Año IV
La Habana

22 al 28 de ABRIL
de
2006

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El latido del corazón de Santiago
Daniel Diez La Habana


Santiago Álvarez comienza a hacer cine a los cuarenta y dos años, antes nunca había tocado el celuloide, aunque había estado en contacto con cineastas y en la promoción de películas como administrador de un Cine Club.

Cuando estuvo de lavaplatos en los EE.UU. conoció la discriminación racial en ese país, gracias a eso, a haber conocido, a haber penetrado en ese mundo, fue posible la realización de su documental Now, que trata sobre el fenómeno racial en EE.UU.

Santiago era un artista comprometido con las causas más nobles del mundo, por eso no solo reflejó los problemas y la vida, las alegrías y las batallas de la Revolución Cubana, sino que también estuvo en Vietnam, Kampuchea, Guinea, EE.UU., Nicaragua, Chile.

Pudiera hacer muchas historias, muchas anécdotas, a partir de los dieciséis años que trabajamos juntos, yo era sonidista, musicalizador y hacía las veces de reportero, salía con los equipos de filmación ya cuando pude entender un poco más el cine, gracias a Santiago.

Siempre he pensado qué anécdota puede definir cómo era y quién era Santiago Álvarez y su pasión, su obsesión por la calidad, por transmitir una idea, y recordaba lo que sucedió, ya hace muchos años, cuando el primer transplante de corazón que se realizó en el mundo.

Recuerdo que cuando eso acontecía a fines de los años 60, en Cuba se recibían de la Reuters unos rollos de película que eran los que se tomaban y se ponían en el Noticiero, y el noticiero para Santiago no era como los de la época, aquellos que se presentaban. El noticiero casi se convertía en un documental, porque pensaba que se exhibía en el cine mucho tiempo después de que se había producido la noticia y era tomarla y convertirla en un hecho artístico para que quedara siempre en la mente de la gente, llegara a la razón a través de la emoción.

Y con esta noticia se recibió aquella imagen, era importantísimo un transplante de corazón, pero llegó sin sonido; entonces montamos la escena, toda la secuencia del transplante. Santiago quería un sonido del corazón. Fuimos a los archivos del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos, no funcionaba lo que había en cintas anteriores porque no era el sonido que quería Santiago. Él quería un sonido... un sonido del corazón y no podía ser otro. Nos fuimos al Instituto Cubano de Radio y Televisión a buscar aquel sonido. Nada tampoco.

Nos fuimos a los discos, los grandes de 78 revoluciones que se ponían en un tocadiscos grande. Se ponían con la mano y empezaban a sonar los discos de los efectos. Pero tampoco eran los que nos funcionaban. Buscamos unos imitadores que hacían sonidos del corazón y tampoco era lo que se buscaba.

Sería alrededor de las cuatro o las cinco de la de la mañana, ya nadie podía, y Santiago no paraba; él quería ese sonido porque lo que necesitaba era expresar realmente aquello. Ya todos estábamos que no dábamos más, las obsesiones de Santiago que nosotros no entendíamos porque éramos muy jóvenes.

De pronto, en el estudio se empezó a sentir un sonido que era: tum tum, tum tum, tum tum, aquello parecía un corazón, pensamos que era alguien que estaba haciéndolo con la boca. No, nadie. Todos estábamos ahí reunidos en el estudio, éramos como ocho y uno dijo: “es alguien que golpea en la pared”. Nada de eso existía. Santiago dijo: “Ese es el sonido. ¿Dónde está? ¿Qué cosa es?”. Y el problema era que en aquella época cuando los tocadiscos llegaban al final no regresaban atrás, sino que la aguja se quedaba en la parte no grabada y ese ruido que producían: tum tum, tum tum, es el sonido del corazón que aparece en el Noticiero ICAIC Latinoamericano, cuando se anuncia el primer transplante de corazón.

Cuento esta anécdota, como podría hacer muchas más, pero creo que es una de las que define la personalidad de Santiago Álvarez en relación con la obra. Era, si se puede calificar así, implacable porque buscaba la calidad, lo óptimo y poder expresar exactamente lo que él tenía, sus sentimientos. Eso era lo que él necesitaba.

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