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Una visita sorpresiva le cae a cualquiera de sopetón
caballeros, pero óigame, mi familia parece que compró
todas las papeletas de esa rifa. Mi abuela se la pasa
espantando con un trapo a esos moscones que parecen
microyet, que según ella atraen a las visitas
inesperadas, y ni atrás ni alante hay manera de evitar
las invasiones. Pero lo jodío no es eso, la cosa está en
que la mayoría de las veces aterrizan llenos de arena
porque fueron a la playa y bueeeno, pasaron a saludar; y
en lo que uno pregunta por como van las cosas y trata de
ser lo más escueto posible, arrancan los vejigos, bien
entrenados los muy socarrones, con aquella jerigonza de
“mamiiii, tengo haaaaaambreee” que nos pone la carne de
gallina. Y no es que seamos avaros ni ocho cuartos; se
trata simplemente de que no estaban en los planes. Pero
bien, a tanta perreta de los muchachos y tanta “que
fatiga tengo” de los mayores, hay que hacerse el
correspondiente harakiri y echarle agua a la sopa.
Esta sencilla, pero digna receta, es hija de esas
extravagantes situaciones.
Agarre
diez huevos y póngalos a hervir por cinco minutos. Una
vez cocidos quíteles la cáscara y píquelos al medio, da
igual que medio sea. Saque la yema y mézclela con
cebolla picada bien fina, queso crema, jamón o mortadela
molida, una pizca de nuez moscada, y un toquecito de
mostaza; también puede añadir unas gotas de salsa
picante al gusto. Toda la mezcla se puede hacer con un
tenedor, cuidando que quede bien encariñado el asunto.
Luego, con una cucharita, vaya rellenando la clara del
huevo y si quieres le espantas unas gotas de mayonesa o
vinagreta. Póngalos en una fuente con galletas de soda
o de sal y prepare una limonada o una guachipupa de
naranja agria. Eso se lo presentas arriba de la mesa y
deja que se forme la de por los moños que ya con eso,
usted cumplió. |