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La Habana

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Conversación con los difuntos
(Editorial Arte y Literatura, 2005)

Josefina de Diego La Habana


Eliseo Diego aprendió el idioma inglés siendo muy niño, se lo enseñó su madre, Berta Fernández-Cuervo y Giberga, que lo había aprendido antes que el español, en el Nueva York de finales del siglo XIX. Mi abuela Berta sentía un amor profundo por ese idioma. Era una lectora incansable, pero solo leía novelas escritas en inglés y sus preferidas eran las de Dickens y Lewis Carroll. 

Mi padre heredó de ella su pasión por la literatura inglesa y norteamericana. La mayoría de los libros en su biblioteca están en inglés: Chesterton, Graham Greene, Faulkner, las hermanas Brontë, Shakespeare, Conrad, Stevenson, Eliot, Virginia Woolf, Emily Dickinson. La enumeración sería interminable, todos poblaron su mundo y lo acompañaron siempre. Pero no le bastó conocer y disfrutar el idioma, también quiso compartir sus lecturas preferidas con sus amigos. Durante muchos años, poco a poco, tradujo a varios escritores ingleses y norteamericanos. Estas traducciones se recogieron en un volumen bilingüe, Conversación con los difuntos, publicado por Ediciones del Equilibrista, en la Ciudad de México (1991), y por Ediciones Vigía, en Matanzas (1993), en una tirada de solo doscientos ejemplares. Por eso resulta muy importante y acertada la decisión de Arte y Literatura de reeditar este libro, prácticamente desconocido en nuestro país.

El título está tomado de unos versos de Quevedo: “Sumido en la paz de estos desiertos / con pocos pero doctos libros juntos / vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos”. El cuaderno reúne una veintena de poemas de diferentes autores, poemas que, sencillamente, le gustaban: fue ese su criterio de selección. Cada uno está precedido por una pequeña y original “biografía” de su autor, donde explica, un poco, por qué lo escogió. En su introducción, afirma: “No solo son nuestros amigos aquellos a quienes vemos casi a diario, o en un de cuando en cuando que es el siempre de toda una vida. Si la amistad, más que presencia es compañía, también lo serán aquellos otros con quienes jamás pudimos conversar porque nos separan abismos de tiempo inexorables. En estas páginas he reunido las voces de algunos de semejantes amigos. Con unos pocos hubo la posibilidad de que nos encontrásemos, pero la posibilidad es caprichosa, y no lo quiso. Todos me hablaban en inglés, idioma muy distinto al nuestro. Sin embargo, ¿no desea uno siempre compartir sus hallazgos de amistad con los que ama? Y así he pedido a mis amigos distantes que me permitiesen siquiera un eco en español de los consuelos, alegrías, deslumbramientos, susurrados por ellos a mi oído”.

Convencido de que “toda traducción es imposible”, nos revela sus concepciones sobre este difícil empeño: “Si en una conversación mencionamos Don Quijote de la Mancha, nadie recordará la obra completa, capítulo tras capítulo, pero experimentará de inmediato la sensación, la impresión, el sabor, el aroma Don Quijote de la Mancha, inconfundible, único, radicalmente distinto al sabor, el aroma, Hamlet o La metamorfosis. Una buena traducción, me parece, no puede aspirar a más que evocar una sensación similar a la del original en la nueva materia idiomática donde ha encarnado”. Este concepto del “aroma”, nos confiesa, se lo debe a uno de los amigos seleccionados, el escritor británico Walter de la Mare.

Trabajó estos poemas durante mucho tiempo, y otros, que no incluyó en este cuaderno porque no se sentía totalmente satisfecho con los resultados. Me he encontrado traducciones inéditas de poemas de Stevenson, Oscar Wilde (La balada de la cárcel de Reading), incluso, dos capítulos de uno de sus libros para niños preferido, Winnie the Pooh. Así como cuidaba sus versos y su prosa ―la forma, el ritmo, los silencios, la rima―, así fue de meticuloso con los textos que tradujo. Todavía recuerdo su voz, cuando nos leía, una y otra vez, el poema de Walter de la Mare, Otoño, que, según sus propias palabras, le tomó diez años terminar. Ustedes dirán si valió la pena hacerlo; a mi padre le pareció que sí. Se los leo, como un anticipo de lo que podrán encontrar en este libro:

OTOÑO

Solo está el viento donde la rosa estaba,
fría la lluvia donde la dulce hierba estaba,
       y nubes como ovejas
       trepan por los abruptos
y grises cielos donde la alondra estaba.

No está ya el oro donde tu pelo estaba,
no está el calor donde tu mano estaba,
       sino vago, perdido,
       debajo del espino,
tu espectro está donde tu rostro estaba.

Tristes los vientos donde tu voz estaba,
lágrimas donde mi corazón estaba,
       y ya siempre conmigo,
       hijo, siempre conmigo,
solo el silencio donde la esperanza estaba. 

Muchas gracias

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