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Cuando, hablando del ballet Don Quijote, se
menciona a “los toreros”, se hace referencia a los seis
varones del cuerpo de baile que, según el papel, les
toca lidiar toros en el primer acto de la obra. Pero
cuando se dice “El torero”, es decir, Espada, se alude
al nombre de un séptimo personaje, el jefe, guía o líder
de la cuadrilla que, por lo general, es interpretado por
un bailarín de mayor categoría.
En la
última temporada del Ballet Nacional de Cuba (BNC),
acaecida en la sala García Lorca del Gran Teatro de La
Habana entre el 26 de enero y el 5 de febrero (2006),
una docena de bailarines de la compañía hicieron de
toreros o bien de Espada, y algunos hasta simultanearon
los dos personajes.
En
conversaciones con la mayoría de estos doce bailarines
descubrimos cuál es la idea que asiste a cada uno en su
interpretación personal de los toreros, y de Espada
cuando es procedente; si acaso había o no diferencias en
la forma de encarar aquellos y este; con qué cualidad
humana, cómo calificar, qué adjetivos les aplicarían a
los toreros o a Espada, que ellos interiorizaron, y cuál
sería el sinónimo, el sustantivo que usaríamos para
hablar del torero o del Espada que cada cual llevó al
escenario.
El
grupo que hizo únicamente a Espada lo integraron los
bailarines principales Miguelángel Blanco y Javier
Torres, y el solista Elier Bourzac (Tras
la capa de Espada). Representaron a
los toreros “rasos” el solista Ernesto Álvarez y los
miembros del cuerpo de baile Omar Morales, Alejandro
Sené, José Losada, Dayron Vera y Alejandro Virelles (Al
maestro, cuchilladas). Simultanearon
los dos papeles el corifeo Taras Domitro (De
capa a cuchillo), y los miembros del
cuerpo de baile Ernesto Méjica, y Carlos Quenedit.
No se
salvaron del interrogatorio las maîtres Svetlana
Ballester y María del Carmen Echavarría (Maîtres
de toreros): la primera de ellas les
tomó ensayos, durante esta temporada, a los bailarines
que hicieron de Espada (y a las muchachas que bailaron
Mercedes); la segunda viene ocupándose de los toreros
del Quijote del BNC —ora en solitario, ora con la
ayuda de otras colegas— desde el lejano año 1995.
Limpio
de mediano a alto
Entra
Mercedes, entran los toreros y entra Espada. La de los
toreros es una entrada difícil. Llegan en grupos de a
tres, dando un saut de chat que culmina en un
split aéreo: Pisan, se elevan, abren las piernas
y... ¡zas!, caen rápida y simultáneamente, los miembros
del primer trío en medio del escenario, cual campeones
de salto a los que se les hubiese colocado una altísima
valla en la misma arrancada. Pisan, se elevan, abren las
piernas y... ¡zas!, les siguen los integrantes del
segundo trío.
Dicho
salto suele hacerse en el ballet cuando el intérprete ya
trae cierto impulso. Sin embargo, aquí se hace “en
frío”, los bailarines se adentran un tanto (solo lo
necesario) sobre la escena, pisan y saltan por igual.
Claro, el público no está entre bambalinas, ignora que
desde antes permanecen calentando en la pata, poniendo a
punto su elasticidad, preparándose para “echar el
resto”.
Habría
que ver cuántas versiones de Don Quijote cuentan
con una entrada de toreros tan explosiva como esta. A
partir de aquí el espectador comienza a hacerse un
juicio sobre la calidad del espectáculo y de los
bailarines. Solo considerando las exigencias de esta
brillante apertura se llega a concluir que cualquiera no
puede “dar” un torero.
También convendría saber cuántas compañías cuentan hoy
con un grupo de intérpretes —en su mayoría miembros del
cuerpo de baile— capaz de hacer una salida, tan original
y difícil, con semejante calidad, y que luego sepa
mantener un ritmo y nivel de baile tan alto como
uniforme.
Sin
duda, la versión cubana le da posibilidades de
lucimiento al hombre en sí, al torero. Está compuesta
por diferentes variaciones que los bailarines ejecutan
en parejas: dos primeros, dos segundos, y dos terceros.
Impresionan su fuerza, su virilidad, su limpieza
técnica, sus proyecciones, sus giros, sus saltos —de
medianos a altos—, sus empeines, sus extensiones, sus
figuras: uno los ve en la vida real y luego los ve en el
escenario, y le parece que por arte de magia a todos les
agregaron dos palmos de estatura.
Soñado, seguro
Aun
con altas y bajas, el BNC siempre contó con buenos
bailarines, mas de un tiempo a esta parte, sobre todo a
partir de la segunda mitad de los años 90, la Escuela
(centro docente) y escuela (fenómeno expresivo,
estilístico y metodológico) cubanas vienen dando
magníficos frutos: los toreros —y Espadas— del
Quijote son una muestra.
Es
evidente que hoy tenemos una sólida cantera, vivero de
talentos para el ballet nacional, y que la pugna por el
ascenso en el escalafón será difícil, cosa que bien
saben estos mismos “toreros”.
Ahí
están, a propósito, los toreros y Espadas negros, léase
Ernesto Méjica y José Lozada, cada uno con solo 20 años
de edad. La escena cubana es el reflejo de la sociedad;
el matiz es un rasgo típico, un sello, enhorabuena, de
todo nuestro arte, incluyendo el ballet. El asunto es
responder a las exigencias técnicas, artísticas e
interpretativas que exigen los diferentes papeles o
roles. Ese es el nivel que exhiben estos valiosos
bailarines, ni más ni menos que el resto de los jóvenes
que hicieron de Espadas y toreros en esta quijotesca
temporada.
Quienes llevan más tiempo ligados al quehacer del BNC no
recuerdan haber visto a un grupo de toreros tan poderoso
y armónico como este, portadores de un espíritu que
supone bailar no solo de la cintura hacia abajo, sino
también con el movimiento, justo y exacto, de los brazos
y de la cabeza: mirando de frente uno tiene la sensación
de que está mirando una fotografía, un grabado, una
postal.
No hay que ser muy conocedor para percatarse del
potencial, la fuerza y las posibilidades implícitas en
esta tropa masculina de la escuela cubana de ballet.
Quien observe el desarrollo, el avance de este grupo de
jóvenes bailarines sobre la escena, podría concluir que
ahí están, entre capas y espadas, entre los
creídos toreros del Quijote,
el futuro cercano e inmediato, el relevo soñado y
seguro, de nuestro ballet. |