia ella misma atendería
a las dichosas calabazas con el más denodado esmero,
mientras él se ganara los pesos allende los mares. No
hubo manera de sacar a Oro de sus trece, y acabó Teresa
por no contradecir al patriarca, como hacen las mujeres
virtuosas en todo viejo matrimonio de buenas costumbres.
Lo cierto,
señores, es que el hecho de ser yo, esposo de su hija
primogénita y padre de su único nieto macho, me permitió
espiar al celoso anciano en sus quehaceres culinarios
sin levantar sospechas. De ahí que le pudiera coger la
chapa a muchas recetas suyas.
Ahora que por
los años el hombre se ha amerengado un poco, me atreví a
pedirle autorización para publicar en mi libro de cocina
la receta del dulce de calabaza china y él, riéndose
socarronamente, me ha dicho que esa receta es más vieja
que la humedad y que para colmo no es de su autoría.
Viéndome mi suegro algo contrariado por la noticia, me
aseguró que, a todas estas, no existe en Cuba un
repostero que se le pare al lado, con una versión que
compita con la suya.
Para no hacerles
el cuento más largo de lo que ya está, que parece un
real de tripa: escoge dos calabazas chinas de las más
sazonas que encuentres, pélalas y sácales tripaje y
semillas. Luego prepara un agua de cal fuerte y mete en
ella los trozos picados medianitos durante tres días.
Transcurrido ese tiempo, sácalos y dales un enjuague.
Luego un hervor botando esa agua y, en ese punto, coge
una cazuela amplia y tira azúcar blanca, cáscara de
limón, tres clavos de olor, un chorrito de vino blanco,
agua, y los trozos de calabaza china. Ponlos a la
candela y de cuando en cuando revuelve para que, una vez
cogido el punto, se azucare el almíbar y le dé esa
textura magnifica de corteza dura, mientras, por dentro,
se revela como una pasta dulce de increíble suavidad.
Pon a enfriar el
asunto, polvoréale canela para darle carácter y ya está
la cosa.
Se me ha
ocurrido regalarles esta receta porque, aunque ya la
conocía de atrás, realmente hacía tiempo que no me
recreaba el paladar con ella y resulta que, pasando por
un agromercado en Alamar, me topé con un vendedor
ambulante que las traía, pregón mediante, y aquello
provocaba en las personas el mayor asombro, por puro
desconocimiento del manjar, claro que mayor asombro
causó mi glotonería, porque no me despegué del susodicho
calabacero hasta casi haber agotado una cuarta parte de
su mercancía, y eso, porque la billetera se me quedó
flaca. |