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Eliseo Diego aprendió el idioma inglés siendo muy niño,
se lo enseñó su madre, Berta Fernández-Cuervo y Giberga,
que lo había aprendido antes que el español, en el Nueva
York de finales del siglo XIX. Mi abuela Berta sentía un
amor profundo por ese idioma.
Era una lectora
incansable, pero solo leía novelas escritas en inglés y
sus preferidas eran las de Dickens y Lewis Carroll.
Mi padre heredó de
ella su pasión por la literatura inglesa y
norteamericana. La mayoría de los libros en su
biblioteca están en inglés: Chesterton, Graham Greene,
Faulkner, las hermanas Brontë,
Shakespeare, Conrad, Stevenson, Eliot, Virginia Woolf,
Emily Dickinson. La enumeración sería interminable,
todos poblaron su mundo y lo acompañaron siempre. Pero
no le bastó conocer y disfrutar el idioma, también quiso
compartir sus lecturas preferidas con sus amigos.
Durante muchos años, poco a poco, tradujo a varios
escritores ingleses y norteamericanos. Estas
traducciones se recogieron en un volumen bilingüe,
Conversación con los difuntos, publicado por
Ediciones del Equilibrista, en la Ciudad de México
(1991), y por Ediciones Vigía, en Matanzas (1993), en
una tirada de solo doscientos ejemplares. Por eso
resulta muy importante y acertada la decisión de Arte y
Literatura de reeditar este libro, prácticamente
desconocido en nuestro país.
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El título está tomado
de unos versos de Quevedo: “Sumido en la paz de estos
desiertos / con pocos pero doctos libros juntos / vivo
en conversación con los difuntos / y escucho con mis
ojos a los muertos”. El cuaderno reúne una veintena de
poemas de diferentes autores, poemas que, sencillamente,
le gustaban: fue ese su criterio de selección. Cada uno
está precedido por una pequeña y original “biografía” de
su autor, donde explica, un poco, por qué lo escogió. En
su introducción, afirma: “No solo son nuestros amigos
aquellos a quienes vemos casi a diario, o en un de
cuando en cuando que es el siempre de toda una vida. Si
la amistad, más que presencia es compañía, también lo
serán aquellos otros con quienes jamás pudimos conversar
porque nos separan abismos de tiempo inexorables. En
estas páginas he reunido las voces de algunos de
semejantes amigos. Con unos pocos hubo la posibilidad de
que nos encontrásemos, pero la posibilidad es
caprichosa, y no lo quiso. Todos me hablaban en inglés,
idioma muy distinto al nuestro. Sin embargo, ¿no desea
uno siempre compartir sus hallazgos de amistad con los
que ama? Y así he pedido a mis amigos distantes que me
permitiesen siquiera un eco en español de los consuelos,
alegrías, deslumbramientos, susurrados por ellos a mi
oído”.
Convencido de que
“toda traducción es imposible”, nos revela sus
concepciones sobre este difícil empeño: “Si en una
conversación mencionamos Don Quijote de la Mancha,
nadie recordará la obra completa, capítulo tras
capítulo, pero experimentará de inmediato la sensación,
la impresión, el sabor, el aroma Don Quijote de la
Mancha, inconfundible, único, radicalmente distinto
al sabor, el aroma, Hamlet o La metamorfosis.
Una buena traducción, me parece, no puede aspirar a más
que evocar una sensación similar a la del original en la
nueva materia idiomática donde ha encarnado”. Este
concepto del “aroma”, nos confiesa, se lo debe a uno de
los amigos seleccionados, el escritor británico Walter
de la Mare.
Trabajó estos poemas
durante mucho tiempo, y otros, que no incluyó en este
cuaderno porque no se sentía totalmente satisfecho con
los resultados. Me he encontrado traducciones inéditas
de poemas de Stevenson, Oscar Wilde (La balada de la
cárcel de Reading), incluso, dos capítulos de uno de
sus libros para niños preferido, Winnie the Pooh.
Así como cuidaba sus versos y su prosa ―la forma, el
ritmo, los silencios, la rima―, así fue de meticuloso
con los textos que tradujo. Todavía recuerdo su voz,
cuando nos leía, una y otra vez, el poema de Walter de
la Mare, Otoño, que, según sus propias palabras,
le tomó diez años terminar. Ustedes dirán si valió la
pena hacerlo; a mi padre le pareció que sí. Se los leo,
como un anticipo de lo que podrán encontrar en este
libro:
OTOÑO
Solo está el viento
donde la rosa estaba,
fría la lluvia donde la dulce hierba estaba,
y nubes como ovejas
trepan por los abruptos
y grises cielos donde la alondra estaba.
No está ya el oro
donde tu pelo estaba,
no está el calor donde tu mano estaba,
sino vago, perdido,
debajo del espino,
tu espectro está donde tu rostro estaba.
Tristes los vientos
donde tu voz estaba,
lágrimas donde mi corazón estaba,
y ya siempre conmigo,
hijo, siempre conmigo,
solo el silencio donde la esperanza estaba.
Muchas gracias |