Año IV
La Habana
2006

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¿DÓNDE QUIERES QUE TE PONGA EL PLATO?
Dulce de Calabaza China
El Guajiro de El Crucero


Mi suegro, Miguel Ángel Oro, natural de Las Mantecas, un pueblito de Holguín, ganó tan grande fama con sus dulces, pasaron de boca en boca tantos y tantos platillos salidos de su pendenciera imaginería, que hasta unos encopetados funcionarios de una prestigiosa firma francesa de confituras fueron a visitarlo con la propuesta de un jugoso contrato de trabajo que el viejo rechazó, alegando su inviolable compromiso con la tierra que albergaba la más pingüe plantación de calabazas chinas de toda Cuba, por supuesto, sembradas por él.

Mi suegra siempre le reprochó la decisión, y aunque le juró por todos los santos que en su ausencia ella misma atendería a las dichosas calabazas con el más denodado esmero, mientras él se ganara los pesos allende los mares. No hubo manera de sacar a Oro de sus trece, y acabó Teresa por no contradecir al patriarca, como hacen las mujeres virtuosas en todo viejo matrimonio de buenas costumbres.

Lo cierto, señores, es que el hecho de ser yo, esposo de su hija primogénita y padre de su único nieto macho, me permitió espiar al celoso anciano en sus quehaceres culinarios sin levantar sospechas. De ahí que le pudiera coger la chapa a muchas recetas suyas.

Ahora que por los años el hombre se ha amerengado un poco, me atreví a pedirle autorización para publicar en mi libro de cocina la receta del dulce de calabaza china y él, riéndose socarronamente, me ha dicho que esa receta es más vieja que la humedad y que para colmo no es de su autoría. Viéndome mi suegro algo contrariado por la noticia, me aseguró que, a todas estas, no existe en Cuba un repostero que se le pare al lado, con una versión que compita con la suya.

Para no hacerles el cuento más largo de lo que ya está, que parece un real de tripa: escoge dos calabazas chinas de las más sazonas que encuentres, pélalas y sácales tripaje y semillas. Luego prepara un agua de cal fuerte y mete en ella los trozos picados medianitos durante tres días. Transcurrido ese tiempo, sácalos y dales un enjuague. Luego un hervor botando esa agua y, en ese punto, coge una cazuela amplia y tira azúcar blanca, cáscara de limón, tres clavos de olor, un chorrito de vino blanco, agua, y los trozos de calabaza china. Ponlos a la candela y de cuando en cuando revuelve para que, una vez cogido el punto, se azucare el almíbar y le dé esa textura magnifica de corteza dura, mientras, por dentro, se revela como una pasta dulce de increíble suavidad.

Pon a enfriar el asunto, polvoréale canela para darle carácter y ya está la cosa.

Se me ha ocurrido regalarles esta receta porque, aunque ya la conocía de atrás, realmente hacía tiempo que no me recreaba el paladar con ella y resulta que, pasando por un agromercado en Alamar, me topé con un vendedor ambulante que las traía, pregón mediante, y aquello provocaba en las personas el mayor asombro, por puro desconocimiento del manjar, claro que mayor asombro causó mi glotonería, porque no me despegué del susodicho calabacero hasta casi haber agotado una cuarta parte de su mercancía, y eso, porque la billetera se me quedó flaca.          

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