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Hace muchísimo
que comprendo a Gregorio Samsa: los absurdos de la vida
tienen el poder de hacerte sentir un insecto. Lo sé por
las mismas razones que él: a pesar de ser quien soy, a
veces me siento una cucaracha. Solo que en mi caso, por
muchas razones, es peor. El personaje, kafkiano es un
burdo empleado de una compañía de seguros, con
horizontes que no van mucho más allá de su pequeña
estatura social; yo soy todo un Doctor en Lenguas y
Literaturas y germanófilo notable, aunque los que
caminan a mi lado por estos rumbos de la vieja Habana,
sin mirarme o haciéndolo de soslayo, con la indiferencia
con que se mira a un poste (un pobre), no lo saben ni
les importa.
Estos fueros hacen
que el sentimiento de impotencia, la sensación de andar
por la vida con las manos atadas (o sueltas pero
inservibles), la idea de que todo no es más que un mal
sueño (uno de esos en los que quieres gritar y no
puedes, hay algo que te quiere destruir y todos los
golpes que lanzas se pierden en el vacío) estén más
acentuados en mí. Al mismo tiempo, el nivel intelectual
ha impedido que me enajene a la manera de Samsa.
También me ha evitado el suicidio, que es otro modo de
enajenación, digamos, más definitivo. Yo también podría
crear otro Gregorio a mi imagen y semejanza: estoy
seguro de que su personaje no es otra cosa que el
reflejo de la impotencia del checo, de aquella aguda
percepción que lo hacía verse a merced de los absurdos
de la vida, de las arbitrariedades, de los cortos de
luces que, en muchos casos, detentan el poder (tal vez
cada cien años poder e inteligencia marchan unidos), de
su convencimiento de que nada en el mundo tendría
solución, de que el futuro no era más que otro trillo
del mal, el reino de la estupidez. Solo alguien que
piense así escapa a la vanidad. Hay que desconfiar mucho
de la posteridad para mandar a destruir tu propia
obra, algo que sabes tan bueno (o, al menos, tan único)
que no te atreves a destruir por ti mismo.
Pero el problema aquí
no son Gregorio ni Franz o sus muchas coincidencias. Soy
yo quien se siente un monstruoso insecto, aunque me
queda suficiente lucidez como para darme cuenta de que
no puede pasar de una sensación. Según mis ideas
filosóficas, eso es por completo imposible. Por tanto,
lo que camina por Obispo hacia la Plaza de la Catedral
es aún el Doctor en Lenguas y profesor universitario que
soy. De ser una cucaracha, alguien hubiera reparado en
mí y habría tratado de aplastarme, que todavía hay, a
pesar de la habitual suciedad, quien reacciona con asco
y violencia ante ellas. Es peor. Soy un hombre a quien
nadie mira, alguien con quien no se confunden las
prostitutas, los cazadores de turistas, los
bicicleteros, las viejas con niños de la mano. Soy
alguien que viajó desde Oriente (no desde el oriente),
alguien que ya se hartó de visitar museos, todos. En
todas partes nadie te mira, nadie te conoce, nadie nota
que eres todo un Doctor en Lenguas y Literaturas. ¿Qué
importa saber cosas que la mayoría no conoce? ¿Que
Proust escribió su formidable saga en un cuarto con
aisladores de corcho, encerrado como una cucaracha (otra
vez) en una botella, todo para no morirse de su asma y
que de todos modos se murió, a pesar de juventud y
fama?, ¿que Lope no soportaba a Cervantes y todos los
inventos de este para poder publicar?, ¿las posibles
causas del suicidio de Hemingway? Puros chismes
inútiles. La literatura universal en la cabeza para qué.
Gramáticas y etimologías para qué. Pinacotecas y
bibliotecas para qué. Inglés, francés, alemán,
portugués, italiano, griego, latín, esperanto, japonés,
chino y otros para qué. Para que nadie repare en mí por
estas calles de La Habana, para estar comiendo pan con
croqueta y tomando refresco de fruta junto a las
cafeterías que, en dólares, expenden delicias
inalcanzables, para que ninguna de las muchas busconas,
encubiertas o no, vean en mí un posible filón (casi
todas son bellas. Con gusto pagaría para pasar una
tarde con una en esta ciudad que me hace sentir tan
pequeño, tan insignificante, tan nada). A mi lado pasan
quienes se creen dueños de la ciudad. Escocidos por el
sol tras sus gafas oscuras, pero sonrientes, felices con
sus cámaras: Cuba, paraíso del Caribe. Cuba, país de más
mujeres ardientes y bonitas por metro cuadrado.
Mírenlos bailar el Son de la loma que un septeto
toca bajo el portal. Ridículos, pero no importa: ¡qué
gracioso el yuma! Las putas ríen y se les restregan, más
viejos que Matusalén pero se les restriegan. Le afirman
fuerte la cosa al yuma, que sienta el calor incomparable
de la puta cubana, el movimiento único; que prepare el
bolsillo, el manantial verde. Son cincuenta, yuma. Son
cien, yuma. Llévame a las tiendas, yuma. Cómprame una
casa, yuma. Un cabrón inglés que no sabe quién era
Spencer. Un jodido yanqui que no sabe quien escribió
La cabaña del Tío Tom, que no conoce al negro
marica que le cantó a la locomotora. Un francés que
jamás oyó hablar de Rimbaud.
Tal vez eso mismo
sintió Kafka caminando por Praga y por eso creó a
Gregorio. La ciudad de los cien capiteles es antigua y
los ricos siempre han viajado. Praga con sus puentes
sobre el río Moldava Esos ricos insignificantes
fotografiándose sobre el Carlos V, construido en el
siglo XV, embellecido con imágenes de santos; paseando
la ciudad nueva y las sinuosas calles de la
ciudad vieja, con sus reliquias arquitectónicas de
los tiempos del esplendor de Bohemia (la iglesia de
Nuestra Señora de Týn, la universidad de Carlos IV, La
Plaza del Ayuntamiento) o pavoneándose junto al
Castillo de Praga que domina la Ciudad Menor y
toda la urbe o simulando conocer por qué es gótica la
Catedral de San Vito. Quién sabe si también se sentirían
dueños de todo aquello por donde paseaba el genio
moribundo. Sin percatarse. Estos ricos apartándose de su
tos, de su paso cansado, del olor a enfermo en su traje
raído.
Venir a La Habana es
visitar el Capitolio y la Plaza de la Catedral. Del
Capitolio bajé ya y ahora desemboco en la plaza. Gentes
y más gentes ante los vetustos edificios, fotos y más
fotos, hermosas mujeres vestidas a lo Cecilia Valdés,
músicos ambulantes, viejos músicos ambulantes cantando
sones de Matamoros, canciones de Sindo y María Teresa,
mucha gente blanca, rubicunda bajo los toldos, rostros
asiáticos sentados ante las mesas con la cerveza en la
mano y el pollo en el plato, a medio comer, ahítos;
santera con tabaco en un rincón, niños en uniforme
escolar, puros, inocentes, mirando la alegría de la
plaza con ojos brillantes mientras entran por la puerta
de otro museo; hombres sin piernas, viejas con niños de
la mano, pobres; alguien que pide atención tras un
micrófono y comienza a hacer chistes. Los que parecen
entenderlo lo atienden.
Yo también fui
cómico. Y bueno. Los tiempos de estudiante, en la
universidad. Gané premios. Divertí mucho. Era bueno para
la mímica. Imitaba voces. Tenía futuro. Pero me gradué.
La vocación. El amor por la carrera. El compromiso con
la sociedad. Veinte años de consagración hasta lograr el
más alto grado. Doctor. Mucha cultura. Muchos
conocimientos. Una eminencia Cuatrocientos cincuenta
pesos de salario al mes. Un apartamento de dos
habitaciones. Una guagua cada día para ir y venir de la
universidad. Una mujer peleando veinticuatro horas.
El humorista es
bueno. Los que hablan castellano se retuercen de risa.
Los que entienden a medias preguntan hasta que
comprenden y luego cuentan a los que no saben. Las risas
de estos llegan tardías, dispersas. El cómico pasa el
sombrero. Hagan algo por el artista cubano. Ayuda para
el artista independiente. Algunos aportan. Un dólar. Dos
dólares. Tres dólares. Los gallegos son tacaños como
ellos solos. Los latinos son unos arrancados. Una
miseria. Una semana de salario mío por un par de
chistes. Y cada vez hay más putas en los alrededores. Y
yo también quisiera pagarme algún entremés con cervezas,
que para algo soy doctor, coño. Por eso voy hasta el
micrófono. Señoras y señores. Ladies and gentlemen.
Mesdames et messieurs. Herrs und frauses. Empiezo a
contar chistes en todos los idiomas. El mismo cuento
para japoneses, europeos, latinos y yanquis. Estos que
no saben quién fue la primera novelista japonesa, que no
conocen a Joyce, ni a Whitrnan, ni a Garcilaso, ni a
Lord Byron, pero que empiezan a atenderme, a
desternillarse con mi performance, a echarme
sobre la mesa billetes de a cinco, de a diez, de a
veinte dólares, que piensan que mis lágrimas son de
alegría porque ya puedo comprarme una puta, un entremés,
una cerveza, que no se enteran de que mientras recojo su
limosna solo tengo un pensamiento: que nadie me vea, que
nadie se entere, coño. |