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Santiago Álvarez comienza a hacer cine a los cuarenta y
dos años, antes nunca había tocado el celuloide, aunque
había estado en contacto con cineastas y en la promoción
de películas como administrador de un Cine Club.
Cuando estuvo de lavaplatos en los EE.UU. conoció la
discriminación racial en ese país, gracias a eso, a
haber conocido, a haber penetrado en ese mundo, fue
posible la realización de su documental Now,
que trata sobre el fenómeno racial en EE.UU.
Santiago era un artista comprometido con las causas más
nobles del mundo, por eso no solo reflejó los problemas
y la vida, las alegrías y las batallas de la Revolución
Cubana, sino que también estuvo en Vietnam, Kampuchea,
Guinea, EE.UU., Nicaragua, Chile.
Pudiera hacer muchas historias, muchas anécdotas, a
partir de los dieciséis años que trabajamos juntos, yo
era sonidista, musicalizador y hacía las veces de
reportero, salía con los equipos de filmación ya cuando
pude entender un poco más el cine, gracias a Santiago.
Siempre he pensado qué anécdota puede definir cómo era y
quién era Santiago Álvarez y su pasión, su obsesión por
la calidad, por transmitir una idea, y recordaba lo que
sucedió, ya hace muchos años, cuando el primer
transplante de corazón que se realizó en el mundo.
Recuerdo que cuando eso acontecía a fines de los años
60, en Cuba se recibían de la Reuters unos rollos de
película que eran los que se tomaban y se ponían en el
Noticiero, y el noticiero para Santiago no era como los
de la época, aquellos que se presentaban. El noticiero
casi se convertía en un documental, porque pensaba que
se exhibía en el cine mucho tiempo después de que se
había producido la noticia y era tomarla y convertirla
en un hecho artístico para que quedara siempre en la
mente de la gente, llegara a la razón a través de la
emoción.
Y con esta noticia se recibió aquella imagen, era
importantísimo un transplante de corazón, pero llegó sin
sonido; entonces montamos la escena, toda la secuencia
del transplante. Santiago quería un sonido del corazón.
Fuimos a los archivos del Instituto Cubano de Arte e
Industria Cinematográficos, no funcionaba lo que había
en cintas anteriores porque no era el sonido que quería
Santiago. Él quería un sonido... un sonido del corazón y
no podía ser otro. Nos fuimos al Instituto Cubano de
Radio y Televisión a buscar aquel sonido. Nada tampoco.
Nos fuimos a los discos, los grandes de 78 revoluciones
que se ponían en un tocadiscos grande. Se ponían con la
mano y empezaban a sonar los discos de los efectos. Pero
tampoco eran los que nos funcionaban. Buscamos unos
imitadores que hacían sonidos del corazón y tampoco era
lo que se buscaba.
Sería alrededor de las cuatro o las cinco de la
de
la mañana, ya nadie podía, y Santiago no paraba; él
quería ese sonido porque lo que necesitaba era expresar
realmente aquello. Ya todos estábamos que no dábamos
más, las obsesiones de Santiago que nosotros no
entendíamos porque éramos muy jóvenes.
De
pronto, en el estudio se empezó a sentir un sonido que
era: tum tum, tum tum, tum tum, aquello parecía un
corazón, pensamos que era alguien que estaba haciéndolo
con la boca. No, nadie. Todos estábamos ahí reunidos en
el estudio, éramos como ocho y uno dijo: “es alguien que
golpea en la pared”. Nada de eso existía. Santiago dijo:
“Ese es el sonido. ¿Dónde está? ¿Qué cosa es?”. Y el
problema era que en aquella época cuando los tocadiscos
llegaban al final no regresaban atrás, sino que la aguja
se quedaba en la parte no grabada y ese ruido que
producían: tum tum, tum tum, es el sonido del corazón
que aparece en el Noticiero ICAIC Latinoamericano,
cuando se anuncia el primer transplante de corazón.
Cuento esta anécdota, como podría hacer muchas más, pero
creo que es una de las que define la personalidad de
Santiago Álvarez en relación con la obra. Era, si se
puede calificar así, implacable porque buscaba la
calidad, lo óptimo y poder expresar exactamente lo que
él tenía, sus sentimientos. Eso era lo que él
necesitaba. |