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Manu Chao: un regreso siempre esperado
Carlos Teran La Habana
Fotos:
Alejandro Ramírez


Debo admitir que a pesar de mi incapacidad física de estar ubicado al frente de los recitales, el anuncio de la presentación despertó en mí destellos de relativa “heroicidad”: Manu Chao regresaba a Cuba  con su grupo Radio Bemba (Sound Machine).

Su  estancia  por estos rincones significa un encuentro más allá de un salto, un grito y un tarareo de letra. “Nos dijeron sobre la posibilidad de venir aquí y lo agradecí inmediatamente” —nos comentó entre  la calidez que lo caracteriza. “Lo primero e importante es que el concierto es gratis. Cuando el músico puede tocar para la gente sin que haya una barrera de dinero, de precio (en Latinoamérica, sobre todo, cualquier  precio  que pongas  en una entrada de concierto recortas el 60 ó 70% de la población), es un acceso directo de todo el público, porque no solo viene  a verte la gente  que quiere  y que hace un esfuerzo, un  sacrificio; sino también los que pasaron por casualidad. Es mucho más importante convencer a alguien que pasó casualmente, que no  tiene idea de tu música, y salió contento del concierto. Es algo muy valioso como músico. Eso sí es un tesorito”.

Desde la última presencia de este intérprete en Cuba en 1992, la simpatía hacia la Isla provocó el deseo del regreso. “Ya son muchos años sin venir aquí  (imagina que en México se quejaban y tan solo fueron seis años). Este es un país bastante peculiar, y tiene una realidad muy diferente de los otros. Es muy importante venir y tomar la temperatura por nosotros mismos, ver lo que pasa aquí. Tenemos mucha información por gente que los visita muy a menudo; pero no es lo mismo. Y, luego, si hablamos de este lugar...  ―señala la Tribuna Antimperialista―... con la casita que tenemos atrás, me voy a dar un gustazo. También logísticamente, al lugar donde vamos a tocar le tengo muchas ganas”.

Las  giras junto con Mano Negra a través del continente americano y el posterior regreso  a partir de la disolución del grupo, en busca de  nuevos sonidos y realidades, de alguna manera lo han ido acercando  más a estos parajes. “Latinoamérica es tan grande que la visión es un calidoscopio. Es un continente sin fondo. Mientras más vengo, menos lo conozco, son insospechables las sorpresas. Mientras más vengo,  más siento que necesito regresar.

“Tengo mis lugares donde ya he vivido. Me conocen, te haces parte del barrio, sea en Río o en el D.F. Hay muchos lugares donde existe la “responsabilidad” de ser del barrio y no puedes abandonarla. Tienes que volver siempre.”

La música interpretada se ha nutrido de elementos de la cultura latinoamericana: pachanga, fojó nordestino, rancheras, percusión afrocubana, (sin ser estos los únicos). Es  clara la existencia de una “pluriculturalidad”  en la manifestación de su lenguaje  musical  desde los tiempos, incluso, con Mano Negra. “Voy viviendo y lo que voy viviendo lo voy chupando. Ahí se me mezcla todo en un proceso que ni yo entiendo y luego sale cuando quiere: por escrito, por música... Eso no lo decido  yo.”

Esta misma alquimia que ni él mismo entiende (ni intenta entender) ha sufrido ciertos encasillamientos  dentro de lo que se conoce como el mercado oficial, donde el trabajo musical ha sido  esquematizado en una manifestación alternativa. “Cuando estás viendo la televisión y en MTV ves la sección  Alternative Music dices: ‘¿Qué es esa mierda?, por favor que no me metan ahí’. Porque no quiere decir nada. Existe una etiqueta que ha puesto la industria para ciertas bandas que no saben  dónde colocar y que las llaman alternative. A veces me ponen  en World Music que es otra palabra que no entiendo para nada: Música del Mundo. Otra vez la industria ha inventado una palabra para poner  todo lo que no es americano o inglés. Pero  la verdadera  World Music existirá  cuando, por ejemplo, los artistas vengan de África pero que también la disquera sea africana. Esa World Music la seguimos esperando”.

Si algo  se ha admirado  de su carrera  es la fidelidad  con que  lleva adelante sus proyectos; desde Patchanka en el ‘89 con Mano Negra hasta Próxima estación: Esperanza con Radio Bemba, pasando por King of Bongo y Clandestino (Mano Negra y Radio Bemba, respectivamente) por mencionar algunas producciones (no debo detenerme en Casa Babylon donde creo que se comienza a consolidar  su estética, al menos en el mercado oficial).  Es un artista que se  ha negado (como se espera con muchos) a faltarse el respeto y es consecuente en su obra en tanto esta se dimensione con  su realidad. “No tengo por qué hacer concesiones a nadie. Hay cierta elite  “alternativa” que critica mucho a los  músicos pachangueros. Yo no los critico. Esa gente son músicos  que  salen a trabajar cada día  para darles de comer a sus hijos, y los respeto totalmente. Qué fácil criticar a la gente. Si tienes cuatro hijos y tu “curro” es ser guitarrista, ir de baile en baile a tocar, pues lo haces por dar de comer a tus hijos. Ya no tengo esa necesidad, entonces, nadie me puede obligar a nada. Por otro lado, si tuviera siete hijos y no tuviera nada en la nevera, tendría que hacer concesiones  como cualquier trabajador. Y las haría, porque lo importante son mis hijos. Afortunadamente yo no tengo ese problema y no tengo por qué hacer concesiones a nadie.”

Hay un momento de encender un  cigarro  y detenerse un instante sabiendo que el final se acerca. No tiene ningún reparo  en quedarse toda la noche  con nosotros, y comenta sobre  las ganas de volver a visitar el Instituto  Superior de Arte: “unas clasecitas no nos vendrían nada mal”. Nos reímos e indagamos sus proyectos  futuros: “Después de esta gira iré a Mali a grabar con unos chavalines de Bamaco que les prometí, e intentaremos terminar mi disco que tengo que mezclarlo. Luego... no sé, hay ganas de seguir girando con Radio Bemba porque hay una alquimia bonita de músicos. Creo que hemos llegado a un nivel de magia interna  que  es una joyita y eso es efímero, dura el tiempo que dura.”

Se lamenta del tiempo y nos comenta que es su gran problema, creo que al final somos nosotros quienes nos lamentamos más, sin embargo, y como era de esperase, jamás nos fuimos sin escuchar  alguna  canción. No sabía qué tocar, solo las ganas. Empezaron con “Tijuana...”, algo de  rumba  catalana  y los debidos agradecimientos del espacio concedido y, dicho sea de paso, algo que jamás estaría dispuesto a negar: “la invitación ya la tenemos, ahora solo depende de mí regresar”. 

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