Año IV
La Habana

4 al 10 de MARZO
de
2006

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Al maestro, cuchilladas
Hilario Rosete Silva La Habana
Fotos:
Nancy Reyes


En la última temporada del Ballet Nacional de Cuba (BNC), léase Don Quijote, acaecida en la sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana entre el 26 de enero y el 5 de febrero de 2006, nueve bailarines de la compañía hicieron de toreros “rasos”.

Tres de ellos también bailaron en la piel de Espada, mas aquí hablamos con los cinco que solo hicieron de toreros “a secas”: los miembros del cuerpo de baile Alejandro Sené, Omar Morales, José Losada, Alejandro Virelles y Dayron Vera. (Quedamos en deuda con el solista Ernesto Álvarez.)

ALEJANDRO SENÉ
Hidalguía

Alejandro Sené

Cómo califica la salida de los toreros, y cómo es el que usted representa?

Dicha salida, y en general el bailable de las capas del primer acto de Don Quijote, es un momento espectacular; reflejo del sentimiento español: para los españoles los toreros son lo máximo. Los toreros surgieron con los caballeros andantes; el Cid Campeador era torero; originalmente los lanceros eran los toreros; luego se vio que quienes los azuzaban con las capas corrían más riesgos, y estos se convirtieron en los protagonistas. Mi torero es un hombre altanero, que se sabe poderoso, capaz de enfrentarse a un toro y de mantener su porte.

¿Su torero es altanero todo el tiempo?, ¿no le teme a nada, ni a las mujeres?

Es muy probable que siempre observe ese espíritu altanero. Es un hombre valiente, seguro, que se sabe capaz de conservar el control de sí mismo, y a tal punto que no teme enfrentarse a la bestia. En modo alguno le teme a las mujeres. Se sabe atractivo para ellas, sabe que las mujeres atienden su reclamo, por lo tanto él puede darse su lugar. No requiere perseguirlas, ellas van a él. Mi torero se da valor y se respeta; no es un cualquiera. Es un hombre con sentido aristocrático, con conciencia de su valor y posición.

¿Su torero es un aristócrata?

Desde cierto punto de vista, pero no de la aristocracia francesa, refinada. Este es un hombre más fuerte, más rudo. Por eso es un personaje tan importante, en su proyección están implícitos el estilo, la vida del español. El aristócrata español es el torero; el torero es la cúspide del hombre, del macho ibérico. Hay muchas obras de arte en las que los bailarines nos apoyaríamos para formarnos nuestra concepción del torero. Hace poco estuvimos en España, rozamos el mundo de los toreros, vimos el fervor que las personas sienten por ellos. En la Plaza de toros de Madrid se alza la escultura de un torero enfrentándose a un toro que habla por sí sola.

OMAR MORALES
Arte autocrítico
 

Omar Morales

¿Está satisfecho con el torero que usted hace?

De ningún modo. A mi torero aún “le falta”; tiene buen arsenal técnico, porte, pero le resta tiempo para madurar en estilo, en carácter. Cuando estuvimos en España me detuve en estudiar, mientras veía la televisión, el modo de ser y de comportarse de los toreros, la manera en que se enfrentaban a los toros, el rictus, las muecas, los gestos del rostro, todo lo que podía indicar sus estados de ánimo: a eso me refiero cuando digo que a mi torero todavía le quedan aspectos por pulir, aunque trate de hacerlo todo lo mejor que pueda.

¿Qué cualidad humana sobresale en su torero?

Es un valiente que, en el baile/enfrentamiento con la mujer/toro, siente y disfruta el flujo de adrenalina que corre por sus venas; eso para él es excitante, aunque vale señalar que no es temerario: enfrenta el riesgo con coraje, pero no sale a buscarlo. No necesita buscar el riesgo para probarse a sí mismo su valentía.

¿Cómo se lleva con la capa?

La capa es difícil de manipular, hay que tener control sobre ella, reviste importancia: aún cuando hay una escena donde un poblador reparte unos cuchillos que evocarían las espadas que usan los toreros, la capa es el arma del torero. Por cierto, antes los cuchillos se clavaban en el piso, hoy día no, porque dañarían el linóleo. Pero más complicado que usar los cuchillos/espadas, repito, es manejar la capa. Requiere arte, no avanzaría el torero que intentara mostrarse a sí mismo y no dominara la capa. Si el torero muestra la capa con estilo, su baile y el ballet cobran vida. El modo en que el torero mueve la capa es decisivo, hay que practicarlo, estudiarlo y descubrir su secreto.

JOSÉ LOZADA
Explosividad bien vestida

José Lozada

El público ve con buenos ojos que el BNC tenga toreros negros, ¿qué dice usted?

Soy nuevo en la compañía. Estoy contento porque me dieron este personaje. La escena cubana es el reflejo de la sociedad, este matiz es una característica de nuestro arte. El asunto es responder a las exigencias técnicas, artísticas e interpretativas que exigen los diferentes papeles o roles. Ese es, precisamente, el nivel que exhibe el grupo de jóvenes bailarines que hicieron de Espadas y toreros en esta temporada.

¿Cómo usted se planteó el personaje?

Lo primero fue imaginar que era torero, que estaba en la arena de una plaza, en España, y que el toro venía a embestirme. No siento ninguna diferencia entre el combate que me toca librar con “mi” toro y el que pueda sostener Espada con el suyo: bailo como un Espada, es más, como si fuese Espada. El torero es para mí sinónimo de explosividad, y este que interpreto es un arrogante que se ve bien vestido y “se cree cosas”, se cree que es el “cheche”, el “chévere”, lo mejor que pisa la tierra...  

ALEJANDRO VIRELLES

Competencia

 

Alejandro Virelles

Háblenos de su concepción del torero, de las aficiones que dominan a su personaje.

Concibo al torero como un hombre arrogante y valiente: no todo el mundo se enfrenta a un toro y está dispuesto a enterrarle una espada llevando como única defensa una capa roja. Por acostumbrados que estemos, este es un hecho singular, una prueba de arrojo. Por demás, mi torero gusta de tener mujeres en derredor suyo como símbolo de hombría, es mujeriego.

¿Debe haber diferencias entre la concepción del torero Espada y la interpretación de los otros toreros?

Aún cuando Espada sea más profesional que sus discípulos de cuadrilla, al fin y al cabo todos son toreros, y así deben comportarse en la escena. Mi torero procede como un Espada más, con gran valor. No se permite quedarse “por debajo”, es tan valiente como el primero; por eso siento tanto respeto por los toreros, por su valentía. No sé si pudiese llegar a serlo, pero me gustaría ser torero. Pienso que el miedo se va perdiendo en la medida en que uno enfrenta al toro.

¿Cuál es el miedo que usted afronta en la escena?

El miedo a que me falle algo, miedo que está relacionado tanto con los compromisos que tengo con la mujer/toro y con el público espectador como con la responsabilidad que tengo conmigo mismo. Por cierto, aquí solo el torero Espada tiene a una mujer/toro tangible delante, el resto de los toreros tenemos que inventárnoslas.

¿Cómo se relaciona su personaje con los otros, cómo mira a Espada?

La salida de los toreros y luego todas sus variaciones son para mí una especie de competencia donde cada uno se esfuerza por resaltar entre los demás. Mi torero tiene fuerza y deseos de competir con el mismísimo Espada, no escatima esfuerzos para nivelarse con él, pero lo reconoce como su maestro, sabe que Espada es el mejor.

DAYRON VERA

Complejidad múltiple
 

Dayron Vera

¿Difieren, conceptualmente hablando, los toreros “rasos” y el Espada?

Son papeles diferentes. El torero Espada por lo general es interpretado por un bailarín de mayor categoría; pero cuando entro en escena, aunque sea el último de atrás, me creo que soy el mejor. Con esa seguridad me planteo estos personajes y procuro dar una imagen de hombre duro y recto, que tiene control sobre sí mismo.

¿Su torero es así: duro y recto?

Quizás esos sean los rasgos de su humanidad que se manifiestan cuando él está frente al toro, pero no deja de ser un ser humano múltiple, diverso en sí mismo. Ahondando en sus otras facetas, mi torero es más reflexivo o prudente que alardoso; es un hombre que, para revelar su personalidad, explota más las posturas que los propios movimientos. Digo posturas, pero también podría decir miradas: tal vez la forma en que mi torero mira a la maja, o a la Mercedes cuando encarna a Espada, no se parezca a la de ningún otro. Esa mirada encierra toda una comunicación, le estoy diciendo que aunque pueda mirar a otras, ella no dejará de ser mi mujer.

Esa forma de ser de su torero, ¿podría encerrarse en una palabra?

No me alcanzan los recursos para hallarla. Como decimos aquí, mi torero es un “cerebro”, un tipo que sabe darle a su inteligencia un viso de sensualidad y picardía. Sin embargo, repito, es difícil adjetivar su actitud: en él conviven muchos sujetos. En un momento puede ser un tipo de sangre fría; en otro instante, como ya dije, quizás trate con dureza a los demás y en ocasiones tal vez hasta se encuentre melancólico. Mi torero transita por diferentes estados de ánimo y, en consecuencia, sobre el escenario, en un mismo espectáculo, se comporta de diferentes modos. Todo esto lo propicia la actual versión de Don Quijote del BNC: hay un progreso entre el ambiente temerario de la corrida de toros del acto primero, que requiere, es una broma, “altos niveles de testosterona”, y el baile íntimo y tranquilo del tercer acto.

Conversamos con estos bravos toreros/bailarines, miembros del cuerpo de baile del BNC, de apenas 20 años como edad promedio, y recordamos el viejo adagio, “al maestro, cuchilladas”, usado cuando se corrige al que debe entender una cosa.

En la sana vanidad y presunción de estos jóvenes artistas, deseosos de hacer tanto y tan aprisa —¡y hasta mejor que su maestro!—, crece, día tras día, el porvenir de la escuela cubana de ballet.

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