Año IV
La Habana

22 al 28 de ABRIL
de
2006

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En casa de Santiago era la fiesta
Tania Cordero La Habana


Mi Santiago Álvarez apenas tiene que ver con una cámara al hombro ni con la pupila indagadora con que absorbió el mundo. En aquel alto balcón del Vedado transitaban sus 60 con calma, como haciendo una pausa en el camino agitado y apasionante del documental que había elegido para posar su huella en la tierra. Allí Santiago era simplemente “el papá de Osaín”, uno de mis mejores amigos del Pre. En su casa recibía varias veces al año y con total sosiego los estruendos de U2, Phil Collins, Cindy Lauper, Madonna o Rod Stewart, el background que servía de pretexto a los muchachos del grupo de su hijo para encontrarse, hilvanar un romance o bailar fuera de las reglas ―tan lacerantes para el incontrolable arrebato de la primera juventud que vivíamos― que les imponía los Camilitos (preuniversitario militar) del Cotorro.

Recuerdo que esas fiestas eran resultado de una estructura que, sin un propósito previo, fuimos sedimentando durante aquellos lindos ―¿será la memoria tan irremediablemente consoladora?― años de nuestras vidas. En un autoestudio (algo así como la obligada sesión de dos horas que el horario exigía únicamente para que realizáramos nuestros deberes de cara al próximo día y no para chacharear como hacíamos siempre) un grupo llegaba a la conclusión de que el venidero fin de semana podría resultar tedioso. Se imponía hacer algo para cambiar esa suerte, o sea, comenzaba a cocinarse la idea de una fiesta y Osaín casi siempre proponía su casa para el encuentro. Entonces solo se trataba de llamar por teléfono a su servicial Lázara, madre criolla y complaciente, como suelen ser las nuestras. Nunca dejó de sorprendernos su habilidad para organizarlo todo y disponer los detalles de manera que nos sintiéramos los verdaderos reyes de aquel apartamento. En los años posteriores también aprendería que el lugar de Lázara en el desarrollo y alcance de la obra de Santiago iba mucho más allá de la eficacia hogareña.

Si hurgo en mi memoria, de inmediato salta el primer día que escuché el nombre del cineasta. En esa madeja clasificatoria en la que se adentran los distintos grupos de un curso escolar, el mío era reconocible en toda la escuela con dos nombres, “el de las rusas” (por la procedencia que traíamos algunas de haber vivido o estudiado mientras nuestros padres trabajaban en Moscú) o “el de los niños de papás importantes” (porque coincidían hijos de personas trascendentes en el ámbito social). Y como lo que sucede en casa es una la última que lo sabe, uno de esos días que escuché hablar a otros sobre la segunda categoría con la que nos clasificaban, pedí que me explicaran la resonancia de los progenitores de mis compañeros de aula. Fue que supe que Osaín era “el hijo de Santiago Álvarez, el director del Noticiero ICAIC”, resultó la primera vez que escuché su nombre.

Desde entonces traté de indagar, con toda la curiosidad que una obra así supone, en cómo era ese hombre tan admirado en su vida cotidiana. Conocer  y cultivar una relación sincera y tierna con mi amigo Osaín no me había llenado de una expectativa especial. Trasladé sus méritos a la persona de su padre y el propio Santiago se mostraba sin afeites: jocoso, comunicativo, ingenioso, hondo observador. Por supuesto que durante mis años de estudiante de Periodismo lo convertí en uno de mis primeros entrevistados. Entonces, en medio del proceso de investigación para elaborar el cuestionario, se me develó una personalidad indagadora, aguda, revolucionadora en cuanto a la manera de ver el cine y el periodismo audiovisual que cabía en aquel hombre pequeño de cuerpo ―como le gustaba describir a Martí―, sonriente, amable, anfitrión de las fiestas de mi adolescencia.

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