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¿Donde está mi bandera cubana, la bandera más bella que
existe…?
Bonifacio Byrne
Apenas este
miércoles 1ro de marzo, y
como pasa casi siempre en estos casos, sin ponernos
de acuerdo, nos fuimos reuniendo cerca del escenario
de la Tribuna Antimperialista ese grupo de hombres y
mujeres que por más de veinte años tratamos de no
perdemos ningún concierto de los músicos que nos
hacen pensar y disfrutar.
Por ahí andamos
todavía cocinando sueños, amando utopías, intentando
poemas útiles, y prendidos a nuestros pitusas
desteñidos, a los pulóveres con barriga e imágenes de
Lennon y el Che… y sumando a las cabezas nuevos atuendos
que nos sirven para tapar el sol, la lluvia, y ahora las
inevitables calvicies, acusadoras de una vejez que
avanza solo por fuera.
Somos aquellos mismos
que en los ochenta repletamos la Escalinata de la
Universidad, el estadio universitario, el Latino y
cuanto escenario habanero daba espacio a Silvio, Pablo,
Sara, Noel, Amaury, Vicente y Santiaguito Feliú; a
Moncada, Mayohuacán, Manguaré, Mezcla, Síntesis… todos
aquellos músicos y agrupaciones de la Nueva Trova, que
por esa época comenzaron a parir la era de los grandes
conciertos de la Revolución.
La historia es tan
larga, que dura hasta hoy; y a la interminable lista de
artistas que seguimos, y de espacios —a veces demasiado
pequeños— donde nos cobijamos, se unieron nombres como
los de Amaury, el Teatro Nacional, Carlos Varela, el
Karl Marx, Gerardo Alfonso, el Almendares, Gema, La
Madriguera, Inti, el Centro Pablo, Frank Delgado, el
Barbarán, el Dúo Karma, La Cabaña, Buena Fe, y cualquier
pedacito de suelo... luego la Tribuna Antiimperialista y
muchos, muchos más.
También llegaron,
pararon, y siguieron nuestros grandes de afuera: Serrat,
Ana Belén, Víctor Manuel, Fito, Aute, Sabina, Chico,
Mano Negra, Ojos Brujos... hasta llegar a este miércoles
a Manu Chao en la Tribuna. Ya lo había dicho el francés
en televisión el martes, acabadito de llegar: “es un
lugar emblemático, es un gran honor actuar allí”. Y allí
nos encontramos con él, y con nosotros nuevamente.
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Nos acomodamos como
pudimos cerca del escenario, exactamente a un lado,
debajo de una tarima donde estaban las cámaras y
micrófonos de la prensa extranjera. Cerca de las nueve
escuché a un amigo periodista comentar: “esto está medio
vacío”, le respondí lo primero que se me ocurrió:
“recuerda que un gran número de muchachos que hoy
podrían estar aquí, se encuentran en los ‘pre’ en el
campo… además, esto ha sido divulgado con muy poco
tiempo”. Me equivoqué. Cuando comenzó el concierto,
cerca de las nueve y media, había un lleno total, desde
el bosque de las banderas hasta el Martí con el niño, y
más allá.
Desde los primeros
acordes de su Radio Bemba, Manu puso en juego mucho más
que voz y oficio. Iba a ser, como lo fue, una velada
memorable. Como sucede en tales circunstancias, el
espectáculo principal se salió rápidamente del
escenario, y se trasladó a los miles y miles de
personas, en su mayoría muy jóvenes, que bailábamos,
saltábamos y coreábamos las canciones del músico galo y
su banda.
Como es habitual en
la Tribuna, los estudiantes de las escuelas
internacionales, que hoy se multiplican en La Habana,
ocuparon desde muy temprano la parte delantera, en una
suerte de espacio reservado. Un mar de banderas de
México, Nicaragua, Honduras, Venezuela, El Salvador,
Chile… hacía todavía más hermosa la vista junto al
escenario…
Fue entonces cuando
me percaté: ¿y la cubana, dónde está mi bandera
cubana?... recordé al poeta, y se lo comenté a uno de
los amigos: “Fide, aquí delante no hay banderas cubanas,
apenas una chirriquitica allí, que ni se ve…” Me miró
serio y no me respondió.
Pensé que no me había
escuchado, que lo estaba importunando con aquello; o que
nuevamente me había equivocado. Pasaron unos segundos
cuando el cultísimo flaco barrigón salió caminando
despreocupado entre la gente, hasta que perdí de vista
su sombrerito de paño. Se fue al baño, supuse, porque su
mujer seguía cantando a mi lado.
Un par de minutos
después el Fide regresaba triunfante: traía en sus manos
un asta de la cual colgaba una imponente bandera cubana:
“la pedí ahí”, me dijo, y señaló detrás del escenario,
donde están las oficinas de la Tribuna.
El resto sucedió como
por magia. Sin que mediara palabra, durante las cerca de
dos horas y media que duró el concierto, nosotros, los
tembas y las tembas de los conciertos de la Nueva Trova,
nos fuimos pasando de mano en mano aquella banderota de
la estrella solitaria y —aunque pesaba muchísimo— la
hicimos ondear lo más alto posible, para que ocupara su
justo lugar, junto a las de los países hermanos.
No
sé si se verá por televisión, aquí o acullá. Lo
importante es que allí estaba una vez más, Bonifacio,
definitivamente la más bella.
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