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La Habana

4 al 10 de MARZO
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El concierto de Manu Chao
y los tembas de la bandera

César Gómez Chacón La Habana
Fotos: Iván Soca, Alejandro Ramírez y AleMan


¿Donde está mi bandera cubana, la bandera más bella que existe…?

Bonifacio Byrne

Apenas este miércoles 1ro de marzo, y como pasa casi siempre en estos casos, sin ponernos de acuerdo, nos fuimos reuniendo cerca del escenario de la Tribuna Antimperialista ese grupo de hombres y mujeres que por más de veinte años tratamos de no perdemos ningún concierto de los músicos que nos hacen pensar y disfrutar.

Por ahí andamos todavía cocinando sueños, amando utopías, intentando poemas útiles, y prendidos a nuestros pitusas desteñidos, a los pulóveres con barriga e imágenes de Lennon y el Che… y sumando a las cabezas nuevos atuendos que nos sirven para tapar el sol, la lluvia, y ahora las inevitables calvicies, acusadoras de una vejez que avanza solo por fuera.

Somos aquellos mismos que en los ochenta repletamos la Escalinata de la Universidad, el estadio universitario, el Latino y cuanto escenario habanero daba espacio a Silvio, Pablo, Sara, Noel, Amaury, Vicente y Santiaguito Feliú; a Moncada, Mayohuacán, Manguaré, Mezcla, Síntesis… todos aquellos músicos y agrupaciones de la Nueva Trova, que por esa época comenzaron a parir la era de los grandes conciertos de la Revolución.

La historia es tan larga, que dura hasta hoy; y a la interminable lista de artistas que seguimos, y de espacios —a veces demasiado pequeños— donde nos cobijamos, se unieron nombres como los de Amaury, el Teatro Nacional, Carlos Varela, el Karl Marx, Gerardo Alfonso, el Almendares, Gema, La Madriguera, Inti, el Centro Pablo, Frank Delgado, el Barbarán, el Dúo Karma, La Cabaña, Buena Fe, y cualquier pedacito de suelo... luego la Tribuna Antiimperialista y muchos, muchos más.

También llegaron, pararon, y siguieron nuestros grandes de afuera: Serrat, Ana Belén, Víctor Manuel, Fito, Aute, Sabina, Chico, Mano Negra, Ojos Brujos... hasta llegar a este miércoles a Manu Chao en la Tribuna. Ya lo había dicho el francés en televisión el martes, acabadito de llegar: “es un lugar emblemático, es un gran honor actuar allí”. Y allí nos encontramos con él, y con nosotros nuevamente.

Nos acomodamos como pudimos cerca del escenario, exactamente a un lado, debajo de una tarima donde estaban las cámaras y micrófonos de la prensa extranjera.  Cerca de las nueve escuché a un amigo periodista comentar: “esto está medio vacío”, le respondí lo primero que se me ocurrió: “recuerda que un gran número de muchachos que hoy podrían estar aquí, se encuentran en los ‘pre’ en el campo… además, esto ha sido divulgado con muy poco tiempo”. Me equivoqué. Cuando comenzó el concierto, cerca de las nueve y media, había un lleno total, desde el bosque de las banderas hasta el Martí con el niño, y más allá.

Desde los primeros acordes de su Radio Bemba, Manu puso en juego mucho más que voz y oficio. Iba a ser, como lo fue, una velada memorable. Como sucede en tales circunstancias, el espectáculo principal se salió rápidamente del escenario, y se trasladó a los miles y miles de personas, en su mayoría muy jóvenes, que bailábamos, saltábamos y coreábamos las canciones del músico galo y su banda.

Como es habitual en la Tribuna, los estudiantes de las escuelas internacionales, que hoy se multiplican en La Habana, ocuparon desde muy temprano la parte delantera, en una suerte de espacio reservado.  Un mar de banderas de México, Nicaragua, Honduras, Venezuela, El Salvador, Chile… hacía todavía más hermosa la vista junto al escenario…

Fue entonces cuando me percaté: ¿y la cubana, dónde está mi bandera cubana?... recordé al poeta, y se lo comenté a uno de los amigos: “Fide, aquí delante no hay banderas cubanas, apenas una chirriquitica allí, que ni se ve…” Me miró serio y no me respondió.

Pensé que no me había escuchado, que lo estaba importunando con aquello; o que nuevamente me había equivocado. Pasaron unos segundos cuando el cultísimo flaco barrigón salió caminando despreocupado entre la gente, hasta que perdí de vista su sombrerito de paño. Se fue al baño, supuse, porque su mujer seguía cantando a  mi lado.

Un par de minutos después el Fide regresaba triunfante: traía en sus manos un asta de la cual colgaba una imponente bandera cubana: “la pedí ahí”, me dijo, y señaló detrás del escenario, donde están las oficinas de la Tribuna.

El resto sucedió como por magia. Sin que mediara palabra, durante las cerca de dos horas y media que duró el concierto, nosotros, los tembas y las tembas de los conciertos de la Nueva Trova, nos fuimos pasando de mano en mano aquella banderota de la estrella solitaria y —aunque pesaba muchísimo— la hicimos ondear lo más alto posible, para que ocupara su justo lugar, junto a las de los países hermanos.

No sé si se verá por televisión, aquí o acullá. Lo importante es que  allí estaba una vez más, Bonifacio, definitivamente la más bella.

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