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Hay mucha gente que me pregunta repetidamente de dónde
saco la información para mis artículos. Para ahorrar
energía o tiempo, que en última instancia son lo mismo,
intentaré escribir un artículo en respuesta a tal
inquietud.
En realidad no
hay ningún misterio. La respuesta simple es que
obtengo la información de la misma fuente que todos.
¿De dónde más podría obtenerla? Pero para una
respuesta apropiada, satisfactoria, se requiere
también una pregunta oportuna.
Y en este caso la
pregunta es: ¿cómo organizo o metabolizo esa información
para que dé tales resultados? Una vez más la respuesta
es simple. Realizo el mismo proceso mental que todos, no
conozco ningún otro.
Si lo dejo así me
dirán que muchas gracias por dejarlos igual que al
principio.Por tanto intentaré describir un proceso que
por natural resulta difícil de poner en formas o
palabras. Lo más simple es lo más complejo de explicar.
Todo proceso físico o mental es un ejercicio. Y como
todo ejercicio gana capacidad, se enriquece y desarrolla
a medida que lo repites. Pero para que lo afrontes con
la decisión y permanencia apropiada, has de comprender
cuán valiosa y significativa resulta esa función en tu
vida cotidiana.
El proceso de
comprender y decidir es el centro de la vida voluntaria
humana, y en su punto más elevado conecta también con
las funciones involuntarias y se sincroniza con la
intuición o inteligencia emocional. Esta funciona a
mucha mayor velocidad que el proceso racional reflexivo,
porque sintetiza diferencias en lugar de
complementarlas, y por tanto es mucho más apta para
guiar a la acción. Un detalle fundamental es que una vez
que llegas a una conclusión es necesario,
imprescindible, que la ejecutes o conductualices
fielmente. Con esto ya estoy dejando en claro que un
proceso intelectual tiene por finalidad guiar, dar
dirección a la acción y solo en ella se completa, a la
vez que de ella se alimenta.
Un proceso
intelectual que no conduce o concluye en acción
transformadora del operador y su entorno aborta, se
ensimisma o aliena. Por decirlo en criollo o castellano
popular, es una especie de masturbación mental, es una
superestructura o elefantiasis intelectual, una inercia
sobredesarrollada que opera en detrimento de las demás
funciones, y solo gira y gira en círculos.
En todo caso
comprendamos que no se trata de criticar a los
intelectuales, porque que yo sepa todos somos
intelectuales, aunque unos lo usemos, desarrollemos o
prioricemos, más o menos que otros. Podrá alegarse que
traemos esa tendencia genética o hereditariamente, o que
el injusto acceso a una educación que además trata a
todos como si fuésemos un solo paquete, es el motivo de
tal denominación de intelectuales cargada de cierto
orgullo de superioridad.
Se trata más bien de
comprender que el creerse superior no significa nada y
es simplemente una compensación imaginaria, si no
conlleva alegría y felicidad de vivir compartida con mi
entorno cotidiano, es decir, el aprender y crecer
juntos. Ser un intelectual o lo que sea, no significa
nada. Lo que sí significa algo es cómo uso esa o
cualquier otra herramienta. Un avión puede servir para
lanzar bombas, alimentos o medicamentos. Un sentimiento
religioso puede ser el motivo de una guerra santa o el
fundamento de la unidad de un pueblo. ¿Dónde está, pues,
lo malo o lo bueno?
Convengamos, aunque a
algunos pueda dolernos, en que el intelecto humano es un
niño que aún gatea e intenta dificultosamente ponerse de
pie. Es una mirada que despierta aún confusa, de siglos
de dogmático letargo y superstición, de persecución y
hogueras inquisitorias.
No es tan difícil de
entender, por tanto, que le cueste salir de su torre de
marfil de laberínticos juegos imaginarios, para bajar a
compartir la realidad de un cuerpo con necesidades. Para
darse cuenta de que ha llegado el momento de reconocer y
asumir la responsabilidad de ser el director de ese
portentoso poder de transformación de la realidad, la
acción o la conducta humana.
Zambulléndonos en la
historia
Un ser vivo genera
continua energía. Vivir es relación en equilibrio
inestable, en la que se generan continuas tensiones que
has de equilibrar. Con el tiempo muchos de esos sistemas
de tensiones, por falta de habilidad, se fijan, dan
señal continua. Vivir ingenuamente genera
inevitablemente una sobretensión creciente que altera la
siquis y llega hasta la somatización.
Por tanto, si vamos a
sumergirnos en el curso o flujo de la historia, hay que
partir de que lo hacemos desde una problemática
cotidiana, desde un sistema de tensiones, expectativas,
deseos, que buscan resolución.
Así, nuestro punto de
interés o de vista estará precondicionado o determinado
desde el mismo principio. Por tanto varios
investigadores de la misma escena histórica, que es algo
así como una holografía, la percibirán desde enfoques
interesados sutil o abismalmente diferentes, porque
concientes o no están buscando respuestas a una
problemática precisa.
Supongamos que yo
estoy preocupado por la revolución en ciernes, por el
nuevo mundo posible que crece en el clamor popular.
Entonces debo ubicar un ciclo histórico similar que me
pueda servir de orientación. Digamos que encuentro el
más cercano y de mayor disponibilidad de información en
la transición medioevo-renacimiento.
Allí descubro que
hacían los mismos viajes en el tiempo que yo. Se
sumergían en la historia e iban abrevar a las fuentes de
información greco-romana, que sentó lo que llamaron
humanitas. Las artes y letras necesarias a la
formación de la personalidad, educación cual requisito
indispensable para aprender a convivir civilizadamente.
Me entero que de
ellos heredamos los fundamentos de la democracia y el
derecho romano, y que tras la caída de su imperio
sobrevinieron siglos de profundo letargo y oscurantismo
intelectual. Aprendo que en aquella época la cosmovisión
era estática. La tierra era el centro del universo que
giraba en torno a ella, y pragmáticamente quisieron que
las llamas de la santa inquisición lamieran el cuerpito
de Copérnico por demostrar lo contrario. Pero no solo
eso era estático. La gente nacía y moría en señoriales
feudos sin moverse más que unos kilómetros a la redonda.
Los hijos heredaban el oficio de sus padres y estaban
sujetos a ellos hasta que morían. El comercio era
prácticamente nulo. Ni siquiera el viento osaba moverse
sino dentro de los límites de aquel pensamiento
antropomórfico y dogmático que señoreó la Tierra.
En medio de aquel
estático y enrarecido escenario renace el sueño
colectivo de la nueva tierra que impulsa a Colón a
montarse en unas cascaritas de nuez, para enfrentarse al
bravío mar que allá en el horizonte de ese mundo plano,
chato, caía en insondables abismos sin fin. Todo lo que
allí osara llegar era tragado por las fauces de la más
enorme de las bestias de incontables cabezas, para vivir
en su oscuro vientre entre fuegos de continua digestión,
por los siglos de los siglos, amén.
Cuando respiro
aquella extraña atmósfera comienzo a vivir intensamente
la incierta travesía que, pese a todas las
probabilidades en contra, llegó a destino cierto. Si a
todo ello le sumamos que la única tripulación que
consiguió fueron ignorantes y supersticiosos condenados
a muerte, que solo a cambio del perdón aceptaron
acompañarlo; la falta de alimentos, agua, enfermedades y
continuos amotinamientos que aumentaban al pasar los
días, semanas y meses sin señales de tierra,
comenzaremos a hacernos una idea de lo que fue aquella
hazaña y qué clase de fuerza pudo impulsarla.
Viviendo
profundamente aquella hazaña quedo imbuido de la gran
fuerza de vida que habita en el ser humano. Lo arranca
de las entrañas de un pasado de supersticiones
proyectándolo al futuro en pos de un imposible, incierto
sueño, que solo en alas de esa fuerza puede atreverse a
emprender.
Entonces vuelvo al
presente y sin más me resulta evidente que a la inercia
o arrastre del pasado siempre le resultará atemorizante,
paralizante, lo nuevo, lo desconocido, y despertarán
todos los fantasmas del temor, todas las supersticiones
que fluyen a flor de piel.
Las superestructuras
intelectuales de que hablábamos al principio son parte
de esa inercia o parálisis, de esa resistencia a
moverse, a avanzar Típicos de estas encrucijadas
históricas son el nihilismo, estoicismo, epicureismo.
Representaciones intelectuales de la pérdida de
dirección, de la falta de confianza en la vida.
Lo nuevo por
naturaleza es desconocido, y jamás será el solo
esclarecimiento intelectual el que genere la fuerza para
avanzar en pos del nuevo sueño. Necesitamos un motor o
fuerza mucho más poderosa. Necesitamos de la fe puesta
al servicio de la vida, de lo que ya palpita y aspira a
nacer. Una fe libre de dogmatismos o fundamentalismos,
que solo generan fanatismos.
Aquí nos despedimos,
compañeros, esperando que hayan disfrutado la aventura.
No me queda más que reiterar que este es el simple
resultado del ejercicio y desarrollo del proceso mental
habitual, que realizamos todos cada día para tomar una
decisión. Nos demos cuenta o no, en relampagueantes
instantes nos sumergimos en una copresencia de
información de memoria y nos proyectamos fulgurantes en
la imaginación al futuro, no una sino cientos, miles de
veces por cada decisión significativa que tomamos.
Es importante caer en
cuenta de que hay una intención que condiciona desde el
mismo principio todo el proceso. Podríamos decir que
veré o encontraré lo que quiera ver. Así que es
fundamental la sinceridad conmigo mismo, sin jugar con
dobles intenciones o prejuicios.
Y para finalizar, de
nada me sirven mis conclusiones si no las llevo
fielmente a la acción, si no hago coherente mi mundo
interno con el externo. Por tanto estamos hablando de
una forma integral de vida ejercitada, desarrollada,
optimizada conciente e intencionalmente. En síntesis,
vivir atenta y sensiblemente, utilizando al máximo todas
las capacidades naturales de que disponemos.
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