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1.
Confiesa que no
podía imaginar a cientos de jóvenes de toda la Isla
concentrados en libertad para desarrollar la
imaginación científica. Declara que le parece
haberse instalado en una de las páginas de Julio
Verne. Pero lo que más le sorprende es que estos
muchachos, inmersos en el ámbito de la cibernética y
la informática, tengan una relación tan viva con la
más auténtica cultura de su país y del mundo.
Manu Chao recorre calles y aulas de la Universidad de
Ciencias Informáticas, uno de los más revolucionarios
proyectos pedagógicos que se lleva a cabo en Cuba.
Se
detiene ante un grupo que se lanza a la realización de
una multimedia. Abre bien los oídos. La banda sonora de
la producción le resulta familiar. Se trata de “Sueño de
una noche de verano”, de Silvio Rodríguez: "Yo soñé con
aviones / que nublaban el día,
justo cuando la gente / más cantaba y reía. (...) En mis
sábanas blancas vertieron hollín, / han echado basura en
mi verde jardín /si capturo al
culpable / de tanto desastre lo va a lamentar".
Le
resulta inevitable asociar ideas. Las denuncias, dichas
desde una perspectiva poética, desde la canción
pensante, coinciden. En tiempos de Mano Negra compuso un
clásico en su repertorio: “El decide lo que va, dice lo
que no será. / Decide quien la paga, dice quien sufrirá.
/ Esa tierra y ese bar / son propiedad / del Señor
Matanza. / Cuando no manda, lo compra / si no lo compra,
lo elimina”. Por si acaso alguien no capta en estos
tiempos la diana de su dardo, Manu acostumbra a decir:
“Dedico esta canción a la mafia que se disfraza de
democracia”.
Manu se va de la UCI convencido de que ha entrevisto por
una hendija el futuro.
2.
Estar en La Habana para el cantautor francohispano
inevitablemente le hace recordar a Alejo Carpentier. De
niño, el novelista, que era muy amigo de su padre, Ramón
Chao, y se desempeñaba como consejero cultural de la
Embajada de Cuba en París, le trajo de vuelta de unas
vacaciones en la isla, un par de maracas. A él y a su
hermano Toño. Alejo hablaba sobre lo humano y lo divino
en las tertulias familiares, desenvuelto desde su
imponente estatura, desde sus erres suavemente
arrastradas, desde la accesibilidad de su sensible
humanidad, desde las manos que hablaban como aspas de un
remolino que construía utopías verbales en la
conversación. Ramón lo ha contado así:
“Desde hacía años, Lilia y Alejo nos convidaban a cenar
en su casa a Jorge Enrique Adoum, Xavier Valls, Antonio
Saura, a mi mujer y a mí. En los últimos tiempos a
nosotros ya no nos invitaban. Yo estaba desconcertado,
imaginando que cualquier palabra o acto mío, lo hubiese
molestado. Y ese día, a eso de las siete de la mañana,
me despierto con un sueño fresco que le cuento a mi
mujer: estábamos en el cine ella y yo cuando de pronto
Felisa me advierte de que Lilia y Alejo estaban detrás
de nosotros. Nos hicimos los bobos, pero Alejo nos vino
a saludar y nos dijo que nos pusiéramos con ellos. Vimos
la película juntos. Se lo cuento a mi mujer, me voy al
trabajo, y según llego me llama Lilia anunciándome la
funesta noticia. Fui rápido a su domicilio y me encontré
con que ya bajaban a Alejo en un plástico blanco para
llevárselo a Cuba. Tras contarle a Lilia lo que soñara,
me dijo que desde hacía meses habían dejado de recibir a
los amigos, pues Alejo no estaba bien y le costaba mucho
trabajo hablar. Le debo mucho a Carpentier. Su amistad
en primer lugar. Hemos pasado vacaciones juntos en
Cuenca, en cuya provincia visitamos Minglanilla, de
amargos recuerdo para Alejo cuando se detuvo allí de
paso para Madrid con los intelectuales republicanos. Él
le regaló a mi hijo Manu, traído de Cuba, el primer
instrumento de percusión que tuvo, y a mí me regalaba
partituras de piano a cuatro manos, que tocábamos
juntos.”
Manu no se cansa de disfrutar la ciudad de las columnas.
Le gusta el calor del trópico y la suave brisa que viene
de la Corriente del Golfo. “Dejé París y me instalé hace
tres años en Barcelona porque estoy cansado del frío”,
confiesa.
3.
Cuatro muchachos: tres, guitarra, contrabajo y percusión
menor. Música cubana, con mucho de jazz. Una cita del
“Mambo influenciado”, de Chucho Valdés y variaciones
sobre una guajira amontunada. Candela hasta que el jarro
suelta el fondo.
Los músicos de Radio Bemba Sound System son los primeros
en advertir esa pequeña revolución que se estaba
gestando entre los integrantes del Cuarteto del
Instituto Superior de Arte.
Manu no dice palabra hasta el final. “Los quiero mañana
de noche junto a mí”. Los muchachos ahora son los
sorprendidos. ¿Teloneros de Manu Chao? Pues, sí señor,
cómo no.
4.
“Yo he dado muchas vueltas por América Latina y España.
A Cuba se le conoce por sus sones de leyenda, pero las
máximas leyendas entre los jóvenes de tres generaciones
son Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. Los he seguido muy
cerca, me gustan sus canciones”.
Esto me lo comenta Manu todavía bajo el impacto de la
conversación con Silvio, rematada por un intercambio de
saludos que parece formal, pero no lo es: Silvio se
despide: “Mucho gusto en haberte conocido”. Manu riposta:
“No, qué va, el gustazo es mío”. Silvio vuelve a la
carga: “Tú veras cómo nos vamos a volver a encontrar en
los caminos de este mundo”.
De
Eliades Ochoa le maravilla su capacidad para transmutar
en piedra viva los cantos más recónditos de su tierra.
“Este hombre es un fenómeno, como lo fue Compay
Segundo”. Pero acaba de conocer que la mejor creación de
Eliades es su hija de quince años, que estudia en una
escuela de deportes en la capital cubana y aspira a ser
una campeona en tenis de campo. Manu se interesa por el
entrenamiento de los tenistas, por las horas que le
dejan los estudios y las prácticas para aprender la
vida. “Yo también trato de mantenerme en forma. Los
conciertos suelen ser agotadores”.
Con Amaury Pérez conecta rápidamente por la vía de la
poesía. Hay una comunión de ideas sobre lo que debe
representar el artista cuando se toma en serio el arte
sin dejar de divertirse y divertir en el acto de
transmitir la creación.
5.
“Yo también pudiera ser hijo de los orichas”, dice el
cantor y recibe los efluvios de Yemayá, mientras Ochún
derrama miel sobre su cabeza.
Está en el Jardín de la Música, en la sede del Instituto
Cubano de la Música. Va a terminar una noche habanera.
El grupo de cantos afrocubanos y brava rumba Yoruba
Andabo le dedica una actuación muy especial y a veces
surrealista. Dan vivas “al francés” pero continuamente
saludan la presencia de Issac Delgado.
Alexis Díaz Pimienta improvisa seguidillas y emociona
con la tonada carvajal. “Este tío es sencillamente
impresionante”, comenta Manu ante el pródigo torrente de
metáforas hilvanadas desde el corazón. “Vamos a ver si
tengo una fecha libre para ir a cantar contigo a
Almería”, fija en pacto de caballeros andantes Manu con
Alexis.
Todavía habrá tiempo para entonar, con Abelito en la
guitarra, viejos boleros cubanos y entrar a la madrugada
del brazo de “Lágrimas negras” y “Quiéreme mucho”.
Manu va a dormir un poco para estar listo el día del
concierto. Pero en su memoria late un dato: “¿Sabes que
la primera canción que canté completa fue una de Bola de
Nieve, ‘Mamá Perfecta’?” |