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Reviso
mis viejas crónicas y encuentro referencias cálidas a
Mayajigua, Caibarién y otros territorios de lo que es
hoy la provincia de Sancti Spíritus. Era la zona más
vecina, con acento parecido a mi tierra. Nosotros
pertenecíamos ―por allá por el casi remoto 1960 de mi
nacimiento― a Camagüey, pero en los dicharachos y las
décimas; en la agricultura y las muchachas nos
acercábamos más a los espirituanos, entonces diluidos en
la más amplia provincia de Las Villas.
En la
ciudad capital del territorio he estado pocas veces,
pero de paso he sabido de la belleza de sus plazas y la
antigüedad de sus tradiciones. Además, comparto simpatía
y algunas obsesiones con varios hijos de la hermosa
comarca. Carpio es periodista, lector de altos quilates
y hermano de viejas tertulias. Un día me dijo que había
estudiado la hora exacta en que soplaba el viento
cargado de cierto sosiego en el jardín de nuestra
vespertina bohemia. Ahora los dos andamos demasiado
ocupados, pero la visita de un amigo común nos devolvió
a la mesa salpicada de alcohol, cola y anécdotas.
Volvió a ser como antes, entre los afanes de una joven
candidata a actriz o el rumor, casi tumultuoso, de la
mesa de al lado, Carpio y yo intercambiamos bromas,
recuerdos y versos sueltos que evocan a aquella tierra
donde se cultiva el tabaco, el arroz y por donde el
béisbol es pasión o las parrandas iluminan la noche de
pueblos cercanos y entrañables.
La de
Carpio es la porción más agrícola, humilde y sobria de
lo que antiguamente se conoció como Las Villas. Los
otros dos territorios se disputaban la supremacía de la
región. Santa Clara por su privilegiada ubicación de
enlace, punto intermedio; Cienfuegos por la belleza de
su mar y la elegancia de su arquitectura. Sancti
Spíritus atesora un manantial musical tan valioso que a
una de las variantes del llamado Punto Cubano se le
conoce como punto o tonada espirituana. De Caibarién fue
Manuel Corona, uno de los grandes de nuestra trova, que
murió olvidado y pobre. La décima cantada, las
controversias rimadas tienen por allá también un sitio
de privilegio. A menudo cito a Mariscal Grandal, aquel
rústico y brillante decimista que respondió a un elogio
de su calidad con una cuarteta de resonancia
calderoniana: “En algún tiempo querido/ pero en el día
de hoy / ni siquiera sombra soy/ de lo que en un tiempo
he sido”. Estos versos pertenecen a “La fiesta del
Yayeral” y mi padre me los recitaba con frecuencia. Es
un conjunto de décimas casi narrativas en las que se
describen los pormenores de una fiesta rural inesperada.
La fraternidad y el desenfado llegaron ―en el
espirituano y espirituoso jolgorio― hasta la luz del día
siguiente. En una suerte de despedida fraterna, Grandal
nos precisa: “Durante estaban fregando/ los platos en la
cocina/ lentamente las gallinas/ del palo se iban
bajando”. |