Año IV
La Habana
2006

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Metamorfosis
Modesto Hidalgo


Hace muchísimo que comprendo a Gregorio Samsa: los absurdos de la vida tienen el poder de hacerte sentir un insecto. Lo sé por las mismas razones que él: a pesar de ser quien soy, a veces me siento una cucaracha. Solo que en mi caso, por muchas razones, es peor. El personaje, kafkiano es un burdo empleado de una compañía de seguros, con horizontes que no van mucho más allá de su pequeña estatura social; yo soy todo un Doctor en Lenguas y Literaturas y germanófilo notable, aunque los que caminan a mi lado por estos rumbos de la vieja Habana, sin mirarme o haciéndolo de soslayo, con la indiferencia con que se mira a un poste (un pobre), no lo saben ni les importa.

Estos fueros hacen que el sentimiento de im­potencia, la sensación de andar por la vida con las manos atadas (o sueltas pero inservibles), la idea de que todo no es más que un mal sueño (uno de esos en los que quieres gritar y no pue­des, hay algo que te quiere destruir y todos los golpes que lanzas se pierden en el vacío) estén más acentuados en mí. Al mismo tiempo, el nivel intelectual ha impedido que me enajene a la ma­nera de Samsa. También me ha evitado el suici­dio, que es otro modo de enajenación, digamos, más definitivo. Yo también podría crear otro Gregorio a mi imagen y semejanza: estoy seguro de que su personaje no es otra cosa que el reflejo de la impotencia del checo, de aquella aguda percepción que lo hacía verse a merced de los absurdos de la vida, de las arbitrariedades, de los cortos de luces que, en muchos casos, detentan el poder (tal vez cada cien años poder e inteligencia marchan unidos), de su convencimiento de que nada en el mundo tendría solución, de que el futu­ro no era más que otro trillo del mal, el reino de la estupidez. Solo alguien que piense así escapa a la vanidad. Hay que desconfiar mucho de la   poste­ridad para mandar a destruir tu propia obra, algo que sabes tan bueno (o, al menos, tan único) que no te atreves a destruir por ti mismo.

Pero el problema aquí no son Gregorio ni Franz o sus muchas coincidencias. Soy yo quien se siente un monstruoso insecto, aunque me queda suficiente lucidez como para darme cuenta de que no puede pasar de una sensación. Según mis ideas filosóficas, eso es por completo imposible. Por tanto, lo que camina por Obispo hacia la Plaza de la Catedral es aún el Doctor en Lenguas y profesor universitario que soy. De ser una cucaracha, alguien hubiera reparado en mí y habría tratado de aplastarme, que todavía hay, a pesar de la habi­tual suciedad, quien reacciona con asco y violen­cia ante ellas. Es peor. Soy un hombre a quien nadie mira, alguien con quien no se confunden las prostitutas, los cazadores de turistas, los bicicleteros, las viejas con niños de la mano. Soy alguien que viajó desde Oriente (no desde el oriente), alguien que ya se hartó de visitar museos, todos. En todas partes nadie te mira, nadie te conoce, nadie nota que eres todo un Doctor en Len­guas y Literaturas. ¿Qué importa saber cosas que la mayoría no conoce? ¿Que Proust escribió su formidable saga en un cuarto con aisladores de corcho, encerrado como una cucaracha (otra vez) en una botella, todo para no morirse de su asma y que de todos modos se murió, a pesar de juventud y fama?, ¿que Lope no soportaba a Cervantes y todos los inventos de este para poder publicar?, ¿las posibles causas del suicidio de Hemingway? Puros chismes inútiles. La literatura universal en la cabeza para qué. Gramáticas y etimologías para qué. Pinacotecas y bibliotecas para qué. Inglés, francés, alemán, portugués, italiano, griego, latín, esperanto, japonés, chino y otros para qué. Para que nadie repare en mí por estas calles de La Habana, para estar comiendo pan con croqueta y tomando refresco de fruta junto a las cafeterías que, en dólares, expenden delicias inalcanzables, para que ninguna de las muchas busconas, encubiertas o no, vean en mí un posible filón (casi to­das son bellas. Con gusto pagaría para pasar una tarde con una en esta ciudad que me hace sentir tan pequeño, tan insignificante, tan nada). A mi lado pasan quienes se creen dueños de la ciudad. Escocidos por el sol tras sus gafas oscuras, pero sonrientes, felices con sus cámaras: Cuba, paraíso del Caribe. Cuba, país de más mujeres ardien­tes y bonitas por metro cuadrado. Mírenlos bailar el Son de la loma que un septeto toca bajo el portal. Ridículos, pero no importa: ¡qué gracioso el yuma! Las putas ríen y se les restregan, más viejos que Matusalén pero se les restriegan. Le afirman fuerte la cosa al yuma, que sienta el calor incomparable de la puta cubana, el movimiento único; que prepare el bolsillo, el manantial verde. Son cincuenta, yuma. Son cien, yuma. Llévame a las tiendas, yuma. Cómprame una casa, yuma. Un cabrón inglés que no sabe quién era Spencer. Un jodido yanqui que no sabe quien escribió La cabaña del Tío Tom, que no conoce al negro mari­ca que le cantó a la locomotora. Un francés que jamás oyó hablar de Rimbaud.

Tal vez eso mismo sintió Kafka caminando por Praga y por eso creó a Gregorio. La ciudad de los cien capiteles es antigua y los ricos siempre han viajado. Praga con sus puentes sobre el río Moldava Esos ricos insignificantes fotografiándose sobre el Carlos V, construido en el siglo XV, em­bellecido con imágenes de santos; paseando la ciudad nueva y las sinuosas calles de la ciudad vieja, con sus reliquias arquitectónicas de los tiempos del esplendor de Bohemia (la iglesia de Nues­tra Señora de Týn, la universidad de Carlos IV, La Plaza del Ayuntamiento) o pavoneándose   junto al Castillo de Praga que domina la Ciudad Menor y toda la urbe o simulando conocer por qué es gótica la Catedral de San Vito. Quién sabe si también se sentirían dueños de todo aquello por donde paseaba el genio moribundo. Sin percatarse. Estos ricos apartándose de su tos, de su paso cansado, del olor a enfermo en su traje raído.

Venir a La Habana es visitar el Capitolio y la Plaza de la Catedral. Del Capitolio bajé ya y ahora desemboco en la plaza. Gentes y más gentes ante los vetustos edificios, fotos y más fotos, hermosas mujeres vestidas a lo Cecilia Valdés, músicos am­bulantes, viejos músicos ambulantes cantando sones de Matamoros, canciones de Sindo y María Teresa, mucha gente blanca, rubicunda bajo los toldos, rostros asiáticos sentados ante las me­sas con la cerveza en la mano y el pollo en el pla­to, a medio comer, ahítos; santera con tabaco en un rincón, niños en uniforme escolar, puros, inocentes, mirando la alegría de la plaza con ojos brillantes mientras entran por la puerta de otro museo; hombres sin piernas, viejas con niños de la mano, pobres; alguien que pide atención tras un micrófono y comienza a hacer chistes. Los que parecen entenderlo lo atienden.

Yo también fui cómico. Y bueno. Los tiempos de estudiante, en la universidad. Gané premios. Divertí mucho. Era bueno para la mímica. Imitaba voces. Tenía futuro. Pero me gradué. La voca­ción. El amor por la carrera. El compromiso con la sociedad. Veinte años de consagración hasta lograr el más alto grado. Doctor. Mucha cultura. Muchos conocimientos. Una eminencia Cuatrocientos cincuenta pesos de salario al mes. Un apartamento de dos habitaciones. Una guagua cada día para ir y venir de la universidad. Una mujer peleando veinticuatro horas.

El humorista es bueno. Los que hablan castellano se retuercen de risa. Los que entienden a medias preguntan hasta que comprenden y luego cuentan a los que no saben. Las risas de estos llegan tardías, dispersas. El cómico pasa el sombrero. Hagan algo por el artista cubano. Ayuda para el artista independiente. Algunos aportan. Un dólar. Dos dólares. Tres dólares. Los gallegos son tacaños como ellos solos. Los latinos son unos arrancados. Una miseria. Una semana de salario mío por un par de chistes. Y cada vez hay más putas en los alrededores. Y yo también quisiera pagarme algún entremés con cervezas, que para algo soy doctor, coño. Por eso voy hasta el micrófono. Señoras y señores. Ladies and gentlemen. Mesdames et messieurs. Herrs und frauses. Empiezo a contar chistes en todos los idiomas. El mismo cuento para japoneses, europeos, latinos y yanquis. Estos que no saben quién fue la primera novelista japonesa, que no conocen a Joyce, ni a Whitrnan, ni a Garcilaso, ni a Lord Byron, pero que empiezan a atenderme, a desternillarse con mi performance, a echarme sobre la mesa billetes de a cinco, de a diez, de a veinte dólares, que piensan que mis lágrimas son de alegría porque ya puedo comprarme una puta, un entremés, una cerveza, que no se enteran de que mientras recojo su limosna solo tengo un pensamiento: que nadie me vea, que nadie se entere, coño.

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