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La
casona de El Vedado donde vivió gran parte de sus años
altos la poetisa Dulce María Loynaz, es el escenario de
un diálogo que no puede desentenderse de su entorno. «La
primera vez que asistí a una sesión de la Academia
Cubana de la Lengua —confiesa ante un gran público Nancy
Morejón—, se debió a una invitación de Ángel Augier,
exactamente el día en que iba a pronunciar su discurso
de ingreso a la institución, dedicado nada más y nada
menos que a Don Julián del Casal.
«No fue exactamente la única ni la primera vez que me
había encontrado con Dulce María Loynaz, quien tiene una
obra de las más deslumbrantes que pueda encontrse en
nuestro país y en nuestra lengua. Era una personalidad
extraordinaria, muy conocida también porque tenía un
carácter tremendo. Colaborando con la Casa de las
Américas, tuve el privilegio de presentar el único disco
que hizo Dulce María para la colección Archivo de la
palabra.»
En
aquel entonces Nancy Morejón no debió imaginar que
ostentaría una de las letras de esa Academia Cubana de
la Lengua que tantas veces sesionó en la casona de El
Vedado, a donde regresó hace poco, cuya presidencia
estuvo muchos años bajo el cuidado de la Loynaz.
¿Cuánta utilidad puede tener la Academia de la Lengua,
si convenimos en que el idioma es un ente vivo que se
transforma todos los días?
El
idioma lo hace y lo recrea el pueblo. Los académicos
somos como unos notarios, como unos controladores de su
mejor uso para fijar los códigos de una lengua. Por
ejemplo, la lengua española es la que tiene, según el
presidente actual de la Real Academia, don Víctor García
de la Concha, uno de los códigos mejor entramados de las
que existen. Sin embargo, hay que pensar que la lengua
que hablamos hoy por hoy en Hispanoamérica dista
muchísimo de la que recogió Cervantes en El Quijote,
cuyo cuarto centenario hemos acabado de celebrar.
Entonces, si estudiamos esos fenómenos desde ese punto
de vista, nos enriquecemos extraordinariamente.
Esta no es una idea mía ni mucho menos. Me hago eco y
vocera de las que considero que vale la pena difundir y
apoyar. Es algo que escribió Nicolás Guillén alguna vez
en uno de sus artículos, porque fue un escritor con un
gran sentido del habla popular cubana.
Existe la lengua escrita, esa que vemos en los
periódicos y la de los géneros literarios… y existe el
habla. Entre ambas hay una gran distancia, un gran
abismo.
Pero no hay lengua mejor que otra, no hay una inferior a
otra. Pueden ser más difundidas, menos difundidas, pero
cada una tiene sus valores y su literatura. Cuando
Guillén comentaba sobre algunos libros de carácter
popular, decía: la función del escritor es fijar esa
lengua y comprenderla. No se puede concebir un
novelista, decía José Lezama Lima, que no sepa escuchar,
conversar… para que los diálogos que reproduzca en sus
textos tengan la autenticidad del habla. Es esa una de
las artes más difíciles en la literatura, reproducir el
habla, sostener un diálogo ágil.
Una novela con un diálogo ajeno al habla que le
corresponde es un soporífero. Y el diálogo es el que nos
permite exponer los argumentos, hilar las tramas…
El
pueblo fija esa evolución del idioma en cualquier
cultura y el académico, cuya función es importantísima,
recopila, decanta, apoya… pero la lengua,
definitivamente, la hace la gente.
Vas a escribir poemas
En
Nancy Morejón sobresale la poetisa. De su dominio de
otras artes literarias nos ha ofrecido pruebas
suficientes, incluso de su dominio de la oralidad, pero
el lenguaje lírico es su propia naturaleza. Nicolás
Guillén, el amigo de cuyas influencias literarias se
precia, nos legó quizá la mejor definición de su índole
poética: «Pienso que su poesía es negra como su piel,
cuando la tomamos en su esencia, íntima y sonámbula. Es
también cubana —por eso mismo— con la raíz soterrada muy
hondo hasta salir por el otro lado del planeta, donde se
le puede ver solo el instante en que la Tierra se
detiene para que la retraten los cosmonautas».
Escribir es para Nancy necesidad e impulso irracional.
Con los años, el anhelo es que su escritura sirva para
despejar incógnitas relacionadas con la identidad
nacional y la interculturalidad. Pero esa coherencia
existencial y literaria solo cobra verdadera lógica si
nos acercamos a su niñez.
¿Ha dicho que no puede jamás esconder o tapiar la
infancia ni renunciar a su pasado?
Naturalmente que no. Es una de las razones que lo hacen
a uno volcarse sobre una página en blanco. Soy de los
escritores que piensan que estar debajo, enfrente a una
página en blanco, es un gran reto, como si uno estuviera
realmente frente a un abismo.
Después, esa sensación se va controlando y uno va
logrando que, a la vez que van cayendo palabras en esa
página, algo se vaya armando. Entre las lecturas y la
práctica del oficio literario uno va articulando algo.
Mi origen es fundamental y la vocación literaria se
despertó en mí desde muy niña…
Desde los nueve años, ¿no?
Nueve años exactamente, pero en realidad no tenía
conciencia de esa vocación. Sin embargo, ya entrada al
bachillerato, antes del año 1959, en un ejercicio que
nos puso la doctora Elena López —nuestra profesora de
Literatura— sobre la Odisea, descubrí en el
capítulo de la gruta de Polifemo; descubrí, en fin, la
fantasía.
Hice muy bien mi ejercicio, ella me calificó con muy
buenas notas y me dijo: «Bueno, a ti te gusta escribir».
Yo le contesté: «no escribo», pero me quedé con algo
rondándome hasta que le confesé que llevaba un diario.
Me lo pidió y se lo di en la clase siguiente. Eran mis
notas, todas las cosas que yo no podía comunicar
directamente a mis padres —con quienes siempre tuve una
comunicación muy fraternal y abierta—, y que estaban
anotadas en ese diario.
Después de leerlo, la profesora me dijo: Mira, tú no lo
sabes, pero en ese diario hay poemas y si te interesa la
literatura vas a escribir poemas. Cuando ingresé en la
Universidad mi vocación se fue cumplimentando.
Nací en un hogar humilde. Los oficios de mis padres
fueron hermosos: mi padre era marinero y después de la
Segunda Guerra Mundial fue estibador en los muelles de
La Habana; mi madre era una modista. Sin embargo, los
dos eran personas con una gran conciencia de su clase y
muy entregadas a las luchas civiles y sindicales de
aquel momento.
De
manera tal que mis primeras lecturas fueron, por
ejemplo, la propia obra de Nicolás Guillén que conocí en
la humilde biblioteca de mi padre. Nunca lo leí en
ediciones cubanas, sino concretamente en las ediciones
Losada, de Buenos Aires.
Escribí en esa época sin conciencia, y mi primer libro
fue publicado en 1962, en Ediciones El Puente. Es un
cuaderno que agradezco a un primo mío que pasó todos
aquellos apuntes diarios. Fue mi primera incursión en la
literatura, de manera que ese primer cuaderno está lleno
de la experiencia de la infancia, que ya yo dejaba, y
del inicio de mi adolescencia.
¿Cuán trascendente para la literatura cubana le resulta
la obra de Nicolás Guillén?
Conocí a Guillén en la playa de Santa María del Mar,
alrededor del año 1961. Yo era traductora de francés y
estaba como guía de una delegación de ferroviarios
franceses que asistían a un Congreso de trabajadores del
transporte. Había un gran banquete y a los que yo les
traducía me decían: «nosotros queremos ver a Guillén,
por favor, llévenos; nosotros lo conocimos en París
durante su exilio y quisiéramos saludarlo…»
Me
las ingenié para llegar hasta donde estaba Guillen, me
presenté como guía de la delegación y pensé que iba a
tener que traducir constantemente lo que dijesen los
ferroviarios. Fue un chasco horrible porque Nicolás
hablaba un francés muy bueno, con un poquito de acento,
pero perfecto. De manera tal que yo pasé a un quinto
plano entre los ferroviarios y Guillén y ellos se
entendieron perfectamente con sus remembranzas
parisinas. Cuando terminaron, él me saludó muy gentil.
Le confesé que yo hacía algunos poemas y se interesó
por ellos. Así quedamos en encontrarnos en la sede de la
Unión Nacional de Escritores y Artistas.
Sin embargo, debo recordar que nuestra amistad no se
estrechó hasta el año siguiente en que los estudiantes
de la escuela de Letras de la Universidad de La Habana
quisimos tener una revista y preparamos un número porque
Nicolás cumplía sus 60 años en 1962. Entonces lo
armamos y se lo llevé junto con Zaida Rodríguez,
profesora de la Universidad de La Habana.
El
estudiar propiamente la obra de Guillén debo
agradecérselo a la Casa de las Américas. Mario Benedetti
y Roberto Fernández Retamar me encomendaron la tarea de
conformar el volumen de la colección que se llama
todavía Valoración múltiple —recopilación de
textos sobre un autor—, dedicada a Nicolás.
A
partir de entonces, por razones obvias, comencé a
frecuentarlo, a pedirle materiales e incluso a visitar
el Instituto de Literatura y Lingüística, donde estaba
el gran archivo de la obra de Guillén.
La
publicación vio la luz en el año 74, aunque había
comenzado dos años antes cuando Guillén cumplía los 70.
Ese trabajo me puso ante la realidad de que necesitaba
hacer un estudio muy particular de su obra, pero no a
través de todo lo que se hubiese escrito sobre él, sino
de dos conceptos muy importantes: la Cuba que descubre
su vecindario más cercano, que es el Caribe, y el papel
que desempeñó el componente cubano de origen africano.
En
realidad, al amparo y al entusiasmo de Ernesto Guevara
—así hay que reconocerlo—, se comenzaron a hacer una
cantidad de encuentros, de confrontaciones, en relación
con la pertenencia de Cuba y la Revolución Cubana, a
esos ámbitos. Decidí escribir este ensayo que lleva el
título del de Guillén, «Nación y mestizaje», donde quizá
algunos estudiosos puedan pensar que desconocía los
problemas de la forma. Y es así, porque en realidad eran
aportes que habían establecido otros críticos, como
Ángel Augier, José Antonio Portuondo o Mirta Aguirre…
quienes estudiaron la obra de Nicolás desde una
perspectiva literaria. Yo quise hacer un poco de
sociología de literatura desde el punto de partida de
esos dos conceptos, el de nación y el de mestizaje.
¿Es Guillén una influencia muy marcada en la poesía de
Nancy Morejón o simplemente un referente?
Es
una influencia. Sé que está de moda rechazar las
influencias o pensar que desmeritan la obra de los
escritores, pero desconocer la importancia de una
influencia es confesar que somos incultos, porque todos
nos formamos leyendo a otros poetas y escritores. Nadie
escribe del aire ni puede darse el lujo de decir que
nace de la nada.
En
el caso de una zona de mi obra las influencias tienen
nombres realmente riesgosos. Fue Don Fernando Ortiz
quien creó muchos términos que hoy, en la vida
contemporánea cubana, conducen a grandes polémicas: el
tema negro, el tema mulato, la poesía negroide, la
cultura afrocubana… La zona poética de mi vida
literaria, es deudora de los poemas de Guillén. Sin
ciertos poemas de él, no existirían ciertos poemas de
Nancy Morejón. El elemento que aporta a mi obra es,
precisamente, la visión de género, como se dice ahora. Y
para mí es un orgullo reconocerlo así, porque de qué
otra manera iba a ser.
¿Coincides con Guillén en aquello de que existe un color
cubano?
Totalmente. Esa frase apareció por primera vez en el
prólogo de un libro que sale a la palestra después del
gran éxito de Motivos de Son (1930), me refiero a
Sóngoro cosongo (1931). Fue cuando Guillén ganó
una lotería y pudo costearse la edición, porque en esa
época la vida editorial cubana no existía y los autores
tenían que sufragarse sus propios libros.
En
ese texto, tan sui géneris y tan importante, se
habla del color cubano que viene del espíritu a la piel,
de dentro hacia fuera, donde todos somos un poco
nísperos. El perfil definitivo de América, decía en otro
gran poema de ese libro, estará en la medida en que
reconozcamos todos los componentes de una cultura y de
una identidad.
De
manera que yo he sido una gran discípula de Guillén que
a su vez era un gran patriota y un hombre; en términos
raciales, muy influido por Juan Gualberto Gómez.
Alice Walker ha dicho que eres una mujer negra que está
en paz con su país…
Es
un gran elogio de Alice Walker que siempre tendré que
agradecerle. En realidad es así y no es así, en el
sentido de que yo pienso que un escritor tiene siempre
que tener un sentido crítico en relación con el mundo
que lo rodea, con la sociedad que lo rodea.
En
el caso de la Revolución Cubana es imposible pensar que
yo no sea una de sus criaturas, como afirmé en el
discurso de recepción del Premio Nacional de Literatura.
Sin embargo, a veces la gente entiende la palabra paz de
un solo lado, como un elemento de pasividad que no es.
Si
hay una palabra por recobrar a principios del siglo XXI
es la palabra paz, porque está prácticamente al borde de
ser desterrada del planeta. Y la palabra contraria, la
palabra antagónica de guerra, es paz.
En
esa medida, pienso que Alice se refirió a mi experiencia
literaria, mucho más que como un elogio desproporcionado
a los valores que pueda tener mi literatura.
El
libro en su función social
¿Cuánto ha representado que la XV Feria Internacional
del Libro se la consagraran junto a Ángel Augier?
Es
una gran felicidad y de hecho un gran honor que un
escritor reciba la atención de una Feria del Libro, y
como en este caso iba a estar compartida con Ángel
Augier, para mí fue una doble alegría. Evidentemente, a
flor de piel asoma la obra de Nicolás Guillén, que es un
puente común.
Los estudios de Augier son importantes para la
ensayística cubana y, fundamentalmente, han estado
inclinados hacia la indagación sistemática —y me importa
mucho ese adjetivo—, de la obra guilleniana. En la
crítica cubana, en la historiografía de nuestra
literatura, aparece su nombre vinculado al modernismo…
Es Augier uno de los grandes conocedores del modernismo
en Cuba y en Hispanoamérica.
Quienes pensaron en dedicarnos esta XV Feria
Internacional de Libro estaban pensando que la figura,
la sombra de Guillén, iba a estar entre nosotros y la
luz que emana de esa sombra nos nutre y nos acompañará
siempre.
¿Cómo enlazarías estos tres términos: lectura, Cuba y
Fidel?
Son tres palabras que están unidas por la propia
experiencia de la Feria del Libro y la existencia de
nuestras editoriales. Ya recordábamos la aparición de
Sóngoro cosongo, de Guillén, quien tuvo que sacarse
la lotería para poder publicar un librito pequeño y las
mismas dificultades enfrentó un escritor de la talla de
Alejo Carpentier, con su libro La Música en Cuba.
El
desarrollo de las editoriales cubanas y la existencia de
las ferias ponen a circular el libro de una forma
masiva. Muchos detractores y enemigos utilizan la
masividad como algo que va en contra de la esencia
civil, de la libertad entre comillas. Nuestra feria es
masiva y está llena de espontaneidad no porque carezca
de un rigor en las ediciones, en los encuentros, sino
porque alrededor del universo del libro se crea una
relación de los autores de diversas generaciones con los
editores y el público. Es una feria itinerante, y eso es
realmente un capítulo muy particular si la comparamos
con otras en el mundo. Por lo general, esas ferias son
del mundo editorial industrializado y se asume como
parte del fenómeno mercantil con las concesiones que eso
conlleva: vender por vender. Para nosotros el libro
existe con una función social.
¿Realmente la lectura contribuye a reforzar la identidad
nacional?
Soy devota de pocas
cosas. Lo soy de ese principio martiano que dice: «ser
cultos para ser libres». Fidel decía en los inicios de
la Revolución, cuando se creó la editorial nacional: «no
le decimos al pueblo cree, le decimos lee…», son
elementos que caracterizan al movimiento editorial
cubano, cuyo esplendor se comprueba siempre en la Feria
Internacional del Libro de La Habana.
Entrevista realizada en el espacio de promoción
literaria Encuentro con..., del Centro Cultural
Dulce María Loynaz. |