Año IV
La Habana
2006

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Espirituana
Amado del Pino
La Habana


Reviso mis viejas crónicas y encuentro referencias cálidas a Mayajigua, Caibarién y otros territorios de lo que es hoy la provincia de Sancti Spíritus. Era la zona más vecina, con acento parecido a mi tierra. Nosotros pertenecíamos ―por allá por el casi remoto 1960 de mi nacimiento― a Camagüey, pero en los dicharachos y las décimas; en la agricultura y las muchachas nos acercábamos más a los espirituanos, entonces diluidos en la más amplia provincia de Las Villas.

En la ciudad capital del territorio he estado pocas veces, pero de paso he sabido de la belleza de sus plazas y la antigüedad de sus tradiciones. Además, comparto simpatía y algunas obsesiones con varios hijos de la hermosa comarca. Carpio es periodista, lector de altos quilates y hermano de viejas tertulias. Un día me dijo que había estudiado la hora exacta en que soplaba el viento cargado de cierto sosiego en el jardín de nuestra vespertina bohemia. Ahora los dos andamos demasiado ocupados, pero la visita de un amigo común nos devolvió a la mesa salpicada de alcohol, cola y anécdotas.  Volvió a ser como antes, entre los afanes de una joven candidata a actriz o el rumor, casi tumultuoso, de la mesa de al lado, Carpio y yo intercambiamos bromas, recuerdos y versos sueltos que evocan  a aquella tierra donde se cultiva el tabaco, el arroz y por donde el béisbol es pasión o las parrandas iluminan la noche de pueblos cercanos y entrañables.

La de Carpio es la porción más agrícola, humilde y sobria de lo que antiguamente se conoció como Las Villas.  Los otros dos territorios se disputaban la supremacía de la región. Santa Clara por su privilegiada ubicación de enlace, punto intermedio; Cienfuegos por la belleza de su mar y la elegancia de su arquitectura. Sancti Spíritus atesora un manantial musical tan valioso que a una de las variantes del llamado Punto Cubano se le conoce como punto o tonada espirituana. De Caibarién fue Manuel Corona, uno de los grandes de nuestra trova, que murió olvidado y pobre. La décima cantada, las controversias rimadas tienen por allá también un sitio de privilegio. A menudo cito a Mariscal Grandal, aquel rústico y brillante decimista que respondió a un elogio de su calidad con una cuarteta de resonancia calderoniana: “En algún tiempo querido/ pero en el día de hoy / ni siquiera sombra soy/ de lo que en un tiempo he sido”.  Estos versos pertenecen a “La fiesta del Yayeral” y mi padre me los recitaba con frecuencia. Es un conjunto de décimas casi narrativas en las que se describen los pormenores de una fiesta rural inesperada. La fraternidad y el desenfado llegaron ―en el espirituano y espirituoso jolgorio― hasta la luz del día siguiente. En una suerte de despedida fraterna, Grandal nos precisa: “Durante estaban fregando/ los platos en la cocina/ lentamente las gallinas/ del palo se iban bajando”.

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