Año IV
La Habana

4 al 10 de MARZO
de
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NANCY MOREJÓN
Con Guillén a flor de piel

Magda Resik La Habana
Foto:
Alejandro Ramírez


La casona de El Vedado donde vivió gran parte de sus años altos la poetisa Dulce María Loynaz, es el escenario de un diálogo que no puede desentenderse de su entorno. «La primera vez que asistí a una sesión de la Academia Cubana de la Lengua —confiesa ante un gran público Nancy Morejón—, se debió a una invitación de Ángel Augier, exactamente el día en que iba a pronunciar su discurso de ingreso a la institución, dedicado nada más y nada menos que a Don Julián del Casal.

«No fue exactamente la única ni la primera vez que me había encontrado con Dulce María Loynaz, quien tiene una obra de las más deslumbrantes que pueda encontrse en nuestro país y en nuestra lengua. Era una personalidad extraordinaria, muy conocida también porque tenía un carácter tremendo. Colaborando con la Casa de las Américas, tuve el privilegio de presentar el único disco que hizo Dulce María para la colección Archivo de la palabra.»

En aquel entonces Nancy Morejón no debió imaginar que ostentaría una de las letras de esa Academia Cubana de la Lengua que tantas veces sesionó en la casona de El Vedado, a donde regresó hace poco,  cuya presidencia estuvo muchos años bajo el cuidado de la Loynaz.

¿Cuánta utilidad puede tener la Academia de la Lengua, si convenimos en que el idioma es un ente vivo que se transforma todos los días?

El idioma lo hace y lo recrea el pueblo. Los académicos somos como unos notarios, como unos controladores de su mejor uso para fijar los códigos de una lengua. Por ejemplo, la lengua española es la que tiene, según el presidente actual de la Real Academia, don Víctor García de la Concha, uno de los códigos mejor entramados de las que existen. Sin embargo, hay que pensar que la lengua que hablamos hoy por hoy en Hispanoamérica dista muchísimo de la que recogió Cervantes en El Quijote, cuyo cuarto centenario hemos acabado de celebrar. Entonces, si estudiamos esos fenómenos desde ese punto de vista, nos enriquecemos extraordinariamente.

Esta no es una idea mía ni mucho menos. Me hago eco y vocera de las que considero que vale la pena difundir y apoyar. Es algo que escribió Nicolás Guillén alguna vez en uno de sus artículos, porque fue un escritor con un gran sentido del habla popular cubana.

Existe la lengua escrita, esa que vemos en los periódicos y la de los géneros literarios… y existe el habla. Entre ambas hay una gran distancia, un gran abismo.

Pero no hay lengua mejor que otra, no hay una inferior a otra. Pueden ser más difundidas, menos difundidas, pero cada una tiene sus valores y su literatura. Cuando Guillén comentaba sobre algunos libros de carácter popular, decía: la función del escritor es fijar esa lengua y comprenderla. No se puede concebir un novelista, decía José Lezama Lima, que no sepa escuchar, conversar… para que los diálogos que reproduzca en sus textos tengan la autenticidad del habla. Es esa una de las artes más difíciles en la literatura, reproducir el habla, sostener un diálogo ágil.

Una novela con un diálogo ajeno al habla que le corresponde es un soporífero. Y el diálogo es el que nos permite exponer los argumentos, hilar las tramas…

El pueblo fija esa evolución del idioma en cualquier cultura y el académico, cuya función es importantísima, recopila, decanta, apoya… pero la lengua, definitivamente, la hace la gente.

Vas a escribir poemas

En Nancy Morejón sobresale la poetisa. De su dominio de otras artes literarias nos ha ofrecido pruebas suficientes, incluso de su dominio de la oralidad, pero el lenguaje lírico es su propia naturaleza. Nicolás Guillén, el amigo de cuyas influencias literarias se precia, nos legó quizá la mejor definición de su índole poética: «Pienso que su poesía es negra como su piel, cuando la tomamos en su esencia, íntima y sonámbula. Es también cubana —por eso mismo— con la raíz soterrada muy hondo hasta salir por el otro lado del planeta, donde se le puede ver solo el instante en que la Tierra se detiene para que la retraten los cosmonautas».

Escribir es para Nancy necesidad e impulso irracional. Con los años, el anhelo es que su escritura sirva para despejar incógnitas relacionadas con la identidad nacional y la interculturalidad. Pero esa coherencia existencial y literaria solo cobra verdadera lógica si nos acercamos a su niñez.

¿Ha dicho que no puede jamás  esconder o tapiar  la infancia ni renunciar a su pasado?

Naturalmente que no. Es una de las razones que lo hacen a uno volcarse sobre una página en blanco. Soy de los escritores que piensan que estar debajo, enfrente a una página en blanco, es un gran reto, como si uno estuviera realmente frente a un abismo.

Después, esa sensación se va controlando y uno va logrando que, a la vez que van cayendo palabras en esa página, algo se vaya armando. Entre las lecturas y la práctica del oficio literario uno va articulando algo. Mi origen es fundamental y la vocación literaria se despertó  en mí desde muy niña…

Desde los nueve años, ¿no?

Nueve años exactamente, pero en realidad no tenía conciencia  de esa vocación. Sin embargo, ya entrada al bachillerato, antes del año 1959, en un ejercicio que nos puso la doctora Elena López —nuestra profesora de Literatura— sobre la Odisea, descubrí en el capítulo de la gruta de Polifemo; descubrí, en fin, la fantasía.

Hice muy bien mi ejercicio, ella me calificó con muy buenas notas y me dijo: «Bueno, a ti te gusta escribir». Yo le contesté: «no escribo», pero me quedé con algo rondándome hasta que le confesé que llevaba un diario. Me lo pidió y se lo di en la clase siguiente. Eran mis notas, todas las cosas que yo no podía comunicar directamente a mis padres —con quienes siempre tuve una comunicación muy fraternal y abierta—, y que estaban anotadas en ese diario.

Después de leerlo, la profesora me dijo: Mira, tú no lo sabes, pero en ese diario hay poemas y si te interesa la literatura vas a escribir poemas. Cuando ingresé en la Universidad mi vocación se fue cumplimentando.

Nací en un hogar humilde. Los oficios de mis padres fueron hermosos: mi padre era marinero y después de la Segunda Guerra Mundial fue estibador en los muelles de La Habana; mi madre era una modista. Sin embargo, los dos eran personas con una gran conciencia de su clase y muy entregadas a las luchas civiles y sindicales de aquel momento.

De manera tal que mis primeras lecturas fueron, por ejemplo, la propia obra de Nicolás Guillén que conocí en la humilde biblioteca de mi padre. Nunca lo leí en ediciones cubanas, sino concretamente en las ediciones Losada, de Buenos Aires.

Escribí en esa época sin conciencia, y mi primer libro fue publicado en 1962, en Ediciones El Puente. Es un cuaderno que agradezco a un primo mío que pasó todos aquellos apuntes diarios. Fue mi primera incursión en la literatura, de manera que ese primer cuaderno está lleno de la experiencia de la infancia, que ya yo dejaba, y del inicio de mi adolescencia.

¿Cuán trascendente para la literatura cubana le resulta la obra de Nicolás Guillén?

Conocí a Guillén en la playa de Santa María del Mar, alrededor del año 1961. Yo era traductora de francés y estaba como guía de una delegación  de ferroviarios franceses que asistían a un Congreso de trabajadores del transporte. Había un gran banquete y a los que yo les traducía me decían: «nosotros queremos ver a Guillén, por favor, llévenos; nosotros lo conocimos en París durante su exilio y quisiéramos saludarlo…»

Me las ingenié para llegar hasta donde estaba Guillen, me presenté como guía de la delegación y pensé que iba a tener que traducir constantemente lo que dijesen los ferroviarios. Fue un chasco horrible porque Nicolás hablaba un francés muy bueno, con un poquito de acento, pero perfecto. De manera tal que yo pasé a un quinto plano entre los ferroviarios y Guillén y ellos se entendieron perfectamente con sus remembranzas parisinas. Cuando terminaron, él me saludó muy gentil. Le confesé que yo hacía  algunos poemas y se interesó por ellos. Así quedamos en encontrarnos en la sede de la Unión Nacional de Escritores y Artistas.

Sin embargo, debo recordar que nuestra amistad no se estrechó hasta el año siguiente en que los estudiantes de la escuela de Letras de la Universidad de La Habana quisimos tener una revista y preparamos un número porque Nicolás  cumplía sus 60 años en 1962. Entonces lo armamos y se lo llevé junto con Zaida Rodríguez, profesora de la Universidad de La Habana.

El estudiar propiamente la obra de Guillén debo agradecérselo a la Casa de las Américas. Mario Benedetti y Roberto Fernández Retamar me encomendaron la tarea de conformar el volumen de la colección que se llama todavía Valoración múltiple —recopilación de textos sobre un autor—, dedicada a Nicolás.

A partir de entonces, por razones obvias, comencé a frecuentarlo, a pedirle materiales e incluso a visitar el Instituto de Literatura y Lingüística, donde estaba el gran archivo de la obra de Guillén.

La publicación vio la luz en el año 74, aunque había comenzado dos años antes cuando Guillén cumplía los 70. Ese trabajo me puso ante la realidad de que necesitaba hacer un estudio muy  particular  de su obra, pero no a través de todo lo que se hubiese escrito sobre él, sino de dos conceptos muy importantes: la Cuba que descubre su vecindario más cercano, que es el Caribe, y el papel que desempeñó el componente cubano de origen africano.

En realidad, al amparo y al entusiasmo de Ernesto Guevara —así hay que reconocerlo—, se comenzaron a hacer una cantidad de encuentros, de confrontaciones, en relación con la pertenencia de Cuba y la Revolución Cubana, a esos ámbitos. Decidí  escribir este ensayo que lleva el título del de Guillén, «Nación y mestizaje», donde quizá algunos estudiosos  puedan  pensar que desconocía los problemas de la forma. Y es así, porque en realidad eran aportes que habían establecido otros críticos, como Ángel Augier, José Antonio Portuondo o Mirta Aguirre… quienes estudiaron la obra de Nicolás desde una perspectiva literaria. Yo quise hacer un poco de sociología de literatura desde el punto de partida de esos dos conceptos, el de nación y el de mestizaje.

¿Es Guillén una influencia muy marcada en la poesía de Nancy Morejón o simplemente un referente?

Es una influencia. Sé que está de moda rechazar las influencias o pensar que desmeritan la obra de los escritores, pero desconocer la importancia de una influencia es confesar que somos incultos, porque todos nos formamos leyendo a otros poetas y escritores. Nadie escribe del aire ni puede darse el lujo de decir que nace de la nada.

En el caso de una zona de mi obra las influencias tienen nombres realmente riesgosos. Fue Don Fernando Ortiz quien creó muchos términos que hoy, en la vida contemporánea cubana, conducen a grandes polémicas: el tema negro, el tema mulato, la poesía negroide, la cultura afrocubana… La zona poética de mi vida literaria, es deudora de los poemas de Guillén. Sin ciertos poemas de él, no existirían ciertos poemas de Nancy Morejón. El elemento que aporta a mi obra es, precisamente, la visión de género, como se dice ahora. Y para mí es un orgullo reconocerlo así,  porque de qué otra manera iba a ser.

¿Coincides con Guillén en aquello de que existe un color cubano?

Totalmente. Esa frase apareció por primera vez en el prólogo de un libro que sale a la palestra después del gran éxito de Motivos de Son (1930), me refiero a Sóngoro cosongo (1931). Fue cuando Guillén ganó  una lotería y pudo costearse la edición, porque en esa época la vida editorial cubana no existía y los autores tenían que sufragarse sus propios libros.

En ese texto, tan sui géneris y tan importante, se habla del color cubano que viene del espíritu a la piel, de dentro hacia fuera,  donde todos somos un poco nísperos. El perfil definitivo de América, decía en otro gran poema de ese libro, estará en la medida en que reconozcamos todos los componentes de una cultura y de una identidad.

De manera que yo he sido una gran discípula de Guillén que a su vez era un gran patriota y un hombre; en términos raciales, muy influido por Juan Gualberto Gómez.

Alice Walker ha dicho que eres una mujer negra que está en paz con su país…

Es un gran elogio de Alice Walker que siempre tendré que agradecerle. En realidad es así y no es así, en el sentido de que yo pienso que un escritor tiene siempre que tener un sentido crítico en relación con el mundo que lo rodea, con la sociedad que lo rodea.

En el caso de la Revolución Cubana es imposible pensar que yo no sea una de sus criaturas, como afirmé en el discurso de recepción del Premio Nacional de Literatura. Sin embargo, a veces la gente entiende la palabra paz de un solo lado, como un elemento de pasividad que no es.

Si hay una palabra por recobrar a principios del siglo XXI es la palabra paz, porque está prácticamente al borde de ser desterrada del planeta. Y la palabra contraria, la palabra antagónica de guerra, es paz.

En esa medida, pienso que Alice se refirió a mi experiencia literaria, mucho más que como un elogio desproporcionado a los valores que pueda tener mi literatura.

El libro en su función social

¿Cuánto ha representado que la XV Feria Internacional del Libro se la consagraran junto a Ángel Augier?

Es una gran felicidad y de hecho un gran honor que un escritor reciba la atención de una Feria del Libro, y como en este caso iba a estar compartida con Ángel Augier, para mí fue una doble alegría. Evidentemente, a flor de piel asoma la obra de Nicolás Guillén, que es un puente común.

Los estudios de Augier son importantes para la ensayística cubana y, fundamentalmente, han estado inclinados hacia la indagación sistemática —y me importa mucho ese adjetivo—, de la obra guilleniana. En la crítica cubana, en la historiografía de nuestra literatura, aparece su nombre vinculado al modernismo… Es Augier uno de los grandes conocedores del modernismo en Cuba y en Hispanoamérica.

Quienes pensaron en dedicarnos esta XV Feria Internacional de Libro estaban pensando que la figura, la sombra de Guillén, iba a estar entre nosotros y la luz que emana de esa sombra nos nutre y nos acompañará siempre.

¿Cómo enlazarías estos tres términos: lectura, Cuba y Fidel?

Son tres palabras que están unidas por la propia experiencia de la Feria del Libro y la existencia de nuestras editoriales. Ya recordábamos la aparición de Sóngoro cosongo, de Guillén, quien tuvo que sacarse la lotería para poder publicar un librito pequeño y las mismas dificultades enfrentó un escritor de la talla de Alejo Carpentier, con su libro La Música en Cuba.

El desarrollo de las editoriales cubanas y la existencia de las ferias ponen a circular el libro de una forma masiva. Muchos detractores y enemigos utilizan la masividad como algo que va en contra de la esencia civil, de la libertad entre comillas. Nuestra feria es masiva y está llena de espontaneidad no porque carezca de un rigor en las ediciones, en los encuentros, sino porque alrededor del universo del libro se crea una relación de los autores de diversas generaciones con los editores y el público. Es una feria itinerante, y eso es realmente un capítulo muy particular si la comparamos con otras en el mundo. Por lo general, esas ferias son del mundo editorial industrializado y se asume como parte del fenómeno mercantil con las concesiones que eso conlleva: vender por vender. Para nosotros el libro existe con una función social.

¿Realmente la lectura contribuye a reforzar la identidad nacional?

Soy devota de pocas cosas. Lo soy de ese principio martiano que dice: «ser cultos para ser libres». Fidel decía en los inicios de la Revolución, cuando se creó la editorial nacional: «no le decimos al pueblo cree, le decimos lee…», son elementos que caracterizan al movimiento editorial cubano, cuyo esplendor se comprueba siempre en la Feria Internacional del Libro de La Habana.

Entrevista realizada en el espacio de promoción literaria Encuentro con..., del Centro Cultural Dulce María Loynaz.

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