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Hace
muchos años escuché por primera vez el álbum
Clandestinos, de Manu Chao, en medio de un grupo de
amigos sevillanos. La inmediata discusión que se armó
me llamó mucho la atención. Ya estando solo volví sobre
el disco y empecé a entender las razones por las cuales
no es posible mantenerse indiferente a la entrega
musical que te hace el músico francoespañol.
A las
personas de oídos chatos o estrechos, lo primero que les
da por decir en cuanto llevan unos minutos atacados por
la textura musical que ofrece Manu, es “Eso es música
de caballito”. No perciben más allá de la base rítmica
apoyada en el regae y el rock, las incesantes
referencias de ritmos nacidos en tierras europeas,
mediorientales y de muchos países de nuestra América,
que no aparecen por puro capricho, sino para apoyar su
discurso lírico.
Lo que
dice directamente él en sus canciones y todo lo mucho
que además se puede escuchar, es un amplio mural de la
atmósfera social de los países en los cuales ha estado
con explícita vocación de aprender, decidido a
configurarse como ser humano y como artista en rica
relación con el hombre numeroso de a pie. Su expresión
en escena es coherente con ello. Canta empeñado en ser
lo contrario que un divo, más bien un rebelde
cualquiera, voceando desde una esquina imprevista del
planeta. Un prójimo posible que levanta sus palabras
sencillas para dar a conocer sus carencias y esperanzas.
Esos seres humanos que llevan en sus huesos la
certidumbre de que “la democracia no podrá ser nunca la
dictadura del dinero”, como el propio Manu dijo en medio
de su concierto en la Tribuna Antimperialista.
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En una
antigua plaza taurina convertida en auditorio, disfruté
un concierto suyo y era elocuente el intercambio de
energías entre él y su público mayoritariamente joven.
No le resté importancia a la capacidad de convocatoria
que tiene su música y que es perceptible al escuchar
sus discos, pero tenía mis dudas con la cantidad de
asistentes a la enorme plaza donde se presentaría e
incluso a la actitud de los que sí llegaran al malecón,
sencillamente porque no es frecuente en Cuba escucharle
por la radio y mucho menos por televisión.
Muy
poco después de aparecer Manu en escena con sus muy
diestros músicos de Radio Bemba no solo se disiparon
todas mis preocupaciones, sino que por encima de mi
responsabilidad crítica, me sumé a la gozadera
inteligente que reinó allí por más de dos horas.
En
cuanto él empezó a hilvanar esa suerte de cantata
transmitida por una emisora de barrio, provocó una
identificación inmediata en los presentes. Estoy seguro
de que influye el envío de su mensaje a través de la
metáfora expresiva, de uno de los medios de difusión
masiva de mayor alcance, pero sin duda, lo fundamental
fue que alrededor del predicado de ese mensaje el
cantor y el resto de los presentes se pudieron sentir
como uno solo y potente ser humano.
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Ya
casi son leyenda los sentimientos que provoca Manu Chao
en los muchos puntos del mundo, donde se celebran
reuniones con aspiraciones de reivindicar los derechos
del Sur, pero ninguno de los presentes tendrá dudas de
que el lugar y las circunstancias de esta presentación
suya, eran muy propicios para que quien rechaza
cualquier rotulación esquemática sobre su quehacer,
declarara con pasión sus compromisos personales con
Cuba, sea cuando evoca la canción de Bola de Nieve, que
desde niño sus padres republicanos españoles le
mostraron en París, o llama a Bush el hombre más
impresentable del planeta. Sucedió como otras muchas
veces, Manu Chao, que no niega ser hijo de españoles y
haber nacido en Francia, aspira a ser verdadero hombre
del mundo y ser paisano de cualquier nación. Solo así
pudo gritar como cualquiera de nosotros: ¡Cuba, Cuba,
arriba mi gente! |