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Mi Santiago Álvarez apenas tiene que ver con una cámara
al hombro ni con la pupila indagadora con que absorbió
el mundo. En aquel alto balcón del Vedado transitaban
sus 60 con calma, como haciendo una pausa en el camino
agitado y apasionante del documental que había elegido
para posar su huella en la tierra. Allí Santiago era
simplemente “el papá de Osaín”, uno de mis mejores
amigos del Pre. En su casa recibía varias veces al año y
con total sosiego los estruendos de U2, Phil Collins,
Cindy Lauper, Madonna o Rod Stewart, el background que
servía de pretexto a los muchachos del grupo de su hijo
para encontrarse, hilvanar un romance o bailar fuera de
las reglas ―tan lacerantes para el incontrolable
arrebato de la primera juventud que vivíamos― que les
imponía los Camilitos (preuniversitario militar) del
Cotorro.
Recuerdo que esas fiestas eran resultado de una
estructura que, sin un propósito previo, fuimos
sedimentando durante aquellos lindos ―¿será la
memoria tan irremediablemente consoladora?― años de
nuestras vidas. En un autoestudio (algo así como la
obligada sesión de dos horas que el horario exigía
únicamente para que realizáramos nuestros deberes de
cara al próximo día y no para chacharear como
hacíamos siempre) un grupo llegaba a la conclusión
de que el venidero fin de semana podría resultar
tedioso. Se imponía hacer algo para cambiar
esa suerte, o sea, comenzaba a cocinarse la idea de
una fiesta y Osaín casi siempre proponía su casa
para el encuentro. Entonces solo se trataba de
llamar por teléfono a su servicial Lázara, madre
criolla y complaciente, como suelen ser las
nuestras. Nunca dejó de sorprendernos su habilidad
para organizarlo todo y disponer los detalles de
manera que nos sintiéramos los verdaderos reyes de
aquel apartamento. En los años posteriores también
aprendería que el lugar de Lázara en el desarrollo y
alcance de la obra de Santiago iba mucho más allá de
la eficacia hogareña.
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Si hurgo
en mi memoria, de inmediato salta el primer día que
escuché el nombre del cineasta. En esa madeja
clasificatoria en la que se adentran los distintos
grupos de un curso escolar, el mío era reconocible en
toda la escuela con dos nombres, “el de las rusas” (por
la procedencia que traíamos algunas de haber vivido o
estudiado mientras nuestros padres trabajaban en Moscú)
o “el de los niños de papás importantes” (porque
coincidían hijos de personas trascendentes en el ámbito
social). Y como lo que sucede en casa es una la última
que lo sabe, uno de esos días que escuché hablar a otros
sobre la segunda categoría con la que nos clasificaban,
pedí que me explicaran la resonancia de los progenitores
de mis compañeros de aula. Fue que supe que Osaín era
“el hijo de Santiago Álvarez, el director del Noticiero
ICAIC”, resultó la primera vez que escuché su nombre.
Desde
entonces traté de indagar, con toda la curiosidad que
una obra así supone, en cómo era ese hombre tan admirado
en su vida cotidiana. Conocer y cultivar una relación
sincera y tierna con mi amigo Osaín no me había llenado
de una expectativa especial. Trasladé sus méritos a la
persona de su padre y el propio Santiago se mostraba sin
afeites: jocoso, comunicativo, ingenioso, hondo
observador. Por supuesto que durante mis años de
estudiante de Periodismo lo convertí en uno de mis
primeros entrevistados. Entonces, en medio del proceso
de investigación para elaborar el cuestionario, se me
develó una personalidad indagadora, aguda,
revolucionadora en cuanto a la manera de ver el cine y
el periodismo audiovisual que cabía en aquel hombre
pequeño de cuerpo ―como le gustaba describir a Martí―,
sonriente, amable, anfitrión de las fiestas de mi
adolescencia. |