Año IV
La Habana

4 al 10 de MARZO
de
2006

Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

EL GRAN ZOO
NOTAS AL FASCISMO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

LIBRO DIGITAL

GALERÍA

LA OPINIÓN
LA CARICATURA
LA CRÓNICA
MEMORIAS
APRENDE
POESÍA
EL CUENTO
LETRA Y SOLFA
EL LIBRO
POR E-MAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
FUENTE VIVA
REBELDES.CU
LA BUTACA
PALABRA VIVA
NÚMEROS ANTERIORES
LA JIRIBILLA DE PAPEL



RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

 

CAPAS Y ESPADAS DEL BNC
Los creídos toreros del Quijote

Hilario Rosete Silva La Habana
Fotos:
Nancy Reyes
 

Cuando, hablando del ballet Don Quijote, se menciona a “los toreros”, se hace referencia a los seis varones del cuerpo de baile que, según el papel, les toca lidiar toros en el primer acto de la obra. Pero cuando se dice “El torero”, es decir, Espada, se alude al nombre de un séptimo personaje, el jefe, guía o líder de la cuadrilla que, por lo general, es interpretado por un bailarín de mayor categoría.

En la última temporada del Ballet Nacional de Cuba (BNC), acaecida en la sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana entre el 26 de enero y el 5 de febrero (2006), una docena de bailarines de la compañía hicieron de toreros o bien de Espada, y algunos hasta simultanearon los dos personajes.

En conversaciones con la mayoría de estos doce bailarines descubrimos cuál es la idea que asiste a cada uno en su interpretación personal de los toreros, y de Espada cuando es procedente; si acaso había o no diferencias en la forma de encarar aquellos y este; con qué cualidad humana, cómo calificar, qué adjetivos les aplicarían a los toreros o a Espada, que ellos interiorizaron, y cuál sería el sinónimo, el sustantivo que usaríamos para hablar del torero o del Espada que cada cual llevó al escenario.

El grupo que hizo únicamente a Espada lo integraron los bailarines principales Miguelángel Blanco y Javier Torres, y el solista Elier Bourzac (Tras la capa de Espada). Representaron a los toreros “rasos” el solista Ernesto Álvarez y los miembros del cuerpo de baile Omar Morales, Alejandro Sené, José Losada, Dayron Vera y Alejandro Virelles (Al maestro, cuchilladas). Simultanearon los dos papeles el corifeo Taras Domitro (De capa a cuchillo), y los miembros del cuerpo de baile Ernesto Méjica, y Carlos Quenedit.

No se salvaron del interrogatorio las maîtres Svetlana Ballester y María del Carmen Echavarría (Maîtres de toreros): la primera de ellas les tomó ensayos, durante esta temporada, a los bailarines que hicieron de Espada (y a las muchachas que bailaron Mercedes); la segunda viene ocupándose de los toreros del Quijote del BNC —ora en solitario, ora con la ayuda de otras colegas— desde el lejano año 1995.

Limpio de mediano a alto

Entra Mercedes, entran los toreros y entra Espada. La de los toreros es una entrada difícil. Llegan en grupos de a tres, dando un saut de chat que culmina en un split aéreo: Pisan, se elevan, abren las piernas y... ¡zas!, caen rápida y simultáneamente, los miembros del primer trío en medio del escenario, cual campeones de salto a los que se les hubiese colocado una altísima valla en la misma arrancada. Pisan, se elevan, abren las piernas y... ¡zas!, les siguen los integrantes del segundo trío.

Dicho salto suele hacerse en el ballet cuando el intérprete ya trae cierto impulso. Sin embargo, aquí se hace “en frío”, los bailarines se adentran un tanto (solo lo necesario) sobre la escena, pisan y saltan por igual. Claro, el público no está entre bambalinas, ignora que desde antes permanecen calentando en la pata, poniendo a punto su elasticidad, preparándose para “echar el resto”.

Habría que ver cuántas versiones de Don Quijote cuentan con una entrada de toreros tan explosiva como esta. A partir de aquí el espectador comienza a hacerse un juicio sobre la calidad del espectáculo y de los bailarines. Solo considerando las exigencias de esta brillante apertura se llega a concluir que cualquiera no puede “dar” un torero.

También convendría saber cuántas compañías cuentan hoy con un grupo de intérpretes —en su mayoría miembros del cuerpo de baile— capaz de hacer una salida, tan original y difícil, con semejante calidad, y que luego sepa mantener un ritmo y nivel de baile tan alto como uniforme.

Sin duda, la versión cubana le da posibilidades de lucimiento al hombre en sí, al torero. Está compuesta por diferentes variaciones que los bailarines ejecutan en parejas: dos primeros, dos segundos, y dos terceros.

Impresionan su fuerza, su virilidad, su limpieza técnica, sus proyecciones, sus giros, sus saltos —de medianos a altos—, sus empeines, sus extensiones, sus figuras: uno los ve en la vida real y luego los ve en el escenario, y le parece que por arte de magia a todos les agregaron dos palmos de estatura.

Soñado, seguro

Aun con altas y bajas, el BNC siempre contó con buenos bailarines, mas de un tiempo a esta parte, sobre todo a partir de la segunda mitad de los años 90, la Escuela (centro docente) y escuela (fenómeno expresivo, estilístico y metodológico) cubanas vienen dando magníficos frutos: los toreros —y Espadas— del Quijote son una muestra.

Es evidente que hoy tenemos una sólida cantera, vivero de talentos para el ballet nacional, y que la pugna por el ascenso en el escalafón será difícil, cosa que bien saben estos mismos “toreros”.

Ahí están, a propósito, los toreros y Espadas negros, léase Ernesto Méjica y José Lozada, cada uno con solo 20 años de edad. La escena cubana es el reflejo de la sociedad; el matiz es un rasgo típico, un sello, enhorabuena, de todo nuestro arte, incluyendo el ballet. El asunto es responder a las exigencias técnicas, artísticas e interpretativas que exigen los diferentes papeles o roles. Ese es el nivel que exhiben estos valiosos bailarines, ni más ni menos que el resto de los jóvenes que hicieron de Espadas y toreros en esta quijotesca temporada.

Quienes llevan más tiempo ligados al quehacer del BNC no recuerdan haber visto a un grupo de toreros tan poderoso y armónico como este, portadores de un espíritu que supone bailar no solo de la cintura hacia abajo, sino también con el movimiento, justo y exacto, de los brazos y de la cabeza: mirando de frente uno tiene la sensación de que está mirando una fotografía, un grabado, una postal.

No hay que ser muy conocedor para percatarse del potencial, la fuerza y las posibilidades implícitas en esta tropa masculina de la escuela cubana de ballet. Quien observe el desarrollo, el avance de este grupo de jóvenes bailarines sobre la escena, podría concluir que ahí están, entre capas y espadas, entre los creídos toreros del Quijote, el futuro cercano e inmediato, el relevo soñado y seguro, de nuestro ballet.

SUBIR

 
 


Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

© La Jiribilla. La Habana. 2006
 IE-800X600