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Domingo 28
días de octubre.
(...) fue de allí en demanda de la Isla de cuba al
sursudueste de la tierra della mas cercana y entro en un
rio muy hermoso y muy sin peligro de bajas ni otros
inconvenientes (:..) diz que gran placer ver aquellas
Verduras y arboledas y de las aves que no podia dejallas
para se volver. Dice que es aquella Isla la mas hermosa
que ojos hayan visto: llena de muy buenos puertos y rios
hondos y la mar que parecia que nunca se debia de alzar.
Transcribo
literalmente del Almirante de la Mar Océana las
impresiones del encuentro con la isla reconocida más
tarde como mayor de las Antillas, escritas en su
lengua difícil de genovés, asentado primero en
Portugal para luego ir a España y convencer a los
monarcas de que apoyaran su aventura de buscar las
Indias más allá de los límites conocidos de la Mar
Tenebrosa.
Así recoge en su
Diario de Navegación, con una mezcla de castellano
rudimentario, italiano, portugués, catalán y hasta la
jerga levantisca del Mediterráneo y la agreste
palabrería de la gente de mar, el momento de 1492 en que
escaparía de sus adentros maravillados la frase que
fundaría para siempre el orgullo de los nacidos en Cuba.
En su cuaderno de
bitácora hizo Cristóbal Colón un registro exhaustivo de
las tierras halladas en aquel primer viaje, dando pie a
que los europeos nombraran aquel acontecimiento
histórico como “el Descubrimiento”, mientras los nativos
de este costado del Atlántico no cesamos de preguntarnos
quién descubrió a quién, o si no había ya por acá
suficiente tierra “descubierta” y habitada por quechuas,
incas y aztecas .
Ahora un fragmento de
ese histórico documento, los papeles fechados entre el
27 de octubre y el 5 de “diziembre” que dan cuenta de
sus andanzas por los alrededores de “la isla hermosa”,
quedan a disposición de todos los amantes de la
Historia, rescatados por la publicación bajo el sello de
la Editora Abril de El primer viaje de Cristóbal
Colón a Cuba.
Arduo trabajo, y
exquisito, el de sus autores Miguel Esquivel Pérez y
Cosme Casals Corrella, al entregarnos una versión
prolijamente anotada, a partir de la revisión hecha por
Bartolomé de las Casas para su Historia Natural de
las Indias, toda vez que el Diario original se ha
perdido.
Con el enfoque de sus
respectivas especialidades —biólogo, Miguel; y Cosme,
geólogo— y el aporte de dos investigadores cubanos
eminentes, el arqueólogo José Manuel Guarch y el
antropólogo Manuel Rivero de la Calle, logran desenredar
la madeja de ignorancias y equívocos que el propio Colón
tejió en su delirio de forzar que se paseaba por las
Indias y no por un Nuevo Mundo. De modo que ellos nos
ayudan a identificar con claridad las especies de fauna
y flora o los accidentes geográficos con que se topara
el marino genovés. Además despejar las incógnitas sobre
el hallazgo del tabaco y comprobar una vez la teoría de
que fue Bariay y no Gibara, como se pensó hasta entrado
el siglo XX, el sitio del primer desembarco en la Isla.
También nos revelan
ellos “la dimensión antropológica y social” del
Diario, por su detallada descripción de los
aborígenes cubanos; lo cual, de paso, nos hace recordar
la aseveración del historiador colombiano Germán
Arciniegas de que la sociología no se inició en Europa
con Augusto Comte sino que la inventaron en América los
cronistas de Indias.
Al
gran valor que para cualquier estudioso o simple lector
curioso tendrá este volumen, contribuyen los preciosos
prólogos de José Manuel Guarch y Eusebio Leal Spengler,
Historiador de la Ciudad de La Habana; y sus anexos,
entre los que se incluye una biografía de Cristóbal
Colón, la carta que este dirigiera a Luis de Santangel,
escribano de los Reyes Católicos y una relación de los
marineros que se embarcaron en la travesía de las tres
carabelas.
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